12. Permitid que los niños
Después de una media hora de fingir que ponía atención a lo que sea que la Dra. Doe estaba diciendo, Giovanni tuvo permitido retirarse, y se encaminó hacia la cocina. Caminaba a solas, despistado, por las escaleras y los pasillos, sin dar dos vueltas consecutivas en ningún lado, con imágenes embrolladas en su mente sobre lo sucedido durante los últimos dos días.
La mayor parte eran imágenes de lo sucedido en los salones de clases, mezclado con lo que Benoni había dicho. Pero lo más inquietante y desconcertante era que, completamente al azar, había momentos que la cara de Circe aparecía como un destello en sus pensamientos. ¿Por qué cuernos estaría pensando en esa chiquilla? Peor aún: ¿por qué se sentía bien de hacerlo?
Podía escuchar las palabras de la Dra. Doe como trasfondo de sus pensamientos. Había explicado que hay que ser virtuosos, y tener un acercamiento racional a todo. Supuestamente la senda hacia la magia negra era fácil de seguir, porque significaba abandonarse a la vanidad, el temor, la avaricia y la aflicción. Era fácil caer preso de esas actitudes negativas porque tenían raíz en las emociones y sentimientos más básicos, del lado más "animal" de los humanos. Y, aunque fuera imposible evitar sentimientos y emociones, era el deber de todo ser pensante controlarlos y encauzarlos hacia las actitudes correctas. Cada persona podía ser sabia, prudente, justa y valiente, si así se lo proponía. Esto era de suma importancia para aquellos que gozaban del don de la Magick, dijo la Dra. Doe, porque ellos tenían la capacidad de proyectar las reacciones a sus sentimientos sobre el mundo de una manera distinta al resto de la humanidad.
Por fortuna, para cuando la Dra. Doe estaba en pleno apogeo de su diatriba, una campanilla repiqueteó en algún lugar del salón, y ella se interrumpió para anunciar que era hora de la cena, y que pronto hablarían de nuevo.
Giovanni sacudió la cabeza para abandonar su ensueño. Se fijó que estaba a pocos metros de una de las muchas entradas a la cocina cuando de repente escuchó la voz de Benoni a sus espaldas. Dio un pequeño alarido, y giró de inmediato.
—¡Puta madre! Esteeee… Perdón, profesor, quise decir que no sabía que estaba atrás de mí.
—Sí, parecías estar… fantaseando, como dijera tu querida mamá, ¿verdad? ¿Sabes? Quería preguntarles a ti y a tus compañeros de clase si podrían también meditar sobre la aparición de la Magick en la humanidad. Si fuera cierto que la Magick es una predisposición genética, ¿no habría sucedido ya que los humanos también hubieran desarrollado la predisposición genética para negar la Magick? Es decir, han pasado unos buenos tres o cuatro millones de años desde la aparición de los homínidos, ¿sabes? Bueno, pero continúa como estabas. ¡Es hora de cenar!
***
—¡Ese tipo es un anormal! —dijo Giovanni como preámbulo, antes de contarle todo a Circe sobre las últimas dos veces que se había topado con Benoni.
Después de recibir su platillo de la cena, encontró a Circe. Esta vez estaba acompañada de Bryan y de Robert Platt, otro chico de catorce años de edad, del mismo cardumen. Giovanni se fue a sentar con ellos, apenas si farfullando un "¿qué onda?" con los otros niños antes de enfrascarse en contar la historia de haber estado en un salón con Benoni primero, y luego aparecer de inmediato en otra habitación completamente distinta con Doe.
—Pero lo más raro es que, si el señor Wozniak me vio entrar a la habitación, pero la doctora Doe no me vio allí ni al Benoni, ¿dónde estábamos, entonces? ¿Y por qué no podían hallarnos con su sistema de rastreo cuando estábamos con él? Y luego se la pasa diciéndome todas estas cosas raras…, sus palabras giran y giran adentro de mi cabeza…
—Bueno, los maestros saben realizar la Magick avanzada, ¿no sabías? —dijo el pequeño Bryan.
—Sí, es cierto, ¿no vieron cómo el señor Wozniak extinguió el incendio en el salón? ¡Usó un arma de Magick! —dijo Robert, con ojos desorbitados.
