7. Pininos siniestros
Ansioso de ensayar estos poderes mágicos que había en las memorias de la sangre, por fin me levanté de mi escueto escondite. Al instante, una estampida de marmotas brotaron por entre mis pies, desde sus guaridas subterráneas. Supongo que hacían bien en temerme, porque de manera automática mi brazo se disparó hasta el suelo, arrastrándome tras él, y pilló a una de las alimañas casi sin esfuerzo. Antes de poder entender bien lo que me sucedía, ya estaba sorbiendo las entrañas del animalito que había abierto a dentelladas.
Pero no me causó asco hacerlo. Al contrario, sentía unos leves toques de placer al sentir la fuerza vital del pequeño mamífero esfumarse ligera, como una bocanada de humo de cigarro perdida en un ventarrón. Supuse que el desprecio a lo material del espíritu inmundo que infectaba mis venas era el que se gozaba de la extinción de cualquier vestigio de vida. Aunque es difícil todavía distinguir hasta dónde llega el espíritu, y desde dónde comienza la simple maldad destructora de la naturaleza humana…
Mas no importa.
Por varias horas me dediqué a practicar estos nuevos poderes que hallé en las memorias. Pero no todos me eran accesibles. Por ejemplo, no podía levantar ni pequeñas piedras con la mente, a pesar de poder hacerlas volcarse de un lado a otro. Y no podía leer pensamientos. Las liebres y halcones que estaban cerca tan solo proyectaban sentimientos turbios de temor, agresión y hambre. Y las hormigas y alacranes tenían pensamientos tan alienígenas que solo los percibía como colores opacos y pulsantes. Pero de humanos, no captaba ni una idea suelta. Supongo que estaba muy lejos de cualquier poblado…
Pero quedé extático de comprobar que podía dejar al espíritu mover mi cuerpo a velocidades increíbles. Bastaba con que me imaginara de pie junto a alguno de los mezquites a cientos de metros de distancia para que en cuestión de momentos me encontrara allí. A esas velocidades, el aire mismo se sentía como una pared de concreto que restregaba mi piel. Pero eso sí: con todos mis sentidos amplificados, sentía todo con una inmediatez inimaginable que me hacía sufrir como nunca había padecido dolencia alguna, pero sin que mi cuerpo se dañara. Todo el dolor y nada del daño. Hoy, después de veinte años, todavía no sé si valga la pena…
No obstante, toda queja quedó olvidada en cuanto intenté dejar que el espíritu levantara mi cuerpo en el aire, y lo logré. Yo siempre había sufrido vértigo con las alturas, pero esta nueva sensación de ver la tierra pasando bajo mis pies, lejana, y del aire escabulléndose entre mi ropa y cabello, me llenaba de un gozo malsano. Esta era la prueba final de que sí era en realidad un monstruo. Esta era la prueba de que ya no era humano para nada.
Todavía experimentando, intenté imaginarme que estaba en algún sitio exótico y forastero, como el Timbuktu, pero el espíritu no pudo llevarme hasta allá. Supuse que si yo no había estado en el sitio en persona, el espíritu no podría transportarme. Y cuando intenté alzarme en el aire para ver si podría llegar al espacio sideral, mi cuerpo no pasó del kilómetro de altura. Deduje que el espíritu me ataba al monstruo creador, a Benjamín. Siendo él origen y foco de esta infección maldita, me imaginaba que, de haber más engendros como yo, todos estaríamos obligados a permanecer donde él estuviera. Me pregunté qué sucedería si a Benjamín lo lanzaran en un cohete hacia Marte: si todos los demás quedaríamos destruidos o si seríamos transportados hasta ese planeta…
Pero eso tampoco importa.
Durante mis divagaciones, había dejado que mi cuerpo flotara a la deriva, como papalote extraviado, y de pronto me percaté de que había llegado a los aledaños de la base naval de Kingsville.
