3. Una piedra en el camino
¿Qué habrá visto en mí Benjamín? A veces me pregunto si ese era su nombre en realidad… Pero, bien lo sé que estas meditaciones siempre surgen cuanto tengo dudas de mi valor, cuando empiezo a sentirme acomplejado y me menosprecio por mis acciones.
Pero bueno, Benjamín: ¿Qué cuernos quería conmigo? Estoy seguro de que en ese preciso instante en que decidió compartir su inmortalidad conmigo habría docenas, cientos, miles de personas mucho más interesantes que yo en la cercanía, y más ágiles, bellas, inteligentes, altas, importantes… ¿Quién era yo, excepto un padre de familia indocumentado, tratando de ganarse el sustento para su familia a través trabajos de ínfima importancia? ¿Quién era yo, excepto uno de millones?
Esa maldita noche, hace poco más de veinte años, de haberle hecho caso a mi señora, hubiera estado bebiendo mis cervezas frente al televisor en la sala de mi casa. Pero como era noche de boxeo en el canal 52, pensé que era obligatoria la reunión en casa de mi compadre. Al final de la velada, ya pasada la media noche, mis pasos tambaleantes recorrieron los callejones detrás de las casas, para evitar que algún patrullero me pillara por borrachera pública.
La cárcel hubiera sido mejor opción… Sin embargo, esa noche mis pies traicioneros y beodos me hicieron caer en las garras de Benjamín, de manera literal. Pisé algún guijarro invisible en la noche, y se me torció el tobillo. Ya perdía el equilibrio cuando sentí unos cilindros de mármol en forma de brazos, atajando mi caída. Al principio, lo único que me sorprendió fue su aparición repentina. Su aspecto era de un hombre bajito y delgado, de rasgos vagamente mediterráneos y llanos, y fue lo primero que registraron mis ojos, pero enseguida dentro de mí se alzó una repugnancia como nunca había sentido, como si una inmundicia recubierta de podredumbre me hubiera caído en plena cara inesperadamente.
Nunca dijo una palabra. Yo intenté salirme del círculo de sus brazos, pero era como tratar de mover montañas con caricias. Y de manera salvaje, como fiera, en un movimiento violento, su boca se afianzó de mi cuello. ¡El dolor! El punto de contacto con su boca era un hierro candente en mi piel, y cada bocanada de sangre que me succionaba era un alambre de púas enroscado en mis testículos, que a jalones me arrancaba el alma. Y al mismo tiempo, era la delgada línea entre la agonía y la calma total… En cuestión de segundos sentí la parte que se considera el “mí mismo” deshilvanarse, como si fuera un sueño entre neblinas.
Justo entonces, se separó de mi cuello y me miró a los ojos mientras mordisqueaba su propia lengua, de un lado al otro. Con una sonrisa brillando en los ojos, cubrió mi boca con la suya, en el beso más obsceno que nadie pudiera imaginarse. El aliento de cloaca y sepulcro fue lo de menos, ya que la mezcla de su sangre horripilante con la que acababa de robarme inundó mi boca con tanta fuerza que sentí esa vil mixtura desbordarse hasta por la nariz, causándome arcadas, y que tragara todo por puro reflejo.
El chaparrito me dejó caer al suelo. En cuestión de segundos el suplicio había terminado, pensé yo. Mi conciencia poco a poco se esfumaba como granos de arena barridos por el viento. Pero de repente el universo mismo se tornó en agonía. ¡El dolor! Si antes había sentido como si un alambre de púas estrujara mis gónadas, ahora el dolor era multiplicado por mil, por un millón, por el infinito, y cada sensación, cada pensamiento estaba delineado en fuego. En medio del dolor descomunal, oía reverberaciones en mi mente de personas que no conocía, de sitios que nunca había visitado, de palabras que nunca había pronunciado, y un nombre: Benjamín.
