1. Borrón y cuenta nueva
El muchacho estaba tumbado en la tercera fila de la antiquísima Suburban, todo enfurruñado. Era un experto en eso de enfurruñarse. Con la gorrita tricotada cubriendo su pelirroja cabeza al rape y estirada casi hasta los ojos esmeralda, como quien quiere evitar cualquier mirada pasajera, y con sus orejas rellenas con audífonos "de bombón" para evitar cualquier intento de conversación, él era la mera personificación del distanciamiento hosco.
La única otra persona en la camioneta era el chofer, Shari Wingrove (nacida Sara Ruiz), que hacía lo posible por evitar caer en la trampa de ser la primera en hablar, pero siempre fallaba en eso. Al final trataba de iniciar la conversación con su hijo. Sobre todo hoy, con el viaje tan largo que tenían por delante.
—Mira, de seguro que te va a ir mejor en esta nueva escuela. Entiendo que todas esas academias militares no fueran de tu gusto. Pero esta nueva escuela, vamos… ¿Te acuerdas de que te conté sobre tu tía Marge? Ella era una loquita, en serio, ¿eh? Pero, bueno, ella también asistió a la misma escuela, y le fue muy bien, y recibió su diploma de bachillerato y todo, pues. Siento mucho que esté tan lejos de aquí y… Mmmf… No me estás oyendo siquiera, ¿verdad? Claro que no…
Tras echar un par de miradas en el espejo retrovisor para ver si cruzaban la vista aunque sea, ella abandonó todo intento de calmarle el disgusto. También era un experto en eso de ignorar a su madre.
«Va a ser un viaje muy largo…», dijo con un suspiro, y se fijó en su navegador electrónico, para cerciorarse de no tomar la intersección equivocada, de nuevo. La verdad, estaba contenta de que la ignorara en esta ocasión, porque necesitaba concentrarse en tomar todas las desviaciones correctas. Cuando por fin salieran de Texas, ella tendría que buscar la intersección con la carretera interestatal 84 en Gallup, Nuevo México, y de allí sería casi una recta hasta la interestatal 86. Luego, de nuevo a poner atención para evitar perderse, hasta que pasaran de Ketchum, Idaho. Por qué diantres La Escuela debería estar Dios sabe dónde, en Idaho, no podría decirlo a ciencia cierta. Pero en serio que deseaban recibir a Giovanni.
Habían insistido muchísimo con todas las cartas que mandaron, casi rogándole que mandara a Giovanni a su escuela de internado. Prometían becas para la matrícula, alojamiento y pensión, y hasta viáticos. Estaban tan entusiasmados en reclutar a su hijo que hasta enviaron a una viejecita muy amable a darle una presentación sobre la escuela, aún antes de que ella tuviera tiempo de contestar cualquiera de las misivas.
¿Que cómo se habían enterado de su hijo? La viejecita amable —llamada Adelaide— ardía en ganas de explicar. Se supone que un amigo del amigo de un maestro que conoció a la tía Marge, hace una pila de años, y que trabajaba en la misma academia militar donde Giovanni asistía recientemente, reconoció el potencial sin explotar de su hijo, y había mandado una carta de recomendación a La Escuela, y ellos estaban de acuerdo que simplemente tenían que conseguir que fuera a La Escuela. Simplemente… Tenían que. Contaban con todo tipo de patrocinadores para sustentar todo costo de La Escuela, Giovanni cumplía con todos los requisitos, "y de ahí pa'l real". No le hace que ni Giovanni ni Shari hayan llenado ninguna solicitud, no, que todo estaba resuelto, y lo único que faltaba era que el tutor legal firmara los documentos pertinentes. No, y tampoco le hace que ni ella ni su hijo ni siquiera conocieran a nadie que usara la frase "de ahí pa'l real".
En ese entonces, ella se siintió aliviada de que le cayera del cielo esta oferta. Apenas hacía un par de días que el director de la escuela preparatoria le había llamado por teléfono para decirle que lo sentía mucho, pero que Giovanni "no era material para la escuela", y que si "porfa podía venir a traerlo antes del fin de semana, ¿sí? Gracias, seño…" Por quinta vez consecutiva, en el mismo número de academias militares, su hijo "no era material para la escuela", lo que sea que signifique. Así que ella dijo que sí, sí a La Escuela, sí a todas las becas. Gracias, y por favor también. ¿Qué más podría haber hecho? Es decir, con todos los condenados distritos independientes de Texas que habían proscrito a Giovanni por ser "incorregible, insociable e insufrible", pues ya no había de otra.
