17. ¿El acabose…
Mi señora esposa era una mujer que, aunque nunca habría de ganar ningún certamen de belleza, era muy, pero muy agradable a la vista. Y mis hijos tuvieron la buena suerte de heredar las mejores facciones de ambos padres: de mi esposa casi todo, y de mí casi nada.
Pero ese trío de monstruos frente a mí era el paradigma de todo lo que es entrañable y deseable en los humanos. Era la apoteosis de todo lo que uno añorara en lo físico. Y era una puñalada desgarradora en mi corazón de hielo: resulta que todos sí estábamos muertos.
No sé qué pensar, ni qué decir.
No así ella.
—Había rumores, pero nunca creí que pudieran ser ciertos… —murmuró, casi inaudible, y con una leve línea dibujando consternación en su frente—. Así que eres ese supuesto "Ángel de la Muerte", del que tanto hablan…, es decir, del que tanto hablaban mis refugiados—. Su leve reproche, enfatizado con una ceja alada en arco, me llena de angustia, y deseo, al recordar todas las veces que me reñía en juego con ese mismo ademán—. Pensé que te habrías largado lejos, y pensé que te olvidaste de mí luego-luego. ¿Por qué no regresaste a buscarme, después de que te deshiciste de Imenand? Hubiéramos reinado juntos… —Su rostro se torna duro, con todas las facciones afiladas—. Bueno, no importa, que aquí la única que reinará soy yo. Así que: ¡Arde, baboso, arde!
El dolor que produjeran las llamas, de poder brotar de entre mis venas, no sería nada comparado a la desolación que siento en este preciso momento, ante esta traición. Por reflejo, casi ordeno al espíritu a que abandone su intento de dañarme. No obstante, en un arrebato de abatimiento total, en lugar de impedirle al espíritu su arremetida, dejo que me inunde por completo su malicia. El sufrimiento es infinito…
A través del filtro de la aflicción, alcanzo a notar que estos adolescentes perennes postrados a cada lado de ella tienen una apariencia muy similar a mis hijos.
Pero no son ellos.
La ira de nuevo me hace su presa, e interrumpo mi abandono al martirio. La fracción de segundo en la cual sucede todo esto es muy corta como para que mi ex-esposa pueda notar que algo no va de acuerdo a su plan. Uso la velocidad del espíritu y cruzo el vestíbulo, y aparezco frente a ella con mis manos sobre sus hombros. Estrujo lo suficiente con mis manos para darle a entender que, de quererlo yo así, puedo moler sus huesos en polvo.
Su expresión sería cómica en cualquier otra circunstancia, sobre todo por la reacción tardía de los impostores a nuestro lado, que hasta apenas este momento se percatan que estoy junto a ellos, y retroceden de rodillas hasta las paredes opuestas. Ambos tienen los ojos desorbitados. Ella tiene cara de canguelo y disgusto.
—¡Espera! ¡Puedo explicarte todo! ¡Fue Imenand! Es que cuando…
—¿Crees que voy a gastar tiempo en escuchar tus necedades? —Mi voz en desuso por más de una década es un siroco de amenaza, sobre todo por su tenue timbre lleno de astillas resecas—. ¿No sabes que el sendero hacia la verdad es orgásmicamente corto en la sangre?
