16. No todo lo que brilla
Aunque en toda ocasión previa me ha motivado la ira, esta vez me impulsa el deseo de impresionar al primogénito que se encuentre aquí, antes de despacharlo. Quiero lucirme, y en un arrebato de protagonismo, he decidido que voy a destruir a la veintena de vampiros aquí a mano limpia. Bueno, casi, porque me gusta la aptitud que he desarrollado en el uso de las hoces como armas blancas. Voy a destripar a todos aquí.
De pie ante el portón que abrí de una patada, retiro las hoces de su vaina que cargo sobre mi espalda, con lentitud, y comienzo a frotar una con otra, en claro ademán de estar afilándolas. Doy pasos lentos y deliberados, y al cruzar el umbral, le ordeno al espíritu que despliegue sus tentáculos y que atranque toda ventana y puerta hacia el exterior. Ahora sí: a menos que caven un túnel o hagan un hoyo en alguna pared, no se me escapa nadie.
Estoy contando con la vanidad del vampiro milenario, que lo mantenga aquí sin escapar, confiado de que ningún otro vampiro excepto Benjamín podría hacerle daño. Y yo estoy confiado de que cualquier otro milenario será igual de sencillo —entre comillas— de dañar que Imenand.
Estoy avanzando hacia el grupo de vampiros, caminando a la velocidad normal de cualquier persona viva, pero hay algo raro sucediendo aquí: Todos ellos están de pie, frente a mí en este vestíbulo, y aunque los de hasta enfrente tienen una cara de pavor total, nadie ha intentado huir. Parecen estar dispuestos a resistirme en grupo.
¡Bah! Que intenten lo que quieran, que ya antes he despachado hasta grupos más numerosos.
Ah, ya veo…
Están agrupados alrededor del vampiro milenario. Son como una tropa de changos, con los menos importantes en la periferia, y los de más rango en el interior del grupo. Y puedo ver en las mentes de los más novatos —que no pueden disfrazar sus pensamientos todavía— que están dispuestos todos a ser destruidos con tal de proteger a… Vaya, qué raro… No tiene nombre en sus mentes. Es tan solo "A Quien he de guardar".
No importa, que me está emocionando esta necesidad de abrirme brecha a golpe de hoz entre tanto monstruo. Pero, antes de avanzar, me percato de que mis poderes han crecido más allá de mi entendimiento: acabo de atrancar puertas y ventanas con la mente, cuando antes no podía ni levantar guijarros en el aire. De inmediato abandono mi propósito de evitar el uso de la magia… Veamos qué otras cosas puedo lograr.
Me concentro en el mequetrefe más cercano, y con mis ademanes de director de orquesta lo levanto en el aire con el poder del espíritu. Lo hago flotar en un punto intermedio entre ellos y yo, a medio vestíbulo, y lo dejo en giros lentos allí, por unos segundos, en lo que decido qué hacer a continuación.
Con media sonrisa en mis labios, concentro mi atención por completo en imaginar a cada célula de su cuerpo, y a los dedos del espíritu afianzándose de cada una de ellas. Cuando siento que todo está sujetado, entonces le pido al espíritu que jale cada una de esas células en direcciones distintas.
El ruido que se escucha es como una docena de sábanas rasgándose al mismo tiempo, un estallido húmedo y centenares de palmadas sordas. Todos quedamos atónitos de quedar atomizados de partículas microscópicas de vampiro, y el vestíbulo ha quedado rociado de un tono rosado tenue. Los vampiros gimen y gritan de espanto, mientras yo suelto carcajadas como orate. En ninguna de las memorias de Benjamín había visto tal cosa. Creo que al fin he inventado algo nuevo en este mundo de monstruos.
Dejo caer las hoces al suelo, y otra vez repito el experimento. Y otra vez, y otra vez, y ya para esta cuarta ocasión estamos todos escurriendo de vampiros, y ahora sí algunos del grupo intentan pelear contra mí, mientras que otros intentan escapar. Los que se me avientan a mordidas, puñetazos, patadas, topes, rodillazos, o lo que sea, esos son los más fáciles de despachar, porque con mi cuerpo casi impenetrable y mi fuerza descomunal es sencillo dar golpes con el canto de la mano que separen brazos, piernas y cabezas del tronco. En un santiamén el cuarteto de vampiros que decidieron atacarme yacen a mis pies, con sus extremidades y cabezas todavía rodando y rebotando a unos metros de distancia. Los seis que intentaron escapar están todavía batiendo sus puños contra las puertas y las ventanas, y me sorprende una vez más darme cuenta de lo débiles que son. Apenas si son un poco más fuertes que los humanos…
Sin meditarlo mucho, decido incinerarlos con la mente. La docena de vampiros que restan voltean hacia todos lados, tratando de no perderse ni un detalle del espectáculo. Tienen determinación en sus rostros, y creo que bien han adivinado que no hay escape, y no hay manera de evitar que haga con ellos lo que se me pegue la gana. En un momento de euforia destructora, lanzo con mi magia a todos ellos hasta el techo del vestíbulo y los mantengo aprisionados allí, en lo que los hago arder como antorchas. Unos segundos después de haberles prendido flama, también los pulverizo, y todo alrededor llueven pequeñas cascadas de ascuas chisporroteantes.
Pero…
Un trío de vampiros permanece a medio vestíbulo, con dos de ellos arrodillados cada uno a un lado de la visión más terrible y hermosa que jamás haya visto:
Parecen ser mi esposa, y mi hijo e hija.
