Monday, March 30, 2009

Saciedad 11

11. En valles de sombra de muerte

Por largos minutos no pude pensar en nada. Si bien mis sentidos me obligaban a experimentar el mundo de manera exagerada, lo que estaba viendo sobrepasaba la capacidad de mi mente y mi cuerpo para sentir. Sin reacción alguna, quieto, frío, en desconexión total hasta con mi cuerpo, mi alma ululaba como sirena lejana, o como el tintineo abandonado de una boya de alta mar.

La humilde morada que fue mi hogar por años, donde mi mujer y yo criamos a nuestros hijos, parecía el interior de un rastro cruel. Grandes charcos de sangre anegaban la alfombra barata de la sala, y todos los muebles estaban hechos trizas. Regueros de sangre escalaban hasta las paredes, como grandes trazos escarlatas dibujados por una mano idiota. Pequeños trozos de carne yacían espolvoreados en todas las superficies, algunos con cabellos pegados todavía. Recorrí las pequeñas habitaciones, envuelto en mi nuevo manto de frialdad, y cada nuevo descubrimiento hacía que los aullidos de mi alma se oyeran cada vez más alejados, como si el alma misma disminuyera de tamaño al alejarse cada vez más. Cada habitación era un horror peor que el anterior. Y el horror final me esperaba en la recámara matrimonial.

Era la única recámara que no tenía ensangrentadas las paredes y el piso. Pero donde debería haber estado mi cama, había solo maderos chamuscados, y todo alrededor era tizne y escombros. Un par de extintores de mano estaban tirados en una esquina, y en medio de todo esto, una silueta dibujada con cenizas.

Con espanto, me di cuenta que ese aullido que pensaba que era mi alma, era en realidad el gemido de esta figura inmolada. Con ojos desorbitados, noté que de entre las cenizas sobresalía una pieza de metal en forma de ele, a la altura de la cadera. El horror final me sobrecogió: mi esposa había sufrido un accidente automovilístico hacía un par de años, que la dejó con una cadera fracturada, y que se tuvo que reemplazar con un implante artificial.

A toda prisa, y perdiendo por completo mi frialdad, me arrodillé junto a la figura, para poder esparcir sus cenizas con mis manos.

No había notado que llevaba esparciendo las cenizas por varios minutos, ni había notado las lágrimas rojas que rodaban por mis mejillas, ni el gruñido con el que acompañaba mi llanto a través de dientes apretados, hasta que oí una leve risita a mis espaldas. De un solo movimiento, me puse de pie, giré y levanté al risueño en vilo, con una mano apretando su cuello.

Era otro señor bajito de estatura, pero su apariencia era espeluznante. A pesar de traer pantalones, camiseta y zapatos comunes y corrientes, parecía una momia ennegrecida. Y aun así me sonreía. Sin querer explicaciones, y todavía preso del duelo por lo que había visto, pronuncié mi sentencia:

—¡Arde! –grité con odio.

Quedé atónito al ver a esta momia risueña hacer una mueca de dolor agudo, y después soltar una franca carcajada.

—Chaval, que uno necesita tener sangre adentro para ser quemado, ¿qué no sabes? —Y reía.

Sin querer cruzar palabras, mordí a este risotas en el cuello. Una gota solitaria de sangre fue lo único que conseguí después de succionar con vehemencia por largos segundos. Pero esa gota fue como una explosión nuclear dentro de mi cerebro. Con todo lujo de detalles, casi como si hubiera estado presente y viviendo cada instante, presencié lo sucedido en mi casa.

El vampiro Imenand había venido a Kingsville siguiendo el claxon embrutecedor de la presencia de Benjamín, que es como él aparece en la mente de quien tiene el poder de leer pensamientos. Al llegar al pueblo, se encontró que había un aquelarre aquí. Imenand tenía como costumbre eliminar a cualquier vampiro que se encontrara, simplemente para evitar contratiempos después. Y estaba en el proceso de eliminarlos a todos cuando sintió en su mente el despertar de claxons nuevos en el pueblo de Kingsville. De repente, en lugar de existir el bramido solitario del alma de Benjamín, era todo un conjunto, como las trompetas finales del Apocalipsis.