Con una mueca de asco en los labios, la envuelvo en mis brazos, como una caricia de antaño, pero que ahora es ademán de conminación. Ella intenta apartarme, y siento sus manos ejercer una presión titánica en mi pecho, pero es en vano: no ha de impedirme beber de sus venas…
***
Al principio, las evocaciones son imágenes inconexas. Escenas de una casa después de la cena; sentimientos de soledad y abandono. Fregando trastes sucios, refunfuñando en contra del marido que prefiere beber cervezas con amigotes a estar en casa con su esposa, ella siente remordimiento de haber permitido semejante conducta desde el principio. Tal vez se lo merezca. Hasta los hijos adolescentes prefieren pasarse el tiempo con sus amigos, a veces hasta pasada la media noche, con tal de no estar en esa casa con ella, sin importar todos los regaños que reciban, o a veces hasta la bofetada de revés de parte del padre de presencia intermitente. Quizá se lo merezcan todos, que ella propició esas conductas con su silencio. "El que calla, otorga", reza el viejo refrán. Cierto. Sin embargo, ella hubiera deseado que…
¿Un terremoto? ¿En el Valle de Texas? ¡Inaudito! Pero la intensidad del temblor aumenta, y de repente, en medio del piso de la cocina, un géiser de tierra y pedazos de madera hace erupción. Ella, en medio de gritos, se sube al fregador, tratando de alejarse lo más que pueda de la pesadilla horripilante que surge del cráter: una momia ennegrecida repta como lagarto mutante hacia ella. La sonrisa de dientes pelados en su cara marchita es el peor horror. Sin darle tiempo de nada, la momia horrible la toma con manos como arañas de piedra, y le clava la sonrisa en el cuello. El dolor es descomunal, es millones de veces más agudo que los dolores de parto, y aunque ella quisiera sumirse en el olvido de la inconsciencia, el sufrimiento la sigue por todos los rincones de su mente. Ya en el umbral de la muerte, la boca del monstruo se separa de su cuello de manera violenta. Al caer hacia el suelo, ella puede ver —en una escena que vira lenta, de lado— a su atacante acobardado contra la pared opuesta de la cocina, y un señor chaparro y moreno, de pie a la mitad de los escombros de la cocina, sonriendo, y mirando primero a uno y luego al otro: de la pared al suelo. Las palabras que cruzan estos personajes son incomprensibles en ese momento, y tan solo con el paso del tiempo, y de la sangre, son descifrables:
—Vaya, El Oculto hace acto de presencia… —El chaparro habla con una voz juvenil, y con un leve dejo de aburrimiento y diversión—. Apenas surges, y ya creas desmadre… Qué pintoresco eres. ¿Cuándo fue la última vez que rondaste el mundo? ¿Quinientos años? Ah…, ya veo, antes de la llegada de los españoles… Interesante… —No suena interesado en lo absoluto—. Bueno, mira, estoy aburrido, y necesito que me entretengas. Así que dale la sangre a esta pobre señora. ¡Vamos! Que tiene como seis segundos antes de perecer. ¡Hazlo! —Esto último lo dice con un rugido.
Imenand repta de nuevo hacia ella, con llanto en su cara, y un pavor palpable ante la figura misteriosa de pie a media cocina. Mordisquea su lengua y besa a la señora, mientras posa sus manos marchitas sobre sus pechos. Antes de que ella haya podido beber más que unas gotas, el chaparro los separa con rudeza.
—¡No le des las memorias! Pero dale todo lo demás.
Imenand tiene cara de consternación, pero hace lo que le piden. Mientras ella se somete al fuego de la transformación, escucha entre las flamas a Imenand, rogando.
—Se lo ruego, permítame de nuevo desaparecer en la tierra, no sabía que usted todavía rondaba por el mundo, que yo nunca lo hubiera importunado de saberlo, por favor, no me destruya, siempre he mantenido mi distancia, siempre he respetado su poderío, se lo ruego, por favor, por favor, Benjamín…
—Cesa tus lloriqueos. ¡Ja! Que tiene siglos que nadie puede detectarme… Mira, no te voy a hacer nada, por el momento. En este pueblo hay un aquelarre. Destruye a unos cuantos de ellos y tráeme a una chica más o menos de las mismas dimensiones de esta señora. Pero vete ya… Ah, otra cosa más: tienes prohibido beber. ¡Lárgate ya!
