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Monday, March 30, 2009

Epigraph 1 for "Satiety"/Epígrafe 1 para "Saciedad"



I have two songs as epigraph for "Satiety". The first one is by Alanis Morrisette, from her album "Little Jagged Pill"

"Forgiven"

You know how us catholic girls can be
We make up for so much time a little too late
I never forgot it, confusing as it was
No fun with no guilt feelings
The sinners, the saviors, the loverless priests
I'll see you next Sunday

(chorus)
We all had our reasons to be there
We all had a thing or two to learn
We all needed something to cling to
So we did

I sang alleluia in the choir
I confessed my darkest deeds to an envious man
My brothers they never went blind for what they did
But I may as well have
In the name of the father, the skeptic and the son
I had one more stupid question

(repeat chorus)

What I learned I rejected but I believe again
I will suffer the consequence of this inquisition
If I jump in this fountain, will I be forgiven

(repeat chorus)

We all had delusions in our head
We all had our minds made up for us
We had to belive in something
So we did





A manera de epígrafe para "Saciedad", tengo dos canciones. La primera es de Alanis Morissette, de su álbum "Little Jagged Pill".

"Perdonada"

Ya sabes cómo somos a veces las chicas católicas:
tratamos de compensar tanto tiempo perdido un poco muy tarde.
Nunca lo olvidé, así de confuso como era:
no hay diversión sin sentimientos de culpabilidad.
Los pecadores, los salvadores, los sacerdotes sin amantes:
ahí nos vemos el próximo domingo

(coro)
Todos teníamos motivos propios para estar allí;
todos teníamos alguna cosa que otra qué aprender;
todos necesitábamos de qué aferrarnos;
y lo hicimos.

Cantaba "aleluya" en el coro
(alelu, alelu, aleluya).
Confesaba mis peores fechorías a un hombre envidioso.
Mis hermanos no cayeron ciegos por todo lo que hicieron,
pero a mi hasta más me valdría que me hubiera sucedido.
En el nombre del padre, el escéptico y el hijo,
que tengo una pregunta boba más:

(coro)

Lo que aprendí, lo rechacé, pero lo creo de nuevo;
sufriré las consecuencias de esta inquisición:
si brinco dentro de esta fuente, ¿seré perdonada?

(coro)

Todos teníamos delirios en la cabeza;
a todos nos hicieron pensar lo que quisieron;
tuvimos que creer en algo,
y lo hicimos…

Epigraph 2 for "Satiety"/Epígrafe 2 para "Saciedad"



Tango "Volver", de Carlos Gardel

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos,
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron,
con sus pálidos reflejos,
hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor.
La quieta calle donde el eco dijo:
"Tuya es su vida, tuyo es su querer",
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver.

Volver,
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir, que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir,
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,
encadenan mi soñar.
Pero el viajero que huye,
tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guarda escondida una esperanza humilde,
que es toda la fortuna de mi corazón.





Tango "Volver," by Carlos Gardel

I can guess at the twinkle
of lights which, at a distance,
mark my return.
They are the same that lit,
with their pale reflections,
the deep hours of pain.
Though I did not want this return,
one always turns back to the first love.
That quiet street, where the echo said:
"Her life is yours, her love is yours,"
under the sardonic gaze of the stars
which, indifferent, today they see me return.

To return,
with a withered brow;
the snows of time
silvered my temples.
To feel that life is only a sigh,
that twenty years is nothing,
that the feverish gaze
wandering in shadows
searches you out and names you.
To live,
with the soul clinging
to a sweet memory,
for which I weep again.

I fear the meeting
with the past that returns
to confront my life.
I fear the nights
which, peopled by memories,
chain down my dreams.
But the traveler who flees
sooner or later stops his gait.
And, although oblivion, which destroys everything,
had killed my old illusions,
it keeps hidden the humble hope,
which is the only treasure of my heart.

Saciedad 1


Saciedad


1. Antisaudade

Carlos Gardel era un memo. Bueno, eso opino… Su agobiante tango: dizque es un soplo la vida; dizque veinte años no es nada; dizque las nieves del tiempo blanquean las sienes. Pero las luces que marcan mi retorno no son las estrellas burlonas, sino las luces biliosas de la carretera por la que camino hacia Kingsville esta madrugada, que miran todo despiadadas y sentenciosas. Y ni un solo día de estos últimos veinte años ha dejado marca alguna sobre mí…

Kingsville fue donde gané y perdí todo para siempre, pueblucho de pacotilla, que lleva medio siglo agonizante en la economía mediocre del Valle de Texas, ora asolado por el narcotráfico y la corrupción, ora revitalizado por lo mismo. En la década de los ochentas —que fue la última vez que estuve aquí— Kingsville era el mismo pozo deprimente que es hoy en día, a pesar de su apariencia de progreso. La base naval, la universidad y las manufactureras químico-farmacéuticas aún haraganean en los aledaños: son viles buitres posados sobre un moribundo raquítico que se aferra al rancho King como si fuera la última cantimplora vacía a medias, que de hecho es.

Kingsville fue donde muchos inmigrantes analfabestias como yo soñaban con crear un futuro, después de ser trasplantados a cachetadas de nuestros terruños natales por individuos y situaciones similares a las encontradas acá también. Y acá tuve que trabajar en la pizca, cosechando tierra ajena, y lavando platos en todo restaurante donde hubiera oportunidad. Pero con tantos como yo, era difícil asegurar el pannuestrodecadadía… Como dijera mi pobre viejo, «salíanos de Guatemala pa’ entrar a Guatepior».

Pero, al fin de cuentas, Kingsville, ubicado a tres horas de la frontera con México, había sido mi hogar por veintitrés años, y allí aprendí a vivir “del otro lado de las vías”, y uno podía pasearse de un sitio a otro, sin que la policía deseara catearlo por parecer sospechoso más que de vez en cuando. En ese pueblo me junté con una señorita que me amó así como era y sin tapujos, y criamos hijo e hija hasta que fueron adolescentes, hasta el fin. O hasta el principio, no sé todavía.

* * *


Pero, bueno, aquí estoy de regreso, maldita sea, caminando por la calle principal hacia el ayuntamiento antiguo. A contra esquina de la casa de empeño de Joe está todavía el teatro Savoy, destartalado y abandonado a los coritos evangélicos de manera intermitente desde 1975, y que hoy padece una encarnación como tienda de curiosidades. Me pregunto por qué siempre ese es el destino de los teatros antiguos…

A punto estaba de seguir mi peregrinaje de penitencia al amanecer cuando veo de reojo a un flaco alto de greña larga y quebrada, vestido en botas y pantalones vaqueros y una playera blanca de algodón, entrando a la tienda de la gasolinera en la esquina, a dos cuadras de distancia. Tendrá que ser una ilusión óptica, porque su andar y esa leve inclinación de la cabeza me recuerdan a mi hijo adolescente, que gustaba vestirse de esa manera todos los días… Pero, ¿cómo podría ser él, si la última vez que lo vi fue hace veinte años, cuando me largué de aquí?

No obstante, abro mi mente para intentar captar alguna imagen de los pensamientos del flacucho, y cerciorarme de que no sea cierto lo imposible. Qué raro… Silencio total. Excepto… Un leve ronroneo que más bien se siente con los huesos en lugar de escucharse con los oídos, y que va aumentando en intensidad hasta que se siente detrás de los ojos. Sé muy bien lo que significa, y es lo que menos imaginé encontrarme en este pueblucho de mala muerte… Yo que creía que ya no existía nadie como yo en este pueblo…

El flacucho está todavía en la tienda, inmóvil, con una mano posada sobre las revistas que estaba ojeando hasta apenas hace un momento, y con la cabeza medio inclinada de lado, en actitud de escucha, pero sin aparentar estar sobresaltado. Lo puedo ver a través del ventanal de enfrente, y antes de que decida entrar en la tienda y cerciorarme de una vez por todas que no es mi hijo, escucho un susurro que proviene del fondo de la alcantarilla en la esquina.

—¿Es usted el creador?




Continuará…

Saciedad 2

2. Lo que es ser feliz

La pregunta susurrada no me sorprendió por lo incongruente de su procedencia ni por haber sido pronunciada tan quedo que ningún humano la hubiera podido escuchar, sino por la certeza de saber que ese ronroneo indefinido más allá del limite auditivo emanaba también del interrogante misterioso.

No le hace. Estoy seguro de que donde hay uno de ellos, hay varios. Siempre es así. Son como una infección, como un salpullido bajo los calzones de la humanidad.

Apenas si dirigiendo mi concentración hacia esa alcantarilla, sintiendo la presencia allí como un moretón en mi mente, digo lo mismo de siempre, lo que he dicho cada que los encuentro de nuevo:

«Arde».

Un destello rojizo se deja ver entre la rejilla de la alcantarilla, y una pequeña nube de humo azul que apesta a cloaca y descomposición se alza despacio. Siempre es lo mismo: la sensación en mi mente es que se sienten sorprendidos por un instante, y luego siento un gran tumulto de memorias, dolor e incredulidad, todo junto en un momento, como ráfaga pasajera. Ridículos, que piensan que son invulnerables, pero no entienden la monstruosidad que es la inmortalidad verdadera…

Otro tumulto en mi mente: el flacucho se ha esfumado de la tienda, entre sentimientos de incredulidad y espanto. Salió con tanta prisa que las puertas de la tienda se botaron de su marco y cayeron al suelo a varios metros de la tienda. El dependiente del mostrador está atónito, y estoy seguro que ni sus cámaras de seguridad habrán captado el movimiento tan rápido del flacucho, que puede moverse como la luz del pensamiento, aparentemente.

Vaya, otro de los que caminan bajo el sol. También pensé que era el único en hacerlo.

Va a ser un día interesante.

* * *


Esas cosas y otras parecidas me habían mantenido alejado de este maldito pueblo de mala muerte durante los últimos veinte años. De hecho, me mantuvieron alejado de cualquier sitio con gente.

El momento que descubrí que la sangre era un deseo y no una necesidad, me desvestí de ese impulso y me largué a todos esos sitios recónditos que vocean histéricos en los documentales naturistas. Fue un alivio darme cuenta de que la humanidad, por más que pulule cual moscas sobre llagas que supuran, requiere de tantas cosas de parte de la naturaleza que es muy limitado el alcance de sus poblaciones.

Así que por veinte años vagué por selvas abrumadoras, trepando árboles y jugando a cachetadas con orang-utanes, y palpando la cresta huesuda de gorilas en montañas casi inaccesibles. Fue un alivio cruzar a pie los Himalaya y no encontrar más que a unos cuantos humanos entre tanta cabra y ganso. Fue una calma casi infinita remontarme al aire y cruzar océanos completos sin ver ni una seña de hombres ni mujeres.

Hay más mundo que gente, qué fortuna. Qué consuelo.




Continuará…

Saciedad 3

3. Una piedra en el camino

¿Qué habrá visto en mí Benjamín? A veces me pregunto si ese era su nombre en realidad… Pero, bien lo sé que estas meditaciones siempre surgen cuanto tengo dudas de mi valor, cuando empiezo a sentirme acomplejado y me menosprecio por mis acciones.

Pero bueno, Benjamín: ¿Qué cuernos quería conmigo? Estoy seguro de que en ese preciso instante en que decidió compartir su inmortalidad conmigo habría docenas, cientos, miles de personas mucho más interesantes que yo en la cercanía, y más ágiles, bellas, inteligentes, altas, importantes… ¿Quién era yo, excepto un padre de familia indocumentado, tratando de ganarse el sustento para su familia a través trabajos de ínfima importancia? ¿Quién era yo, excepto uno de millones?

Esa maldita noche, hace poco más de veinte años, de haberle hecho caso a mi señora, hubiera estado bebiendo mis cervezas frente al televisor en la sala de mi casa. Pero como era noche de boxeo en el canal 52, pensé que era obligatoria la reunión en casa de mi compadre. Al final de la velada, ya pasada la media noche, mis pasos tambaleantes recorrieron los callejones detrás de las casas, para evitar que algún patrullero me pillara por borrachera pública.

