5. Los comienzos son difíciles
—Bueno, ¿cómo le fue? ¿Usó magia? —Adelaide preguntó ansiosa en cuanto Wozniak logró estrujarse a sí mismo adentro de la cocina.
—No creo, pero pudo desviar o esquivar el ataque doble de los Thompson… Oh, y la próxima vez que vea al hermano mayor, a Mac, le voy a decir unas cuantas cosas sobre enseñarle conjuros avanzados a niños novatos… Les confisqué sus varitas por un buen rato. Los Thompson intentaron su infame conjuro de daño corporal, pero les falló el tino… y regresé al barracón demasiado pronto, porque me parecía que el pequeño Wingrove estaba a punto de zurrarles la badana… lo que hubiera sido lamentable, por supuesto —Wozniak se apuró a decir en cuanto notó que Adelaide le echaba una mirada dura—. Hay que vigilarlo bien, eso sí, porque parece ser bastante corajudo. Y, ¿cómo salió todo con la señora Wingrove?
—Ya veremos. Le confesé todo sobre La Escuela y luego modifiqué sus memorias… Si Giovanni decide contarle sobre su estadía la próxima vez que se encuentren, entonces las memorias de Shari regresarán, y será como si simplemente se hubiera olvidado por un tiempo. Pero bien sabes que ese tipo de hechizo es bastante peliagudo… Ya veremos —repitió Adelaide.
De repente, los dos enderezaron la espalda e inclinaron la cabeza de lado.
—¡Allí está de nuevo! ¿Ahora sí lo escuchas? —murmuró Adelaide.
—Sí, es como usted dijo antes, suena como una trompeta con sordina… Bleh, me siento con nauseas, como si alguien me hubiera revuelto las tripas con la mano… —Wozniak hasta tenía un aspecto medio verde y pálido.
—Yo tampoco me siento bien. Creo que me voy a retirar de una vez, pero vamos a tener que avisarle al resto del personal en la mañana. Esto es un tipo de intrusión. ¡Alguien nos está rastreando! Habla con Johannsen, y que revise todas las medidas de seguridad del perímetro.
—¡Sí, señora! ¡Ya voy!
***
Mientras tanto, en el Cardumen Cerúleo todos estaban más callados que en cualquier otra noche: no era la costumbre que el señor-tamaño-de-oso Wozniak les gritara que se metieran en la cama antes de la hora de dormir, o que frustraran de manera tan fácil a sus acosadores residentes. Solo los muy valientes se atrevían a continuar el cotilleo con susurros que flotaban de una cama a la otra. Sin embargo, algo que ninguno de ellos sabía por ser todos novatos era que nadie —pero nadie en absoluto— había soportado dos dotaciones completas de conjuros de daño corporal sin sufrir más que ligera comezón.
Ignorante de todos estos datos fascinantes, Giovanni roncaba sonoro, con un brazo cubriéndole la cara y una pierna colgando. El viaje de cuatro días en la antigua camioneta había cobrado su precio.
***
La madrugada llegó demasiado temprano para Giovanni, así de cansado como estaba. Una campanilla suave pero insistente empezó a repiquetear a las cinco y media, pero la pudo ignorar por unos cuantos minutos hasta que la niña más pequeña del dormitorio, que dormía en la cama de al lado, le dio unos cuantos puntapiés a su cabecera.
—¡Despierta-pierta! —Era una de esas molestas personas que estaban alegres y entusiastas desde la primera hora de la mañana. Cumplido su cometido de despertarlo, ella se fue a los baños.
Giovanni consideró no bañarse para poder dormitar otros cuantos minutos. Pero ya estaba acostumbrado a despertar a las cinco de la mañana desde hacía más de dos años, así que solo masculló maldiciones al desperezarse y en lo que se sacaba las legañas. Luego, hurgó sus maletas hasta que halló su toalla, el dentífrico y el cepillo de dientes… Sintió gran alivio al darse cuenta de que el cardumen contaba con dos baños, uno para niños y otro para niñas, y se aseó en pocos minutos. Eso sí, cuando salió del baño, se percató de que se había olvidado por completo de la presencia de tres niñas en el dormitorio, y cubrió su desnudez con la toalla demasiado tarde, sonrojándose apenas un poquito menos que ellas.