Los dolores de su transformación apenas terminan cuando se oye el barullo normal de adolescentes, todo lleno de voces alzadas y altanería, que va entrando a la casa. El aroma vital de los cuerpos en flor es enloquecedor, y la sed del espíritu animando el cuerpo de ella es innegable. Como una ráfaga, ella corre hasta la sala, y allí, de pie frente a sus hijos y sus amigos invitados, tiene un momento de indecisión. Pero es un momento pasajero. Persigue a todos alrededor de la casa, y con una habilidad depredadora reduce a la media docena de adolescentes a pequeños fragmentos de carne y hueso. Al final, es imposible identificar qué restos son de cada quién…
Cuando la lujuria de la sed afloja un poco el control que ejerce sobre ella, puede percatarse de lo sucedido y aúlla con bramidos desgarrados, al mismo tiempo que se empieza a arrancar los cabellos a puños llenos.
Imenand regresa, arrastrando de un pie a una chica que se retuerce histérica en el suelo, entre gritos y amenazas. Se nota cómo él tiembla del deseo, al encontrar la casa re-decorada por dentro con restos humanos. Pero obedece, de cualquier manera…
—Bien hecho, siervo fiel…
Benjamín parece indiferente ante todo. Avanza unos pasos, y toma a la ex-madre del cuello. Con movimientos rudos, le estira el brazo y le muerde la muñeca. Después de unos pocos sorbos, Benjamín sonríe de nuevo, y deteniendo inmóvil a la señora, le arranca los pantalones de mezclilla de un zarpazo. A continuación, hunde los dedos de su mano a la altura de la cadera, y arranca con violencia la prótesis metálica de entre la cadera. Ella grita del dolor, pero olvida todo cuando Benjamín toma a la chica vampiro de un brazo y la propulsa al suelo, hasta que quedan las dos mujeres tumbadas lado a lado. De inmediato, la ex-madre se avalanza sobre la vampiro, y bebe. Antes de que empiece a destazar el cuerpo vaciado de sangre, Benjamín se la arranca de las manos, y se la lleva arrastrando hasta la recámara matrimonial. Avienta a la vampiro hacia la cama, y al vuelo, antes de que caiga sobre la cama, la incinera. Le indica a Imenand que traiga los extintores de la cocina, y entre los dos apagan las flamas antes de causar un incendio. Con infinito cuidado, Benjamín inserta la prótesis a la altura de la cadera, cuidando de que no se colapse la figura de cenizas.
—Esto es lo que vas a hacer para divertirme: Llévate a esta señora, y haz de ella tu reina, o lo que te plazca, pero no compartas las memorias con ella, ¿me escuchas? Dentro de unos días, tal vez, su marido regresará aquí. Voy a transformarlo, para ver qué sucede… Quiero que lo enfrentes y lo elimines. Supongo que sabes cómo contar historias a través de la sangre, ¿cierto? Bueno, lo más probable es que el marido te trate de morder. Deja que lo haga, pero cuida que le ocultes lo que sucedió aquí. Cuéntale las mentiras que quieras, no me importa; tan solo no le digas lo que pasó aquí en realidad… Yo solo quiero ver qué sucede, quiero ver hasta dónde llegan los vínculos familiares… Te voy a estar observando: haz buen trabajo, y tal vez te permita sobrevivir todo esto.