La cárcel hubiera sido mejor opción… Sin embargo, esa noche mis pies traicioneros y beodos me hicieron caer en las garras de Benjamín, de manera literal. Pisé algún guijarro invisible en la noche, y se me torció el tobillo. Ya perdía el equilibrio cuando sentí unos cilindros de mármol en forma de brazos, atajando mi caída. Al principio, lo único que me sorprendió fue su aparición repentina. Su aspecto era de un hombre bajito y delgado, de rasgos vagamente mediterráneos y llanos, y fue lo primero que registraron mis ojos, pero enseguida dentro de mí se alzó una repugnancia como nunca había sentido, como si una inmundicia recubierta de podredumbre me hubiera caído en plena cara inesperadamente.

Nunca dijo una palabra. Yo intenté salirme del círculo de sus brazos, pero era como tratar de mover montañas con caricias. Y de manera salvaje, como fiera, en un movimiento violento, su boca se afianzó de mi cuello. ¡El dolor! El punto de contacto con su boca era un hierro candente en mi piel, y cada bocanada de sangre que me succionaba era un alambre de púas enroscado en mis testículos, que a jalones me arrancaba el alma. Y al mismo tiempo, era la delgada línea entre la agonía y la calma total… En cuestión de segundos sentí la parte que se considera el “mí mismo” deshilvanarse, como si fuera un sueño entre neblinas.

Justo entonces, se separó de mi cuello y me miró a los ojos mientras mordisqueaba su propia lengua, de un lado al otro. Con una sonrisa brillando en los ojos, cubrió mi boca con la suya, en el beso más obsceno que nadie pudiera imaginarse. El aliento de cloaca y sepulcro fue lo de menos, ya que la mezcla de su sangre horripilante con la que acababa de robarme inundó mi boca con tanta fuerza que sentí esa vil mixtura desbordarse hasta por la nariz, causándome arcadas, y que tragara todo por puro reflejo.

El chaparrito me dejó caer al suelo. En cuestión de segundos el suplicio había terminado, pensé yo. Mi conciencia poco a poco se esfumaba como granos de arena barridos por el viento. Pero de repente el universo mismo se tornó en agonía. ¡El dolor! Si antes había sentido como si un alambre de púas estrujara mis gónadas, ahora el dolor era multiplicado por mil, por un millón, por el infinito, y cada sensación, cada pensamiento estaba delineado en fuego. En medio del dolor descomunal, oía reverberaciones en mi mente de personas que no conocía, de sitios que nunca había visitado, de palabras que nunca había pronunciado, y un nombre: Benjamín.

Cuando pensé que ya no podría aguantar más, de nuevo el diminuto hombre clavó sus dientes en mi cuello, en el mismo sitio, o tal vez en un sitio distinto, no importa, que el dolor era lo único que existía, la flama era la única dimensión de mi universo. En la segunda ocasión no sentí que mi conciencia comenzara a esfumarse, sino que sentí que todas mis memorias empezaban a encontrar sitios nuevos en mi mente, junto a esas reverberaciones en la sangre de Benjamín. Pero el dolor era más agudo, más aparente, si semejante cosa fuera posible.

Y de nuevo el beso horrible, que falto de lascivia, era la peor de las violaciones con sus imágenes y lecciones sin bienvenida, que llenaban todas las esquinas de mi alma, poco a poco…

Cuánto tiempo duró todo esto, una vez tras otra, cuántos besos y cuántas veces me encontré vaciado de mi propia sangre, no lo recuerdo. Pero escuché una palabra en medio de mi ser: «Suficiente». Y lo último que vi de Benjamín fue la misma sonrisa en los ojos, y después se esfumó para siempre. Nunca más lo he visto de nuevo.

¿Qué cuernos quería conmigo?




Continuará…

D

Saciedad 4

4: Principio de dolores

Esa noche que Benjamín me agredió, me dejó abandonado en el suelo de ese callejón a obscuras. Mis pensamientos eran torbellinos de memorias falsas y verdaderas, que me infectaban la mente mientras que la sangre podrida atacaba al cuerpo. Era imposible aferrarse a ninguna de esas imágenes recordadas a medias mientras que cada uno de mis sentidos se sentía consumido por la flama. Lo raro era percibir todo como si apenas existiera por primera vez para mí: cada ruido y cada silencio, cada destello de luz y cada sombra, cada roce de la ropa sobre la piel y cualquier brisa colándose entre el cabello… Todo era nuevo y cansino, seductor y repugnante, éxtasis y tortura.

Me puse de pie y quedé atónito ante la perspectiva de mis nuevos sentidos, que me mostraban ahora a un mundo con definiciones exactas, bordes precisos, atributos diversos, y que al mismo tiempo impartían a todo de una coherencia casi dolorosa, o de una apariencia indivisible.

Intenté dar un paso, pisando con fuerza para convencerme de que este mundo de caleidoscopios era real. Sin embargo, el impulso antiguo que sabía mover mis cien kilos a una distancia de treinta centímetros por zancada resultó exagerado y brutal, y me propulsó de bruces contra una barda de ladrillos. La barda quedó hecha añicos, y se desmoronaba bajo mis manos mientras intentaba recuperar el equilibrio. Pero yo estaba ileso.

Pequeños accidentes como ese continuaron por varios días, pero al menos esa noche pude aprender a caminar de nuevo después de unos cuantos ensayos tímidos. Parece que el cuerpo es sabio, y sin necesidad de darle indicaciones sabe ajustarse a nuevas cosas con facilidad.

Pensé irme a mi casa por fin, pero al cruzar la avenida Main, un patrullero que estaba estacionado frente a la gasolinera al final de la cuadra prendió su sirena y me hizo señas que fuera hacia él, para hablar conmigo. De seguro me iba a amonestar por vagancia.

Al momento en que comenzó a bajar su ventana me asaltaron aromas que en mi vida había notado: el olor vital del sudor nuevo brotando de sus poros y rastros almizclados del sudor añejo que se perdía entre pequeñas nubes de jabón, Old Spice, nicotina, adrenalina y jugos gástricos refluyendo en su esófago. Y ni mencionar la mixtura emanando del carro patrulla mismo: olor a vómito, a orina, a comida rancia…, a locura.

Todos ellos causándome un ansia más allá de cualquier lujuria.

El pobre patrullero ni tiempo tuvo para gritar de dolor. Apenas terminaba de bajar la ventana y yo ya había atravesado los treinta metros que nos separaban al principio, sacándolo con rudeza por la ventana, sin importarme que trajera puesto todavía el cinturón de seguridad. Mi boca ansiosa no sabía donde posarse, y lo mordí a medio pecho. Sus forcejeos desesperados fueron breves, pues en mi prisa lo abracé con tanta ansiedad que su columna vertebral se partió a la mitad. Su corazón revoloteaba como colibrí enjaulado, y cuando al fin se detuvo después de vibrar unos segundos, yo gemí.

«Más», pensé. ¿Cuántos litros de sangre tiene un humano? ¿Tres, cuatro, cinco? Los que sean, no fueron suficientes, y en mis angustias por encontrar más, rasgué su pecho, destrozando ropa y piel, y hurgué entre las costillas hasta que encontré el corazón. Lo levanté hasta mi boca, y mastiqué las fibras chiclosas, sorbiendo las gotas de sangre que se derramaban de entre los labios. Cuando ya no pude sacarle más jugo, tiré a un lado el bagazo restante y comencé a arrancar trozos cada vez más grandes de piel y los órganos internos, relamiendo la sangre de entre los tejidos, hasta que llegué a los huesos largos de los brazos, y los rompí a la mitad, para sorber el tuétano concentrado. Palmo a palmo del cuerpo exploré en búsqueda de más sangre, hasta que al final quedé arrodillado junto a un carro patrulla, dentro de un círculo de jirones sangrientos que habían sido un patrullero hasta hace apenas diez minutos.

«Más», pensé.

Pero al ponerme de pie se me vino a la mente el rostro de mi mujer, y, comprendiendo lo que significaba el perímetro sangriento a mis pies, supe que tenía que marcharme.

Corrí y corrí, evitando carreteras y adentrándome cada vez más en la pradera del valle de Texas hasta que llegó el alba.


Continuará…

Saciedad 5

5. El arco de descenso

Durante el siguiente día, escondido entre matorrales para evitar que me espiara la avioneta de la patrulla fronteriza, me quedé completamente inmóvil por más de diez horas.

Al principio, estaba quieto por el horror que me causaban los deseos casi incontrolables de volver a sentir otra vida pasar por mis labios, en regueros de sangre. Me imaginaba paralizado para tratar de calmar los brazos y piernas temblorosos de ansiedad. Me quedé como piedra, con tal de evitar morderme la lengua de nuevo, cada vez que rechinaba los dientes.

Pero al pasar un par de horas, sentí al amanecer llegar, y por primera vez en mi vida escuché el cambio de actitud del planeta mismo al llegar el astro rey. Con mis nuevos sentidos amplificados, todavía ardiendo en la llama del cambio horrible, pude sentir el alivio momentáneo de las plantas al caer el sereno mañanero, y la angustia de todo ser vivo a la intemperie al escalar la temperatura con rapidez. Era el mes de agosto, cuando es típico que el termómetro suba hasta los cuarenta grados antes de las diez de la mañana.

En esa quietud, con el sol despiadado encima, la flama recorrió por mis sentidos y mi cuerpo, hasta que se asentó en el centro de mi alma. De repente, todas esas memorias ajenas que habían estado rondándome como enjambre enardecido de murciélagos parecieron posarse en una cueva acogedora. En un instante, todas las cosas que Benjamín me dio a conocer a través de la sangre se transformaron, de imágenes borrosas a conocimientos nítidos.

Por horas repasé todos estos datos nuevos, como quien visita a sus padres ancianos en el asilo, reconociendo rasgos olvidados… Consciente de que eran ajenas, las memorias de Benjamín me mantuvieron estupefacto por sus maravillas y su vileza.

Para comenzar, me expliqué a mi mismo que lo que siempre nos habían mostrado en la televisión y en películas sobre los vampiros era insuficiente como descripción del monstruo en el que Benjamín me había transformado. Parece que, al principio del tiempo, en algún pueblucho hitita, una persona joven y soberbia que se creía hechicero y que podía hablar con las almas de los fallecidos había cortejado las atenciones de un espíritu maligno, sin entender la amplitud de la malignidad de esos seres. Es que hay entidades rondando la tierra que nada tienen que ver con los humanos, ni tampoco con lo que después se reconocieron en otras culturas como ángeles y demonios. En cambio, son entidades que tienen mente, pero casi no tienen intelecto, y por lo general tienen un desprecio profundo por lo carnal. Estos espíritus por lo general se hallan esparcidos por todo el mundo, ya que sin intelecto no tienen necesidad de enfocarse en un sitio y en un tiempo. Excepto por este ser en particular, que en su repugnancia hacia todo lo material, y bajo el acoso de este hitita imprudente, se concentró en un solo local y tiempo y agredió día y noche a quien creía que lo estaba atormentando. El hitita perdió la cordura al sentir dedos y agujas invisibles hurgándole hasta las entrañas por días y días, y en un arrebato terminal de zozobra decidió tomar una navaja de cobre y abrirse las venas, para escapar en el olvido final de la muerte.

Pero el espíritu maligno, enardecido de ver la fuerza vital fluyendo escarlata, intentó investirse de esa vida, mientras su mente desgarrada entre lujuria y asco se perdía para siempre en el hueco vacío de la hemoglobina. Fue un accidente cósmico, o quizá la concatenación de toda la mala suerte posible. El hitita presidió en plena conciencia a los rigores de la muerte carnal de su cuerpo, y sintió la flama del espíritu engullir su propia alma. Desde ese momento, hasta la eternidad, su cadáver reanimado fue un féretro para su conciencia. Y su alma quedó entretejida en el velo tenue del espíritu maligno, atados el uno al otro bajo un yugo anormal.

No pasaron ni unos minutos antes de que un vecino se atreviera a asomarse a la choza, para investigar el porqué de los gritos desgarrados que se oyeron por varios días y que de repente cesaron. El ansia lujuriosa del espíritu inmundo impulsó al hitita a hacer jirones al pobre vecino, a la vista de todo mundo. Un gran pánico hizo huir al resto del vecindario entre gritos y llanto, y no tardaron los guerreros en hacerse de sus armas para perseguirlo e infligir heridas que a cualquier otro cuerpo resultarían mortales.

Herido, sintiendo el dolor con una agudeza que ningún humano pudiera haber soportado en sus cinco sentidos, y enloquecido por la situación inverosímil, el hitita huyó hacia el desierto, y nunca más regresó a su patria.