—¿Cómo que un arma? ¿A qué te refieres? —preguntaron Circe y Giovanni al mismo tiempo.
—¡El colgante que traía puesto! ¡Es un arma! Mi papá tiene un amuleto que guarda en el bolsillo de su pantalón todo el tiempo y que usa para hacer la Magick, y me dijo que me iba a enseñar cómo hacer una, cuando me graduara de aquí.
—¿En serio? Oye, ¿y cómo funcionan, eh?
—Bueeeeno… —El que respondió fue Bryan, por supuesto, el muy listillo—. Se supone que es bien difícil hacerlas, porque son como substitutos de círculos y triángulos, pero de propósito general. Todo lo que logramos cuando trazamos las figuras y pronunciamos las palabras, todo eso lo contiene un arma. Pero ni me imagino cómo hacer una… —Bryan sonaba decepcionado, quizá más bien por no saber cómo funcionaba, que por no tener un arma.
—¡Ah, ya veo! ¡Por eso los Thompsons tenían esas varitas! —dijo Circe, asintiendo despacio con la cabeza.
—¿Cuáles varitas? ¡Ah, sí, las que el señor Wozniak les quitó! Ya me acordé… Esteeee… ¿Por qué se las quitó? —Giovanni frunció el entrecejo.
—En serio que no te enteras, ¿verdad? —dijo Circe, y Giovanni notó que Bryan y Robert tenían mucha curiosidad en averiguarlo, pero de todos modos se veían un poco temerosos—. Antenoche, cuando apenas llegaste, los Thompson te atacaron con sus armas. Fíjate que he preguntado por allí, y algunos niños han oído que la familia Thompson es muy poderosa en la Magick, aunque los hijos sean unos malcriados. Y Staci me dijo que su prima los ha visto usar esos conjuros de daño corporal contra personas, y que es algo horrible… Algunos acaban en el hospital con llagas y ronchas por todos lados.
—¿Saben qué? Anoche hablé con mi mamá por teléfono —interrumpió Bryan—, y me dice que las personas pueden esquivar los ataques si notan cuándo se los van a disparar; o si saben usar la Magick a veces pueden hasta desviarlos. Pero dijo que probablemente los Thompson no se sabían el conjuro muy bien que digamos, porque nadie puede aguantar ese tipo de hechizos…
—¡Ajá, pero tú si pudiste! —dijo Robert, todo emoción—. ¿Cómo lo hiciste?
—Miren, chavos, que no sé de qué tanto hablan, pero lo único que yo sentí en mi espalda fueron dos piquetes que ardían, es todo —Giovanni dijo, y se encogió de hombros.
—Bueno, yo sé lo que vi, y esos chicos Thompson son famosos por hacer Magick desde pequeños, y lo que hicieron parecía un conjuro real… A lo mejor tuviste buena suerte y sus hechizos fracasaron, ¿no? —dijo Robert, poniéndose de pie—, pero, lo que sea, yo ya acabé. Nos vemos al rato.
La conversación comenzó a desviarse poco a poco hacia maestros raros y sucesos extraños, y pronto Giovanni estaba ocupado de nuevo, tratando al mismo tiempo de avanzar con su pila gigante de tarea y de cenar.
Nadie notó que en la mesa de los maestros el profesor Benoni se la pasaba empujando su comida de un lado al otro del plato, mientras miraba a Giovanni y Circe de soslayo, con una leve sonrisa en los labios.
***
Cuando Giovanni y Circe entraron al Cardumen Cerúleo, Bryan, Staci, Traci y Robert se les acercaron. Se veían muy preocupados. Traci les dirigió la palabra.
—Mira, Giovanni, no vayas a flipar, ¿eh? Toma todo con calma, ¿sí? Vamos a ir a buscar al señor Wozniak, pero por favor, que no se te vayan las cabras, ¿eh?
