2. Ruralización obligada
Giovanni estaba de pie, pálido y lánguido, masajeándose con las manos el trasero entumido, y con una expresión desdeñosa en su cara al posar su mirada en La Escuela por vez primera.
—Ay. Dios. ¡Mío! Pero no mamen… ¡¡Ay!! ¡Ya, 'tá bueno, perdón! Carambas…
Shari apenas le había dado una cachetada en la nuca. Pero fuerte. A ella le chocaba decir palabrotas, y odiaba que su hijo las dijera.
Shari era una extraña mezcla de una matrona muy propia, estricta, disciplinada, de esas del siglo XIX, con una mamá hippy, demasiado emotiva, de la Nueva Era de la década de los setenta. Giovanni se crió en una rarísima clase de pedocracia tiránica, donde había toda oportunidad para expresarse a sí mismo y tomar decisiones propias, excepto cuando mamá se decidía por algo. Entonces no cabía argumento alguno. Lloriquear, lagrimear, hacer berrinches, argumentar de manera sensible y razonada, nada de eso funcionaba ya, aunque Giovanni siempre lo intentaba, vehemente. Hubo nalgadas cuando era chico, pero no muchas, ni tan frecuentes como cualquier otro niño "difícil" como Giovanni hubiera recibido en cualquier otro hogar; pero también hubo muchas caricias, abrazos, besos, cosquillas y muchas horas de jugar y corretear cuando mamá estaba presente. Shari era mamá soltera, y se la pasaba con trabajos de horarios raros, pero siempre tenía un momento para jugar con Giovanni, sin importar la hora del día que fuera, y sin importar cuánto llevaba desvelada. Siempre apartaba tiempo para su bebé. Tal vez Giovanni entendía y apreciaba la situación, porque intentaba muy encarecidamente no contrariar a su mamá de manera directa. Claro, tenía problemas para exteriorizar su afecto por ella, pero no lo hacía a propósito. Solo estaba "adolesciendo", como Shari se refería a ello.
Ahora bien, Shari tenía que admitirlo: la reacción de Giovanni muy bien podría haber sido completamente apropiada.
—Órale… —fue lo único que se le ocurrió decir.
Al principio Shari hubiera creído que era una especie de chiste el que La Escuela tuviera como única dirección "en las afueras de Ketchum, Idaho". Cuando al fin llegaron allá, Shari se preguntaba si su antigua Suburban simplemente no terminaría tosiendo tuercas y engranes y se desbarataría en pedazos después. Tuvo que subir con máquina forzada los mil ochocientos metros de altura de las montañas hasta el valle de Wood River, donde se ubicaba Ketchum a un lado de Sun Valley. Y aparte de todo, el viaje que debería durar tan solo veinticuatro horas ya llegaba al final de su cuarto día.
Sin embargo el panorama era majestuoso, con el valle acurrucado entre montañas gigantes erizadas de bosques y recortando un gran retazo azur entre todas las nubes invasoras. Los árboles parecían extenderse para siempre, en todas direcciones, y Ketchum parecía una especie de pelusa sucia entre esa alfombra verde vivo… Por amor del cielo, ¿dónde cuernos estaba La Escuela "en las afueras"?
Después de preguntar en varias gasolineras y tiendas de camino a Ketchum sobre "La Escuela", y de obtener como única respuesta expresiones en blanco, al final se orilló disgustada en una gasolinera justo a la entrada del pueblo de Ketchum, y mientras Giovanni llenaba el tanque de gasolina, ella hojeó todos los folletos de La Escuela, cada segundo más y más molesta en lo que buscaba indicaciones, o un mapa, o algo, sin hallarlo. Por supuesto, el último folleto que revisó era el que tenía las indicaciones precisas y detalladas de cómo llegar hasta La Escuela "en las afueras de Ketchum".
«Qué raro», pensó, «hubiera jurado que no tenía este folleto al principio… Bueno, como sea. Más vale que me apure, que quién sabe qué tan temprano anochece por estos lares…»
Así que se puso a manejar folleto en mano. Pronto empezó a distraerse con cosillas raras que le sucedían a su lista de indicaciones. Por ejemplo, después de un par de vueltas, encontró esto impreso:
«Busca una tienda "Piggly-Wiggly". Si te encuentras a una cuadra de allí, entonces ya te pasaste: deberías dar vuelta en "U" y retroceder dos calles hasta donde está el taxidermista, y darte vuelta a la izquierda. No, tu otra izquierda». Shari hubiera podido jurar que esa última oración no estaba allí la primera vez que había ojeado las indicaciones.
Pero ella perseveró, y después de otro par de vueltas se encontró manejando en una carretera de un solo sentido que parecía retorcerse dolorosamente por las faldas de la montaña. Muy pronto ya no había más casas, y los venados volteaban para mirar a la Suburban con su típico asombro estúpido al pastar a un lado de la carretera. Shari creía que ya se había pasado, así que se detuvo a revisar sus indicaciones. Claro, estas decían:
«Si piensas que ya te pasaste, pues todavía no: te faltan 2,89 kilómetros. Pon tu odómetro de viaje en cero ahora mismo, y dentro de 2,89 kilómetros hay una verja oxidada al lado derecho de la carretera. Sí, ese es el lado derecho».