Pero llegó a Egipto algunos días después…


Continuará…

Saciedad 6

6. Sincretismo inane

Tumbado bajo un matorral raquítico, que apenas si dibujaba trazos finos de sombras con el sol mañanero, decidí que no me importaba mucho el génesis de mi desastre. Entre más memorias desempolvaba sobre "el hitita", más me convencía de que Benjamín era ese personaje. Supongo que no se identificaba tal cual porque en realidad no era interesante esa sección de la historia, ni siquiera para él.

Total, que había memorias de muchos años de vivir como fiera en el desierto, al acecho de nómadas desafortunados, y de grandes pasiones con mujeres y con hombres, enamorándose perdidamente de uno u otro, que siempre terminaban en tragedia cuando la sed triunfaba de nuevo sobre la soledad. Por casualidad, como es habitual que suceda, el hitita, en un arrebato de pasión, decidió morder y dejarse morder, y compartir la sangre con una bella de ojos kohl. El horror de la transformación apabulló tanto al hitita que al momento desgarró en pequeños pedazos el cuerpo de la desafortunada. Pero la soledad es más fuerte que nada, y pocos años transcurrieron antes de que él intentara de nuevo compartir la sangre. De los primeros experimentos, ninguno sobrevivió al dolor de la transformación, o al calor del sol, o a las venganzas de guerreros, ya que encontraban maneras de destruirse a sí mismos al perder la cordura. A veces su fin les sobrevenía por el disgusto y aburrimiento del hitita que, con el mismo capricho que los creaba, destruía sin razón o motivo a su "prole".

De las memorias de esos años, lo único que me cautivó fue la cátedra de los descubrimientos paulatinos de aptitudes y habilidades estrafalarias que la fusión con el espíritu le había concedido. El hitita, siendo la única criatura de ese tipo sobre la tierra, desentrañó los primeros misterios a base de accidentes fortuitos.

Por ejemplo, cuando aprendió que podía transportar su cuerpo más rápido de lo que permitían sus reflejos, dejando que el espíritu lo moviera.

En una ocasión, para escapar de una turba de pescadores que lo había acorralado a las orillas del río Iteru de espaldas a una choza, y enfrentando a dos docenas de hoces y arpones, el hitita imaginó encontrarse al otro lado del río. Antes de poder comprender lo que sucedía, allí estaba, de pie, en la otra orilla.

Atónito, posó su aguda y antinatural vista en la ribera que apenas había abandonado y distinguió a los pescadores, todos aullando de consternación, y atendiendo a sus compañeros que habían sido arrollados por el hitita al escapar como un bólido. La choza estaba hecha añicos, y varios de los pescadores tenían brazos o piernas fracturados tras el impacto con el cuerpo del hitita, que en un santiamén cruzó más de quinientos metros de una orilla a otra.

En esos entonces, el cuerpo del hitita todavía era frágil, y correrías como esas le causaban un dolor inmenso. El aire mismo se convertía en navaja, y cualquier mota de polvo que chocara con su piel le escocía verdugones cuando impulsaba su cuerpo a velocidades exageradas por el espíritu que habitaba su sangre muerta. Sin embargo, día tras día, él sí podía notar que su cuerpo se endurecía cada vez más, capa tras capa.

Había otras aptitudes aún más raras, como causar objetos a moverse sin tocarlos, escuchar en murmullos los pensamientos sudorosos de las personas, y hasta poder remontarse en el aire, como una pluma llevada por la brisa. Estos desconcertantes poderes eran efecto secundario de la fusión del alma del hitita con el espíritu inmundo que se había afianzado a su cuerpo. El espíritu, anteriormente sin límites, era un conducto hacia alguna dimensión que existe por detrás del mundo físico, y que creaba esos vínculos secretos con todo lo material. Parecían sortilegio.

Pero, de todos estos poderes mágicos, el más interesante para mí fue cuando el hitita ordenaba al espíritu a que se retirara repentinamente de la sangre de otro monstruo como él. El espíritu, al abandonar la hemoglobina de inmediato, causaba un calor extremo y el cuerpo se incineraba en una hoguera repentina. Desde que descubrió ese poder, el hitita comenzó a crear monstruos a diestra y siniestra, para poder practicar sus nuevos poderes en contra de ellos.

Ese fue el comienzo de Las Guerras, que han durado ya seis mil años.


Continuará…

Saciedad 7

7. Pininos siniestros

Ansioso de ensayar estos poderes mágicos que había en las memorias de la sangre, por fin me levanté de mi escueto escondite. Al instante, una estampida de marmotas brotaron por entre mis pies, desde sus guaridas subterráneas. Supongo que hacían bien en temerme, porque de manera automática mi brazo se disparó hasta el suelo, arrastrándome tras él, y pilló a una de las alimañas casi sin esfuerzo. Antes de poder entender bien lo que me sucedía, ya estaba sorbiendo las entrañas del animalito que había abierto a dentelladas.

Pero no me causó asco hacerlo. Al contrario, sentía unos leves toques de placer al sentir la fuerza vital del pequeño mamífero esfumarse ligera, como una bocanada de humo de cigarro perdida en un ventarrón. Supuse que el desprecio a lo material del espíritu inmundo que infectaba mis venas era el que se gozaba de la extinción de cualquier vestigio de vida. Aunque es difícil todavía distinguir hasta dónde llega el espíritu, y desde dónde comienza la simple maldad destructora de la naturaleza humana…

Mas no importa.

Por varias horas me dediqué a practicar estos nuevos poderes que hallé en las memorias. Pero no todos me eran accesibles. Por ejemplo, no podía levantar ni pequeñas piedras con la mente, a pesar de poder hacerlas volcarse de un lado a otro. Y no podía leer pensamientos. Las liebres y halcones que estaban cerca tan solo proyectaban sentimientos turbios de temor, agresión y hambre. Y las hormigas y alacranes tenían pensamientos tan alienígenas que solo los percibía como colores opacos y pulsantes. Pero de humanos, no captaba ni una idea suelta. Supongo que estaba muy lejos de cualquier poblado…

Pero quedé extático de comprobar que podía dejar al espíritu mover mi cuerpo a velocidades increíbles. Bastaba con que me imaginara de pie junto a alguno de los mezquites a cientos de metros de distancia para que en cuestión de momentos me encontrara allí. A esas velocidades, el aire mismo se sentía como una pared de concreto que restregaba mi piel. Pero eso sí: con todos mis sentidos amplificados, sentía todo con una inmediatez inimaginable que me hacía sufrir como nunca había padecido dolencia alguna, pero sin que mi cuerpo se dañara. Todo el dolor y nada del daño. Hoy, después de veinte años, todavía no sé si valga la pena…

No obstante, toda queja quedó olvidada en cuanto intenté dejar que el espíritu levantara mi cuerpo en el aire, y lo logré. Yo siempre había sufrido vértigo con las alturas, pero esta nueva sensación de ver la tierra pasando bajo mis pies, lejana, y del aire escabulléndose entre mi ropa y cabello, me llenaba de un gozo malsano. Esta era la prueba final de que sí era en realidad un monstruo. Esta era la prueba de que ya no era humano para nada.

Todavía experimentando, intenté imaginarme que estaba en algún sitio exótico y forastero, como el Timbuktu, pero el espíritu no pudo llevarme hasta allá. Supuse que si yo no había estado en el sitio en persona, el espíritu no podría transportarme. Y cuando intenté alzarme en el aire para ver si podría llegar al espacio sideral, mi cuerpo no pasó del kilómetro de altura. Deduje que el espíritu me ataba al monstruo creador, a Benjamín. Siendo él origen y foco de esta infección maldita, me imaginaba que, de haber más engendros como yo, todos estaríamos obligados a permanecer donde él estuviera. Me pregunté qué sucedería si a Benjamín lo lanzaran en un cohete hacia Marte: si todos los demás quedaríamos destruidos o si seríamos transportados hasta ese planeta…

Pero eso tampoco importa.

Durante mis divagaciones, había dejado que mi cuerpo flotara a la deriva, como papalote extraviado, y de pronto me percaté de que había llegado a los aledaños de la base naval de Kingsville.


Continuará…

Saciedad 8

8. La gota que derrama

Supongo que no es de extrañarse que los marinos que patrullaban la base naval —una vez superada la estupefacción de ver a un individuo flotando a varios metros del suelo— abrieran fuego después de apenas un aviso.

El dolor agudo de la acribillada apenas si me llamó la atención esa vez: estaba anonadado porque me sobrevino una sensación maravillosa y repugnante al mismo tiempo. Al estar cerca de todos esos marinos, mi mente se llenó de imágenes distorsionadas y de colores psicodélicos, que se sentían como grasa rancia y tibia escurriéndose sobre mi mente. Al mismo tiempo, una nube de murmullos a medio formar y un millón de astillas de luz me llenaron los oídos y los ojos. Creí entender que estaba captando los pensamientos de los soldados que me atacaban, pero todo era confusión, ya que estaba captando todo lo que pensaban al mismo tiempo: desde memorias hasta percepciones.

Dejé que mi cuerpo se desplomara hasta el suelo de golpe. Apenas si notando el leve cráter y nube de polvo que ocasioné, decidí avanzar hasta que llegué al marino que estaba más cerca, y lo tomé del cuello, para poder mantenerlo quieto en lo que miraba al fondo de sus ojos desorbitados. Sin prestar atención al resto de los soldados que corrían por todos lados como termitas expuestas al sol, concentré mi atención por completo en el hombre atrapado.

Mis ojos se abrieron sorprendidos, mientras que sentía una leve sonrisa jalando la esquina de mi mejilla: el resto de los sonidos y de las imágenes desaparecieron, y los pensamientos y sensaciones de este señor comenzaron a desfilar como marquesinas publicitarias por mi mente. No tenían ningún orden en particular, pero era fácil suponer cuales sensaciones físicas eran relacionadas a cuales memorias, y cuales percepciones eran del momento actual. Todo era como una tarta de frutas, con varias capas de distintos sabores y contenidos, pero al final con una coherencia entendible. Y deliciosa.

La imagen del postre me tornó en una fiera de deseo puro. Sentí la saliva brotarme bajo la lengua, y mi olfato se llenó de esa presencia viva, sujetada en mi mano. Tornando los ojos en blanco por la anticipación, levanté al hombre en vilo con una sola mano, y lo traje hasta mi boca con un movimiento violento. Al igual que el pobre patrullero de la noche anterior, el fin del marino fue un charco ensangrentado a mis pies. Pero en esta ocasión, como todavía estaba completamente enfocado en él, todas sus memorias, todos sus sentimientos, todo su ser, fueron vertidos en mí junto con la fuerza vital de la sangre. Fue una comunión como ningún amante, ningún padre, ningún hijo, ningún nada pudiera tener con ese hombre. Nadie lo conoció en este mundo mejor que yo. Ni él mismo: Él y yo fuimos uno. Casi me entristecí de que ya no viviera…

En ese momento entendí cómo era posible que Benjamín hubiera recorrido esos océanos horribles del tiempo: si cada vez que satisfacía su lujuria se ponía en contacto con el alma de una persona, entonces cada uno de esos innumerables actos de vileza eran más bien actos de amor.

Entonces, decidí hacerle el amor a todos y cada uno de los residentes de la base naval.

Por supuesto que los marinos, al verse diezmados uno por uno, comenzaron a incrementar la intensidad de las hostilidades. Lo que al principio habían sido voleas disciplinadas de disparos con armas de fuego personales, pronto pasó a ser una exposición de toda la artillería presente en la base naval. Al principio, temeroso hasta de simples revólveres, yo me acobardaba ante los aguijonazos crueles de las balas. Pero al notar que el dolor era todo y el daño era nada, la anticipación de la sangre era mayor que el suplicio de la artillería. Así que seguí avanzando. Uno por uno, los marinos desfilaban por mi dentadura chimuela. Cuando notaron que ni las impresionantes ametralladoras MP5A2 y rifles M14-DMR de los marinos me hacían pausar, salieron a relucir las granadas propulsadas por cohete, granadas de mano y hasta un obús. No tuvieron más éxito que sus balas, pero no me permitían disfrutar de la sangre, ya que desintegraban de manera poco conveniente a todo cuerpo que tenía a la mano. A lo lejos podía ver a los pilotos trepando a toda prisa dentro de sus aviones, tratando de dispersar al escuadrón de urgencia. Y, perdido entre tanto ruido, humo, sangre, restos humanos y escombros, me llegó flotando un pensamiento, como un globo extraviado: «…adrón de helicópteros AH-64 con misiles Hellfire y cohetes Hydra 70… Repito: urgente urgente urgente, despachar sobre esta posición escuadrón de…»

Con la sangre amplificando mis sentidos, de por sí enardecidos, no me costó mucho trabajo ubicar al marino que pedía auxilio por radio portátil. En mi frenesí sangriento, mis sentidos se extendían cada vez más lejos, como tentáculos desplegados, y cuando entendí que los helicópteros arrasarían con todo a su paso, mi ansiedad de beberme al resto de los soldados y pensar que quisieran impedírmelo me encolerizó como nunca. En mi mente dije al marino chismoso: «¿Por qué carajos no te mueres?»

