8. La gota que derrama
Supongo que no es de extrañarse que los marinos que patrullaban la base naval —una vez superada la estupefacción de ver a un individuo flotando a varios metros del suelo— abrieran fuego después de apenas un aviso.
El dolor agudo de la acribillada apenas si me llamó la atención esa vez: estaba anonadado porque me sobrevino una sensación maravillosa y repugnante al mismo tiempo. Al estar cerca de todos esos marinos, mi mente se llenó de imágenes distorsionadas y de colores psicodélicos, que se sentían como grasa rancia y tibia escurriéndose sobre mi mente. Al mismo tiempo, una nube de murmullos a medio formar y un millón de astillas de luz me llenaron los oídos y los ojos. Creí entender que estaba captando los pensamientos de los soldados que me atacaban, pero todo era confusión, ya que estaba captando todo lo que pensaban al mismo tiempo: desde memorias hasta percepciones.
Dejé que mi cuerpo se desplomara hasta el suelo de golpe. Apenas si notando el leve cráter y nube de polvo que ocasioné, decidí avanzar hasta que llegué al marino que estaba más cerca, y lo tomé del cuello, para poder mantenerlo quieto en lo que miraba al fondo de sus ojos desorbitados. Sin prestar atención al resto de los soldados que corrían por todos lados como termitas expuestas al sol, concentré mi atención por completo en el hombre atrapado.
Mis ojos se abrieron sorprendidos, mientras que sentía una leve sonrisa jalando la esquina de mi mejilla: el resto de los sonidos y de las imágenes desaparecieron, y los pensamientos y sensaciones de este señor comenzaron a desfilar como marquesinas publicitarias por mi mente. No tenían ningún orden en particular, pero era fácil suponer cuales sensaciones físicas eran relacionadas a cuales memorias, y cuales percepciones eran del momento actual. Todo era como una tarta de frutas, con varias capas de distintos sabores y contenidos, pero al final con una coherencia entendible. Y deliciosa.
La imagen del postre me tornó en una fiera de deseo puro. Sentí la saliva brotarme bajo la lengua, y mi olfato se llenó de esa presencia viva, sujetada en mi mano. Tornando los ojos en blanco por la anticipación, levanté al hombre en vilo con una sola mano, y lo traje hasta mi boca con un movimiento violento. Al igual que el pobre patrullero de la noche anterior, el fin del marino fue un charco ensangrentado a mis pies. Pero en esta ocasión, como todavía estaba completamente enfocado en él, todas sus memorias, todos sus sentimientos, todo su ser, fueron vertidos en mí junto con la fuerza vital de la sangre. Fue una comunión como ningún amante, ningún padre, ningún hijo, ningún nada pudiera tener con ese hombre. Nadie lo conoció en este mundo mejor que yo. Ni él mismo: Él y yo fuimos uno. Casi me entristecí de que ya no viviera…
En ese momento entendí cómo era posible que Benjamín hubiera recorrido esos océanos horribles del tiempo: si cada vez que satisfacía su lujuria se ponía en contacto con el alma de una persona, entonces cada uno de esos innumerables actos de vileza eran más bien actos de amor.
Entonces, decidí hacerle el amor a todos y cada uno de los residentes de la base naval.
Por supuesto que los marinos, al verse diezmados uno por uno, comenzaron a incrementar la intensidad de las hostilidades. Lo que al principio habían sido voleas disciplinadas de disparos con armas de fuego personales, pronto pasó a ser una exposición de toda la artillería presente en la base naval. Al principio, temeroso hasta de simples revólveres, yo me acobardaba ante los aguijonazos crueles de las balas. Pero al notar que el dolor era todo y el daño era nada, la anticipación de la sangre era mayor que el suplicio de la artillería. Así que seguí avanzando. Uno por uno, los marinos desfilaban por mi dentadura chimuela. Cuando notaron que ni las impresionantes ametralladoras MP5A2 y rifles M14-DMR de los marinos me hacían pausar, salieron a relucir las granadas propulsadas por cohete, granadas de mano y hasta un obús. No tuvieron más éxito que sus balas, pero no me permitían disfrutar de la sangre, ya que desintegraban de manera poco conveniente a todo cuerpo que tenía a la mano. A lo lejos podía ver a los pilotos trepando a toda prisa dentro de sus aviones, tratando de dispersar al escuadrón de urgencia. Y, perdido entre tanto ruido, humo, sangre, restos humanos y escombros, me llegó flotando un pensamiento, como un globo extraviado: «…adrón de helicópteros AH-64 con misiles Hellfire y cohetes Hydra 70… Repito: urgente urgente urgente, despachar sobre esta posición escuadrón de…»
Con la sangre amplificando mis sentidos, de por sí enardecidos, no me costó mucho trabajo ubicar al marino que pedía auxilio por radio portátil. En mi frenesí sangriento, mis sentidos se extendían cada vez más lejos, como tentáculos desplegados, y cuando entendí que los helicópteros arrasarían con todo a su paso, mi ansiedad de beberme al resto de los soldados y pensar que quisieran impedírmelo me encolerizó como nunca. En mi mente dije al marino chismoso: «¿Por qué carajos no te mueres?»