—Quizá a la próxima se te ocurra llevar muda de ropa interior al baño, como lo hace la gente normal, ¡pendejo!
Este era el chiquillo que lo había tratado insolentemente anoche. Giovanni ni se molestó en discutir con el niño, pero lo miró fijamente y se frotó la frente con deliberación, justo en el mismo sitio donde el pequeño acosador lucía un chipote. Eso lo hizo callar. Giovanni tomó sus prendas, se metió al baño de nuevo, y salió vestido. Fue a tender su litera, y empezó a guardar sus pertenencias.
—¡Puedes hacer esto después del desayuno! —dijo la niña, todavía demasiado contenta para semejante hora de la madrugada.
—Este… bueno, gracias. Hola, perdón, pero anoche no tuve mucho tiempo que digamos para presentarme. Mi nombre es Giovanni… —y le tendió la mano.
—¡Yo soy Circe! —Esquivando la mano, lo abrazó rápido—. ¡Mucho gusto en conocerte! ¡Oye! ¡Me caes muy bien! ¡Eres medio tontín! ¡Vamos a desayunar, que tengo mucha hambre! ¡Vamos!
—Bueno, pero me dices por dónde, que no creo que pueda encontrar la cocina de nuevo.
—¡Ay, no seas ridículo! ¡Claro que puedes! Lo único que necesitas es ir en línea recta. Con tal de que no voltees dos veces en la misma dirección, una vez tras otra, ¡siempre terminarás en la cocina!
Parecía ser cierto porque, aunque tuvo la sensación de vagar por muchos minutos, llegaron a la cocina casi al mismo tiempo que todos los demás de su cardumen. Unos desconocidos entraron por las demás puertas, lo que hizo a Giovanni imaginar que estos eran el resto de los cardúmenes. Todos pasaban por la estufa para recibir un plato de comida. Al mando de la estufa, una señora del tamaño de un refrigerador industrial y vistiendo el delantal más blanco que Giovanni jamas hubiera visto, estaba de pie, monolítica, dispensado comida como autómata.
—Este… Oiga, en lugar de esto ¿no tiene cereal? —Giovanni preguntó al recibir un plato rebosando hasta el copete con huevos revueltos, tocino, salchichón, polenta, bísquets y jamón.
El ídolo de la cocina tan solo le echó una mirada y bramó entre dientes, con voz gutural: «¡Cómetelo! ¡Es para tu bien!»
—Mire, no se me ofenda, pero…
—¡Gracias, señorita Loeb! ¿Me regala un poco de jalea de uva? —La pequeña Circe codeó a Giovanni para que avanzara, y su brillante sonrisa pareció apaciguar a la titánica señorita Loeb.
—¡Uuuuuy, qué cerca estuvo…! Mira, nomás cómete lo que sea que la señorita Loeb te sirva y nadie sale dañado, ¿sale? Hazlo, que es una de esas cosas, ya verás… —Circe apuró a Giovanni hacia el comedor, donde apenas si había suficiente espacio para que los cuarenta y cuatro estudiantes se sentaran al mismo tiempo.
La decoración era a la moda "cazador loco", con las cuatro paredes tapizadas de cornamentas de todo tamaño, desde el piso hasta el techo. Había once mesas cuadradas para los estudiantes y una mesa larga al fondo de la habitación, para los maestros. Cada mesa contaba con jarras de leche, zumo de naranja y agua, y cuatro cubiertos. Giovanni notó que la única mesa disponible era donde estaban las otras dos niñas de su cardumen, que lo ojeaban entre carcajadas, sin duda recordando su paseo al natural después de bañarse. Se sintió muy incómodo, como si anduviera sin pantalones en público. Casi.
—Esta es Traci, y ella es Staci —Circe dijo con alegría, una vez sentados—, y él es Giovanni.
Las muchachas tenían alrededor de catorce años de edad, eran muy rubias, con hoyuelos en las mejillas, cada quien con una de esas sonrisas de cuatro billones de vatios, y parecían ser tan alegres como Circe, y no le hicieron burla ni nada. A lo mejor le iban a caer bien.
Las tres Furias llegaron a la mesa de los maestros y tomaron asiento, excepto Adelaide, que permaneció de pie.