Pero eso no era ni siquiera justo. Giovanni no era un mal chico. Bueno, claro, era un poco insociable, pero, ¿quién no era insociable a los dieciséis? Y los maestros estaban todos intimidados por su capacidad de, simplemente… pues… saber cosas. Eso de contestar preguntas de exámenes sin haber hecho ni una sola tarea, o de saber cosas sobre las asignaturas que ni los maestros conocían…, bueno, pues eso habría de ser bastante intimidante para todos aquellos burócratas.
O quizá fuera porque nada parecía salir bien cuando Giovanni estaba cerca. No es que tuviera mala suerte, en sí, sino que las cosas simplemente no salían bien en su presencia. Cuando era pequeño por supuesto que lo culpaban por destruir todos sus juguetes. Pero ya de más grande otras situaciones sucedían que eran más difíciles de explicar que un simple juguete roto. Como aquella vez que el equipo de porristas estaba…
—¡¡¡Pintas chinelas!!! —A Shari le chocaba decir palabrotas: eran muy vulgares para ella. En lugar de eso, a ella le gustaban bastante los pseudo-improperios —. Oye, ¿era Sierra Blanca el pueblo que apenas pasamos? Ah, claro, como si estuvieras prestando atención. Solo espero que no me vaya por el camino equivocado y terminemos en México… Bueno, supongo que debo dejar de fantasear y poner atención a la manejada…
Revisó su navegador electrónico, de nuevo. Bajo circunstancias normales, el viaje desde el sur de Texas hasta Idaho debería tomarse tan solo unas veinticuatro horas. Pero la condición lastimosa de su Suburban los obligaría a mimarla bastante con tal de que no se averiara a medio camino. Tendrían que hacer varias escalas para evitar fatigar de más a su nada confiable camioneta veterana. Tendrían que pasar la noche en El Paso.
Justo en ese momento se dio cuenta con cuánta maña Adelaide había evitado explicar exactamente cuál era el currículo de La Escuela. También le molestaba un poco no poder definir la razón exacta de por qué no había pensado ella primero en La Escuela. ¿Cómo pudo olvidarla, en vista de que era lo único de lo que Marge platicaba cuando eran chicas? Supuso que, desde que Marge murió durante su viaje a Inglaterra hace doce años, ella dejó muchas cosas sobre su hermana en el olvido.
Ah, bueno, pues una vez que encontrara un motel medio decente en El Paso y se bañara, volvería a revisar todos los documentos que tenía sobre La Escuela, para ver de qué se trataba todo eso…
«Pues sí: va a ser un viaje largo, largo, largo, largo…»
El muchacho estaba tumbado en la tercera fila de la antiquísima Suburban, todo enfurruñado. Era un experto en eso de enfurruñarse. Con la gorrita tricotada cubriendo su pelirroja cabeza al rape y estirada casi hasta los ojos esmeralda, como quien quiere evitar cualquier mirada pasajera, y con sus orejas rellenas con audífonos "de bombón" para evitar cualquier intento de conversación, él era la mera personificación del distanciamiento hosco.
La única otra persona en la camioneta era el chofer, Shari Wingrove (nacida Sara Ruiz), que hacía lo posible por evitar caer en la trampa de ser la primera en hablar, pero siempre fallaba en eso. Al final trataba de iniciar la conversación con su hijo. Sobre todo hoy, con el viaje tan largo que tenían por delante.
—Mira, de seguro que te va a ir mejor en esta nueva escuela. Entiendo que todas esas academias militares no fueran de tu gusto. Pero esta nueva escuela, vamos… ¿Te acuerdas de que te conté sobre tu tía Marge? Ella era una loquita, en serio, ¿eh? Pero, bueno, ella también asistió a la misma escuela, y le fue muy bien, y recibió su diploma de bachillerato y todo, pues. Siento mucho que esté tan lejos de aquí y… Mmmf… No me estás oyendo siquiera, ¿verdad? Claro que no…
Tras echar un par de miradas en el espejo retrovisor para ver si cruzaban la vista aunque sea, ella abandonó todo intento de calmarle el disgusto. También era un experto en eso de ignorar a su madre.
«Va a ser un viaje muy largo…», dijo con un suspiro, y se fijó en su navegador electrónico, para cerciorarse de no tomar la intersección equivocada, de nuevo. La verdad, estaba contenta de que la ignorara en esta ocasión, porque necesitaba concentrarse en tomar todas las desviaciones correctas. Cuando por fin salieran de Texas, ella tendría que buscar la intersección con la carretera interestatal 84 en Gallup, Nuevo México, y de allí sería casi una recta hasta la interestatal 86. Luego, de nuevo a poner atención para evitar perderse, hasta que pasaran de Ketchum, Idaho. Por qué diantres La Escuela debería estar Dios sabe dónde, en Idaho, no podría decirlo a ciencia cierta. Pero en serio que deseaban recibir a Giovanni.