Por primera vez en siglos, Benjamín estaba creando vampiros completos, con todos los poderes, como lo hacía al principio. Cuando Imenand llegó a mi casa, que es de donde provenía el coro de trompetas, se encontró con la escena tal y como la encontré yo. Excepto que mi esposa todavía ardía en flamas. Imenand fue quien sacó los extintores de la cocina y apagó el fuego. Ya no había nada que hacer por el cuerpo de mi señora, pero evitó que el resto de la casa se incendiara también. Tenía como propósito investigar qué había sucedido aquí. Pero cuando notó que la presencia de Benjamín se había esfumado de nuevo, perdió todo interés y se fue a investigar la matanza en la base naval. Luego, cuando yo regresé, me detectó y vino a verme.

Con una fuerza insólita, Imenand me quitó la mano de su cuello y me empujó contra la pared opuesta. Pero no parecía estar interesado en pelear, sino que de nuevo me miraba con media sonrisa en la cara.

—Benjamín no te explicó nada, ¿verdad? —Sin esperar la respuesta, continuó—. Así es él: piensa que es mejor que uno explore y descubra. Veo que te dio poderes extraordinarios, ¿eh? Que muy pocos vampiros pueden enfrentarse a todo un pelotón de marinos y resultar ilesos. Carambas, que un pelotón de soldados romanos era suficiente para hacernos picadillo, en esos entonces… Pero bueno, no importa… Supongo que tampoco sabes adónde se fue Benjamín ahora, ¿eh? Supongo que otra vez se fue a refundir al Ministerio de los Misterios. ¡Bah! Que repose las décadas que quiera, que ahora es mi temporada para reinar, aprovechando que Benjamín ha desaparecido. Por cierto, no puede haber dos reyes, así que: ¡Arde!

El dolor fue inmenso, pero no fue ni una pizca del dolor fulminante de la transformación, o de la frialdad embrutecedora que sentía al estar en esta casa. Lo tomé como una molestia pasajera, nada más, porque no brotaron las llamas. Y, más por coraje que por determinación, alcé mi mano como director de tránsito, y de nuevo dije, «¡No!».

A Imenand se le cayó la sonrisa de la cara como si fuera un espagueti mojado sobre una cuchara. Consternado, reanudó su ataque, pero el espíritu se negaba a obedecerle. Sin prestar atención a todos los poderes misteriosos del espíritu, intenté solucionar este problema como lo había hecho toda la vida, y de un brinco quedé de pie frente a Imenand de nuevo. Sin compunción alguna, le propiné un puñetazo en la sien, y un rodillazo en los testículos. Él solo se quedó viéndome con cara de extrañeza.

—Oye, ¿qué haces? ¿Crees que vas a hacerme perder el sentido a puñetaaaaaaaa…?

Cansado de su altanería, antes de que terminara de pronunciar la palabra le metí la mano en la boca hasta donde cupo, y de un tirón violento le arranqué la quijada. Imenand gritó con un chillido desarticulado, tratando de retroceder lo más rápido posible, y tocándose con cuidado alrededor del hueco en su rostro. Cuando vi que no era tan difícil despedazarlo, lo seguí. Afianzándome de lo que pudiera, empecé a desgarrar un pedazo tras otro. La mano encrespada que trataba de arañarme la cara fue lo primero que le arranqué a mordidas y jalones. Cada trozo que lograba rasgar me encolerizaba más y más, hasta que llegó el momento que todo lo vi en blanco, y me convertí en un autómata destructor.

Jadeando por la rabia, varios minutos después me encontraba sentado en el suelo, rodeado de pequeños trocitos de Imenand. Su cabeza estaba en mi regazo, entre mis manos, y lo miraba a los ojos. Terribles ojos, que todavía se movían de un lado al otro, desorbitados. Todavía presa de la ira, reuní todos los fragmentos del cuerpo de Imenand. Una vez apilados, coloqué su cabeza encima, con cuidado, asegurándome de que pudiera ver mis movimientos en todo momento. Entonces, con un movimiento salvaje, me rasgué la muñeca con los dientes, y empecé a rociar de sangre la pila de jirones temblorosos. Como un acto de la peor magia, varios de los pedazos empezaron a fusionarse unos con otros, mientras que los ojos de Imenand relucían de entendimiento y terror.

Varias veces repetí la rociada, hasta que el bulto gelatinoso empezó a tener forma humana. Y entonces, concentrándome como nunca, de nuevo dije: «¡Arde!»

Observando esa pira consumir los restos de mi antiguo hogar, decidí desde ese momento no rendirme a la sed, y largarme lejos, a donde no hubiera humanos.


Continuará…

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