—¡Niños! —al alzar la voz todos guardaron silencio de inmediato—. Las tareas de esta mañana son: Cardumen Cerúleo con el Sr. Wozniak…
—El Sr. Wozniak es el líder de nuestro cardumen, y enseña Práctica —Circe comentó en voz baja, para explicarle a Giovanni—. ¡A mí me cae muy bien!
Adelaide continuó—: Cardumen Añil con la señorita Loeb… —Se escucharon varios gemidos, ya que a nadie le gustaba fregar aproximadamente dos mil millones de trastes sucios a lo largo del día—. Cardumen Cian con el señor Johannsen… —Ahora se escucharon varios «¡Sí!», con fervor.
—El señor Johannsen es el portero de la escuela: mantiene todos nuestros aparatos funcionando. Dicen que también le enseña de buena gana a quien sea que le pregunte cómo arreglar coches y cosas así por el estilo —Circe hasta arrugó la nariz.
Antes de que Adelaide continuara, hubo varios quejidos en el comedor.
—Calmados, niños, cierto: Cardumen Cobalto con la señora Staab…
—Esa es la ama de llaves, y es bien quisquillosa, y siempre está rodando por donde uno esté, revisando que todo esté bien hecho, ¡puaj!
Con Circe comentando las tareas asignadas por Adelaide, Giovanni miraba alrededor hasta que por fin encontró a otros dos muchachos y una muchacha que parecían de diecisiete años de edad. Entonces se dio cuenta también que todos lo estaban viendo a él. Circe le dio un codazo de nuevo.
—¡Nomás sonríe y saluda con la mano! ¡La señora Adelaide acaba de presentarte!
—Este…, hola… —Giovanni saludó con la mano. De espaldas a la mesa de maestros, los Thompson y el mini-acosador pusieron mano en pecho y le mostraron el dedo medio.
—Vaya, es bueno saber que uno cuenta con amigos… Circe, ¿quién es el niño que aventé de cabeza?
—Es Garret Feldman. Luego te cuento todo sobre él… Ya que acabaste, vámonos al cardumen para que guardes tus cosas. Déjame que te diga sobre tu horario diario…
—¿Te sabes mi horario? —Giovanni estaba sorprendido de mirar su plato y darse cuenta de que se había comido todo…
—¡Claro, tontito! ¡Todos tenemos el mismo horario! Entonces: hora de despertar a las cinco y media. Desayuno de seis quince hasta las seis cuarenta y cinco. Tiempo Personal hasta las siete. Faenas hasta medio día…
—¿Faenas?
—Sí, tenemos que ayudar con el mantenimiento de la escuela, que es muy antigua. Toma mucho trabajo, porque el clima es cruel en las montañas, ¿sabes? Así que, Comida por cuarenta y cinco minutos y luego otra media hora de Tiempo Personal. Desde la una quince hasta las seis de la tarde, Clases. Por lo general comenzamos las clases todos juntos para trabajar con las materias normales, con las tres Furias, y casi cada hora nos cambian de un salón a otro, para que no nos pongamos chiflados. Si tienes problemas con alguna asignatura a veces te dejan trabajar más tiempo en eso, pero casi siempre nomás nos mandan al siguiente salón de clases. No siempre acabamos en el mismo grupo, o tenemos las mismas clases. Hay cuatro clases principales: Escuela normal, con las Furias; Práctica, con el señor Wozniak; Integración, con la doctora Doe; y Teoría, con el profesor Benoni. A mí no me cae bien el profesor Benoni, para nada, pero las muchachas mayores dicen que es muy apuesto… ¡Fuchi! Yo qué sé, pero me parece un anormal, el tipo. Es demasiado joven como para ser todo un profesor, creo. Bueh, lo que sea… Entonces, después de las clases tenemos Cena por cuarenta y cinco minutos. Luego, una hora y media para hacer la tarea, y Tiempo Personal hasta la hora de dormir, a las diez de la noche. Bueno, pues ya estás enterado… Y ya que acabaste de guardar todas tus cosas, vamos a encontrarnos con el señor Wozniak en el jardín de enfrente. ¿Listo?
Giovanni estaba completamente exhausto solo de escuchar la explicación de Circe.