Grande fue mi sorpresa cuando con el ojo de la mente pude percibir al espíritu extenderse fuera de mí y alcanzar al marino hasta adentro del refugio donde se encontraba, y posar sus malditos dedos en la mente y el corazón del pobre soldado. Con una mano encrespada en su pecho y una cara de sorpresa total, el marino se fue de bruces, muerto por una apoplejía fulminante.

Para cuando el escuadrón de helicópteros Apache apareció y regó la base militar con olas de flamas, yo había amado a casi la mitad del personal de la base. Había bebido tanta sangre y destripado a tantos cuerpos que estaba cubierto de pies a cabeza en escarlata, con mis harapos saturados del fluido, y la sangre que ya no cabía dentro de mí desde hacía muchos minutos escurriéndose por entre mis labios y fosas nasales, y hasta goteando de mi ano y pene. Pero quería más.

Remontándome lento y amenazante en el aire, y esquivando todos los cohetes que me disparaban los helicópteros, uno a uno desmantelé esas libélulas guerreras al vuelo. Creo que parte de la perspectiva que tiene el espíritu que habita la sangre, tan alejada de este mundo material, ayuda a tener entendimiento casi instintivo de cosas de apariencia complicada, como las máquinas, porque el espíritu entiende de escencias y propósitos ocultos muy bien. Y ese día, no me costó trabajo entender cuáles eran las secciones más vulnerables de los Apaches, y fue casi sin esfuerzo que derribé a cada uno de ellos.

Entendí que pronto traerían armas cada vez más imponentes, y que era posible que alguna de esas armas pudiera destruirme. En mi glotonería, yo hubiera arriesgado cualquier confrontación con tal de seguir mi festín. Pero en ese momento de locura, escuché un sonido nuevo en medio de mi mente. Era un leve ronroneo, como si un gato se hubiera acurrucado detrás de mi frente, pero que poco a poco se volvía más insistente, hasta el punto en que creí que haría que se me botaran los ojos de las cuencas y que se me aflojarían los pocos dientes que me quedaban. Y junto a este ronroneo, y dentro de él, llegaron estas palabras:

«¡Detén esta locura! ¡No debes descubrir nuestra presencia ante los mortales! ¡Huye!»

Con el espíritu guiándome hacia donde provenían esos pensamientos, inmediatamente dirigí mi vuelo hacia el pequeño pueblo de Alice, treinta millas al noroeste de Kingsville.


Continuará…

Saciedad 9

9. No lo hurtan, lo heredan

Con la vista al horizonte, fue cuestión de instantes antes de que mi cuerpo atravesara como golpe de mazo la barrera del sonido. Unos instantes después, ya había llegado a Alice, y aterrizado enfrente de una pequeña granja abandonada, con ventanas y puertas clausuradas con maderos roídos.

Pasé al interior, apenas percatado de que había hecho trizas las barreras. Todo adentro eran añicos de muebles y regueros de polvo. Seguí en búsqueda del ronroneo insistente a través de la sala y la cocina, y al final los encontré, sentados en el piso de una alacena vacía. Mi súbita aparición entre ellos al principio causó un desconcierto de incredulidad, pero en pocos segundos todos retrocedieron atropellándose los unos a los otros hasta el extremo opuesto de la habitación, apilándose alrededor de un muchacho barbudo, que trataba de fulminarme con los ojos.

—¿Qué tanto decías? —Lo miraba con la cabeza inclinada de lado, causando que las escamas resecas de sangre sobre todo mi cuerpo cayeran como cascadas a mi lado—. ¿Por qué dijiste que tenía que huir? ¿Y cómo es que puedes poner palabras dentro de mi mente?

Como respuesta, y seguido por la media docena de chicos alrededor de él, se me vino encima, con las manos encrespadas enfrente de él, y una expresión feroz en su cara. La sorpresa me hizo retroceder por reflejo hasta el otro extremo de la pequeña alcoba, tumbando varios de los estantes vacíos. Ellos avanzaban a la velocidad normal de una persona caminando, y cuando llegaron cerca, a punto de posar sus manos sobre mí, sentí recelo de que me tocaran y levanté la mano con la palma extendida hacia ellos.

—¡No! —troné con voz de Ángel del Apocalipsis.

Al momento cayeron todos de espaldas, arrollados por el poder del espíritu. Vaya, pensé, no puedo levantar piedritas, pero puedo tumbar a vagabundos mequetrefes. Interesado con este nuevo descubrimiento, me concentré en el muchacho más cercano a mis pies y, con la mano extendida de manera dramática, lo levanté en vilo con el puro poder de la mente. Reí y reí ante la posición ridícula del pobre chico, que a gritos pedía ayuda en lo que giraba lentamente en el aire. Sus compinches habían estado reptando de nalgas, alejándose de nosotros, con expresiones que vacilaban entre espanto y enojo. Al mirar de nuevo al barbudo perdí el interés en jugar con flacuchos flotantes. Con un ademán, lo boté a través de la puerta hasta el final de la cocina, y entre giros y gritos, aterrizó como saco de papas. Una vez más me enfrenté al de las barbas, pero en esta ocasión lo traje hasta mí haciéndolo flotar en el aire.

—No me has contestado… ¿Qué hacen aquí, y cómo pones palabras en mi pensamiento?

El barbas gruñía, gemía, lloraba, babeaba y balbucía. Pero después de unos segundos pudo reunir un grano de dignidad y pedirme que lo posara sobre sus pies. Accedí, divertido con el berrinche impotente que acababa de presenciar. Con una actitud casi sumisa, me informó que su nombre era Joaquín, y que era el vampiro más poderoso en todo Texas. Sin poder evitarlo, me reí en su carota. El pobre parecía tener ganas de llorar. Trató de contarme eventos sobre su gloriosa vida como vampiro, que en los cien años que había existido eran numerosos. Pero a mí lo único que me interesaba era aprender quién lo había hecho vampiro a él, y cuáles eran sus poderes.

—¿A ti también te creó Benjamín? ¿Puedes volar? ¿Puedes leer mentes?

Joaquín parecía querer evitar contestarme. Trataba de recuperar sus aires de mandamás, y comenzó a vituperarme por haber expuesto la existencia de los vampiros a las mismísimas fuerzas armadas, y quiso regañarme por ser descuidado. Se supone que uno debería evitar salir a la luz del sol porque era evidente que los vampiros son cuerpos muertos, y que deberíamos tener mucho cuidado, porque teníamos cuerpos frágiles que se consumían fácil en la hoguera. Pero yo pronto me cansé de escuchar sus palabras, e intenté leer sus pensamientos. Me sorprendí bastante de no poder lograrlo.

—¡Fuera! ¡No te metas en mis pensamientos!

No supe si lo dijo en voz alta, o si Joaquín tan solo lo pensó. Pero para evitar más discusiones inútiles, de repente le eché mano encima y lo mordí. El resto de los vampiros gritaron, pero permanecieron acobardados a nuestros pies.

¡Ah, la sangre! Casi no había sangre dentro de Joaquín, pero de lo poco que logré chupar, era una destilación de todas las sensaciones placenteras que acababa de gozar en compañía del pelotón de marinos en la base naval. A través de la sangre aprendí todas las respuestas que estaba buscando…

Distraído y con mucho qué meditar, dejé a Joaquín caer al suelo. Él no había siquiera perdido la conciencia, pero se arrastraba débil en el suelo. Al momento dos de los otros vampiros le brincaron encima y comenzaron a morderlo, tratando de extraerle el resto de la sangre. Yo los miré por un momento, un poco molesto por el aparente canibalismo vampirezco, cuando recordé el poder más interesante en las memorias de Benjamín.

Sosteniendo el aliento, y concentrándome hasta mordiendo la lengua de lado, ordené que el espíritu saliera de ellos. Al instante, aparecieron siete antorchas en forma humana sobre el piso de la casa, entre sollozos y berridos. Sus llamas y sus quejas duraron por bastante tiempo, y yo estuve de pie, mirando cómo sucedía. Por largos minutos después de que la casa misma ya estuviera también envuelta en flamas, ellos continuaron gimiendo, aunque ya eran solo pequeños bultos de brasas. No se detuvieron sus suspiros hasta que, a patadas, esparcí las cenizas entre los escombros. Caminando lento, salí de entre las flamas, ileso. A lo lejos se escuchaban las sirenas de los bomberos, que se apresuraban por venir a extinguir la llamarada antes de que prendiera fuego al resto del pastizal reseco de la pradera.

Me alejé, adentrándome hacia la pradera vacía, caminando despacio, desnudo, manchado de tizne, meditando en lo aprendido en la sangre de Joaquín, y murmurando una vez tras otra, al igual que lo había hecho todo el tiempo que presencié la pira:

«¡Arde! ¡Arde!»


Continuará…

Saciedad 10

10. Los que no aprendan historia

Agobiado con las nuevas memorias que bebí de Joaquín, no me importó caminar sin rumbo fijo hasta el anochecer. Tampoco me abochorné de andar en cueros. De cualquier manera, con mi barriga prominente y mi pudendo como cacahuate retorcido con peluca de afro, no tenía mucho de qué avergonzarme.

Me pareció sencillo organizar los recuerdos de la sangre. Al final de cuentas, apenas si eran pocas, comparadas con el alud de reminiscencias con las que Benjamín sepultó mis propias evocaciones. No era la cantidad lo que me angustiaba, sino las conclusiones a las que me orillaban.

Primero, y ante todo, empecé a sospechar que mi intelecto nunca aumentaría. Ya me había imaginado que el espíritu que habitaba junto y alrededor de mi alma me concedería una sapiencia extraordinaria. Hasta declaraba mis ideas en mi cabeza con palabras más bonitas, que nunca había aprendido antes. Pero, al revisar los recuerdos de la sangre, empecé a entender que mi poder mental nunca aumentaría de lo que era, previo a esta transformación. Joaquín parecía un gigante mental comparado a mí, y Benjamín era un dios obscuro sobre nosotros dos, sobre todo por haber consumido tantas vivencias junto con la sangre de innumerables víctimas. Pero no porque fueran más inteligentes que yo.

Simplemente conocían más hechos.

Todas las experiencias a lo largo de tantos años los llenaban como alforjas a punto de reventar, pero ellos (y yo también) nunca reflejarían nada de las vivencias que recopilaban. No mejoraban ni una iota en su manera de ser.

Por fin entendí lo que significaba la muerte de mi cuerpo… Nunca cambiaría, ni tendría oportunidad de ser mejor que antes. De hecho, de acuerdo a las memorias de la sangre, tan solo podía anticipar que sería la peor versión de mí mismo, cada día más.

Pero el acceso de autocompasión pasó rápido, y perdí todo interés en ello al recordar lo apenas aprendido. Joaquín había sido vampiro por cien años, y había pertenecido a muchos aquelarres de monstruos. Y nunca había conocido a Benjamín.

En todo el tiempo que Joaquín vagó por la tierra, en cada encuentro con esas asambleas de vampiros, descubrió que siempre había la misma lista de reglamentos, como si fueran un grupo de niños exploradores, o párvulos de colegio. Todas esas reglas tenían como propósito evitar la atención del mundo de los vivos. El motivo era sencillo: Por más poderosos que se piensen los muertos vivientes, cada vez hay más de los vivos, y cada vez menos de los vampiros.

Las normas más importantes eran:

No hacer vampiros niños, porque son incontrolables y dados a pataletas inconsolables, y en cuestión de horas crean una hecatombe que arrasa hasta con los líderes de los vampiros. No se permite tener a dos vampiros antiguos en el mismo grupo, porque tarde o temprano terminan destruyéndose el uno al otro, y a todos sus acólitos. No darle ninguno de los poderes del espíritu en la sangre a los vampiros recién creados, que solo con los años pueden aprender a controlar esos poderes. Y la ley más importante para todo vampiro: nunca, pero nunca de los nuncas buscar al creador original.