—¿De qué cuernos estás habl…? —Giovanni no pudo completar la pregunta, porque en ese momento unas risotadas lo interrumpieron, y Traci volteó a ver a los que se reían, permitiendo que Giovanni avistara el fondo del barracón, donde estaba su litera. Sentados en la cama de Circe, los gemelos Thompson y Garret Feldman se aventaban los unos a los otros la gorra tricotada de Giovanni. El resto de sus pertenencias estaban esparcidas sobre la cama y alrededor, sobre el piso; y los cajones de su tocador, y hasta el baúl, estaban apilados encima de lo demás.
Pero lo que les causaba tanta risa a los Thompson y a Garret era que tomaban turnos haciendo girar una fotografía enmarcada sobre un dedo, y cada que caía al suelo se carcajeaban.
—¡Es la foto de mi mamá! ¡Déjenla en paz! —Circe gritó, y luego corrió hacia ellos, tratando de arrebatar el marco. Los muchachos comenzaron a aventarse la foto el uno al otro, obligando a Circe a girar y girar, y le hacían burla y la insultaban. Después de derramar unas pocas lágrimas, Circe se cansó de corretear la fotografía y fue directamente hacia Garret, y lo empujó lo más fuerte que pudo en el pecho. Como estaba sentado en la orilla de la cama, dio una voltereta y cayó muy fuerte de espaldas, haciendo «¡uf!» al golpear el piso.
Pero se puso de pie de inmediato, y como una versión ridícula de pistoleros, los tres mini-acosadores enfrentaron a Circe hombro a hombro, y sacaron varitas idénticas del bolsillo trasero de sus tejanos, apuntándolas a Circe.
Varias cosas sucedieron en rápida sucesión:
El resto de los niños llegaron al barracón y se detuvieron alrededor de Giovanni, que estaba pálido y con la nariz aleteando, parado allí con sus puños haciendo pequeños crujidos al apretarlos muy fuerte, preparándose.
Circe sollozó una vez, y miró hacia Giovanni con los ojos desorbitados y meneando la cabeza, pidiendo en silencio que no se metiera en problemas.
Los niños pequeños comenzaron a llorar, y Staci dijo: «¡No, por favor!».
Los gemelos Thompson y Garret Feldman dieron una especie de latigazo al aire con sus varitas y ladraron la palabra «¡Convulsiones!».
Todos los otros niños gritaron de miedo.
Y Giovanni rugió una sola palabra, con su mano extendida hacia Circe: «¡No!»
Inmediatamente después todo estuvo callado por unos momentos, y para cuando todos se dieron cuenta de que nada había sucedido, ya era muy tarde: Giovanni caminó deliberadamente y sin prisas hacia los Thompson y Garret, y procedió de manera metódica a molerles la cara a puñetazos. Todos estaban horrorizados de ver a los tres niños aporreados sin piedad y sin poder escapar, con narices, bocas y oídos ensangrentados. Pero, más que nada estaban aterrados de ver los ojos fríos y el rostro pálido y sin emociones de Giovanni al dejar caer un golpe tras otro con sus pesadas manos.
Apenas había sucedido esto cuando Wozniak arrancó la puerta del barracón de sus bisagras. Su expresión era de lo más seria. Empujó a un lado al resto de los niños, sin disculparse. Luego, fue y despegó a Giovanni de sus víctimas con una mano, haciendo un puño con la espalda de la camisa, y alzándolo en vilo. Salió a la misma velocidad, sosteniendo al aire a Giovanni, que no se resistió ni un momento. Enseguida, las tres Furias entraron a la habitación y ayudaron a los niños que sangraban y sollozaban a ponerse de pie. Sin decir palabra alguna, los llevaron a recibir primeros auxilios a otro lado. La última en salir fue Adelaide, que regresó de inmediato y dijo:
—Circe y Traci, a mi oficina, ya. El resto de ustedes, es hora de hacer la tarea. Si necesitan algo, el señor Johannsen estará afuera, en el pasillo. Dentro de una hora regreso a platicar con ustedes. —Y salió de nuevo, ayudando a Garret, que tenía hinchados los ojos, con Circe y Traci siguiéndolos, todavía llorando un poco.
En cuanto se fueron, los niños estallaron en conversación.
***
Desde su sótano, Benoni cerró su mente y suspiró.
—¡Por fin! —dijo, después de haber aguardado lo que sea que había aguardado, por mucho más tiempo de lo que nadie se hubiera imaginado jamás.