—Bueno, ¿cómo le fue? ¿Usó magia? —Adelaide preguntó ansiosa en cuanto Wozniak logró estrujarse a sí mismo adentro de la cocina.
—No creo, pero pudo desviar o esquivar el ataque doble de los Thompson… Oh, y la próxima vez que vea al hermano mayor, a Mac, le voy a decir unas cuantas cosas sobre enseñarle conjuros avanzados a niños novatos… Les confisqué sus varitas por un buen rato. Los Thompson intentaron su infame conjuro de daño corporal, pero les falló el tino… y regresé al barracón demasiado pronto, porque me parecía que el pequeño Wingrove estaba a punto de zurrarles la badana… lo que hubiera sido lamentable, por supuesto —Wozniak se apuró a decir en cuanto notó que Adelaide le echaba una mirada dura—. Hay que vigilarlo bien, eso sí, porque parece ser bastante corajudo. Y, ¿cómo salió todo con la señora Wingrove?
—Ya veremos. Le confesé todo sobre La Escuela y luego modifiqué sus memorias… Si Giovanni decide contarle sobre su estadía la próxima vez que se encuentren, entonces las memorias de Shari regresarán, y será como si simplemente se hubiera olvidado por un tiempo. Pero bien sabes que ese tipo de hechizo es bastante peliagudo… Ya veremos —repitió Adelaide.
De repente, los dos enderezaron la espalda e inclinaron la cabeza de lado.
—¡Allí está de nuevo! ¿Ahora sí lo escuchas? —murmuró Adelaide.
—Sí, es como usted dijo antes, suena como una trompeta con sordina… Bleh, me siento con nauseas, como si alguien me hubiera revuelto las tripas con la mano… —Wozniak hasta tenía un aspecto medio verde y pálido.
—Yo tampoco me siento bien. Creo que me voy a retirar de una vez, pero vamos a tener que avisarle al resto del personal en la mañana. Esto es un tipo de intrusión. ¡Alguien nos está rastreando! Habla con Johannsen, y que revise todas las medidas de seguridad del perímetro.
—¡Sí, señora! ¡Ya voy!
***
Mientras tanto, en el Cardumen Cerúleo todos estaban más callados que en cualquier otra noche: no era la costumbre que el señor-tamaño-de-oso Wozniak les gritara que se metieran en la cama antes de la hora de dormir, o que frustraran de manera tan fácil a sus acosadores residentes. Solo los muy valientes se atrevían a continuar el cotilleo con susurros que flotaban de una cama a la otra. Sin embargo, algo que ninguno de ellos sabía por ser todos novatos era que nadie —pero nadie en absoluto— había soportado dos dotaciones completas de conjuros de daño corporal sin sufrir más que ligera comezón.
Ignorante de todos estos datos fascinantes, Giovanni roncaba sonoro, con un brazo cubriéndole la cara y una pierna colgando. El viaje de cuatro días en la antigua camioneta había cobrado su precio.
***
La madrugada llegó demasiado temprano para Giovanni, así de cansado como estaba. Una campanilla suave pero insistente empezó a repiquetear a las cinco y media, pero la pudo ignorar por unos cuantos minutos hasta que la niña más pequeña del dormitorio, que dormía en la cama de al lado, le dio unos cuantos puntapiés a su cabecera.
—¡Despierta-pierta! —Era una de esas molestas personas que estaban alegres y entusiastas desde la primera hora de la mañana. Cumplido su cometido de despertarlo, ella se fue a los baños.
Giovanni consideró no bañarse para poder dormitar otros cuantos minutos. Pero ya estaba acostumbrado a despertar a las cinco de la mañana desde hacía más de dos años, así que solo masculló maldiciones al desperezarse y en lo que se sacaba las legañas. Luego, hurgó sus maletas hasta que halló su toalla, el dentífrico y el cepillo de dientes… Sintió gran alivio al darse cuenta de que el cardumen contaba con dos baños, uno para niños y otro para niñas, y se aseó en pocos minutos. Eso sí, cuando salió del baño, se percató de que se había olvidado por completo de la presencia de tres niñas en el dormitorio, y cubrió su desnudez con la toalla demasiado tarde, sonrojándose apenas un poquito menos que ellas.
