Monday, March 30, 2009

Saciedad 13

13. Tanto peca el que mata a la vaca

Al principio me sentía defraudado de que el reto no hubiera sido mayor. Con mis poderes mágicos amplificados, cada uno de los monstruos sobresalía como un clarín agudo de entre el murmullo embrutecedor de las mentes humanas. Cuando detecté una gran concentración de estos monstruos habitando en el viejo mundo, me remonté al aire y me re-ubiqué en Europa. Por meses vagué por países llenos de historia y de monstruos hasta el copete. De vez en cuando me adentraba en Asia y en África, pero siempre regresaba a Europa, porque allí había más vampiros.

Era fácil encontrar sus escondites. La mayor parte de ellos vivían en aquelarres de varias docenas de vampiros, intentando obedecer todas las reglas, y sintiéndose completamente miserables todo el tiempo. Esos eran los más débiles, y muy pocos de ellos habían vivido más de un siglo. Tomé la costumbre de telefonear a los bomberos, antes de llegar a donde sea que estuvieran mis próximas víctimas, para evitar incendios innecesarios. Aunque otros vivían como jaurías de perros, sembrando el terror en cualquier comarca donde se hubieran instalado, y haciendo estragos con la población nativa. A esos feroces vampiros les reservaba el castigo de despedazarlos primero, antes de prenderles fuego.

Los vampiros que habían sobrevivido más de un siglo, por lo menos, eran completamente diferentes: se la pasaban acumulando riquezas y eran solitarios. Lo más raro de ellos es que se valían de guardianes y lacayos humanos. Reinaban sus pandillas a base de recompensas desmedidas y castigos crueles. Algunos de los carteles de traficantes de drogas más peligrosos en el mundo eran controlados por esos vampiros centenarios. Eran mucho más paranoicos y difíciles de encontrar, y nunca dudaban en escudarse detrás de cualquier humano que tuvieran a la mano.

Para lo que me importaba… Desde el principio estaba convencido de que, si eran humanos y sabían que su jefe era vampiro, se merecían que los destruyera junto a su patrón. Era fácil leerles la mente en su estado de pánico, cuando avanzaba en contra de ellos sin que nada pudiera desviarme. Aunque no era tan fácil darles caza a sus jefes. Esos vampiros centenarios tenían algunos poderes del espíritu, y a veces tenía que acecharlos por días, antes de poderlos destruir. Por lo general, sucumbían también a mi poder de la flama, pero sabían usar otros poderes para evitar mis ataques. Por ejemplo, los que podían escuchar pensamientos, me detectaban por el sonido como trompeta del juicio final que sonaba dentro de sus mentes cuando estaba cerca de ellos, y lograban escaparse por unas cuantas horas. Algunos otros sabían escabullirse muy bien con la rapidez del espíritu, pero siempre se olvidaban que podía seguirles la pista simplemente dejando que el espíritu me guiara hacia ellos. Invariablemente los podía atajar para destruirlos.

Ya después de una temporada, comencé a cargar atadas a mi espalda un par de hoces, nada más por puro estilo. Por algún motivo, el hecho de usar mi cuerpo con movimientos humanos —aunque bastante más raudos y poderosos que cualquier otro humano— me hacía sentir un placer adicional al embestir contra una turba de monstruos sedientos de sangre y emerger del tumulto ileso, dejando atrás una pila de retazos temblorosos. A veces, cuando me ganaba el impulso de crueldad, a los vampiros centenarios los destazaba en trozos grandes. Mientras los inmovilizaba con el poder de la mente, las hoces separaban de una sola rebanada una mano, o un pie, o desde la rodilla hasta medio muslo. Lentamente, de manera deliberada, iba colocando los fragmentos en posición casi anatómica, sin que se tocaran unos a otros, y los dejaba allí por días, contemplando el horror de la inmortalidad. Reconozco que olvidé a más de dos o tres en esa posición. Ojalá que nadie los haya encontrado, porque de juntar los trozos, con el paso del tiempo es posible que el espíritu les remiende su cuerpo, y que surjan de nuevo, como Quasimodos sedientos. Pero, de suceder, simplemente tendré que visitarlos de nuevo, de manera definitiva.

Después de un tiempo también esta diversión llegó a aburrirme, y comencé a vagar entre las poblaciones y las grandes ciudades como el ángel del Éxodo. En lugar de pasar y tomar la vida de los primogénitos egipcios, pasaba por las calles iniciando conflagraciones solitarias en algún sótano oculto, o llamaradas múltiples adentro de edificios abandonados. El poder del espíritu cada vez era más fuerte en mí, y me supuse que en parte era porque no había bebido sangre en mucho tiempo. Pero también había muchos menos recipientes para que el espíritu habitara, y sus poderes cada vez se concentraban más en quienes sobrevivíamos.

Esa idea me hizo preocuparme bastante, pensando que no había encontrado a ningún primogénito milenario todavía.

Cierto, que las memorias de Benjamín me habían mostrado una historia donde Benjamín arrasó con todos los vampiros y dejó al mundo en la época romana sin vampiros. Pero algo que me había estado dando cuenta es que había grandes brechas en las memorias de Benjamín, y que no sabía todo. Una simple muestra fue la aparición de Imenand. Si había entendido correctamente, había vampiros milenarios que sabían esconderse de Benjamín, y esperaban la oportunidad de salir al mundo mientras Benjamín "estuviera reposando", lo que sea que significara eso.

Aunque con mucho asco, pero empecé a hacer labor investigadora con los vampiros centenarios que encontraba. Cada que pescaba a uno de ellos, lo vaciaba de memorias junto con su sangre. No era asco a la sangre, que el acto de succionarla todavía era lo más placentero en este universo, sino a entrar en contacto con sus almas retorcidas. De ellos aprendí dos cosas importantes: La mayoría de los vampiros creían que todos los primogénitos milenarios se habían establecido en el nuevo mundo. Y que había un poder del espíritu muy importante que debería aprender a dominar.

Con los pocos vampiros que restaban en Europa, Asia y África, practiqué este nuevo poder: velar mi presencia por completo, de los ojos de personas y vampiros, y de las mentes de los que leían pensamientos. Aprendí a ser invisible. Si usaba la velocidad del espíritu para moverme de un lado al otro, a varios pasos de distancia, cambiando de posición de manera continua, era casi imposible que me captara la vista de nadie. Tal vez una cámara Phantom de súperalta velocidad pudiera retratarme por uno o dos marcos, pero lo dudo. Y si le pedía al espíritu que replegara sus tentáculos hacia el centro de mi alma, pasaba desapercibido de las mentes inquisitivas.

Confiado de que había aprendido a usar mis poderes bien, y de que dejaba reducida a la población vampirezca a casi cero, atravesé el océano Atlántico, hacia el Golfo de México.


Continuará…

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