Grande fue mi sorpresa cuando con el ojo de la mente pude percibir al espíritu extenderse fuera de mí y alcanzar al marino hasta adentro del refugio donde se encontraba, y posar sus malditos dedos en la mente y el corazón del pobre soldado. Con una mano encrespada en su pecho y una cara de sorpresa total, el marino se fue de bruces, muerto por una apoplejía fulminante.
Para cuando el escuadrón de helicópteros Apache apareció y regó la base militar con olas de flamas, yo había amado a casi la mitad del personal de la base. Había bebido tanta sangre y destripado a tantos cuerpos que estaba cubierto de pies a cabeza en escarlata, con mis harapos saturados del fluido, y la sangre que ya no cabía dentro de mí desde hacía muchos minutos escurriéndose por entre mis labios y fosas nasales, y hasta goteando de mi ano y pene. Pero quería más.
Remontándome lento y amenazante en el aire, y esquivando todos los cohetes que me disparaban los helicópteros, uno a uno desmantelé esas libélulas guerreras al vuelo. Creo que parte de la perspectiva que tiene el espíritu que habita la sangre, tan alejada de este mundo material, ayuda a tener entendimiento casi instintivo de cosas de apariencia complicada, como las máquinas, porque el espíritu entiende de escencias y propósitos ocultos muy bien. Y ese día, no me costó trabajo entender cuáles eran las secciones más vulnerables de los Apaches, y fue casi sin esfuerzo que derribé a cada uno de ellos.
Entendí que pronto traerían armas cada vez más imponentes, y que era posible que alguna de esas armas pudiera destruirme. En mi glotonería, yo hubiera arriesgado cualquier confrontación con tal de seguir mi festín. Pero en ese momento de locura, escuché un sonido nuevo en medio de mi mente. Era un leve ronroneo, como si un gato se hubiera acurrucado detrás de mi frente, pero que poco a poco se volvía más insistente, hasta el punto en que creí que haría que se me botaran los ojos de las cuencas y que se me aflojarían los pocos dientes que me quedaban. Y junto a este ronroneo, y dentro de él, llegaron estas palabras:
«¡Detén esta locura! ¡No debes descubrir nuestra presencia ante los mortales! ¡Huye!»
Con el espíritu guiándome hacia donde provenían esos pensamientos, inmediatamente dirigí mi vuelo hacia el pequeño pueblo de Alice, treinta millas al noroeste de Kingsville.
Supongo que no es de extrañarse que los marinos que patrullaban la base naval —una vez superada la estupefacción de ver a un individuo flotando a varios metros del suelo— abrieran fuego después de apenas un aviso.
El dolor agudo de la acribillada apenas si me llamó la atención esa vez: estaba anonadado porque me sobrevino una sensación maravillosa y repugnante al mismo tiempo. Al estar cerca de todos esos marinos, mi mente se llenó de imágenes distorsionadas y de colores psicodélicos, que se sentían como grasa rancia y tibia escurriéndose sobre mi mente. Al mismo tiempo, una nube de murmullos a medio formar y un millón de astillas de luz me llenaron los oídos y los ojos. Creí entender que estaba captando los pensamientos de los soldados que me atacaban, pero todo era confusión, ya que estaba captando todo lo que pensaban al mismo tiempo: desde memorias hasta percepciones.
Dejé que mi cuerpo se desplomara hasta el suelo de golpe. Apenas si notando el leve cráter y nube de polvo que ocasioné, decidí avanzar hasta que llegué al marino que estaba más cerca, y lo tomé del cuello, para poder mantenerlo quieto en lo que miraba al fondo de sus ojos desorbitados. Sin prestar atención al resto de los soldados que corrían por todos lados como termitas expuestas al sol, concentré mi atención por completo en el hombre atrapado.
Mis ojos se abrieron sorprendidos, mientras que sentía una leve sonrisa jalando la esquina de mi mejilla: el resto de los sonidos y de las imágenes desaparecieron, y los pensamientos y sensaciones de este señor comenzaron a desfilar como marquesinas publicitarias por mi mente. No tenían ningún orden en particular, pero era fácil suponer cuales sensaciones físicas eran relacionadas a cuales memorias, y cuales percepciones eran del momento actual. Todo era como una tarta de frutas, con varias capas de distintos sabores y contenidos, pero al final con una coherencia entendible. Y deliciosa.
La imagen del postre me tornó en una fiera de deseo puro. Sentí la saliva brotarme bajo la lengua, y mi olfato se llenó de esa presencia viva, sujetada en mi mano. Tornando los ojos en blanco por la anticipación, levanté al hombre en vilo con una sola mano, y lo traje hasta mi boca con un movimiento violento. Al igual que el pobre patrullero de la noche anterior, el fin del marino fue un charco ensangrentado a mis pies. Pero en esta ocasión, como todavía estaba completamente enfocado en él, todas sus memorias, todos sus sentimientos, todo su ser, fueron vertidos en mí junto con la fuerza vital de la sangre. Fue una comunión como ningún amante, ningún padre, ningún hijo, ningún nada pudiera tener con ese hombre. Nadie lo conoció en este mundo mejor que yo. Ni él mismo: Él y yo fuimos uno. Casi me entristecí de que ya no viviera…
En ese momento entendí cómo era posible que Benjamín hubiera recorrido esos océanos horribles del tiempo: si cada vez que satisfacía su lujuria se ponía en contacto con el alma de una persona, entonces cada uno de esos innumerables actos de vileza eran más bien actos de amor.