Acto seguido, Benjamín desapareció. Imenand, nada elegante, tomó a la ex-madre de los cabellos y se la llevó arrastrando, para buscar algún refugio…
***
A lo largo de todas estas imágenes, yo podía escuchar los pensamientos actuales de mi ex-esposa, que mantenían un soliloquio continuo de autojustificación:
«Yo no pude contenerme. No pude resistir, ¿me entiendes? De seguro tú también sabes qué tan difícil es negarse a la sangre. Al principio, después de que Imenand no regresó en varios días, decidí escaparme del sótano obscuro donde me había dejado, pero lo primero que hice fue atacar a una señora que regaba el césped de su casa. Me di cuenta de que no podría ir por todos lados masticando a la gente nomás así porque sí. Intenté saciarme con los delincuentes, y por un tiempo eso fue suficiente. Imenand no me dio las memorias, pero me dio poderes… Tal vez no tenga los mismos poderes que tú, pero sé cosas que nunca has aprendido. Sé que puedo crear vampiros que solo tengan los poderes que yo decida darles. Sé que puedo crearlos para tengan la apariencia que yo elija. Hace años, cuando encontré a unos muchachos que se parecían muchísimo a nuestros hijos, los transformé con la sangre. Con la imagen que llevaba en mi mente de mis hijos, el resultado fue lo que ves aquí: inmortales que se parecen a tu hijo y a tu hija. ¿No es suficiente que te los haya restituido? ¿No basta con que sean la imagen de ellos? ¡Lo hice por tí! ¡Lo hice por nosotros! ¿Y qué si intenté atacarte? Pero claro que trataba de quemarte. Tú también lo harías, si se presentara ante ti un monstruo que lo único que quiere es destruir todo lo que has logrado. ¿Qué no ves que ya podemos tener lo que queramos? Cualquier casa, muchas riquezas, podemos vestir a la última moda, podemos tener autos último modelo… ¡Podemos poblar el mundo entero con nuestros esclavos! Podemos crearlos sin poderes, y dominar a los mortales… El mundo es nuestro: desde que Benjamín se fue, no queda nadie más poderoso que tú. Mira a nuestros nuevos hijos, que caminan en silencio, sin que ningún otro vampiro los pueda detectar… Podemos lograr lo que sea… ¿Acaso no podemos estar juntos de nuevo? ¿No podríamos ser una familia otra vez?»
***
No.
No podríamos…
No hay perdón. No hay olvido.
No hay nada de nada.
Epílogo: … o el empezose?
«Cabo Cañaveral, Florida, Domingo 15 de marzo del 2009. (Associated Press) El transbordador espacial Discovery despegó para iniciar la misión STS 119, que efectuará reparaciones a la estación espacial internacional. El reporte de que un murciélago iba aferrado al tanque externo de combustible fue el único momento chusco en lo que se ha descrito como un lanzamiento perfecto, sin tomar en consideración los retrasos causados por el clima.
Pero este reportero ha recibido informes anónimos de que hubo testigos que lograron observar a través de telescopios y binoculares lo que parecía ser un grupo de tres o cuatro personas afianzados de alguna manera al yugo conector principal entre el tanque y el transbordador.
La Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio (NASA, por sus siglas en inglés) tachó de ridículos estos reportes, ya que las lecturas de fluctuaciones térmicas en la superficie del tanque indicaron tan solo la presencia del pequeño mamífero volador. En una declaración de prensa…»
***
En su escondite subterráneo de piedra, en Londres, rodeado de algunos cuadros, libros y otros artículos, Benjamín yace boca arriba en el piso.
Una leve sonrisa se desliza por sus labios, por segunda vez en más de veinte años. Como es su costumbre, dice en voz alta sus pensamientos aunque esté completamente solo aquí. Tiene épocas completas que no le ha importado si alguien lo escucha o no: a él le encanta el sonido de las palabras.
—¡Vaya, vaya! Toda la pinta de ser de la peor ralea, y aún así tenía destellos de genio. Primero, me sorprende con su técnica de desintegración total. Y ahora, ha encontrado una manera definitiva de destruirse a sí mismo. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Que al reingresar en la atmósfera, va a arder a una temperatura de más de siete mil grados centígrados. De seguro no sobrevivirá… Qué lástima, que apenas si aguantó veinte años… Supongo que la revelación final fue el golpe de gracia para su cordura. En fin… Al menos eliminó a casi todos los bisoños inútiles. Tenía la esperanza de que encontraría a algún otro milenario, para ahorrarme el esfuerzo. Parece mentira que en mil años al único que he encontrado es al más listo de ellos… Bueno, pero a Imenand nunca le cobré afecto… No importa, por el momento me doy por satisfecho…
Daniel A. Franco
Carrollton, Texas
16 de marzo del 2009
FIN