18. Jaque con el roque
—¡Ni una palabra! ¡Y velen sus pensamientos a partir de este momento! —Adelaide cuchicheó furiosa.
Sus acompañantes le echaron mano a los amuletos y piezas de joyería que portaban, y comenzaron a susurrar sinsentidos. Mientras, Benoni ampliaba su sonrisa cada vez más.
—¡Giovanni, ven aquí en este momento! ¡Rápido, vamos! —dijo Adelaide con un fuerte ladrido que hizo a Johannsen dar un respingo. Las Furias adoptaron una pose agresiva e intimidante. Wozniak de nuevo fruncía el ceño, lo cual le daba un aire amenazante.
Giovanni titubeó al dar los primeros pasos, y Benoni extendió su brazo hacia un lado para bloquearlo. Giovanni sintió que ese brazo presionando su pecho era como una barra de acero.
—¡Ay, chicos! ¿Qué os pasa? ¿Espantados del pobre de mí? Miren, pueden usar todos esos trucos de sus primos británicos, los idiotas, pero no necesito leer sus pensamientos para saber qué se traen entre manos. ¡Puedo oler las olas de miedo, confusión e ira que salen de ustedes! En caso de que no estén enterados, los cuerpos humanos son toda una miasma de productos químicos. Sus cuerpos se la pasan anunciando lo que obligan al cerebro a pensar, ¿se enteran? Johannsen, ahí parado, ha descubierto algo que les mostró a ustedes, y ahora todos se preparan para la violencia. Voy a suponer que han visto cómo hice un desastre con las pertenencias de Giovanni. No voy a negar nada, ¿de qué serviría? Mmm, ¿algún juguetito tecnológico nuevo, Johannsen? ¡Pues muy bien hecho!
Benoni no parecía preocupado en lo absoluto de tener a medio personal de La Escuela alistándose para atacarlo, y su tono de sinceridad parecía más que nada resaltar la burla danzando en sus ojos.
—No nos importa saber qué buscaba, pero lo vimos usando algún tipo de la Magick Negra, ¡que le permite moverse mucho más rápido que cualquier otra cosa natural en este mundo! ¡No podemos permitir esto en nuestra Escuela! ¡No podemos permitirlo a usted…! Y… —dijo Tábitha con pasión; no pudo reprimirse. Adelaide tan solo le echó una mirada y Tábitha cerró la boca.
—Ah, mi querida Tábitha, siempre tan obediente, ¡aún cuando está en desacuerdo! Quizá hubiera convenido que alzara su voz hace tantos años, cuando también estuvo en desacuerdo con sus compañeras Furias, y quizá Margaux Wingrove aún se encontraría entre nosotros…
En los tres rostros ancianos se dibujó la pena y el dolor. La sonrisa de Benoni se amplió un poco más.
—Pero nada de eso importa ya. Miren, las cosas no son lo que parecen. Yo no estaba usando ningún tipo de magia. Solo usaba una de mis aptitudes naturales, es todo.
En ese momento, cuando Benoni dijo que "las cosas no son lo que parecen", Giovanni recordó la pregunta que le había hecho Benoni: ¿cuál sería la apariencia real del mundo si no hubiera Magick?
Al recordar también ese otro momento, cuando percibió la malicia que se vertía de Garret Feldman y los gemelos Thompson en forma de conjuro, se dio cuenta de que ellos sí habían usado la Magick contra Circe, y que él había negado su realidad. Su voluntad, a secas, fue suficiente para contrarrestar el hechizo. En un mundo sin la Magick, a Circe no le afectaban las malas intenciones de niños malcriados. Con esto en mente, cuando Benoni terminó de hablar, Giovanni pensó clara y fuertemente un sencillo «no».
Igual que antes, como cuando era pequeño y formaba negaciones sin palabras en su corazón en cualquier instancia que algo no le parecía bien, había cosas rarísimas que simplemente sucedían. Recordó cuando tenía once años, cómo le hicieron burla las niñas del equipo de porristas de su secundaria, porque él era flaco y chaparro y le gustaba una de las porristas, y hasta le pidió que fuera su novia. Entonces, durante el último juego de fútbol americano de la temporada, el equipo de porristas iba a estrenar una rutina que habían ensayado toda la temporada. Era una maniobra muy difícil y compleja, donde dos de las niñas serían lanzadas muy alto para hacer una escuadra con las piernas a medio aire mientras que a otra la subían a los hombros para que hiciera pose parada en una pierna. Mientras se preparaban para el climax de su rutina, Giovanni se acercó y se paró a unos metros de ellas, con los puños bien puestos sobre las caderas, y dijo fuerte y claro: «Ustedes. ¡Fallarán!».
