Monday, March 30, 2009

Saciedad 9

9. No lo hurtan, lo heredan

Con la vista al horizonte, fue cuestión de instantes antes de que mi cuerpo atravesara como golpe de mazo la barrera del sonido. Unos instantes después, ya había llegado a Alice, y aterrizado enfrente de una pequeña granja abandonada, con ventanas y puertas clausuradas con maderos roídos.

Pasé al interior, apenas percatado de que había hecho trizas las barreras. Todo adentro eran añicos de muebles y regueros de polvo. Seguí en búsqueda del ronroneo insistente a través de la sala y la cocina, y al final los encontré, sentados en el piso de una alacena vacía. Mi súbita aparición entre ellos al principio causó un desconcierto de incredulidad, pero en pocos segundos todos retrocedieron atropellándose los unos a los otros hasta el extremo opuesto de la habitación, apilándose alrededor de un muchacho barbudo, que trataba de fulminarme con los ojos.

—¿Qué tanto decías? —Lo miraba con la cabeza inclinada de lado, causando que las escamas resecas de sangre sobre todo mi cuerpo cayeran como cascadas a mi lado—. ¿Por qué dijiste que tenía que huir? ¿Y cómo es que puedes poner palabras dentro de mi mente?

Como respuesta, y seguido por la media docena de chicos alrededor de él, se me vino encima, con las manos encrespadas enfrente de él, y una expresión feroz en su cara. La sorpresa me hizo retroceder por reflejo hasta el otro extremo de la pequeña alcoba, tumbando varios de los estantes vacíos. Ellos avanzaban a la velocidad normal de una persona caminando, y cuando llegaron cerca, a punto de posar sus manos sobre mí, sentí recelo de que me tocaran y levanté la mano con la palma extendida hacia ellos.

—¡No! —troné con voz de Ángel del Apocalipsis.

Al momento cayeron todos de espaldas, arrollados por el poder del espíritu. Vaya, pensé, no puedo levantar piedritas, pero puedo tumbar a vagabundos mequetrefes. Interesado con este nuevo descubrimiento, me concentré en el muchacho más cercano a mis pies y, con la mano extendida de manera dramática, lo levanté en vilo con el puro poder de la mente. Reí y reí ante la posición ridícula del pobre chico, que a gritos pedía ayuda en lo que giraba lentamente en el aire. Sus compinches habían estado reptando de nalgas, alejándose de nosotros, con expresiones que vacilaban entre espanto y enojo. Al mirar de nuevo al barbudo perdí el interés en jugar con flacuchos flotantes. Con un ademán, lo boté a través de la puerta hasta el final de la cocina, y entre giros y gritos, aterrizó como saco de papas. Una vez más me enfrenté al de las barbas, pero en esta ocasión lo traje hasta mí haciéndolo flotar en el aire.

—No me has contestado… ¿Qué hacen aquí, y cómo pones palabras en mi pensamiento?

El barbas gruñía, gemía, lloraba, babeaba y balbucía. Pero después de unos segundos pudo reunir un grano de dignidad y pedirme que lo posara sobre sus pies. Accedí, divertido con el berrinche impotente que acababa de presenciar. Con una actitud casi sumisa, me informó que su nombre era Joaquín, y que era el vampiro más poderoso en todo Texas. Sin poder evitarlo, me reí en su carota. El pobre parecía tener ganas de llorar. Trató de contarme eventos sobre su gloriosa vida como vampiro, que en los cien años que había existido eran numerosos. Pero a mí lo único que me interesaba era aprender quién lo había hecho vampiro a él, y cuáles eran sus poderes.

—¿A ti también te creó Benjamín? ¿Puedes volar? ¿Puedes leer mentes?

Joaquín parecía querer evitar contestarme. Trataba de recuperar sus aires de mandamás, y comenzó a vituperarme por haber expuesto la existencia de los vampiros a las mismísimas fuerzas armadas, y quiso regañarme por ser descuidado. Se supone que uno debería evitar salir a la luz del sol porque era evidente que los vampiros son cuerpos muertos, y que deberíamos tener mucho cuidado, porque teníamos cuerpos frágiles que se consumían fácil en la hoguera. Pero yo pronto me cansé de escuchar sus palabras, e intenté leer sus pensamientos. Me sorprendí bastante de no poder lograrlo.

—¡Fuera! ¡No te metas en mis pensamientos!

No supe si lo dijo en voz alta, o si Joaquín tan solo lo pensó. Pero para evitar más discusiones inútiles, de repente le eché mano encima y lo mordí. El resto de los vampiros gritaron, pero permanecieron acobardados a nuestros pies.

¡Ah, la sangre! Casi no había sangre dentro de Joaquín, pero de lo poco que logré chupar, era una destilación de todas las sensaciones placenteras que acababa de gozar en compañía del pelotón de marinos en la base naval. A través de la sangre aprendí todas las respuestas que estaba buscando…

Distraído y con mucho qué meditar, dejé a Joaquín caer al suelo. Él no había siquiera perdido la conciencia, pero se arrastraba débil en el suelo. Al momento dos de los otros vampiros le brincaron encima y comenzaron a morderlo, tratando de extraerle el resto de la sangre. Yo los miré por un momento, un poco molesto por el aparente canibalismo vampirezco, cuando recordé el poder más interesante en las memorias de Benjamín.

Sosteniendo el aliento, y concentrándome hasta mordiendo la lengua de lado, ordené que el espíritu saliera de ellos. Al instante, aparecieron siete antorchas en forma humana sobre el piso de la casa, entre sollozos y berridos. Sus llamas y sus quejas duraron por bastante tiempo, y yo estuve de pie, mirando cómo sucedía. Por largos minutos después de que la casa misma ya estuviera también envuelta en flamas, ellos continuaron gimiendo, aunque ya eran solo pequeños bultos de brasas. No se detuvieron sus suspiros hasta que, a patadas, esparcí las cenizas entre los escombros. Caminando lento, salí de entre las flamas, ileso. A lo lejos se escuchaban las sirenas de los bomberos, que se apresuraban por venir a extinguir la llamarada antes de que prendiera fuego al resto del pastizal reseco de la pradera.

Me alejé, adentrándome hacia la pradera vacía, caminando despacio, desnudo, manchado de tizne, meditando en lo aprendido en la sangre de Joaquín, y murmurando una vez tras otra, al igual que lo había hecho todo el tiempo que presencié la pira:

«¡Arde! ¡Arde!»


Continuará…

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