—Quizá a la próxima se te ocurra llevar muda de ropa interior al baño, como lo hace la gente normal, ¡pendejo!
Este era el chiquillo que lo había tratado insolentemente anoche. Giovanni ni se molestó en discutir con el niño, pero lo miró fijamente y se frotó la frente con deliberación, justo en el mismo sitio donde el pequeño acosador lucía un chipote. Eso lo hizo callar. Giovanni tomó sus prendas, se metió al baño de nuevo, y salió vestido. Fue a tender su litera, y empezó a guardar sus pertenencias.
—¡Puedes hacer esto después del desayuno! —dijo la niña, todavía demasiado contenta para semejante hora de la madrugada.
—Este… bueno, gracias. Hola, perdón, pero anoche no tuve mucho tiempo que digamos para presentarme. Mi nombre es Giovanni… —y le tendió la mano.
—¡Yo soy Circe! —Esquivando la mano, lo abrazó rápido—. ¡Mucho gusto en conocerte! ¡Oye! ¡Me caes muy bien! ¡Eres medio tontín! ¡Vamos a desayunar, que tengo mucha hambre! ¡Vamos!
—Bueno, pero me dices por dónde, que no creo que pueda encontrar la cocina de nuevo.
—¡Ay, no seas ridículo! ¡Claro que puedes! Lo único que necesitas es ir en línea recta. Con tal de que no voltees dos veces en la misma dirección, una vez tras otra, ¡siempre terminarás en la cocina!
Parecía ser cierto porque, aunque tuvo la sensación de vagar por muchos minutos, llegaron a la cocina casi al mismo tiempo que todos los demás de su cardumen. Unos desconocidos entraron por las demás puertas, lo que hizo a Giovanni imaginar que estos eran el resto de los cardúmenes. Todos pasaban por la estufa para recibir un plato de comida. Al mando de la estufa, una señora del tamaño de un refrigerador industrial y vistiendo el delantal más blanco que Giovanni jamas hubiera visto, estaba de pie, monolítica, dispensado comida como autómata.
—Este… Oiga, en lugar de esto ¿no tiene cereal? —Giovanni preguntó al recibir un plato rebosando hasta el copete con huevos revueltos, tocino, salchichón, polenta, bísquets y jamón.
El ídolo de la cocina tan solo le echó una mirada y bramó entre dientes, con voz gutural: «¡Cómetelo! ¡Es para tu bien!»
—Mire, no se me ofenda, pero…
—¡Gracias, señorita Loeb! ¿Me regala un poco de jalea de uva? —La pequeña Circe codeó a Giovanni para que avanzara, y su brillante sonrisa pareció apaciguar a la titánica señorita Loeb.
—¡Uuuuuy, qué cerca estuvo…! Mira, nomás cómete lo que sea que la señorita Loeb te sirva y nadie sale dañado, ¿sale? Hazlo, que es una de esas cosas, ya verás… —Circe apuró a Giovanni hacia el comedor, donde apenas si había suficiente espacio para que los cuarenta y cuatro estudiantes se sentaran al mismo tiempo.
La decoración era a la moda "cazador loco", con las cuatro paredes tapizadas de cornamentas de todo tamaño, desde el piso hasta el techo. Había once mesas cuadradas para los estudiantes y una mesa larga al fondo de la habitación, para los maestros. Cada mesa contaba con jarras de leche, zumo de naranja y agua, y cuatro cubiertos. Giovanni notó que la única mesa disponible era donde estaban las otras dos niñas de su cardumen, que lo ojeaban entre carcajadas, sin duda recordando su paseo al natural después de bañarse. Se sintió muy incómodo, como si anduviera sin pantalones en público. Casi.
—Esta es Traci, y ella es Staci —Circe dijo con alegría, una vez sentados—, y él es Giovanni.
Las muchachas tenían alrededor de catorce años de edad, eran muy rubias, con hoyuelos en las mejillas, cada quien con una de esas sonrisas de cuatro billones de vatios, y parecían ser tan alegres como Circe, y no le hicieron burla ni nada. A lo mejor le iban a caer bien.
Las tres Furias llegaron a la mesa de los maestros y tomaron asiento, excepto Adelaide, que permaneció de pie.