En mi mente pude ver los horripilantes resultados cada vez que alguien violaba las normativas. Aunque parecía que los vampiros habían creado sus leyes para poder quebrantarlas: pareciera que cada fin de semana había alguna crisis que resultaba en grandes llamaradas y bultitos de cenizas guardados en bolsas de cuero (y recientemente hasta bolsas de plástico) como castigo.

Pero Joaquín era muy obediente y siempre hacía todo lo que le pedían. Por diez años después de haberse convertido en vampiro fue la mascota favorita de su creador. En los aquelarres, los vampiros nuevos siempre son los que van a la caza de nuevas víctimas, pero no se les permite alimentarse mas que una vez a la semana. Los vampiros nuevos se pasan largos años dementes por la sed, pero obedientes por el terror que los antiguos les causan, con sus poderes raros y su violencia impredecible. Después de un tiempo, los vampiros nuevos aprenden a controlar la sed un poco, y es cuando empiezan a descubrir los poderes del espíritu. Pero todos los vampiros en el mundo actual son muy débiles. Pareciera que todos ellos, aun los más poderosos, hubieran recibido sangre diluida para su transformación.

El misterio fue fácil de resolver con las memorias de Benjamín. De los primeros vampiros, que Benjamín creó en el antiguo Egipto, casi ninguno sobrevivió los experimentos del fuego espiritual. Después, cuando Benjamín empezó a viajar por el mundo, fue aprendiendo poco a poco a controlar cuánta potencia transmitía a los nuevos vampiros al crearlos. Tras algunos siglos de práctica, siglos antes de la llegada de los Romanos por todo rincón del mundo antiguo, Benjamín había creado legiones enteras de vampiros amaestrados, presas de la locura de la sed, pero sin el refugio de los poderes mágicos. Por mil años, Benjamín reinó como un dios sobre su creación.

Pero esos pocos sobrevivientes de los primeros años de la sed poco a poco fueron reuniendo sus propios ejércitos imperecederos, y por ciento cincuenta años hubo batalla campal entre los primogénitos y el dios obscuro.

Por supuesto que Benjamín fue el vencedor. Día tras día, Benjamín buscó por todo el mundo el rastro de cualquiera de sus creaciones, y se cercioró que todos y cada uno terminara como puñados de cenizas. El espíritu maligno podía reanimar sus cuerpos heridos, y restauraba casi toda lesión, pero después del fuego no había regreso. Y no había escape tampoco.

El mundo que heredaron los Romanos era inocente de monstruos, excepto por uno.

Súbito, como balde de agua fría en pleno rostro, un nuevo poder despertó en mi mente: a millas de distancia pude captar una nueva presencia. Las memorias de Joaquín me informaron que él mismo había sido el líder del aquelarre de Kingsville, con docenas de acólitos, reclutados de entre los estudiantes universitarios. Pero apenas ayer uno de los primogénitos llegó al pueblo y empezó a diezmar a todos los seguidores de Joaquín. Horrorizado, tuvo que huir con los últimos sobrevivientes de su grupo hasta Alice.

Mi nuevo poder me dijo con gran precisión dónde podría encontrar a este primogénito milenario: justo en las habitaciones de una señora, madre de dos adolescentes, quienes hasta hace dos días habían sido todo mi mundo.

Ordené al espíritu que volara conmigo hasta Kingsville, y en cuestión de segundos ya habíamos atravesado las treinta millas de distancia…


Continuará…

Saciedad 11

11. En valles de sombra de muerte

Por largos minutos no pude pensar en nada. Si bien mis sentidos me obligaban a experimentar el mundo de manera exagerada, lo que estaba viendo sobrepasaba la capacidad de mi mente y mi cuerpo para sentir. Sin reacción alguna, quieto, frío, en desconexión total hasta con mi cuerpo, mi alma ululaba como sirena lejana, o como el tintineo abandonado de una boya de alta mar.

La humilde morada que fue mi hogar por años, donde mi mujer y yo criamos a nuestros hijos, parecía el interior de un rastro cruel. Grandes charcos de sangre anegaban la alfombra barata de la sala, y todos los muebles estaban hechos trizas. Regueros de sangre escalaban hasta las paredes, como grandes trazos escarlatas dibujados por una mano idiota. Pequeños trozos de carne yacían espolvoreados en todas las superficies, algunos con cabellos pegados todavía. Recorrí las pequeñas habitaciones, envuelto en mi nuevo manto de frialdad, y cada nuevo descubrimiento hacía que los aullidos de mi alma se oyeran cada vez más alejados, como si el alma misma disminuyera de tamaño al alejarse cada vez más. Cada habitación era un horror peor que el anterior. Y el horror final me esperaba en la recámara matrimonial.

Era la única recámara que no tenía ensangrentadas las paredes y el piso. Pero donde debería haber estado mi cama, había solo maderos chamuscados, y todo alrededor era tizne y escombros. Un par de extintores de mano estaban tirados en una esquina, y en medio de todo esto, una silueta dibujada con cenizas.

Con espanto, me di cuenta que ese aullido que pensaba que era mi alma, era en realidad el gemido de esta figura inmolada. Con ojos desorbitados, noté que de entre las cenizas sobresalía una pieza de metal en forma de ele, a la altura de la cadera. El horror final me sobrecogió: mi esposa había sufrido un accidente automovilístico hacía un par de años, que la dejó con una cadera fracturada, y que se tuvo que reemplazar con un implante artificial.

A toda prisa, y perdiendo por completo mi frialdad, me arrodillé junto a la figura, para poder esparcir sus cenizas con mis manos.

No había notado que llevaba esparciendo las cenizas por varios minutos, ni había notado las lágrimas rojas que rodaban por mis mejillas, ni el gruñido con el que acompañaba mi llanto a través de dientes apretados, hasta que oí una leve risita a mis espaldas. De un solo movimiento, me puse de pie, giré y levanté al risueño en vilo, con una mano apretando su cuello.

Era otro señor bajito de estatura, pero su apariencia era espeluznante. A pesar de traer pantalones, camiseta y zapatos comunes y corrientes, parecía una momia ennegrecida. Y aun así me sonreía. Sin querer explicaciones, y todavía preso del duelo por lo que había visto, pronuncié mi sentencia:

—¡Arde! –grité con odio.

Quedé atónito al ver a esta momia risueña hacer una mueca de dolor agudo, y después soltar una franca carcajada.

—Chaval, que uno necesita tener sangre adentro para ser quemado, ¿qué no sabes? —Y reía.

Sin querer cruzar palabras, mordí a este risotas en el cuello. Una gota solitaria de sangre fue lo único que conseguí después de succionar con vehemencia por largos segundos. Pero esa gota fue como una explosión nuclear dentro de mi cerebro. Con todo lujo de detalles, casi como si hubiera estado presente y viviendo cada instante, presencié lo sucedido en mi casa.

El vampiro Imenand había venido a Kingsville siguiendo el claxon embrutecedor de la presencia de Benjamín, que es como él aparece en la mente de quien tiene el poder de leer pensamientos. Al llegar al pueblo, se encontró que había un aquelarre aquí. Imenand tenía como costumbre eliminar a cualquier vampiro que se encontrara, simplemente para evitar contratiempos después. Y estaba en el proceso de eliminarlos a todos cuando sintió en su mente el despertar de claxons nuevos en el pueblo de Kingsville. De repente, en lugar de existir el bramido solitario del alma de Benjamín, era todo un conjunto, como las trompetas finales del Apocalipsis.

Por primera vez en siglos, Benjamín estaba creando vampiros completos, con todos los poderes, como lo hacía al principio. Cuando Imenand llegó a mi casa, que es de donde provenía el coro de trompetas, se encontró con la escena tal y como la encontré yo. Excepto que mi esposa todavía ardía en flamas. Imenand fue quien sacó los extintores de la cocina y apagó el fuego. Ya no había nada que hacer por el cuerpo de mi señora, pero evitó que el resto de la casa se incendiara también. Tenía como propósito investigar qué había sucedido aquí. Pero cuando notó que la presencia de Benjamín se había esfumado de nuevo, perdió todo interés y se fue a investigar la matanza en la base naval. Luego, cuando yo regresé, me detectó y vino a verme.

Con una fuerza insólita, Imenand me quitó la mano de su cuello y me empujó contra la pared opuesta. Pero no parecía estar interesado en pelear, sino que de nuevo me miraba con media sonrisa en la cara.

—Benjamín no te explicó nada, ¿verdad? —Sin esperar la respuesta, continuó—. Así es él: piensa que es mejor que uno explore y descubra. Veo que te dio poderes extraordinarios, ¿eh? Que muy pocos vampiros pueden enfrentarse a todo un pelotón de marinos y resultar ilesos. Carambas, que un pelotón de soldados romanos era suficiente para hacernos picadillo, en esos entonces… Pero bueno, no importa… Supongo que tampoco sabes adónde se fue Benjamín ahora, ¿eh? Supongo que otra vez se fue a refundir al Ministerio de los Misterios. ¡Bah! Que repose las décadas que quiera, que ahora es mi temporada para reinar, aprovechando que Benjamín ha desaparecido. Por cierto, no puede haber dos reyes, así que: ¡Arde!

El dolor fue inmenso, pero no fue ni una pizca del dolor fulminante de la transformación, o de la frialdad embrutecedora que sentía al estar en esta casa. Lo tomé como una molestia pasajera, nada más, porque no brotaron las llamas. Y, más por coraje que por determinación, alcé mi mano como director de tránsito, y de nuevo dije, «¡No!».

A Imenand se le cayó la sonrisa de la cara como si fuera un espagueti mojado sobre una cuchara. Consternado, reanudó su ataque, pero el espíritu se negaba a obedecerle. Sin prestar atención a todos los poderes misteriosos del espíritu, intenté solucionar este problema como lo había hecho toda la vida, y de un brinco quedé de pie frente a Imenand de nuevo. Sin compunción alguna, le propiné un puñetazo en la sien, y un rodillazo en los testículos. Él solo se quedó viéndome con cara de extrañeza.

—Oye, ¿qué haces? ¿Crees que vas a hacerme perder el sentido a puñetaaaaaaaa…?

Cansado de su altanería, antes de que terminara de pronunciar la palabra le metí la mano en la boca hasta donde cupo, y de un tirón violento le arranqué la quijada. Imenand gritó con un chillido desarticulado, tratando de retroceder lo más rápido posible, y tocándose con cuidado alrededor del hueco en su rostro. Cuando vi que no era tan difícil despedazarlo, lo seguí. Afianzándome de lo que pudiera, empecé a desgarrar un pedazo tras otro. La mano encrespada que trataba de arañarme la cara fue lo primero que le arranqué a mordidas y jalones. Cada trozo que lograba rasgar me encolerizaba más y más, hasta que llegó el momento que todo lo vi en blanco, y me convertí en un autómata destructor.

Jadeando por la rabia, varios minutos después me encontraba sentado en el suelo, rodeado de pequeños trocitos de Imenand. Su cabeza estaba en mi regazo, entre mis manos, y lo miraba a los ojos. Terribles ojos, que todavía se movían de un lado al otro, desorbitados. Todavía presa de la ira, reuní todos los fragmentos del cuerpo de Imenand. Una vez apilados, coloqué su cabeza encima, con cuidado, asegurándome de que pudiera ver mis movimientos en todo momento. Entonces, con un movimiento salvaje, me rasgué la muñeca con los dientes, y empecé a rociar de sangre la pila de jirones temblorosos. Como un acto de la peor magia, varios de los pedazos empezaron a fusionarse unos con otros, mientras que los ojos de Imenand relucían de entendimiento y terror.

Varias veces repetí la rociada, hasta que el bulto gelatinoso empezó a tener forma humana. Y entonces, concentrándome como nunca, de nuevo dije: «¡Arde!»

Observando esa pira consumir los restos de mi antiguo hogar, decidí desde ese momento no rendirme a la sed, y largarme lejos, a donde no hubiera humanos.


