Monday, March 30, 2009

Finitum 4 (ES)

4. Pescadín fresco

En lo que Adelaide acomodaba a Shari en alguna de las habitaciones para huéspedes, el señor Wozniak guió a Giovanni en un tour rápido de la cabaña. Los pasillos vagaban al azar, en apariencia, y a distintos niveles. Por ejemplo, había una pequeña escalera de cuatro escalones a medio pasillo y luego todas las habitaciones al final del pasillo terminaban medio metro más arriba. Y en algunos otros había escalones de subida y luego de bajada, sin motivo aparente. Algunos corredores tenían cinco puertas una al lado de la otra de un lado, pero ninguna del otro lado. Y había uno que no conducía a ningún lado, sin puertas, con las paredes en blanco. Mientras iban caminando, Wozniak apuntaba a las puertas diciendo cosas como: «closet, sala de estudio, closet, biblioteca, mi oficina, dormitorio, closet, closet, closet, aula, closet, dormitorio…» Pero cuando Giovanni preguntó si era cierto que la mayoría eran closets, el señor Wozniak le dio una contestación bastante rara.

—Bueno, por lo general son closets, pero nunca se sabe a ciencia cierta…

Después de caminar en línea recta, en apariencia, sin doblar dos veces consecutivas en la misma dirección, Giovanni se sorprendió de hallarse de nuevo en la cocina, pero ahora entrando por una puerta distinta.

—Okay —dijo el Sr. Wozniak—. Este es apenas el primer piso, pero es donde vas a pasar la mayor parte del tiempo. Déjame que te enseñe dónde está tu cardumen y… ¿Dime? ¿Pregunta?

—Ehh, dijo que era nomás el primer piso… ¿Pues cuántos pisos hay en este lugar?

—Oh, hay varios. Por el momento, lo primero que se me ocurre, yo diría que unos cuatro… Sí, como cuatro suena correcto, al momento… ¿Pregunta?

—Esteee… No, ya que lo pienso mejor, no, gracias, no tengo más preguntas… —pero su rostro indicaba lo contrario.

—Muy bien. Ven conmigo, te explicaré cómo funcionan las cosas. La Escuela es un sistema educacional especial para alumnos superdotados. Tenemos como cincuenta estudiantes en cada centro, y tenemos muchos centros en toda la nación. En cada centro agrupamos a los estudiantes de acuerdo a sus aptitudes. Este centro es para novatos. Ahora bien: no te vayas a sentir cohibido ni mucho menos, ¿eh? Eres novato porque no sabías que eras superdotado. Muchos chicos aquí sabían que eran superdotados, pero nunca habían tenido ocasión de usar sus dotes. Los estudiantes aquí tienen edades desde once hasta diecisiete, así que no te sorprenda hallarte en una aula de clases sentado junto a un chiquillo de un lado y un casi-adulto del otro. Como dije, todo está hecho de acuerdo a las aptitudes. Te quedarás aquí tan solo el tiempo que sea necesario.

—¡Pues no vienen al caso para nada! ¿Cómo pueden tenernos a todos en las mismas aulas si uno de once años de edad estudiaría matemáticas de primaria, por ejemplo, si uno de diecisiete estaría estudiando Física?

—Ah, pero para eso tenemos tutores que trabajan individualmente con cada niño, para todas las clases que se necesiten aprobar para obtener el diploma de bachillerato en este estado. Esas tres damas que acabas de conocer, Ágatha, Tábitha…

—¿Y la "ruquita"? —farfulló Giovanni.

—Ah, te gustó eso, ¿verdad? Sí, las tres Furias, como les llaman nuestra gente, ellas son las tutoras para todas las clases regulares. Te van a poner listo, ya verás. Y sin toda esa condenada rutina aturdidora de asistir a clases ordinarias, te darás cuenta que todo el trabajo habitual de clases es, ¡"facilito, facilito como venadito"!

Giovanni le alzó una ceja al "verso sin esfuerzo".

—Como sea, ya tendrás tiempo después para darte cuenta de todas las diferencias en tu nueva educación. ¡Ya eres oficialmente superdotado! ¡Bienvenido a La Escuela de Superdotados! —Wozniak le dio unas palmaditas en la espalda a Giovanni, forzándolo a que se apoyara contra la pared del corredor—. Entonces, ahora mismo te llevo a tu cardumen. Este año nada más teníamos cuarenta y tres estudiantes, así que tú completas el número once de la suerte en tu cardumen. Los dormitorios son al estilo de barracones, y te toca una cama, un baúl y un tocador para que guardes tus pertenencias, y tienes a otras diez personas durmiendo contigo. Qué acogedor, ¿eh? Bueno, en realidad esto es todo lo que debes enterarte esta noche. Aquí estamos: ¡bienvenido a tu cardumen!

Wozniak y Giovanni estaban frente a una puerta solitaria a la mitad de un largo pasillo. Wozniak abrió la puerta y entró. Giovanni titubeaba un poco al umbral.