Ella estaba tan aturdida con el viaje que hizo sin rechistar lo que sea que indicara el folleto. Y, cómo no, a 2,89 kilómetros llegaron a la verja que tenía un letrero oxidado: "La Escuela". Shari bajó a Giovanni para que abriera y cerrara la verja, y leyó el siguiente grupo de indicaciones:
«Parece que no hay ningún camino allí, pero en serio que allí está, no te preocupes: el camino está donde no crecen los árboles. Síguelo, y si no te detienes luego-luego al final del camino vas a acabar estacionada en el pasillo de la entrada. ¡Pon atención!»
Ella manejó con cuidado por varios minutos, siguiendo el caminito que marcaba la falta de árboles y, tras un recodo a la bajada de una colina, La Escuela surgió de repente frente a ellos. Shari se vio obligada a frenar de golpe; la Suburban gimió como si tuviera dolor de panza, y toda la basura de comida chatarra que inundaba el interior de la cabina rodó hasta enfrente. La Escuela estaba al final del camino, de manera literal. El camino terminaba en la mera puerta de entrada, y más allá del edificio mismo se notaba el barranco más empinado que jamás se hubiera visto afuera de las páginas de un "National Geographic".
Shari y Giovanni se salieron de la Suburban y parados lado a lado posaron su vista en un tipo de cabaña para esquiadores, de piedra y troncos, que parecía diseñada por Frank Lloyd Wright al tiempo que se fumaba una cubeta de diez litros llena de cocaína crack y satisfacía su fetiche por cabañas de troncos. La base de piedra de la cabaña parecía ser de dos cuadras de ciudad de largo, pero de un ancho normal. Y todos los troncos en la sección superior estaban apilados uno encima del otro, como si alguien hubiera apachurrado varias cabañas en ángulos raros. Desde donde ellos estaban parados, podían ver por lo menos trece techos empinados, nueve chimeneas de piedra, cinco pararrayos, y todos los techos tenían una veleta con figuras fantásticas como tema.
—¡Órale! —repitió Shari.
—¡En serio que no mamen! —dijo Giovanni, y esta vez nadie le dio un sopapo en la nuca.
Giovanni estaba de pie, pálido y lánguido, masajeándose con las manos el trasero entumido, y con una expresión desdeñosa en su cara al posar su mirada en La Escuela por vez primera.
—Ay. Dios. ¡Mío! Pero no mamen… ¡¡Ay!! ¡Ya, 'tá bueno, perdón! Carambas…
Shari apenas le había dado una cachetada en la nuca. Pero fuerte. A ella le chocaba decir palabrotas, y odiaba que su hijo las dijera.
Shari era una extraña mezcla de una matrona muy propia, estricta, disciplinada, de esas del siglo XIX, con una mamá hippy, demasiado emotiva, de la Nueva Era de la década de los setenta. Giovanni se crió en una rarísima clase de pedocracia tiránica, donde había toda oportunidad para expresarse a sí mismo y tomar decisiones propias, excepto cuando mamá se decidía por algo. Entonces no cabía argumento alguno. Lloriquear, lagrimear, hacer berrinches, argumentar de manera sensible y razonada, nada de eso funcionaba ya, aunque Giovanni siempre lo intentaba, vehemente. Hubo nalgadas cuando era chico, pero no muchas, ni tan frecuentes como cualquier otro niño "difícil" como Giovanni hubiera recibido en cualquier otro hogar; pero también hubo muchas caricias, abrazos, besos, cosquillas y muchas horas de jugar y corretear cuando mamá estaba presente. Shari era mamá soltera, y se la pasaba con trabajos de horarios raros, pero siempre tenía un momento para jugar con Giovanni, sin importar la hora del día que fuera, y sin importar cuánto llevaba desvelada. Siempre apartaba tiempo para su bebé. Tal vez Giovanni entendía y apreciaba la situación, porque intentaba muy encarecidamente no contrariar a su mamá de manera directa. Claro, tenía problemas para exteriorizar su afecto por ella, pero no lo hacía a propósito. Solo estaba "adolesciendo", como Shari se refería a ello.
Ahora bien, Shari tenía que admitirlo: la reacción de Giovanni muy bien podría haber sido completamente apropiada.
—Órale… —fue lo único que se le ocurrió decir.
Al principio Shari hubiera creído que era una especie de chiste el que La Escuela tuviera como única dirección "en las afueras de Ketchum, Idaho". Cuando al fin llegaron allá, Shari se preguntaba si su antigua Suburban simplemente no terminaría tosiendo tuercas y engranes y se desbarataría en pedazos después. Tuvo que subir con máquina forzada los mil ochocientos metros de altura de las montañas hasta el valle de Wood River, donde se ubicaba Ketchum a un lado de Sun Valley. Y aparte de todo, el viaje que debería durar tan solo veinticuatro horas ya llegaba al final de su cuarto día.