Todavía hoy, varios años después, nadie sabe a ciencia cierta qué sucedió, pero una de las porristas se tropezó, otra se sintió débil de repente, otra se resbaló en el pasto, a otra se le rompieron las agujetas del zapato, y pequeñas cosas como esas causaron que, en un instante, el equipo de porristas se viera reducido a una pila de niñas pre-pubescentes con brazos y piernas fracturados y doblados en ángulos raros. Los entrenadores, los padres, la muchedumbre, todos culparon a Giovanni. Caramba, que hasta él mismo se sintió culpable. Que ha de haberlas espantado. Que ha de haberlas empujado. Que ha de haberles hecho algo. Hubo amenazas de que le levantarían actas, o de que lo iban a agredir. Al final, aunque no hubiera pruebas, culparon a Giovanni por causar el accidente raro. El director de la secundaria lo expulsó, y uno de los padres —presidente de la Asociación de padres y maestros y de la Cámara de comercio local— logró que el distrito escolar independiente le prohibiera asistir a cualquier escuela de la región. De por vida.
Fue cierto que Giovanni causó que eso sucediera al negarle realidad a los hechos.
En el presente, parado atrás de Benoni durante este tipo raro de empate de pistoleros con las Furias, Giovanni se dijo a sí mismo «¡no!», y de inmediato notó esos corredores interminables contraerse hasta una apariencia normal. Las paredes forradas de madera de repente parecían viejísimas y cochambrosas, y todas las luces se prendían y apagaban a lo largo de la cabaña. Los maestros también notaron los cambios y voltearon hacia todos lados, parpadeando, consternados. También se miraron entre ellos; las Furias emitieron un gritito sofocado, y Johannsen de plano dio un alarido. Junto a él, una mujer muy alta y gorda vestía la indumenta de Wozniak, mientras todavía le fruncía el ceño a Benoni.
Pero el cambio más asombroso fue el de Benoni. Su apariencia general no se transformó mucho, pero la calidad de sus facciones cambió por completo. Su piel adquirió tersura y brillo poco natural, como si estuviera hecha de acero inoxidable color piel, y todas sus facciones parecían más afiladas, con relieves toscos. Era como si se hubiera tallado en mármol una figura aproximadamente humana. Era evidente que no estaba vivo. Estaba bien claro que ni siquiera era humano.
Benoni miró alrededor, le echó un vistazo a Wozniak, revisó su propio cuerpo, y se carcajeó por dos minutos seguidos.
—¡Ni una palabra! ¡Y velen sus pensamientos a partir de este momento! —Adelaide cuchicheó furiosa.
Sus acompañantes le echaron mano a los amuletos y piezas de joyería que portaban, y comenzaron a susurrar sinsentidos. Mientras, Benoni ampliaba su sonrisa cada vez más.
—¡Giovanni, ven aquí en este momento! ¡Rápido, vamos! —dijo Adelaide con un fuerte ladrido que hizo a Johannsen dar un respingo. Las Furias adoptaron una pose agresiva e intimidante. Wozniak de nuevo fruncía el ceño, lo cual le daba un aire amenazante.
Giovanni titubeó al dar los primeros pasos, y Benoni extendió su brazo hacia un lado para bloquearlo. Giovanni sintió que ese brazo presionando su pecho era como una barra de acero.
—¡Ay, chicos! ¿Qué os pasa? ¿Espantados del pobre de mí? Miren, pueden usar todos esos trucos de sus primos británicos, los idiotas, pero no necesito leer sus pensamientos para saber qué se traen entre manos. ¡Puedo oler las olas de miedo, confusión e ira que salen de ustedes! En caso de que no estén enterados, los cuerpos humanos son toda una miasma de productos químicos. Sus cuerpos se la pasan anunciando lo que obligan al cerebro a pensar, ¿se enteran? Johannsen, ahí parado, ha descubierto algo que les mostró a ustedes, y ahora todos se preparan para la violencia. Voy a suponer que han visto cómo hice un desastre con las pertenencias de Giovanni. No voy a negar nada, ¿de qué serviría? Mmm, ¿algún juguetito tecnológico nuevo, Johannsen? ¡Pues muy bien hecho!
Benoni no parecía preocupado en lo absoluto de tener a medio personal de La Escuela alistándose para atacarlo, y su tono de sinceridad parecía más que nada resaltar la burla danzando en sus ojos.
—No nos importa saber qué buscaba, pero lo vimos usando algún tipo de la Magick Negra, ¡que le permite moverse mucho más rápido que cualquier otra cosa natural en este mundo! ¡No podemos permitir esto en nuestra Escuela! ¡No podemos permitirlo a usted…! Y… —dijo Tábitha con pasión; no pudo reprimirse. Adelaide tan solo le echó una mirada y Tábitha cerró la boca.
