Monday, March 30, 2009

Saciedad 2

2. Lo que es ser feliz

La pregunta susurrada no me sorprendió por lo incongruente de su procedencia ni por haber sido pronunciada tan quedo que ningún humano la hubiera podido escuchar, sino por la certeza de saber que ese ronroneo indefinido más allá del limite auditivo emanaba también del interrogante misterioso.

No le hace. Estoy seguro de que donde hay uno de ellos, hay varios. Siempre es así. Son como una infección, como un salpullido bajo los calzones de la humanidad.

Apenas si dirigiendo mi concentración hacia esa alcantarilla, sintiendo la presencia allí como un moretón en mi mente, digo lo mismo de siempre, lo que he dicho cada que los encuentro de nuevo:

«Arde».

Un destello rojizo se deja ver entre la rejilla de la alcantarilla, y una pequeña nube de humo azul que apesta a cloaca y descomposición se alza despacio. Siempre es lo mismo: la sensación en mi mente es que se sienten sorprendidos por un instante, y luego siento un gran tumulto de memorias, dolor e incredulidad, todo junto en un momento, como ráfaga pasajera. Ridículos, que piensan que son invulnerables, pero no entienden la monstruosidad que es la inmortalidad verdadera…

Otro tumulto en mi mente: el flacucho se ha esfumado de la tienda, entre sentimientos de incredulidad y espanto. Salió con tanta prisa que las puertas de la tienda se botaron de su marco y cayeron al suelo a varios metros de la tienda. El dependiente del mostrador está atónito, y estoy seguro que ni sus cámaras de seguridad habrán captado el movimiento tan rápido del flacucho, que puede moverse como la luz del pensamiento, aparentemente.

Vaya, otro de los que caminan bajo el sol. También pensé que era el único en hacerlo.

Va a ser un día interesante.

* * *


Esas cosas y otras parecidas me habían mantenido alejado de este maldito pueblo de mala muerte durante los últimos veinte años. De hecho, me mantuvieron alejado de cualquier sitio con gente.

El momento que descubrí que la sangre era un deseo y no una necesidad, me desvestí de ese impulso y me largué a todos esos sitios recónditos que vocean histéricos en los documentales naturistas. Fue un alivio darme cuenta de que la humanidad, por más que pulule cual moscas sobre llagas que supuran, requiere de tantas cosas de parte de la naturaleza que es muy limitado el alcance de sus poblaciones.

Así que por veinte años vagué por selvas abrumadoras, trepando árboles y jugando a cachetadas con orang-utanes, y palpando la cresta huesuda de gorilas en montañas casi inaccesibles. Fue un alivio cruzar a pie los Himalaya y no encontrar más que a unos cuantos humanos entre tanta cabra y ganso. Fue una calma casi infinita remontarme al aire y cruzar océanos completos sin ver ni una seña de hombres ni mujeres.

Hay más mundo que gente, qué fortuna. Qué consuelo.




Continuará…

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