Aunque en toda ocasión previa me ha motivado la ira, esta vez me impulsa el deseo de impresionar al primogénito que se encuentre aquí, antes de despacharlo. Quiero lucirme, y en un arrebato de protagonismo, he decidido que voy a destruir a la veintena de vampiros aquí a mano limpia. Bueno, casi, porque me gusta la aptitud que he desarrollado en el uso de las hoces como armas blancas. Voy a destripar a todos aquí.
De pie ante el portón que abrí de una patada, retiro las hoces de su vaina que cargo sobre mi espalda, con lentitud, y comienzo a frotar una con otra, en claro ademán de estar afilándolas. Doy pasos lentos y deliberados, y al cruzar el umbral, le ordeno al espíritu que despliegue sus tentáculos y que atranque toda ventana y puerta hacia el exterior. Ahora sí: a menos que caven un túnel o hagan un hoyo en alguna pared, no se me escapa nadie.
Estoy contando con la vanidad del vampiro milenario, que lo mantenga aquí sin escapar, confiado de que ningún otro vampiro excepto Benjamín podría hacerle daño. Y yo estoy confiado de que cualquier otro milenario será igual de sencillo —entre comillas— de dañar que Imenand.
Estoy avanzando hacia el grupo de vampiros, caminando a la velocidad normal de cualquier persona viva, pero hay algo raro sucediendo aquí: Todos ellos están de pie, frente a mí en este vestíbulo, y aunque los de hasta enfrente tienen una cara de pavor total, nadie ha intentado huir. Parecen estar dispuestos a resistirme en grupo.
¡Bah! Que intenten lo que quieran, que ya antes he despachado hasta grupos más numerosos.
Ah, ya veo…
Están agrupados alrededor del vampiro milenario. Son como una tropa de changos, con los menos importantes en la periferia, y los de más rango en el interior del grupo. Y puedo ver en las mentes de los más novatos —que no pueden disfrazar sus pensamientos todavía— que están dispuestos todos a ser destruidos con tal de proteger a… Vaya, qué raro… No tiene nombre en sus mentes. Es tan solo "A Quien he de guardar".
No importa, que me está emocionando esta necesidad de abrirme brecha a golpe de hoz entre tanto monstruo. Pero, antes de avanzar, me percato de que mis poderes han crecido más allá de mi entendimiento: acabo de atrancar puertas y ventanas con la mente, cuando antes no podía ni levantar guijarros en el aire. De inmediato abandono mi propósito de evitar el uso de la magia… Veamos qué otras cosas puedo lograr.
Me concentro en el mequetrefe más cercano, y con mis ademanes de director de orquesta lo levanto en el aire con el poder del espíritu. Lo hago flotar en un punto intermedio entre ellos y yo, a medio vestíbulo, y lo dejo en giros lentos allí, por unos segundos, en lo que decido qué hacer a continuación.
Con media sonrisa en mis labios, concentro mi atención por completo en imaginar a cada célula de su cuerpo, y a los dedos del espíritu afianzándose de cada una de ellas. Cuando siento que todo está sujetado, entonces le pido al espíritu que jale cada una de esas células en direcciones distintas.
El ruido que se escucha es como una docena de sábanas rasgándose al mismo tiempo, un estallido húmedo y centenares de palmadas sordas. Todos quedamos atónitos de quedar atomizados de partículas microscópicas de vampiro, y el vestíbulo ha quedado rociado de un tono rosado tenue. Los vampiros gimen y gritan de espanto, mientras yo suelto carcajadas como orate. En ninguna de las memorias de Benjamín había visto tal cosa. Creo que al fin he inventado algo nuevo en este mundo de monstruos.
Dejo caer las hoces al suelo, y otra vez repito el experimento. Y otra vez, y otra vez, y ya para esta cuarta ocasión estamos todos escurriendo de vampiros, y ahora sí algunos del grupo intentan pelear contra mí, mientras que otros intentan escapar. Los que se me avientan a mordidas, puñetazos, patadas, topes, rodillazos, o lo que sea, esos son los más fáciles de despachar, porque con mi cuerpo casi impenetrable y mi fuerza descomunal es sencillo dar golpes con el canto de la mano que separen brazos, piernas y cabezas del tronco. En un santiamén el cuarteto de vampiros que decidieron atacarme yacen a mis pies, con sus extremidades y cabezas todavía rodando y rebotando a unos metros de distancia. Los seis que intentaron escapar están todavía batiendo sus puños contra las puertas y las ventanas, y me sorprende una vez más darme cuenta de lo débiles que son. Apenas si son un poco más fuertes que los humanos…
Sin meditarlo mucho, decido incinerarlos con la mente. La docena de vampiros que restan voltean hacia todos lados, tratando de no perderse ni un detalle del espectáculo. Tienen determinación en sus rostros, y creo que bien han adivinado que no hay escape, y no hay manera de evitar que haga con ellos lo que se me pegue la gana. En un momento de euforia destructora, lanzo con mi magia a todos ellos hasta el techo del vestíbulo y los mantengo aprisionados allí, en lo que los hago arder como antorchas. Unos segundos después de haberles prendido flama, también los pulverizo, y todo alrededor llueven pequeñas cascadas de ascuas chisporroteantes.
Pero…
Un trío de vampiros permanece a medio vestíbulo, con dos de ellos arrodillados cada uno a un lado de la visión más terrible y hermosa que jamás haya visto:
Parecen ser mi esposa, y mi hijo e hija.
Continuará


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