Continuará…

Saciedad 12

12. Un metal que resuena

Pero claro, del dicho al hecho… Por meses creía que había superado a la sed, pero el momento en que me cruzaba con excursionistas despistados en algún bosque obscuro, a los pobres los convertía en charcos sangrientos en cuestión de segundos. Intenté irme a distintos sitios del país, como el desierto Mojave en Nevada, o las Badlands del sur de Dakota, pero en todos esos lugares seguía topándome con turistas. Temeroso de algún día encontrarme con una tropa de Niños Exploradores, decidí finalmente buscar ubicaciones exóticas.

Me fui hasta el norte de Canadá, y la primera semana fue difícil dejar de pensar en esquimales, aunque no hubiera ninguno en los alrededores. Pero la ausencia de humanos me ayudó a entender que la sed era un deseo, en lugar de una necesidad. Por dos meses completos me dediqué a investigar qué tipo de sustento necesitaba mi cuerpo para mantenerse animado.

La respuesta me sorprendió, aunque ya la sospechaba: Mi cuerpo no necesitaba nada porque estaba muerto.

Podía pasarme horas sin parpadear, días sin dormir, y semanas sin respirar, sin que me afectara en lo más mínimo. Después de ensayarlo varias veces, decidí no hacer ninguna de esas cosas de nuevo, ¿para qué? Las liebres, los zorros y los búhos aprendieron a ignorarme después de que practiqué la inmovilidad por días, y a veces hasta me pasaban por encima. Durante ese período, por más que traté de detectar algún movimiento interno en mi cuerpo, no escuchaba sonidos normales. No me latía el corazón, no me gruñían las tripas, no eructaba, no me echaba pedos, no miaba ni cagaba.

Eso sí, parecía que los poderes misteriosos del espíritu se tornaban más agudos durante ese ayuno, como si la sangre que me había engullido antes lo entorpeciera. Sin sangre nueva, hasta me sentía más inteligente. Supuse que era el espíritu el que añoraba esos caudales colorados, y que al entretejerse entre los huecos de la hemoglobina, transmutaba el líquido a alguna otra sustancia, que hacía de mi cuerpo algo cada vez más imperecedero. Tal vez era el espíritu el que hacía que la sangre transmutada corriera de un lado al otro de mi cuerpo, a través de mis venas. Seguía siendo un misterio para mí cómo pasaba la sangre tragada hasta mi panza y de allí a mis venas, sin tener corazón que la bombeara, ni procesos metabólicos que la absorbieran. Era otro poder mágico del espíritu, supuse.

Después de ese período de descubrimientos, decidí viajar por el mundo y conocer todos los sitios que no fueran accesibles a los humanos. Por veinte años atravesé junglas, estepas, desiertos, montañas, volcanes, mares, lagos, icebergs y glaciares. Por veinte años evité a la humanidad, y mantuve a la sangre fuera de mis pensamientos.

Pero hace apenas un par de años, mientras correteaba a un tapir para investigar su trompa prensil, sentí de repente el ronroneo molesto en mi frente, y supe que había un vampiro cerca. Corrí hacia donde detectaba la odiosa presencia, a millas de distancia. Irrumpí de repente en un claro de la jungla amazónica, donde había una de las varias tribus perdidas que nunca han conocido a la dizque “civilización”.

El espectáculo que presentaban de inmediato me hizo sentir furioso. Era una aldea de unas pocas chozas, con un edificio largo en medio. El edificio estaba rodeado de una valla de carrizos con pequeñas calaveras y diminutos huesos adornando cada poste, inconfundiblemente humanas. Y adentro podía sentir la presencia del vampiro.

Un grupo de cinco o seis hombres con lanzas, dardos y átlatls en mano de inmediato trataron de atacarme. Pero con un gesto amplio, barriendo el aire con mi mano, los aplané al suelo y los mantuve inmóviles. Avancé hasta la casa comunal, y me encontré con algo casi incomprensible para mí. El resto de la tribu, unas veinte personas en total, estaban arrodillados y con la frente en el suelo ante una especie de trono labrado en piedra. Una adolescente demacrada, con brazos en alto y sin levantar la mirada, ofrecía un bebé al que estaba sobre el trono.

El vampiro estaba tan embotado por el ansia de la sangre que ni cuenta se dio cuando me paré junto a él. Con una tremenda bofetada lo mandé volando por el aire, hasta que chocó contra un árbol a la distancia. Al caer al suelo él, yo ya estaba parado de nuevo a su lado. Tan solo esperé a que pudiera verme, y antes de que empezaran las preguntas y palabras inútiles, lo incineré con mi magia.

Desde ese día, decidí que sería un buen pasatiempo viajar por todo el mundo, pero ahora con el propósito de eliminar a todos esos monstruos sangrientos, donde sea que se escondieran. Con un poco de suerte, también encontraría a esos primogénitos milenarios, para que fuera mayor el reto.


Continuará…

Saciedad 13

13. Tanto peca el que mata a la vaca

Al principio me sentía defraudado de que el reto no hubiera sido mayor. Con mis poderes mágicos amplificados, cada uno de los monstruos sobresalía como un clarín agudo de entre el murmullo embrutecedor de las mentes humanas. Cuando detecté una gran concentración de estos monstruos habitando en el viejo mundo, me remonté al aire y me re-ubiqué en Europa. Por meses vagué por países llenos de historia y de monstruos hasta el copete. De vez en cuando me adentraba en Asia y en África, pero siempre regresaba a Europa, porque allí había más vampiros.

Era fácil encontrar sus escondites. La mayor parte de ellos vivían en aquelarres de varias docenas de vampiros, intentando obedecer todas las reglas, y sintiéndose completamente miserables todo el tiempo. Esos eran los más débiles, y muy pocos de ellos habían vivido más de un siglo. Tomé la costumbre de telefonear a los bomberos, antes de llegar a donde sea que estuvieran mis próximas víctimas, para evitar incendios innecesarios. Aunque otros vivían como jaurías de perros, sembrando el terror en cualquier comarca donde se hubieran instalado, y haciendo estragos con la población nativa. A esos feroces vampiros les reservaba el castigo de despedazarlos primero, antes de prenderles fuego.

Los vampiros que habían sobrevivido más de un siglo, por lo menos, eran completamente diferentes: se la pasaban acumulando riquezas y eran solitarios. Lo más raro de ellos es que se valían de guardianes y lacayos humanos. Reinaban sus pandillas a base de recompensas desmedidas y castigos crueles. Algunos de los carteles de traficantes de drogas más peligrosos en el mundo eran controlados por esos vampiros centenarios. Eran mucho más paranoicos y difíciles de encontrar, y nunca dudaban en escudarse detrás de cualquier humano que tuvieran a la mano.

Para lo que me importaba… Desde el principio estaba convencido de que, si eran humanos y sabían que su jefe era vampiro, se merecían que los destruyera junto a su patrón. Era fácil leerles la mente en su estado de pánico, cuando avanzaba en contra de ellos sin que nada pudiera desviarme. Aunque no era tan fácil darles caza a sus jefes. Esos vampiros centenarios tenían algunos poderes del espíritu, y a veces tenía que acecharlos por días, antes de poderlos destruir. Por lo general, sucumbían también a mi poder de la flama, pero sabían usar otros poderes para evitar mis ataques. Por ejemplo, los que podían escuchar pensamientos, me detectaban por el sonido como trompeta del juicio final que sonaba dentro de sus mentes cuando estaba cerca de ellos, y lograban escaparse por unas cuantas horas. Algunos otros sabían escabullirse muy bien con la rapidez del espíritu, pero siempre se olvidaban que podía seguirles la pista simplemente dejando que el espíritu me guiara hacia ellos. Invariablemente los podía atajar para destruirlos.

Ya después de una temporada, comencé a cargar atadas a mi espalda un par de hoces, nada más por puro estilo. Por algún motivo, el hecho de usar mi cuerpo con movimientos humanos —aunque bastante más raudos y poderosos que cualquier otro humano— me hacía sentir un placer adicional al embestir contra una turba de monstruos sedientos de sangre y emerger del tumulto ileso, dejando atrás una pila de retazos temblorosos. A veces, cuando me ganaba el impulso de crueldad, a los vampiros centenarios los destazaba en trozos grandes. Mientras los inmovilizaba con el poder de la mente, las hoces separaban de una sola rebanada una mano, o un pie, o desde la rodilla hasta medio muslo. Lentamente, de manera deliberada, iba colocando los fragmentos en posición casi anatómica, sin que se tocaran unos a otros, y los dejaba allí por días, contemplando el horror de la inmortalidad. Reconozco que olvidé a más de dos o tres en esa posición. Ojalá que nadie los haya encontrado, porque de juntar los trozos, con el paso del tiempo es posible que el espíritu les remiende su cuerpo, y que surjan de nuevo, como Quasimodos sedientos. Pero, de suceder, simplemente tendré que visitarlos de nuevo, de manera definitiva.

Después de un tiempo también esta diversión llegó a aburrirme, y comencé a vagar entre las poblaciones y las grandes ciudades como el ángel del Éxodo. En lugar de pasar y tomar la vida de los primogénitos egipcios, pasaba por las calles iniciando conflagraciones solitarias en algún sótano oculto, o llamaradas múltiples adentro de edificios abandonados. El poder del espíritu cada vez era más fuerte en mí, y me supuse que en parte era porque no había bebido sangre en mucho tiempo. Pero también había muchos menos recipientes para que el espíritu habitara, y sus poderes cada vez se concentraban más en quienes sobrevivíamos.

Esa idea me hizo preocuparme bastante, pensando que no había encontrado a ningún primogénito milenario todavía.

Cierto, que las memorias de Benjamín me habían mostrado una historia donde Benjamín arrasó con todos los vampiros y dejó al mundo en la época romana sin vampiros. Pero algo que me había estado dando cuenta es que había grandes brechas en las memorias de Benjamín, y que no sabía todo. Una simple muestra fue la aparición de Imenand. Si había entendido correctamente, había vampiros milenarios que sabían esconderse de Benjamín, y esperaban la oportunidad de salir al mundo mientras Benjamín "estuviera reposando", lo que sea que significara eso.

Aunque con mucho asco, pero empecé a hacer labor investigadora con los vampiros centenarios que encontraba. Cada que pescaba a uno de ellos, lo vaciaba de memorias junto con su sangre. No era asco a la sangre, que el acto de succionarla todavía era lo más placentero en este universo, sino a entrar en contacto con sus almas retorcidas. De ellos aprendí dos cosas importantes: La mayoría de los vampiros creían que todos los primogénitos milenarios se habían establecido en el nuevo mundo. Y que había un poder del espíritu muy importante que debería aprender a dominar.

Con los pocos vampiros que restaban en Europa, Asia y África, practiqué este nuevo poder: velar mi presencia por completo, de los ojos de personas y vampiros, y de las mentes de los que leían pensamientos. Aprendí a ser invisible. Si usaba la velocidad del espíritu para moverme de un lado al otro, a varios pasos de distancia, cambiando de posición de manera continua, era casi imposible que me captara la vista de nadie. Tal vez una cámara Phantom de súperalta velocidad pudiera retratarme por uno o dos marcos, pero lo dudo. Y si le pedía al espíritu que replegara sus tentáculos hacia el centro de mi alma, pasaba desapercibido de las mentes inquisitivas.

Confiado de que había aprendido a usar mis poderes bien, y de que dejaba reducida a la población vampirezca a casi cero, atravesé el océano Atlántico, hacia el Golfo de México.


Continuará…

Saciedad 14

14. El hogar es la sangre

No había ninguna justificación para que me hubiera dirigido directamente hacia Texas, excepto que sentía una atracción enfermiza por regresar a mi pueblo de Kingsville y permitir que las escenas antes familiares se convirtieran ahora en una especie de autoflagelación.

No obstante el paso de los años, la pérdida de mi familia seguía siendo un abismo infinito en mi mente, y ni mi propia monstruaficación amainaba la tormenta de culpabilidad. En momentos de frías meditaciones, me resultaba incomprensible que algo tan trillado como el simple óbito de tres individuos pudiera tener tanta importancia para mí. ¿No acaso tenía toda la eternidad por delante? ¿No acaso había al fin heredado al mundo completo?

Quizá la realidad de su ausencia en mi vida había sido heraldo de algo que no había querido aceptar en todos estos años, pero que hubiera deducido: Día a día, y hasta segundo a segundo, cada pizca de mi ser se iría extraviando, hasta que solo quedara la sed.

La búsqueda de esos vampiros milenarios tal vez llenaría muchos de los años venideros pero, mientras tanto, no podía evitar este peregrinaje de antisaudade.