Sin embargo el panorama era majestuoso, con el valle acurrucado entre montañas gigantes erizadas de bosques y recortando un gran retazo azur entre todas las nubes invasoras. Los árboles parecían extenderse para siempre, en todas direcciones, y Ketchum parecía una especie de pelusa sucia entre esa alfombra verde vivo… Por amor del cielo, ¿dónde cuernos estaba La Escuela "en las afueras"?
Después de preguntar en varias gasolineras y tiendas de camino a Ketchum sobre "La Escuela", y de obtener como única respuesta expresiones en blanco, al final se orilló disgustada en una gasolinera justo a la entrada del pueblo de Ketchum, y mientras Giovanni llenaba el tanque de gasolina, ella hojeó todos los folletos de La Escuela, cada segundo más y más molesta en lo que buscaba indicaciones, o un mapa, o algo, sin hallarlo. Por supuesto, el último folleto que revisó era el que tenía las indicaciones precisas y detalladas de cómo llegar hasta La Escuela "en las afueras de Ketchum".
«Qué raro», pensó, «hubiera jurado que no tenía este folleto al principio… Bueno, como sea. Más vale que me apure, que quién sabe qué tan temprano anochece por estos lares…»
Así que se puso a manejar folleto en mano. Pronto empezó a distraerse con cosillas raras que le sucedían a su lista de indicaciones. Por ejemplo, después de un par de vueltas, encontró esto impreso:
«Busca una tienda "Piggly-Wiggly". Si te encuentras a una cuadra de allí, entonces ya te pasaste: deberías dar vuelta en "U" y retroceder dos calles hasta donde está el taxidermista, y darte vuelta a la izquierda. No, tu otra izquierda». Shari hubiera podido jurar que esa última oración no estaba allí la primera vez que había ojeado las indicaciones.
Pero ella perseveró, y después de otro par de vueltas se encontró manejando en una carretera de un solo sentido que parecía retorcerse dolorosamente por las faldas de la montaña. Muy pronto ya no había más casas, y los venados volteaban para mirar a la Suburban con su típico asombro estúpido al pastar a un lado de la carretera. Shari creía que ya se había pasado, así que se detuvo a revisar sus indicaciones. Claro, estas decían:
«Si piensas que ya te pasaste, pues todavía no: te faltan 2,89 kilómetros. Pon tu odómetro de viaje en cero ahora mismo, y dentro de 2,89 kilómetros hay una verja oxidada al lado derecho de la carretera. Sí, ese es el lado derecho».
Ella estaba tan aturdida con el viaje que hizo sin rechistar lo que sea que indicara el folleto. Y, cómo no, a 2,89 kilómetros llegaron a la verja que tenía un letrero oxidado: "La Escuela". Shari bajó a Giovanni para que abriera y cerrara la verja, y leyó el siguiente grupo de indicaciones:
«Parece que no hay ningún camino allí, pero en serio que allí está, no te preocupes: el camino está donde no crecen los árboles. Síguelo, y si no te detienes luego-luego al final del camino vas a acabar estacionada en el pasillo de la entrada. ¡Pon atención!»
Ella manejó con cuidado por varios minutos, siguiendo el caminito que marcaba la falta de árboles y, tras un recodo a la bajada de una colina, La Escuela surgió de repente frente a ellos. Shari se vio obligada a frenar de golpe; la Suburban gimió como si tuviera dolor de panza, y toda la basura de comida chatarra que inundaba el interior de la cabina rodó hasta enfrente. La Escuela estaba al final del camino, de manera literal. El camino terminaba en la mera puerta de entrada, y más allá del edificio mismo se notaba el barranco más empinado que jamás se hubiera visto afuera de las páginas de un "National Geographic".
Shari y Giovanni se salieron de la Suburban y parados lado a lado posaron su vista en un tipo de cabaña para esquiadores, de piedra y troncos, que parecía diseñada por Frank Lloyd Wright al tiempo que se fumaba una cubeta de diez litros llena de cocaína crack y satisfacía su fetiche por cabañas de troncos. La base de piedra de la cabaña parecía ser de dos cuadras de ciudad de largo, pero de un ancho normal. Y todos los troncos en la sección superior estaban apilados uno encima del otro, como si alguien hubiera apachurrado varias cabañas en ángulos raros. Desde donde ellos estaban parados, podían ver por lo menos trece techos empinados, nueve chimeneas de piedra, cinco pararrayos, y todos los techos tenían una veleta con figuras fantásticas como tema.
—¡Órale! —repitió Shari.
—¡En serio que no mamen! —dijo Giovanni, y esta vez nadie le dio un sopapo en la nuca.
Continuará…


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