—Ah, mi querida Tábitha, siempre tan obediente, ¡aún cuando está en desacuerdo! Quizá hubiera convenido que alzara su voz hace tantos años, cuando también estuvo en desacuerdo con sus compañeras Furias, y quizá Margaux Wingrove aún se encontraría entre nosotros…
En los tres rostros ancianos se dibujó la pena y el dolor. La sonrisa de Benoni se amplió un poco más.
—Pero nada de eso importa ya. Miren, las cosas no son lo que parecen. Yo no estaba usando ningún tipo de magia. Solo usaba una de mis aptitudes naturales, es todo.
En ese momento, cuando Benoni dijo que "las cosas no son lo que parecen", Giovanni recordó la pregunta que le había hecho Benoni: ¿cuál sería la apariencia real del mundo si no hubiera Magick?
Al recordar también ese otro momento, cuando percibió la malicia que se vertía de Garret Feldman y los gemelos Thompson en forma de conjuro, se dio cuenta de que ellos sí habían usado la Magick contra Circe, y que él había negado su realidad. Su voluntad, a secas, fue suficiente para contrarrestar el hechizo. En un mundo sin la Magick, a Circe no le afectaban las malas intenciones de niños malcriados. Con esto en mente, cuando Benoni terminó de hablar, Giovanni pensó clara y fuertemente un sencillo «no».
Igual que antes, como cuando era pequeño y formaba negaciones sin palabras en su corazón en cualquier instancia que algo no le parecía bien, había cosas rarísimas que simplemente sucedían. Recordó cuando tenía once años, cómo le hicieron burla las niñas del equipo de porristas de su secundaria, porque él era flaco y chaparro y le gustaba una de las porristas, y hasta le pidió que fuera su novia. Entonces, durante el último juego de fútbol americano de la temporada, el equipo de porristas iba a estrenar una rutina que habían ensayado toda la temporada. Era una maniobra muy difícil y compleja, donde dos de las niñas serían lanzadas muy alto para hacer una escuadra con las piernas a medio aire mientras que a otra la subían a los hombros para que hiciera pose parada en una pierna. Mientras se preparaban para el climax de su rutina, Giovanni se acercó y se paró a unos metros de ellas, con los puños bien puestos sobre las caderas, y dijo fuerte y claro: «Ustedes. ¡Fallarán!».
Todavía hoy, varios años después, nadie sabe a ciencia cierta qué sucedió, pero una de las porristas se tropezó, otra se sintió débil de repente, otra se resbaló en el pasto, a otra se le rompieron las agujetas del zapato, y pequeñas cosas como esas causaron que, en un instante, el equipo de porristas se viera reducido a una pila de niñas pre-pubescentes con brazos y piernas fracturados y doblados en ángulos raros. Los entrenadores, los padres, la muchedumbre, todos culparon a Giovanni. Caramba, que hasta él mismo se sintió culpable. Que ha de haberlas espantado. Que ha de haberlas empujado. Que ha de haberles hecho algo. Hubo amenazas de que le levantarían actas, o de que lo iban a agredir. Al final, aunque no hubiera pruebas, culparon a Giovanni por causar el accidente raro. El director de la secundaria lo expulsó, y uno de los padres —presidente de la Asociación de padres y maestros y de la Cámara de comercio local— logró que el distrito escolar independiente le prohibiera asistir a cualquier escuela de la región. De por vida.
Fue cierto que Giovanni causó que eso sucediera al negarle realidad a los hechos.
En el presente, parado atrás de Benoni durante este tipo raro de empate de pistoleros con las Furias, Giovanni se dijo a sí mismo «¡no!», y de inmediato notó esos corredores interminables contraerse hasta una apariencia normal. Las paredes forradas de madera de repente parecían viejísimas y cochambrosas, y todas las luces se prendían y apagaban a lo largo de la cabaña. Los maestros también notaron los cambios y voltearon hacia todos lados, parpadeando, consternados. También se miraron entre ellos; las Furias emitieron un gritito sofocado, y Johannsen de plano dio un alarido. Junto a él, una mujer muy alta y gorda vestía la indumenta de Wozniak, mientras todavía le fruncía el ceño a Benoni.
Pero el cambio más asombroso fue el de Benoni. Su apariencia general no se transformó mucho, pero la calidad de sus facciones cambió por completo. Su piel adquirió tersura y brillo poco natural, como si estuviera hecha de acero inoxidable color piel, y todas sus facciones parecían más afiladas, con relieves toscos. Era como si se hubiera tallado en mármol una figura aproximadamente humana. Era evidente que no estaba vivo. Estaba bien claro que ni siquiera era humano.
Benoni miró alrededor, le echó un vistazo a Wozniak, revisó su propio cuerpo, y se carcajeó por dos minutos seguidos.
Continuará…


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