Aunque el Cayo del Grullo empieza casi desde la base naval de Kingsville, aterricé en Loyola Beach, a medio cayo. Aunque estaba a unas veinte millas de Kingsville, creí más prudente rodear la base, así que empecé a caminar por la carretera 77 hacia el norte. A esas horas de la madrugada, el tráfico era escaso, y podía sumergirme en la concatenación lunática de recuerdos que me asaltaba a cada paso…

Fue así como finalmente regresé a mi punto de partida, y me encontré con la amarga noticia de que Kingsville albergaba vampiros de nuevo.

Maldito sea todo en la vida.



Continuará…

Saciedad 15

15. Buscad, y hallaréis

Por lo general, los vampiros de aquelarres se la pasan agobiados por tantas reglas que usan muchos trucos de reinterpretación para no infringirlas, aunque hagan de las suyas de todos modos. Por ejemplo, eso de tener prohibidísimo salir a la luz del día se lo pasan por el arco del triunfo cuando reptan durante el día por el sistema de conductos para drenaje de tormentas, o por las alcantarillas de ciudades y pueblos…

Puedo adivinar que el vampiro que apenas incineré ahorita, al llegar a Kingsville, era de esos, pero de los menos novatos. Es decir, sí pudo captarme con su mente, lo que comprueba que tenía algunos poderes. Y me descubrió porque yo había perdido mi escudo de invisibilidad cuando quedé sorprendido de haber visto al flacucho que se parecía tanto a mi hijo…

Pero, bueno. Aquí estoy: parado a media banqueta y mirando hacia la gasolinera a dos cuadras de distancia, donde el dependiente de la miscelánea de la gasolinera está revisando el daño causado a las puertas de la tienda. Ese daño lo hizo el flacucho, que huyó disparado cuando quemé al vampiro en la alcantarilla, con mi mente. Mientras, a mis espaldas, el humo azul del vampiro abrasado se disipa liviano en el aire mañanero. Ahora que dejé al espíritu desplegar sus tentáculos, pude detectar de menos dos docenas de vampiros que rehuyen aterrorizados de mi presencia, reptando por la tubería como ratas inmundas. Todos parecen estar convergiendo en la universidad de Texas A&M, al otro lado del pueblo. Tendré que encargarme de ellos antes de investigar a fondo al vampiro flaco que camina igual que yo, bajo el sol.

Una vez más ordeno al espíritu replegarse bajo las faldas de mi alma, para evitar ser detectado. Miro alrededor para cerciorarme de que nadie esté prestando mucha atención, y empiezo de nuevo mi marcha anormal, desplazándome varios pasos de un lado al otro en lo que avanzo, a la velocidad del pensamiento, y a simple vista parece que desaparezco. Para evitar contratiempos, me dirijo hacia la universidad por los callejones, y en pocos momentos llego hasta la ciudad universitaria.

Por algún motivo que desconozco, el pabellón Poteet, a un lado de los dormitorios mixtos, ha estado clausurado desde los ochentas, y aunque las salas de conferencias, las cocinas y los salones de banquetes siguen utilizándose con frecuencia, el resto de las instalaciones se mantienen curiosamente abandonadas. Supongo que por eso ha sido el sitio perfecto para que veintitantos vampiros se hayan instalado allí.

Creo que será más divertido hacer una aparición espectacular que escabullirme como un ladrón por alguna ventana. Entonces, una vez parado enfrente del portón del sótano, abandono mi invisibilidad. De inmediato escucho las exclamaciones de pavor y alarma en el edificio, y el ronroneo en mi frente se vuelve casi insoportable.

Pero…

¿Qué es esto? ¡No lo puedo creer! ¡Hay una presencia como la de Imenand allí adentro, entre todos los otros vampiros novatos! Suena como una trompeta con sordina, y detecto que trata de ocultarse de mi mente, pero sus poderes de ofuscamiento son menores que los míos, y por eso de todos modos la puedo percibir.

Con una sonrisa en mi rostro, y tumbando de una patada el portal de acero, hago mi entrada triunfal.


Continuará…

Saciedad 16

16. No todo lo que brilla

Aunque en toda ocasión previa me ha motivado la ira, esta vez me impulsa el deseo de impresionar al primogénito que se encuentre aquí, antes de despacharlo. Quiero lucirme, y en un arrebato de protagonismo, he decidido que voy a destruir a la veintena de vampiros aquí a mano limpia. Bueno, casi, porque me gusta la aptitud que he desarrollado en el uso de las hoces como armas blancas. Voy a destripar a todos aquí.

De pie ante el portón que abrí de una patada, retiro las hoces de su vaina que cargo sobre mi espalda, con lentitud, y comienzo a frotar una con otra, en claro ademán de estar afilándolas. Doy pasos lentos y deliberados, y al cruzar el umbral, le ordeno al espíritu que despliegue sus tentáculos y que atranque toda ventana y puerta hacia el exterior. Ahora sí: a menos que caven un túnel o hagan un hoyo en alguna pared, no se me escapa nadie.

Estoy contando con la vanidad del vampiro milenario, que lo mantenga aquí sin escapar, confiado de que ningún otro vampiro excepto Benjamín podría hacerle daño. Y yo estoy confiado de que cualquier otro milenario será igual de sencillo —entre comillas— de dañar que Imenand.

Estoy avanzando hacia el grupo de vampiros, caminando a la velocidad normal de cualquier persona viva, pero hay algo raro sucediendo aquí: Todos ellos están de pie, frente a mí en este vestíbulo, y aunque los de hasta enfrente tienen una cara de pavor total, nadie ha intentado huir. Parecen estar dispuestos a resistirme en grupo.

¡Bah! Que intenten lo que quieran, que ya antes he despachado hasta grupos más numerosos.

Ah, ya veo…

Están agrupados alrededor del vampiro milenario. Son como una tropa de changos, con los menos importantes en la periferia, y los de más rango en el interior del grupo. Y puedo ver en las mentes de los más novatos —que no pueden disfrazar sus pensamientos todavía— que están dispuestos todos a ser destruidos con tal de proteger a… Vaya, qué raro… No tiene nombre en sus mentes. Es tan solo "A Quien he de guardar".

No importa, que me está emocionando esta necesidad de abrirme brecha a golpe de hoz entre tanto monstruo. Pero, antes de avanzar, me percato de que mis poderes han crecido más allá de mi entendimiento: acabo de atrancar puertas y ventanas con la mente, cuando antes no podía ni levantar guijarros en el aire. De inmediato abandono mi propósito de evitar el uso de la magia… Veamos qué otras cosas puedo lograr.

Me concentro en el mequetrefe más cercano, y con mis ademanes de director de orquesta lo levanto en el aire con el poder del espíritu. Lo hago flotar en un punto intermedio entre ellos y yo, a medio vestíbulo, y lo dejo en giros lentos allí, por unos segundos, en lo que decido qué hacer a continuación.

Con media sonrisa en mis labios, concentro mi atención por completo en imaginar a cada célula de su cuerpo, y a los dedos del espíritu afianzándose de cada una de ellas. Cuando siento que todo está sujetado, entonces le pido al espíritu que jale cada una de esas células en direcciones distintas.

El ruido que se escucha es como una docena de sábanas rasgándose al mismo tiempo, un estallido húmedo y centenares de palmadas sordas. Todos quedamos atónitos de quedar atomizados de partículas microscópicas de vampiro, y el vestíbulo ha quedado rociado de un tono rosado tenue. Los vampiros gimen y gritan de espanto, mientras yo suelto carcajadas como orate. En ninguna de las memorias de Benjamín había visto tal cosa. Creo que al fin he inventado algo nuevo en este mundo de monstruos.

Dejo caer las hoces al suelo, y otra vez repito el experimento. Y otra vez, y otra vez, y ya para esta cuarta ocasión estamos todos escurriendo de vampiros, y ahora sí algunos del grupo intentan pelear contra mí, mientras que otros intentan escapar. Los que se me avientan a mordidas, puñetazos, patadas, topes, rodillazos, o lo que sea, esos son los más fáciles de despachar, porque con mi cuerpo casi impenetrable y mi fuerza descomunal es sencillo dar golpes con el canto de la mano que separen brazos, piernas y cabezas del tronco. En un santiamén el cuarteto de vampiros que decidieron atacarme yacen a mis pies, con sus extremidades y cabezas todavía rodando y rebotando a unos metros de distancia. Los seis que intentaron escapar están todavía batiendo sus puños contra las puertas y las ventanas, y me sorprende una vez más darme cuenta de lo débiles que son. Apenas si son un poco más fuertes que los humanos…

Sin meditarlo mucho, decido incinerarlos con la mente. La docena de vampiros que restan voltean hacia todos lados, tratando de no perderse ni un detalle del espectáculo. Tienen determinación en sus rostros, y creo que bien han adivinado que no hay escape, y no hay manera de evitar que haga con ellos lo que se me pegue la gana. En un momento de euforia destructora, lanzo con mi magia a todos ellos hasta el techo del vestíbulo y los mantengo aprisionados allí, en lo que los hago arder como antorchas. Unos segundos después de haberles prendido flama, también los pulverizo, y todo alrededor llueven pequeñas cascadas de ascuas chisporroteantes.

Pero…

Un trío de vampiros permanece a medio vestíbulo, con dos de ellos arrodillados cada uno a un lado de la visión más terrible y hermosa que jamás haya visto:

Parecen ser mi esposa, y mi hijo e hija.


Continuará

Saciedad 17 y Epílogo

17. ¿El acabose…

Mi señora esposa era una mujer que, aunque nunca habría de ganar ningún certamen de belleza, era muy, pero muy agradable a la vista. Y mis hijos tuvieron la buena suerte de heredar las mejores facciones de ambos padres: de mi esposa casi todo, y de mí casi nada.

Pero ese trío de monstruos frente a mí era el paradigma de todo lo que es entrañable y deseable en los humanos. Era la apoteosis de todo lo que uno añorara en lo físico. Y era una puñalada desgarradora en mi corazón de hielo: resulta que todos sí estábamos muertos.

No sé qué pensar, ni qué decir.

No así ella.

—Había rumores, pero nunca creí que pudieran ser ciertos… —murmuró, casi inaudible, y con una leve línea dibujando consternación en su frente—. Así que eres ese supuesto "Ángel de la Muerte", del que tanto hablan…, es decir, del que tanto hablaban mis refugiados—. Su leve reproche, enfatizado con una ceja alada en arco, me llena de angustia, y deseo, al recordar todas las veces que me reñía en juego con ese mismo ademán—. Pensé que te habrías largado lejos, y pensé que te olvidaste de mí luego-luego. ¿Por qué no regresaste a buscarme, después de que te deshiciste de Imenand? Hubiéramos reinado juntos… —Su rostro se torna duro, con todas las facciones afiladas—. Bueno, no importa, que aquí la única que reinará soy yo. Así que: ¡Arde, baboso, arde!

El dolor que produjeran las llamas, de poder brotar de entre mis venas, no sería nada comparado a la desolación que siento en este preciso momento, ante esta traición. Por reflejo, casi ordeno al espíritu a que abandone su intento de dañarme. No obstante, en un arrebato de abatimiento total, en lugar de impedirle al espíritu su arremetida, dejo que me inunde por completo su malicia. El sufrimiento es infinito…

A través del filtro de la aflicción, alcanzo a notar que estos adolescentes perennes postrados a cada lado de ella tienen una apariencia muy similar a mis hijos.

Pero no son ellos.

La ira de nuevo me hace su presa, e interrumpo mi abandono al martirio. La fracción de segundo en la cual sucede todo esto es muy corta como para que mi ex-esposa pueda notar que algo no va de acuerdo a su plan. Uso la velocidad del espíritu y cruzo el vestíbulo, y aparezco frente a ella con mis manos sobre sus hombros. Estrujo lo suficiente con mis manos para darle a entender que, de quererlo yo así, puedo moler sus huesos en polvo.

Su expresión sería cómica en cualquier otra circunstancia, sobre todo por la reacción tardía de los impostores a nuestro lado, que hasta apenas este momento se percatan que estoy junto a ellos, y retroceden de rodillas hasta las paredes opuestas. Ambos tienen los ojos desorbitados. Ella tiene cara de canguelo y disgusto.

—¡Espera! ¡Puedo explicarte todo! ¡Fue Imenand! Es que cuando…

—¿Crees que voy a gastar tiempo en escuchar tus necedades? —Mi voz en desuso por más de una década es un siroco de amenaza, sobre todo por su tenue timbre lleno de astillas resecas—. ¿No sabes que el sendero hacia la verdad es orgásmicamente corto en la sangre?

