5. El arco de descenso
Durante el siguiente día, escondido entre matorrales para evitar que me espiara la avioneta de la patrulla fronteriza, me quedé completamente inmóvil por más de diez horas.
Al principio, estaba quieto por el horror que me causaban los deseos casi incontrolables de volver a sentir otra vida pasar por mis labios, en regueros de sangre. Me imaginaba paralizado para tratar de calmar los brazos y piernas temblorosos de ansiedad. Me quedé como piedra, con tal de evitar morderme la lengua de nuevo, cada vez que rechinaba los dientes.
Pero al pasar un par de horas, sentí al amanecer llegar, y por primera vez en mi vida escuché el cambio de actitud del planeta mismo al llegar el astro rey. Con mis nuevos sentidos amplificados, todavía ardiendo en la llama del cambio horrible, pude sentir el alivio momentáneo de las plantas al caer el sereno mañanero, y la angustia de todo ser vivo a la intemperie al escalar la temperatura con rapidez. Era el mes de agosto, cuando es típico que el termómetro suba hasta los cuarenta grados antes de las diez de la mañana.
En esa quietud, con el sol despiadado encima, la flama recorrió por mis sentidos y mi cuerpo, hasta que se asentó en el centro de mi alma. De repente, todas esas memorias ajenas que habían estado rondándome como enjambre enardecido de murciélagos parecieron posarse en una cueva acogedora. En un instante, todas las cosas que Benjamín me dio a conocer a través de la sangre se transformaron, de imágenes borrosas a conocimientos nítidos.
Por horas repasé todos estos datos nuevos, como quien visita a sus padres ancianos en el asilo, reconociendo rasgos olvidados… Consciente de que eran ajenas, las memorias de Benjamín me mantuvieron estupefacto por sus maravillas y su vileza.
Para comenzar, me expliqué a mi mismo que lo que siempre nos habían mostrado en la televisión y en películas sobre los vampiros era insuficiente como descripción del monstruo en el que Benjamín me había transformado. Parece que, al principio del tiempo, en algún pueblucho hitita, una persona joven y soberbia que se creía hechicero y que podía hablar con las almas de los fallecidos había cortejado las atenciones de un espíritu maligno, sin entender la amplitud de la malignidad de esos seres. Es que hay entidades rondando la tierra que nada tienen que ver con los humanos, ni tampoco con lo que después se reconocieron en otras culturas como ángeles y demonios. En cambio, son entidades que tienen mente, pero casi no tienen intelecto, y por lo general tienen un desprecio profundo por lo carnal. Estos espíritus por lo general se hallan esparcidos por todo el mundo, ya que sin intelecto no tienen necesidad de enfocarse en un sitio y en un tiempo. Excepto por este ser en particular, que en su repugnancia hacia todo lo material, y bajo el acoso de este hitita imprudente, se concentró en un solo local y tiempo y agredió día y noche a quien creía que lo estaba atormentando. El hitita perdió la cordura al sentir dedos y agujas invisibles hurgándole hasta las entrañas por días y días, y en un arrebato terminal de zozobra decidió tomar una navaja de cobre y abrirse las venas, para escapar en el olvido final de la muerte.
Pero el espíritu maligno, enardecido de ver la fuerza vital fluyendo escarlata, intentó investirse de esa vida, mientras su mente desgarrada entre lujuria y asco se perdía para siempre en el hueco vacío de la hemoglobina. Fue un accidente cósmico, o quizá la concatenación de toda la mala suerte posible. El hitita presidió en plena conciencia a los rigores de la muerte carnal de su cuerpo, y sintió la flama del espíritu engullir su propia alma. Desde ese momento, hasta la eternidad, su cadáver reanimado fue un féretro para su conciencia. Y su alma quedó entretejida en el velo tenue del espíritu maligno, atados el uno al otro bajo un yugo anormal.
No pasaron ni unos minutos antes de que un vecino se atreviera a asomarse a la choza, para investigar el porqué de los gritos desgarrados que se oyeron por varios días y que de repente cesaron. El ansia lujuriosa del espíritu inmundo impulsó al hitita a hacer jirones al pobre vecino, a la vista de todo mundo. Un gran pánico hizo huir al resto del vecindario entre gritos y llanto, y no tardaron los guerreros en hacerse de sus armas para perseguirlo e infligir heridas que a cualquier otro cuerpo resultarían mortales.
Herido, sintiendo el dolor con una agudeza que ningún humano pudiera haber soportado en sus cinco sentidos, y enloquecido por la situación inverosímil, el hitita huyó hacia el desierto, y nunca más regresó a su patria.