Entonces, decidí hacerle el amor a todos y cada uno de los residentes de la base naval.
Por supuesto que los marinos, al verse diezmados uno por uno, comenzaron a incrementar la intensidad de las hostilidades. Lo que al principio habían sido voleas disciplinadas de disparos con armas de fuego personales, pronto pasó a ser una exposición de toda la artillería presente en la base naval. Al principio, temeroso hasta de simples revólveres, yo me acobardaba ante los aguijonazos crueles de las balas. Pero al notar que el dolor era todo y el daño era nada, la anticipación de la sangre era mayor que el suplicio de la artillería. Así que seguí avanzando. Uno por uno, los marinos desfilaban por mi dentadura chimuela. Cuando notaron que ni las impresionantes ametralladoras MP5A2 y rifles M14-DMR de los marinos me hacían pausar, salieron a relucir las granadas propulsadas por cohete, granadas de mano y hasta un obús. No tuvieron más éxito que sus balas, pero no me permitían disfrutar de la sangre, ya que desintegraban de manera poco conveniente a todo cuerpo que tenía a la mano. A lo lejos podía ver a los pilotos trepando a toda prisa dentro de sus aviones, tratando de dispersar al escuadrón de urgencia. Y, perdido entre tanto ruido, humo, sangre, restos humanos y escombros, me llegó flotando un pensamiento, como un globo extraviado: «…adrón de helicópteros AH-64 con misiles Hellfire y cohetes Hydra 70… Repito: urgente urgente urgente, despachar sobre esta posición escuadrón de…»
Con la sangre amplificando mis sentidos, de por sí enardecidos, no me costó mucho trabajo ubicar al marino que pedía auxilio por radio portátil. En mi frenesí sangriento, mis sentidos se extendían cada vez más lejos, como tentáculos desplegados, y cuando entendí que los helicópteros arrasarían con todo a su paso, mi ansiedad de beberme al resto de los soldados y pensar que quisieran impedírmelo me encolerizó como nunca. En mi mente dije al marino chismoso: «¿Por qué carajos no te mueres?»
Grande fue mi sorpresa cuando con el ojo de la mente pude percibir al espíritu extenderse fuera de mí y alcanzar al marino hasta adentro del refugio donde se encontraba, y posar sus malditos dedos en la mente y el corazón del pobre soldado. Con una mano encrespada en su pecho y una cara de sorpresa total, el marino se fue de bruces, muerto por una apoplejía fulminante.
Para cuando el escuadrón de helicópteros Apache apareció y regó la base militar con olas de flamas, yo había amado a casi la mitad del personal de la base. Había bebido tanta sangre y destripado a tantos cuerpos que estaba cubierto de pies a cabeza en escarlata, con mis harapos saturados del fluido, y la sangre que ya no cabía dentro de mí desde hacía muchos minutos escurriéndose por entre mis labios y fosas nasales, y hasta goteando de mi ano y pene. Pero quería más.
Remontándome lento y amenazante en el aire, y esquivando todos los cohetes que me disparaban los helicópteros, uno a uno desmantelé esas libélulas guerreras al vuelo. Creo que parte de la perspectiva que tiene el espíritu que habita la sangre, tan alejada de este mundo material, ayuda a tener entendimiento casi instintivo de cosas de apariencia complicada, como las máquinas, porque el espíritu entiende de escencias y propósitos ocultos muy bien. Y ese día, no me costó trabajo entender cuáles eran las secciones más vulnerables de los Apaches, y fue casi sin esfuerzo que derribé a cada uno de ellos.
Entendí que pronto traerían armas cada vez más imponentes, y que era posible que alguna de esas armas pudiera destruirme. En mi glotonería, yo hubiera arriesgado cualquier confrontación con tal de seguir mi festín. Pero en ese momento de locura, escuché un sonido nuevo en medio de mi mente. Era un leve ronroneo, como si un gato se hubiera acurrucado detrás de mi frente, pero que poco a poco se volvía más insistente, hasta el punto en que creí que haría que se me botaran los ojos de las cuencas y que se me aflojarían los pocos dientes que me quedaban. Y junto a este ronroneo, y dentro de él, llegaron estas palabras:
«¡Detén esta locura! ¡No debes descubrir nuestra presencia ante los mortales! ¡Huye!»
Con el espíritu guiándome hacia donde provenían esos pensamientos, inmediatamente dirigí mi vuelo hacia el pequeño pueblo de Alice, treinta millas al noroeste de Kingsville.
Continuará…


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