15. Buscad, y hallaréis
Por lo general, los vampiros de aquelarres se la pasan agobiados por tantas reglas que usan muchos trucos de reinterpretación para no infringirlas, aunque hagan de las suyas de todos modos. Por ejemplo, eso de tener prohibidísimo salir a la luz del día se lo pasan por el arco del triunfo cuando reptan durante el día por el sistema de conductos para drenaje de tormentas, o por las alcantarillas de ciudades y pueblos…
Puedo adivinar que el vampiro que apenas incineré ahorita, al llegar a Kingsville, era de esos, pero de los menos novatos. Es decir, sí pudo captarme con su mente, lo que comprueba que tenía algunos poderes. Y me descubrió porque yo había perdido mi escudo de invisibilidad cuando quedé sorprendido de haber visto al flacucho que se parecía tanto a mi hijo…
Pero, bueno. Aquí estoy: parado a media banqueta y mirando hacia la gasolinera a dos cuadras de distancia, donde el dependiente de la miscelánea de la gasolinera está revisando el daño causado a las puertas de la tienda. Ese daño lo hizo el flacucho, que huyó disparado cuando quemé al vampiro en la alcantarilla, con mi mente. Mientras, a mis espaldas, el humo azul del vampiro abrasado se disipa liviano en el aire mañanero. Ahora que dejé al espíritu desplegar sus tentáculos, pude detectar de menos dos docenas de vampiros que rehuyen aterrorizados de mi presencia, reptando por la tubería como ratas inmundas. Todos parecen estar convergiendo en la universidad de Texas A&M, al otro lado del pueblo. Tendré que encargarme de ellos antes de investigar a fondo al vampiro flaco que camina igual que yo, bajo el sol.
Una vez más ordeno al espíritu replegarse bajo las faldas de mi alma, para evitar ser detectado. Miro alrededor para cerciorarme de que nadie esté prestando mucha atención, y empiezo de nuevo mi marcha anormal, desplazándome varios pasos de un lado al otro en lo que avanzo, a la velocidad del pensamiento, y a simple vista parece que desaparezco. Para evitar contratiempos, me dirijo hacia la universidad por los callejones, y en pocos momentos llego hasta la ciudad universitaria.
Por algún motivo que desconozco, el pabellón Poteet, a un lado de los dormitorios mixtos, ha estado clausurado desde los ochentas, y aunque las salas de conferencias, las cocinas y los salones de banquetes siguen utilizándose con frecuencia, el resto de las instalaciones se mantienen curiosamente abandonadas. Supongo que por eso ha sido el sitio perfecto para que veintitantos vampiros se hayan instalado allí.
Creo que será más divertido hacer una aparición espectacular que escabullirme como un ladrón por alguna ventana. Entonces, una vez parado enfrente del portón del sótano, abandono mi invisibilidad. De inmediato escucho las exclamaciones de pavor y alarma en el edificio, y el ronroneo en mi frente se vuelve casi insoportable.
Pero…
¿Qué es esto? ¡No lo puedo creer! ¡Hay una presencia como la de Imenand allí adentro, entre todos los otros vampiros novatos! Suena como una trompeta con sordina, y detecto que trata de ocultarse de mi mente, pero sus poderes de ofuscamiento son menores que los míos, y por eso de todos modos la puedo percibir.
Con una sonrisa en mi rostro, y tumbando de una patada el portal de acero, hago mi entrada triunfal.
Por lo general, los vampiros de aquelarres se la pasan agobiados por tantas reglas que usan muchos trucos de reinterpretación para no infringirlas, aunque hagan de las suyas de todos modos. Por ejemplo, eso de tener prohibidísimo salir a la luz del día se lo pasan por el arco del triunfo cuando reptan durante el día por el sistema de conductos para drenaje de tormentas, o por las alcantarillas de ciudades y pueblos…
Puedo adivinar que el vampiro que apenas incineré ahorita, al llegar a Kingsville, era de esos, pero de los menos novatos. Es decir, sí pudo captarme con su mente, lo que comprueba que tenía algunos poderes. Y me descubrió porque yo había perdido mi escudo de invisibilidad cuando quedé sorprendido de haber visto al flacucho que se parecía tanto a mi hijo…
Pero, bueno. Aquí estoy: parado a media banqueta y mirando hacia la gasolinera a dos cuadras de distancia, donde el dependiente de la miscelánea de la gasolinera está revisando el daño causado a las puertas de la tienda. Ese daño lo hizo el flacucho, que huyó disparado cuando quemé al vampiro en la alcantarilla, con mi mente. Mientras, a mis espaldas, el humo azul del vampiro abrasado se disipa liviano en el aire mañanero. Ahora que dejé al espíritu desplegar sus tentáculos, pude detectar de menos dos docenas de vampiros que rehuyen aterrorizados de mi presencia, reptando por la tubería como ratas inmundas. Todos parecen estar convergiendo en la universidad de Texas A&M, al otro lado del pueblo. Tendré que encargarme de ellos antes de investigar a fondo al vampiro flaco que camina igual que yo, bajo el sol.
Una vez más ordeno al espíritu replegarse bajo las faldas de mi alma, para evitar ser detectado. Miro alrededor para cerciorarme de que nadie esté prestando mucha atención, y empiezo de nuevo mi marcha anormal, desplazándome varios pasos de un lado al otro en lo que avanzo, a la velocidad del pensamiento, y a simple vista parece que desaparezco. Para evitar contratiempos, me dirijo hacia la universidad por los callejones, y en pocos momentos llego hasta la ciudad universitaria.
Por algún motivo que desconozco, el pabellón Poteet, a un lado de los dormitorios mixtos, ha estado clausurado desde los ochentas, y aunque las salas de conferencias, las cocinas y los salones de banquetes siguen utilizándose con frecuencia, el resto de las instalaciones se mantienen curiosamente abandonadas. Supongo que por eso ha sido el sitio perfecto para que veintitantos vampiros se hayan instalado allí.
Creo que será más divertido hacer una aparición espectacular que escabullirme como un ladrón por alguna ventana. Entonces, una vez parado enfrente del portón del sótano, abandono mi invisibilidad. De inmediato escucho las exclamaciones de pavor y alarma en el edificio, y el ronroneo en mi frente se vuelve casi insoportable.
Pero…
¿Qué es esto? ¡No lo puedo creer! ¡Hay una presencia como la de Imenand allí adentro, entre todos los otros vampiros novatos! Suena como una trompeta con sordina, y detecto que trata de ocultarse de mi mente, pero sus poderes de ofuscamiento son menores que los míos, y por eso de todos modos la puedo percibir.
Con una sonrisa en mi rostro, y tumbando de una patada el portal de acero, hago mi entrada triunfal.
Continuará…


No comments:
Post a Comment