Después de una media hora de fingir que ponía atención a lo que sea que la Dra. Doe estaba diciendo, Giovanni tuvo permitido retirarse, y se encaminó hacia la cocina. Caminaba a solas, despistado, por las escaleras y los pasillos, sin dar dos vueltas consecutivas en ningún lado, con imágenes embrolladas en su mente sobre lo sucedido durante los últimos dos días.
La mayor parte eran imágenes de lo sucedido en los salones de clases, mezclado con lo que Benoni había dicho. Pero lo más inquietante y desconcertante era que, completamente al azar, había momentos que la cara de Circe aparecía como un destello en sus pensamientos. ¿Por qué cuernos estaría pensando en esa chiquilla? Peor aún: ¿por qué se sentía bien de hacerlo?
Podía escuchar las palabras de la Dra. Doe como trasfondo de sus pensamientos. Había explicado que hay que ser virtuosos, y tener un acercamiento racional a todo. Supuestamente la senda hacia la magia negra era fácil de seguir, porque significaba abandonarse a la vanidad, el temor, la avaricia y la aflicción. Era fácil caer preso de esas actitudes negativas porque tenían raíz en las emociones y sentimientos más básicos, del lado más "animal" de los humanos. Y, aunque fuera imposible evitar sentimientos y emociones, era el deber de todo ser pensante controlarlos y encauzarlos hacia las actitudes correctas. Cada persona podía ser sabia, prudente, justa y valiente, si así se lo proponía. Esto era de suma importancia para aquellos que gozaban del don de la Magick, dijo la Dra. Doe, porque ellos tenían la capacidad de proyectar las reacciones a sus sentimientos sobre el mundo de una manera distinta al resto de la humanidad.
Por fortuna, para cuando la Dra. Doe estaba en pleno apogeo de su diatriba, una campanilla repiqueteó en algún lugar del salón, y ella se interrumpió para anunciar que era hora de la cena, y que pronto hablarían de nuevo.
Giovanni sacudió la cabeza para abandonar su ensueño. Se fijó que estaba a pocos metros de una de las muchas entradas a la cocina cuando de repente escuchó la voz de Benoni a sus espaldas. Dio un pequeño alarido, y giró de inmediato.
—¡Puta madre! Esteeee… Perdón, profesor, quise decir que no sabía que estaba atrás de mí.
—Sí, parecías estar… fantaseando, como dijera tu querida mamá, ¿verdad? ¿Sabes? Quería preguntarles a ti y a tus compañeros de clase si podrían también meditar sobre la aparición de la Magick en la humanidad. Si fuera cierto que la Magick es una predisposición genética, ¿no habría sucedido ya que los humanos también hubieran desarrollado la predisposición genética para negar la Magick? Es decir, han pasado unos buenos tres o cuatro millones de años desde la aparición de los homínidos, ¿sabes? Bueno, pero continúa como estabas. ¡Es hora de cenar!
***
—¡Ese tipo es un anormal! —dijo Giovanni como preámbulo, antes de contarle todo a Circe sobre las últimas dos veces que se había topado con Benoni.
Después de recibir su platillo de la cena, encontró a Circe. Esta vez estaba acompañada de Bryan y de Robert Platt, otro chico de catorce años de edad, del mismo cardumen. Giovanni se fue a sentar con ellos, apenas si farfullando un "¿qué onda?" con los otros niños antes de enfrascarse en contar la historia de haber estado en un salón con Benoni primero, y luego aparecer de inmediato en otra habitación completamente distinta con Doe.
—Pero lo más raro es que, si el señor Wozniak me vio entrar a la habitación, pero la doctora Doe no me vio allí ni al Benoni, ¿dónde estábamos, entonces? ¿Y por qué no podían hallarnos con su sistema de rastreo cuando estábamos con él? Y luego se la pasa diciéndome todas estas cosas raras…, sus palabras giran y giran adentro de mi cabeza…
—Bueno, los maestros saben realizar la Magick avanzada, ¿no sabías? —dijo el pequeño Bryan.
—Sí, es cierto, ¿no vieron cómo el señor Wozniak extinguió el incendio en el salón? ¡Usó un arma de Magick! —dijo Robert, con ojos desorbitados.