Habían insistido muchísimo con todas las cartas que mandaron, casi rogándole que mandara a Giovanni a su escuela de internado. Prometían becas para la matrícula, alojamiento y pensión, y hasta viáticos. Estaban tan entusiasmados en reclutar a su hijo que hasta enviaron a una viejecita muy amable a darle una presentación sobre la escuela, aún antes de que ella tuviera tiempo de contestar cualquiera de las misivas.
¿Que cómo se habían enterado de su hijo? La viejecita amable —llamada Adelaide— ardía en ganas de explicar. Se supone que un amigo del amigo de un maestro que conoció a la tía Marge, hace una pila de años, y que trabajaba en la misma academia militar donde Giovanni asistía recientemente, reconoció el potencial sin explotar de su hijo, y había mandado una carta de recomendación a La Escuela, y ellos estaban de acuerdo que simplemente tenían que conseguir que fuera a La Escuela. Simplemente… Tenían que. Contaban con todo tipo de patrocinadores para sustentar todo costo de La Escuela, Giovanni cumplía con todos los requisitos, "y de ahí pa'l real". No le hace que ni Giovanni ni Shari hayan llenado ninguna solicitud, no, que todo estaba resuelto, y lo único que faltaba era que el tutor legal firmara los documentos pertinentes. No, y tampoco le hace que ni ella ni su hijo ni siquiera conocieran a nadie que usara la frase "de ahí pa'l real".
En ese entonces, ella se siintió aliviada de que le cayera del cielo esta oferta. Apenas hacía un par de días que el director de la escuela preparatoria le había llamado por teléfono para decirle que lo sentía mucho, pero que Giovanni "no era material para la escuela", y que si "porfa podía venir a traerlo antes del fin de semana, ¿sí? Gracias, seño…" Por quinta vez consecutiva, en el mismo número de academias militares, su hijo "no era material para la escuela", lo que sea que signifique. Así que ella dijo que sí, sí a La Escuela, sí a todas las becas. Gracias, y por favor también. ¿Qué más podría haber hecho? Es decir, con todos los condenados distritos independientes de Texas que habían proscrito a Giovanni por ser "incorregible, insociable e insufrible", pues ya no había de otra.
Pero eso no era ni siquiera justo. Giovanni no era un mal chico. Bueno, claro, era un poco insociable, pero, ¿quién no era insociable a los dieciséis? Y los maestros estaban todos intimidados por su capacidad de, simplemente… pues… saber cosas. Eso de contestar preguntas de exámenes sin haber hecho ni una sola tarea, o de saber cosas sobre las asignaturas que ni los maestros conocían…, bueno, pues eso habría de ser bastante intimidante para todos aquellos burócratas.
O quizá fuera porque nada parecía salir bien cuando Giovanni estaba cerca. No es que tuviera mala suerte, en sí, sino que las cosas simplemente no salían bien en su presencia. Cuando era pequeño por supuesto que lo culpaban por destruir todos sus juguetes. Pero ya de más grande otras situaciones sucedían que eran más difíciles de explicar que un simple juguete roto. Como aquella vez que el equipo de porristas estaba…
—¡¡¡Pintas chinelas!!! —A Shari le chocaba decir palabrotas: eran muy vulgares para ella. En lugar de eso, a ella le gustaban bastante los pseudo-improperios —. Oye, ¿era Sierra Blanca el pueblo que apenas pasamos? Ah, claro, como si estuvieras prestando atención. Solo espero que no me vaya por el camino equivocado y terminemos en México… Bueno, supongo que debo dejar de fantasear y poner atención a la manejada…
Revisó su navegador electrónico, de nuevo. Bajo circunstancias normales, el viaje desde el sur de Texas hasta Idaho debería tomarse tan solo unas veinticuatro horas. Pero la condición lastimosa de su Suburban los obligaría a mimarla bastante con tal de que no se averiara a medio camino. Tendrían que hacer varias escalas para evitar fatigar de más a su nada confiable camioneta veterana. Tendrían que pasar la noche en El Paso.
Justo en ese momento se dio cuenta con cuánta maña Adelaide había evitado explicar exactamente cuál era el currículo de La Escuela. También le molestaba un poco no poder definir la razón exacta de por qué no había pensado ella primero en La Escuela. ¿Cómo pudo olvidarla, en vista de que era lo único de lo que Marge platicaba cuando eran chicas? Supuso que, desde que Marge murió durante su viaje a Inglaterra hace doce años, ella dejó muchas cosas sobre su hermana en el olvido.
Ah, bueno, pues una vez que encontrara un motel medio decente en El Paso y se bañara, volvería a revisar todos los documentos que tenía sobre La Escuela, para ver de qué se trataba todo eso…
«Pues sí: va a ser un viaje largo, largo, largo, largo…»
Continuará…


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