Desde su punto de vista, el cardumen se parecía a cualquier otro barracón que había visto en películas, excepto que las paredes estaban tapizadas con afiches de ídolos de adolescentes, juegos de vídeo violentos, y grupos de heavy metal. En toda la habitación había un torbellino feliz de niños, envolturas de dulces, cuadernos rotos, calcetines sucios, ropa en estado de limpieza dudosa y muchas otras basurillas, lo que hizo que Giovanni se sintiera como si estuviera en su casa. Todo se detuvo de repente, cuando Wozniak alzó su voz de soprano.

—¡Muy bien, todos, se me calman! Les traigo… ¡Un pescadín fresco! ¡Ve a por ellos, campeón! —Y Wozniak empujó a Giovanni hacia el centro de la habitación con una de sus garras gigantes, le sonrió una vez, y dio un portazo. Quizá fuera su imaginación, pero a Giovanni le pareció escuchar cadenas y candados traqueteando contra la puerta.

Dio la vuelta y se enfrentó a diez rostros con varios grados de curiosidad, simpatía y, en uno o dos de esos rostros, malicia. Muy para su disgusto, se dio cuenta de que la mayoría de los muchachos eran bastante menores que él. Y quedó atónito cuando espió a dos o tres niñas en el grupo. Vaya, eso iba a lograr que la hora del baño fuera interesante e incómoda. No quisiera pensar en todas esas mañanas cuando su cuerpo hacía todo tipo de cosas raras por cuenta propia, todas ellas diseñadas para avergonzarlo, aparentemente.

«Bueh, a ver qué pasa…», pensó Giovanni. Luego, después de un largo suspiro, encuadró los hombros y reanudó su postura encorvada. —A ver, ¿cuál de estas es mi litera?

Quedó sorprendido cuando el niño más pequeño le alzó la voz. —Oye, qué grosero eres, chavo. ¿Que no tienes buenos modales? ¿Por qué no te presentas primero? Bueno, en realidad no importa. Nomás páganos una cuota, danos los billetes que tengas en tu cartera y a lo mejor te decimos cuál es tu li-teeee-ra… Aunque, con esas fachas que te cargas, ¡¡a lo mejor no tienes ni monedas!! —Algunos de los niños con los rostros menos amigables se rieron.

—'Ta bueno, si así lo prefieres… —Giovanni, a un metro setenta y cinco de altura y cincuenta y cinco kilos de peso era pequeño para sus dieciséis años de edad. Pero en su larga carrera de escuelas de internado —desde que tenía trece años de edad— se había convertido en un tipo recio, lo suficiente como para asegurarse de que cualquiera que le hiciera novatadas sufriera consecuencias por ello. A lo mejor le costaba muchos moretones y ojos hinchados, pero nadie se metía con él después. Era enjuto y nervudo, y había aprendido a usar muy bien su fuerza de chango en contra de acosadores: nunca paraba, y seguía atacando sin importar qué tan magullado y golpeado estuviera. Como fiera.

Así que dio tres pasos hacia el niño insolente, quien no dejó de sonreír hasta que Giovanni le puso las manos encima y se encontró colgando cabeza abajo, asido por los tobillos a varios centímetros del suelo.

—Ahora sí —dijo Giovanni, con toda calma—. Nomás apunta con tu dedito en la dirección correcta, ¿sale?

Dos de los niños un poco mayores, que parecían tener como trece años de edad, sacaron unas varitas de los bolsillos traseros de sus pantalones, y al apuntarlas directo a la espalda de Giovanni, gritaron en unísono—: ¡Forúnculos y salpullido! —Dos chispas rojas salieron disparadas de la punta de sus varitas hacia la espalda de Giovanni.

Algunos de los niños gritaron del susto, y la niña más joven hasta avisó—: ¡¡Atrás de ti!!

El momento que las chispas hicieron contacto con la espalda de Giovanni, el se arqueó por el dolor por un segundo. Soltó al niño, quien cayó de cabeza y perdió la conciencia un rato.

—¡Ayyy! ¡Que arde! —Giovanni intentaba e intentaba sobar la parte de su espalda donde le habían quemado las chispas—. ¡Ahora sí se les armó, hijos de su chingada!

Giovanni y sus dos puños huesudos avanzaron contra los dos niños que todavía tenían sus varitas apuntando a él. Lo miraron avanzar con ojos desorbitados y boquiabiertos. De reojo, Giovanni notó que todos los niños estaban estupefactos.

Apenas estaba apunto de ponerle las manos encima a los cabezahueca cuando la puerta se abrió de un portazo y el Sr. Wozniak pareció rellenar toda la habitación.

—¡En nombre de Bochephus! ¿Qué cuernos hacen ustedes con sus varitas en mano? ¿No les dije que las guardaran al a hora de cenar? ¡¡Denme!! —Su mano gigante hizo parecer que las varitas desaparecían al cerrarse sobre ellas—. ¡Todos a la cama en treinta segundos! ¡¡Vamos!!

Giovanni podría haber jurado que el viento creado por el rugido de Wozniak había soplado a todos los niños hacia sus camas. Al fin, con todos acostados y quietos, él vio la única cama vacía, y se fue a acostar, todavía con la ropa puesta.

—¡¡Buenas noches!! —Otro rugido, y las luces se apagaron.





Continuará…

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