—¿Cómo que un arma? ¿A qué te refieres? —preguntaron Circe y Giovanni al mismo tiempo.
—¡El colgante que traía puesto! ¡Es un arma! Mi papá tiene un amuleto que guarda en el bolsillo de su pantalón todo el tiempo y que usa para hacer la Magick, y me dijo que me iba a enseñar cómo hacer una, cuando me graduara de aquí.
—¿En serio? Oye, ¿y cómo funcionan, eh?
—Bueeeeno… —El que respondió fue Bryan, por supuesto, el muy listillo—. Se supone que es bien difícil hacerlas, porque son como substitutos de círculos y triángulos, pero de propósito general. Todo lo que logramos cuando trazamos las figuras y pronunciamos las palabras, todo eso lo contiene un arma. Pero ni me imagino cómo hacer una… —Bryan sonaba decepcionado, quizá más bien por no saber cómo funcionaba, que por no tener un arma.
—¡Ah, ya veo! ¡Por eso los Thompsons tenían esas varitas! —dijo Circe, asintiendo despacio con la cabeza.
—¿Cuáles varitas? ¡Ah, sí, las que el señor Wozniak les quitó! Ya me acordé… Esteeee… ¿Por qué se las quitó? —Giovanni frunció el entrecejo.
—En serio que no te enteras, ¿verdad? —dijo Circe, y Giovanni notó que Bryan y Robert tenían mucha curiosidad en averiguarlo, pero de todos modos se veían un poco temerosos—. Antenoche, cuando apenas llegaste, los Thompson te atacaron con sus armas. Fíjate que he preguntado por allí, y algunos niños han oído que la familia Thompson es muy poderosa en la Magick, aunque los hijos sean unos malcriados. Y Staci me dijo que su prima los ha visto usar esos conjuros de daño corporal contra personas, y que es algo horrible… Algunos acaban en el hospital con llagas y ronchas por todos lados.
—¿Saben qué? Anoche hablé con mi mamá por teléfono —interrumpió Bryan—, y me dice que las personas pueden esquivar los ataques si notan cuándo se los van a disparar; o si saben usar la Magick a veces pueden hasta desviarlos. Pero dijo que probablemente los Thompson no se sabían el conjuro muy bien que digamos, porque nadie puede aguantar ese tipo de hechizos…
—¡Ajá, pero tú si pudiste! —dijo Robert, todo emoción—. ¿Cómo lo hiciste?
—Miren, chavos, que no sé de qué tanto hablan, pero lo único que yo sentí en mi espalda fueron dos piquetes que ardían, es todo —Giovanni dijo, y se encogió de hombros.
—Bueno, yo sé lo que vi, y esos chicos Thompson son famosos por hacer Magick desde pequeños, y lo que hicieron parecía un conjuro real… A lo mejor tuviste buena suerte y sus hechizos fracasaron, ¿no? —dijo Robert, poniéndose de pie—, pero, lo que sea, yo ya acabé. Nos vemos al rato.
La conversación comenzó a desviarse poco a poco hacia maestros raros y sucesos extraños, y pronto Giovanni estaba ocupado de nuevo, tratando al mismo tiempo de avanzar con su pila gigante de tarea y de cenar.
Nadie notó que en la mesa de los maestros el profesor Benoni se la pasaba empujando su comida de un lado al otro del plato, mientras miraba a Giovanni y Circe de soslayo, con una leve sonrisa en los labios.
***
Cuando Giovanni y Circe entraron al Cardumen Cerúleo, Bryan, Staci, Traci y Robert se les acercaron. Se veían muy preocupados. Traci les dirigió la palabra.
—Mira, Giovanni, no vayas a flipar, ¿eh? Toma todo con calma, ¿sí? Vamos a ir a buscar al señor Wozniak, pero por favor, que no se te vayan las cabras, ¿eh?
—¿De qué cuernos estás habl…? —Giovanni no pudo completar la pregunta, porque en ese momento unas risotadas lo interrumpieron, y Traci volteó a ver a los que se reían, permitiendo que Giovanni avistara el fondo del barracón, donde estaba su litera. Sentados en la cama de Circe, los gemelos Thompson y Garret Feldman se aventaban los unos a los otros la gorra tricotada de Giovanni. El resto de sus pertenencias estaban esparcidas sobre la cama y alrededor, sobre el piso; y los cajones de su tocador, y hasta el baúl, estaban apilados encima de lo demás.