Con una mueca de asco en los labios, la envuelvo en mis brazos, como una caricia de antaño, pero que ahora es ademán de conminación. Ella intenta apartarme, y siento sus manos ejercer una presión titánica en mi pecho, pero es en vano: no ha de impedirme beber de sus venas…

***


Al principio, las evocaciones son imágenes inconexas. Escenas de una casa después de la cena; sentimientos de soledad y abandono. Fregando trastes sucios, refunfuñando en contra del marido que prefiere beber cervezas con amigotes a estar en casa con su esposa, ella siente remordimiento de haber permitido semejante conducta desde el principio. Tal vez se lo merezca. Hasta los hijos adolescentes prefieren pasarse el tiempo con sus amigos, a veces hasta pasada la media noche, con tal de no estar en esa casa con ella, sin importar todos los regaños que reciban, o a veces hasta la bofetada de revés de parte del padre de presencia intermitente. Quizá se lo merezcan todos, que ella propició esas conductas con su silencio. "El que calla, otorga", reza el viejo refrán. Cierto. Sin embargo, ella hubiera deseado que…

¿Un terremoto? ¿En el Valle de Texas? ¡Inaudito! Pero la intensidad del temblor aumenta, y de repente, en medio del piso de la cocina, un géiser de tierra y pedazos de madera hace erupción. Ella, en medio de gritos, se sube al fregador, tratando de alejarse lo más que pueda de la pesadilla horripilante que surge del cráter: una momia ennegrecida repta como lagarto mutante hacia ella. La sonrisa de dientes pelados en su cara marchita es el peor horror. Sin darle tiempo de nada, la momia horrible la toma con manos como arañas de piedra, y le clava la sonrisa en el cuello. El dolor es descomunal, es millones de veces más agudo que los dolores de parto, y aunque ella quisiera sumirse en el olvido de la inconsciencia, el sufrimiento la sigue por todos los rincones de su mente. Ya en el umbral de la muerte, la boca del monstruo se separa de su cuello de manera violenta. Al caer hacia el suelo, ella puede ver —en una escena que vira lenta, de lado— a su atacante acobardado contra la pared opuesta de la cocina, y un señor chaparro y moreno, de pie a la mitad de los escombros de la cocina, sonriendo, y mirando primero a uno y luego al otro: de la pared al suelo. Las palabras que cruzan estos personajes son incomprensibles en ese momento, y tan solo con el paso del tiempo, y de la sangre, son descifrables:

—Vaya, El Oculto hace acto de presencia… —El chaparro habla con una voz juvenil, y con un leve dejo de aburrimiento y diversión—. Apenas surges, y ya creas desmadre… Qué pintoresco eres. ¿Cuándo fue la última vez que rondaste el mundo? ¿Quinientos años? Ah…, ya veo, antes de la llegada de los españoles… Interesante… —No suena interesado en lo absoluto—. Bueno, mira, estoy aburrido, y necesito que me entretengas. Así que dale la sangre a esta pobre señora. ¡Vamos! Que tiene como seis segundos antes de perecer. ¡Hazlo! —Esto último lo dice con un rugido.

Imenand repta de nuevo hacia ella, con llanto en su cara, y un pavor palpable ante la figura misteriosa de pie a media cocina. Mordisquea su lengua y besa a la señora, mientras posa sus manos marchitas sobre sus pechos. Antes de que ella haya podido beber más que unas gotas, el chaparro los separa con rudeza.

—¡No le des las memorias! Pero dale todo lo demás.

Imenand tiene cara de consternación, pero hace lo que le piden. Mientras ella se somete al fuego de la transformación, escucha entre las flamas a Imenand, rogando.

—Se lo ruego, permítame de nuevo desaparecer en la tierra, no sabía que usted todavía rondaba por el mundo, que yo nunca lo hubiera importunado de saberlo, por favor, no me destruya, siempre he mantenido mi distancia, siempre he respetado su poderío, se lo ruego, por favor, por favor, Benjamín…

—Cesa tus lloriqueos. ¡Ja! Que tiene siglos que nadie puede detectarme… Mira, no te voy a hacer nada, por el momento. En este pueblo hay un aquelarre. Destruye a unos cuantos de ellos y tráeme a una chica más o menos de las mismas dimensiones de esta señora. Pero vete ya… Ah, otra cosa más: tienes prohibido beber. ¡Lárgate ya!

Los dolores de su transformación apenas terminan cuando se oye el barullo normal de adolescentes, todo lleno de voces alzadas y altanería, que va entrando a la casa. El aroma vital de los cuerpos en flor es enloquecedor, y la sed del espíritu animando el cuerpo de ella es innegable. Como una ráfaga, ella corre hasta la sala, y allí, de pie frente a sus hijos y sus amigos invitados, tiene un momento de indecisión. Pero es un momento pasajero. Persigue a todos alrededor de la casa, y con una habilidad depredadora reduce a la media docena de adolescentes a pequeños fragmentos de carne y hueso. Al final, es imposible identificar qué restos son de cada quién…

Cuando la lujuria de la sed afloja un poco el control que ejerce sobre ella, puede percatarse de lo sucedido y aúlla con bramidos desgarrados, al mismo tiempo que se empieza a arrancar los cabellos a puños llenos.

Imenand regresa, arrastrando de un pie a una chica que se retuerce histérica en el suelo, entre gritos y amenazas. Se nota cómo él tiembla del deseo, al encontrar la casa re-decorada por dentro con restos humanos. Pero obedece, de cualquier manera…

—Bien hecho, siervo fiel…

Benjamín parece indiferente ante todo. Avanza unos pasos, y toma a la ex-madre del cuello. Con movimientos rudos, le estira el brazo y le muerde la muñeca. Después de unos pocos sorbos, Benjamín sonríe de nuevo, y deteniendo inmóvil a la señora, le arranca los pantalones de mezclilla de un zarpazo. A continuación, hunde los dedos de su mano a la altura de la cadera, y arranca con violencia la prótesis metálica de entre la cadera. Ella grita del dolor, pero olvida todo cuando Benjamín toma a la chica vampiro de un brazo y la propulsa al suelo, hasta que quedan las dos mujeres tumbadas lado a lado. De inmediato, la ex-madre se avalanza sobre la vampiro, y bebe. Antes de que empiece a destazar el cuerpo vaciado de sangre, Benjamín se la arranca de las manos, y se la lleva arrastrando hasta la recámara matrimonial. Avienta a la vampiro hacia la cama, y al vuelo, antes de que caiga sobre la cama, la incinera. Le indica a Imenand que traiga los extintores de la cocina, y entre los dos apagan las flamas antes de causar un incendio. Con infinito cuidado, Benjamín inserta la prótesis a la altura de la cadera, cuidando de que no se colapse la figura de cenizas.

—Esto es lo que vas a hacer para divertirme: Llévate a esta señora, y haz de ella tu reina, o lo que te plazca, pero no compartas las memorias con ella, ¿me escuchas? Dentro de unos días, tal vez, su marido regresará aquí. Voy a transformarlo, para ver qué sucede… Quiero que lo enfrentes y lo elimines. Supongo que sabes cómo contar historias a través de la sangre, ¿cierto? Bueno, lo más probable es que el marido te trate de morder. Deja que lo haga, pero cuida que le ocultes lo que sucedió aquí. Cuéntale las mentiras que quieras, no me importa; tan solo no le digas lo que pasó aquí en realidad… Yo solo quiero ver qué sucede, quiero ver hasta dónde llegan los vínculos familiares… Te voy a estar observando: haz buen trabajo, y tal vez te permita sobrevivir todo esto.

Acto seguido, Benjamín desapareció. Imenand, nada elegante, tomó a la ex-madre de los cabellos y se la llevó arrastrando, para buscar algún refugio…

***


A lo largo de todas estas imágenes, yo podía escuchar los pensamientos actuales de mi ex-esposa, que mantenían un soliloquio continuo de autojustificación:

«Yo no pude contenerme. No pude resistir, ¿me entiendes? De seguro tú también sabes qué tan difícil es negarse a la sangre. Al principio, después de que Imenand no regresó en varios días, decidí escaparme del sótano obscuro donde me había dejado, pero lo primero que hice fue atacar a una señora que regaba el césped de su casa. Me di cuenta de que no podría ir por todos lados masticando a la gente nomás así porque sí. Intenté saciarme con los delincuentes, y por un tiempo eso fue suficiente. Imenand no me dio las memorias, pero me dio poderes… Tal vez no tenga los mismos poderes que tú, pero sé cosas que nunca has aprendido. Sé que puedo crear vampiros que solo tengan los poderes que yo decida darles. Sé que puedo crearlos para tengan la apariencia que yo elija. Hace años, cuando encontré a unos muchachos que se parecían muchísimo a nuestros hijos, los transformé con la sangre. Con la imagen que llevaba en mi mente de mis hijos, el resultado fue lo que ves aquí: inmortales que se parecen a tu hijo y a tu hija. ¿No es suficiente que te los haya restituido? ¿No basta con que sean la imagen de ellos? ¡Lo hice por tí! ¡Lo hice por nosotros! ¿Y qué si intenté atacarte? Pero claro que trataba de quemarte. Tú también lo harías, si se presentara ante ti un monstruo que lo único que quiere es destruir todo lo que has logrado. ¿Qué no ves que ya podemos tener lo que queramos? Cualquier casa, muchas riquezas, podemos vestir a la última moda, podemos tener autos último modelo… ¡Podemos poblar el mundo entero con nuestros esclavos! Podemos crearlos sin poderes, y dominar a los mortales… El mundo es nuestro: desde que Benjamín se fue, no queda nadie más poderoso que tú. Mira a nuestros nuevos hijos, que caminan en silencio, sin que ningún otro vampiro los pueda detectar… Podemos lograr lo que sea… ¿Acaso no podemos estar juntos de nuevo? ¿No podríamos ser una familia otra vez?»

***


No.

No podríamos…

No hay perdón. No hay olvido.

No hay nada de nada.



Epílogo: … o el empezose?

«Cabo Cañaveral, Florida, Domingo 15 de marzo del 2009. (Associated Press) El transbordador espacial Discovery despegó para iniciar la misión STS 119, que efectuará reparaciones a la estación espacial internacional. El reporte de que un murciélago iba aferrado al tanque externo de combustible fue el único momento chusco en lo que se ha descrito como un lanzamiento perfecto, sin tomar en consideración los retrasos causados por el clima.
Pero este reportero ha recibido informes anónimos de que hubo testigos que lograron observar a través de telescopios y binoculares lo que parecía ser un grupo de tres o cuatro personas afianzados de alguna manera al yugo conector principal entre el tanque y el transbordador.
La Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio (NASA, por sus siglas en inglés) tachó de ridículos estos reportes, ya que las lecturas de fluctuaciones térmicas en la superficie del tanque indicaron tan solo la presencia del pequeño mamífero volador. En una declaración de prensa…»


***


En su escondite subterráneo de piedra, en Londres, rodeado de algunos cuadros, libros y otros artículos, Benjamín yace boca arriba en el piso.

Una leve sonrisa se desliza por sus labios, por segunda vez en más de veinte años. Como es su costumbre, dice en voz alta sus pensamientos aunque esté completamente solo aquí. Tiene épocas completas que no le ha importado si alguien lo escucha o no: a él le encanta el sonido de las palabras.

—¡Vaya, vaya! Toda la pinta de ser de la peor ralea, y aún así tenía destellos de genio. Primero, me sorprende con su técnica de desintegración total. Y ahora, ha encontrado una manera definitiva de destruirse a sí mismo. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Que al reingresar en la atmósfera, va a arder a una temperatura de más de siete mil grados centígrados. De seguro no sobrevivirá… Qué lástima, que apenas si aguantó veinte años… Supongo que la revelación final fue el golpe de gracia para su cordura. En fin… Al menos eliminó a casi todos los bisoños inútiles. Tenía la esperanza de que encontraría a algún otro milenario, para ahorrarme el esfuerzo. Parece mentira que en mil años al único que he encontrado es al más listo de ellos… Bueno, pero a Imenand nunca le cobré afecto… No importa, por el momento me doy por satisfecho…



Daniel A. Franco
Carrollton, Texas
16 de marzo del 2009
FIN