—¡Niños! —al alzar la voz todos guardaron silencio de inmediato—. Las tareas de esta mañana son: Cardumen Cerúleo con el Sr. Wozniak…
—El Sr. Wozniak es el líder de nuestro cardumen, y enseña Práctica —Circe comentó en voz baja, para explicarle a Giovanni—. ¡A mí me cae muy bien!
Adelaide continuó—: Cardumen Añil con la señorita Loeb… —Se escucharon varios gemidos, ya que a nadie le gustaba fregar aproximadamente dos mil millones de trastes sucios a lo largo del día—. Cardumen Cian con el señor Johannsen… —Ahora se escucharon varios «¡Sí!», con fervor.
—El señor Johannsen es el portero de la escuela: mantiene todos nuestros aparatos funcionando. Dicen que también le enseña de buena gana a quien sea que le pregunte cómo arreglar coches y cosas así por el estilo —Circe hasta arrugó la nariz.
Antes de que Adelaide continuara, hubo varios quejidos en el comedor.
—Calmados, niños, cierto: Cardumen Cobalto con la señora Staab…
—Esa es la ama de llaves, y es bien quisquillosa, y siempre está rodando por donde uno esté, revisando que todo esté bien hecho, ¡puaj!
Con Circe comentando las tareas asignadas por Adelaide, Giovanni miraba alrededor hasta que por fin encontró a otros dos muchachos y una muchacha que parecían de diecisiete años de edad. Entonces se dio cuenta también que todos lo estaban viendo a él. Circe le dio un codazo de nuevo.
—¡Nomás sonríe y saluda con la mano! ¡La señora Adelaide acaba de presentarte!
—Este…, hola… —Giovanni saludó con la mano. De espaldas a la mesa de maestros, los Thompson y el mini-acosador pusieron mano en pecho y le mostraron el dedo medio.
—Vaya, es bueno saber que uno cuenta con amigos… Circe, ¿quién es el niño que aventé de cabeza?
—Es Garret Feldman. Luego te cuento todo sobre él… Ya que acabaste, vámonos al cardumen para que guardes tus cosas. Déjame que te diga sobre tu horario diario…
—¿Te sabes mi horario? —Giovanni estaba sorprendido de mirar su plato y darse cuenta de que se había comido todo…
—¡Claro, tontito! ¡Todos tenemos el mismo horario! Entonces: hora de despertar a las cinco y media. Desayuno de seis quince hasta las seis cuarenta y cinco. Tiempo Personal hasta las siete. Faenas hasta medio día…
—¿Faenas?
—Sí, tenemos que ayudar con el mantenimiento de la escuela, que es muy antigua. Toma mucho trabajo, porque el clima es cruel en las montañas, ¿sabes? Así que, Comida por cuarenta y cinco minutos y luego otra media hora de Tiempo Personal. Desde la una quince hasta las seis de la tarde, Clases. Por lo general comenzamos las clases todos juntos para trabajar con las materias normales, con las tres Furias, y casi cada hora nos cambian de un salón a otro, para que no nos pongamos chiflados. Si tienes problemas con alguna asignatura a veces te dejan trabajar más tiempo en eso, pero casi siempre nomás nos mandan al siguiente salón de clases. No siempre acabamos en el mismo grupo, o tenemos las mismas clases. Hay cuatro clases principales: Escuela normal, con las Furias; Práctica, con el señor Wozniak; Integración, con la doctora Doe; y Teoría, con el profesor Benoni. A mí no me cae bien el profesor Benoni, para nada, pero las muchachas mayores dicen que es muy apuesto… ¡Fuchi! Yo qué sé, pero me parece un anormal, el tipo. Es demasiado joven como para ser todo un profesor, creo. Bueh, lo que sea… Entonces, después de las clases tenemos Cena por cuarenta y cinco minutos. Luego, una hora y media para hacer la tarea, y Tiempo Personal hasta la hora de dormir, a las diez de la noche. Bueno, pues ya estás enterado… Y ya que acabaste de guardar todas tus cosas, vamos a encontrarnos con el señor Wozniak en el jardín de enfrente. ¿Listo?
Giovanni estaba completamente exhausto solo de escuchar la explicación de Circe.
Continuará…


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