Pero llegó a Egipto algunos días después…
Durante el siguiente día, escondido entre matorrales para evitar que me espiara la avioneta de la patrulla fronteriza, me quedé completamente inmóvil por más de diez horas.
Al principio, estaba quieto por el horror que me causaban los deseos casi incontrolables de volver a sentir otra vida pasar por mis labios, en regueros de sangre. Me imaginaba paralizado para tratar de calmar los brazos y piernas temblorosos de ansiedad. Me quedé como piedra, con tal de evitar morderme la lengua de nuevo, cada vez que rechinaba los dientes.
Pero al pasar un par de horas, sentí al amanecer llegar, y por primera vez en mi vida escuché el cambio de actitud del planeta mismo al llegar el astro rey. Con mis nuevos sentidos amplificados, todavía ardiendo en la llama del cambio horrible, pude sentir el alivio momentáneo de las plantas al caer el sereno mañanero, y la angustia de todo ser vivo a la intemperie al escalar la temperatura con rapidez. Era el mes de agosto, cuando es típico que el termómetro suba hasta los cuarenta grados antes de las diez de la mañana.
En esa quietud, con el sol despiadado encima, la flama recorrió por mis sentidos y mi cuerpo, hasta que se asentó en el centro de mi alma. De repente, todas esas memorias ajenas que habían estado rondándome como enjambre enardecido de murciélagos parecieron posarse en una cueva acogedora. En un instante, todas las cosas que Benjamín me dio a conocer a través de la sangre se transformaron, de imágenes borrosas a conocimientos nítidos.
Por horas repasé todos estos datos nuevos, como quien visita a sus padres ancianos en el asilo, reconociendo rasgos olvidados… Consciente de que eran ajenas, las memorias de Benjamín me mantuvieron estupefacto por sus maravillas y su vileza.
Para comenzar, me expliqué a mi mismo que lo que siempre nos habían mostrado en la televisión y en películas sobre los vampiros era insuficiente como descripción del monstruo en el que Benjamín me había transformado. Parece que, al principio del tiempo, en algún pueblucho hitita, una persona joven y soberbia que se creía hechicero y que podía hablar con las almas de los fallecidos había cortejado las atenciones de un espíritu maligno, sin entender la amplitud de la malignidad de esos seres. Es que hay entidades rondando la tierra que nada tienen que ver con los humanos, ni tampoco con lo que después se reconocieron en otras culturas como ángeles y demonios. En cambio, son entidades que tienen mente, pero casi no tienen intelecto, y por lo general tienen un desprecio profundo por lo carnal. Estos espíritus por lo general se hallan esparcidos por todo el mundo, ya que sin intelecto no tienen necesidad de enfocarse en un sitio y en un tiempo. Excepto por este ser en particular, que en su repugnancia hacia todo lo material, y bajo el acoso de este hitita imprudente, se concentró en un solo local y tiempo y agredió día y noche a quien creía que lo estaba atormentando. El hitita perdió la cordura al sentir dedos y agujas invisibles hurgándole hasta las entrañas por días y días, y en un arrebato terminal de zozobra decidió tomar una navaja de cobre y abrirse las venas, para escapar en el olvido final de la muerte.
Pero el espíritu maligno, enardecido de ver la fuerza vital fluyendo escarlata, intentó investirse de esa vida, mientras su mente desgarrada entre lujuria y asco se perdía para siempre en el hueco vacío de la hemoglobina. Fue un accidente cósmico, o quizá la concatenación de toda la mala suerte posible. El hitita presidió en plena conciencia a los rigores de la muerte carnal de su cuerpo, y sintió la flama del espíritu engullir su propia alma. Desde ese momento, hasta la eternidad, su cadáver reanimado fue un féretro para su conciencia. Y su alma quedó entretejida en el velo tenue del espíritu maligno, atados el uno al otro bajo un yugo anormal.
No pasaron ni unos minutos antes de que un vecino se atreviera a asomarse a la choza, para investigar el porqué de los gritos desgarrados que se oyeron por varios días y que de repente cesaron. El ansia lujuriosa del espíritu inmundo impulsó al hitita a hacer jirones al pobre vecino, a la vista de todo mundo. Un gran pánico hizo huir al resto del vecindario entre gritos y llanto, y no tardaron los guerreros en hacerse de sus armas para perseguirlo e infligir heridas que a cualquier otro cuerpo resultarían mortales.
Herido, sintiendo el dolor con una agudeza que ningún humano pudiera haber soportado en sus cinco sentidos, y enloquecido por la situación inverosímil, el hitita huyó hacia el desierto, y nunca más regresó a su patria.
Pero llegó a Egipto algunos días después…
Continuará…


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