14. El hogar es la sangre
No había ninguna justificación para que me hubiera dirigido directamente hacia Texas, excepto que sentía una atracción enfermiza por regresar a mi pueblo de Kingsville y permitir que las escenas antes familiares se convirtieran ahora en una especie de autoflagelación.
No obstante el paso de los años, la pérdida de mi familia seguía siendo un abismo infinito en mi mente, y ni mi propia monstruaficación amainaba la tormenta de culpabilidad. En momentos de frías meditaciones, me resultaba incomprensible que algo tan trillado como el simple óbito de tres individuos pudiera tener tanta importancia para mí. ¿No acaso tenía toda la eternidad por delante? ¿No acaso había al fin heredado al mundo completo?
Quizá la realidad de su ausencia en mi vida había sido heraldo de algo que no había querido aceptar en todos estos años, pero que hubiera deducido: Día a día, y hasta segundo a segundo, cada pizca de mi ser se iría extraviando, hasta que solo quedara la sed.
La búsqueda de esos vampiros milenarios tal vez llenaría muchos de los años venideros pero, mientras tanto, no podía evitar este peregrinaje de antisaudade.
Aunque el Cayo del Grullo empieza casi desde la base naval de Kingsville, aterricé en Loyola Beach, a medio cayo. Aunque estaba a unas veinte millas de Kingsville, creí más prudente rodear la base, así que empecé a caminar por la carretera 77 hacia el norte. A esas horas de la madrugada, el tráfico era escaso, y podía sumergirme en la concatenación lunática de recuerdos que me asaltaba a cada paso…
Fue así como finalmente regresé a mi punto de partida, y me encontré con la amarga noticia de que Kingsville albergaba vampiros de nuevo.
Maldito sea todo en la vida.
No había ninguna justificación para que me hubiera dirigido directamente hacia Texas, excepto que sentía una atracción enfermiza por regresar a mi pueblo de Kingsville y permitir que las escenas antes familiares se convirtieran ahora en una especie de autoflagelación.
No obstante el paso de los años, la pérdida de mi familia seguía siendo un abismo infinito en mi mente, y ni mi propia monstruaficación amainaba la tormenta de culpabilidad. En momentos de frías meditaciones, me resultaba incomprensible que algo tan trillado como el simple óbito de tres individuos pudiera tener tanta importancia para mí. ¿No acaso tenía toda la eternidad por delante? ¿No acaso había al fin heredado al mundo completo?
Quizá la realidad de su ausencia en mi vida había sido heraldo de algo que no había querido aceptar en todos estos años, pero que hubiera deducido: Día a día, y hasta segundo a segundo, cada pizca de mi ser se iría extraviando, hasta que solo quedara la sed.
La búsqueda de esos vampiros milenarios tal vez llenaría muchos de los años venideros pero, mientras tanto, no podía evitar este peregrinaje de antisaudade.
Aunque el Cayo del Grullo empieza casi desde la base naval de Kingsville, aterricé en Loyola Beach, a medio cayo. Aunque estaba a unas veinte millas de Kingsville, creí más prudente rodear la base, así que empecé a caminar por la carretera 77 hacia el norte. A esas horas de la madrugada, el tráfico era escaso, y podía sumergirme en la concatenación lunática de recuerdos que me asaltaba a cada paso…
Fue así como finalmente regresé a mi punto de partida, y me encontré con la amarga noticia de que Kingsville albergaba vampiros de nuevo.
Maldito sea todo en la vida.
Continuará…


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