Pero lo que les causaba tanta risa a los Thompson y a Garret era que tomaban turnos haciendo girar una fotografía enmarcada sobre un dedo, y cada que caía al suelo se carcajeaban.
—¡Es la foto de mi mamá! ¡Déjenla en paz! —Circe gritó, y luego corrió hacia ellos, tratando de arrebatar el marco. Los muchachos comenzaron a aventarse la foto el uno al otro, obligando a Circe a girar y girar, y le hacían burla y la insultaban. Después de derramar unas pocas lágrimas, Circe se cansó de corretear la fotografía y fue directamente hacia Garret, y lo empujó lo más fuerte que pudo en el pecho. Como estaba sentado en la orilla de la cama, dio una voltereta y cayó muy fuerte de espaldas, haciendo «¡uf!» al golpear el piso.
Pero se puso de pie de inmediato, y como una versión ridícula de pistoleros, los tres mini-acosadores enfrentaron a Circe hombro a hombro, y sacaron varitas idénticas del bolsillo trasero de sus tejanos, apuntándolas a Circe.
Varias cosas sucedieron en rápida sucesión:
El resto de los niños llegaron al barracón y se detuvieron alrededor de Giovanni, que estaba pálido y con la nariz aleteando, parado allí con sus puños haciendo pequeños crujidos al apretarlos muy fuerte, preparándose.
Circe sollozó una vez, y miró hacia Giovanni con los ojos desorbitados y meneando la cabeza, pidiendo en silencio que no se metiera en problemas.
Los niños pequeños comenzaron a llorar, y Staci dijo: «¡No, por favor!».
Los gemelos Thompson y Garret Feldman dieron una especie de latigazo al aire con sus varitas y ladraron la palabra «¡Convulsiones!».
Todos los otros niños gritaron de miedo.
Y Giovanni rugió una sola palabra, con su mano extendida hacia Circe: «¡No!»
Inmediatamente después todo estuvo callado por unos momentos, y para cuando todos se dieron cuenta de que nada había sucedido, ya era muy tarde: Giovanni caminó deliberadamente y sin prisas hacia los Thompson y Garret, y procedió de manera metódica a molerles la cara a puñetazos. Todos estaban horrorizados de ver a los tres niños aporreados sin piedad y sin poder escapar, con narices, bocas y oídos ensangrentados. Pero, más que nada estaban aterrados de ver los ojos fríos y el rostro pálido y sin emociones de Giovanni al dejar caer un golpe tras otro con sus pesadas manos.
Apenas había sucedido esto cuando Wozniak arrancó la puerta del barracón de sus bisagras. Su expresión era de lo más seria. Empujó a un lado al resto de los niños, sin disculparse. Luego, fue y despegó a Giovanni de sus víctimas con una mano, haciendo un puño con la espalda de la camisa, y alzándolo en vilo. Salió a la misma velocidad, sosteniendo al aire a Giovanni, que no se resistió ni un momento. Enseguida, las tres Furias entraron a la habitación y ayudaron a los niños que sangraban y sollozaban a ponerse de pie. Sin decir palabra alguna, los llevaron a recibir primeros auxilios a otro lado. La última en salir fue Adelaide, que regresó de inmediato y dijo:
—Circe y Traci, a mi oficina, ya. El resto de ustedes, es hora de hacer la tarea. Si necesitan algo, el señor Johannsen estará afuera, en el pasillo. Dentro de una hora regreso a platicar con ustedes. —Y salió de nuevo, ayudando a Garret, que tenía hinchados los ojos, con Circe y Traci siguiéndolos, todavía llorando un poco.
En cuanto se fueron, los niños estallaron en conversación.
***
Desde su sótano, Benoni cerró su mente y suspiró.
—¡Por fin! —dijo, después de haber aguardado lo que sea que había aguardado, por mucho más tiempo de lo que nadie se hubiera imaginado jamás.
Continuará…


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