Ansioso de ensayar estos poderes mágicos que había en las memorias de la sangre, por fin me levanté de mi escueto escondite. Al instante, una estampida de marmotas brotaron por entre mis pies, desde sus guaridas subterráneas. Supongo que hacían bien en temerme, porque de manera automática mi brazo se disparó hasta el suelo, arrastrándome tras él, y pilló a una de las alimañas casi sin esfuerzo. Antes de poder entender bien lo que me sucedía, ya estaba sorbiendo las entrañas del animalito que había abierto a dentelladas.
Pero no me causó asco hacerlo. Al contrario, sentía unos leves toques de placer al sentir la fuerza vital del pequeño mamífero esfumarse ligera, como una bocanada de humo de cigarro perdida en un ventarrón. Supuse que el desprecio a lo material del espíritu inmundo que infectaba mis venas era el que se gozaba de la extinción de cualquier vestigio de vida. Aunque es difícil todavía distinguir hasta dónde llega el espíritu, y desde dónde comienza la simple maldad destructora de la naturaleza humana…
Mas no importa.
Por varias horas me dediqué a practicar estos nuevos poderes que hallé en las memorias. Pero no todos me eran accesibles. Por ejemplo, no podía levantar ni pequeñas piedras con la mente, a pesar de poder hacerlas volcarse de un lado a otro. Y no podía leer pensamientos. Las liebres y halcones que estaban cerca tan solo proyectaban sentimientos turbios de temor, agresión y hambre. Y las hormigas y alacranes tenían pensamientos tan alienígenas que solo los percibía como colores opacos y pulsantes. Pero de humanos, no captaba ni una idea suelta. Supongo que estaba muy lejos de cualquier poblado…
Pero quedé extático de comprobar que podía dejar al espíritu mover mi cuerpo a velocidades increíbles. Bastaba con que me imaginara de pie junto a alguno de los mezquites a cientos de metros de distancia para que en cuestión de momentos me encontrara allí. A esas velocidades, el aire mismo se sentía como una pared de concreto que restregaba mi piel. Pero eso sí: con todos mis sentidos amplificados, sentía todo con una inmediatez inimaginable que me hacía sufrir como nunca había padecido dolencia alguna, pero sin que mi cuerpo se dañara. Todo el dolor y nada del daño. Hoy, después de veinte años, todavía no sé si valga la pena…
No obstante, toda queja quedó olvidada en cuanto intenté dejar que el espíritu levantara mi cuerpo en el aire, y lo logré. Yo siempre había sufrido vértigo con las alturas, pero esta nueva sensación de ver la tierra pasando bajo mis pies, lejana, y del aire escabulléndose entre mi ropa y cabello, me llenaba de un gozo malsano. Esta era la prueba final de que sí era en realidad un monstruo. Esta era la prueba de que ya no era humano para nada.
Todavía experimentando, intenté imaginarme que estaba en algún sitio exótico y forastero, como el Timbuktu, pero el espíritu no pudo llevarme hasta allá. Supuse que si yo no había estado en el sitio en persona, el espíritu no podría transportarme. Y cuando intenté alzarme en el aire para ver si podría llegar al espacio sideral, mi cuerpo no pasó del kilómetro de altura. Deduje que el espíritu me ataba al monstruo creador, a Benjamín. Siendo él origen y foco de esta infección maldita, me imaginaba que, de haber más engendros como yo, todos estaríamos obligados a permanecer donde él estuviera. Me pregunté qué sucedería si a Benjamín lo lanzaran en un cohete hacia Marte: si todos los demás quedaríamos destruidos o si seríamos transportados hasta ese planeta…
Pero eso tampoco importa.
Durante mis divagaciones, había dejado que mi cuerpo flotara a la deriva, como papalote extraviado, y de pronto me percaté de que había llegado a los aledaños de la base naval de Kingsville.
Continuará…


No comments:
Post a Comment