Cuando pensé que ya no podría aguantar más, de nuevo el diminuto hombre clavó sus dientes en mi cuello, en el mismo sitio, o tal vez en un sitio distinto, no importa, que el dolor era lo único que existía, la flama era la única dimensión de mi universo. En la segunda ocasión no sentí que mi conciencia comenzara a esfumarse, sino que sentí que todas mis memorias empezaban a encontrar sitios nuevos en mi mente, junto a esas reverberaciones en la sangre de Benjamín. Pero el dolor era más agudo, más aparente, si semejante cosa fuera posible.
Y de nuevo el beso horrible, que falto de lascivia, era la peor de las violaciones con sus imágenes y lecciones sin bienvenida, que llenaban todas las esquinas de mi alma, poco a poco…
Cuánto tiempo duró todo esto, una vez tras otra, cuántos besos y cuántas veces me encontré vaciado de mi propia sangre, no lo recuerdo. Pero escuché una palabra en medio de mi ser: «Suficiente». Y lo último que vi de Benjamín fue la misma sonrisa en los ojos, y después se esfumó para siempre. Nunca más lo he visto de nuevo.
¿Qué cuernos quería conmigo?
¿Qué habrá visto en mí Benjamín? A veces me pregunto si ese era su nombre en realidad… Pero, bien lo sé que estas meditaciones siempre surgen cuanto tengo dudas de mi valor, cuando empiezo a sentirme acomplejado y me menosprecio por mis acciones.
Pero bueno, Benjamín: ¿Qué cuernos quería conmigo? Estoy seguro de que en ese preciso instante en que decidió compartir su inmortalidad conmigo habría docenas, cientos, miles de personas mucho más interesantes que yo en la cercanía, y más ágiles, bellas, inteligentes, altas, importantes… ¿Quién era yo, excepto un padre de familia indocumentado, tratando de ganarse el sustento para su familia a través trabajos de ínfima importancia? ¿Quién era yo, excepto uno de millones?
Esa maldita noche, hace poco más de veinte años, de haberle hecho caso a mi señora, hubiera estado bebiendo mis cervezas frente al televisor en la sala de mi casa. Pero como era noche de boxeo en el canal 52, pensé que era obligatoria la reunión en casa de mi compadre. Al final de la velada, ya pasada la media noche, mis pasos tambaleantes recorrieron los callejones detrás de las casas, para evitar que algún patrullero me pillara por borrachera pública.
La cárcel hubiera sido mejor opción… Sin embargo, esa noche mis pies traicioneros y beodos me hicieron caer en las garras de Benjamín, de manera literal. Pisé algún guijarro invisible en la noche, y se me torció el tobillo. Ya perdía el equilibrio cuando sentí unos cilindros de mármol en forma de brazos, atajando mi caída. Al principio, lo único que me sorprendió fue su aparición repentina. Su aspecto era de un hombre bajito y delgado, de rasgos vagamente mediterráneos y llanos, y fue lo primero que registraron mis ojos, pero enseguida dentro de mí se alzó una repugnancia como nunca había sentido, como si una inmundicia recubierta de podredumbre me hubiera caído en plena cara inesperadamente.
Nunca dijo una palabra. Yo intenté salirme del círculo de sus brazos, pero era como tratar de mover montañas con caricias. Y de manera salvaje, como fiera, en un movimiento violento, su boca se afianzó de mi cuello. ¡El dolor! El punto de contacto con su boca era un hierro candente en mi piel, y cada bocanada de sangre que me succionaba era un alambre de púas enroscado en mis testículos, que a jalones me arrancaba el alma. Y al mismo tiempo, era la delgada línea entre la agonía y la calma total… En cuestión de segundos sentí la parte que se considera el “mí mismo” deshilvanarse, como si fuera un sueño entre neblinas.
Justo entonces, se separó de mi cuello y me miró a los ojos mientras mordisqueaba su propia lengua, de un lado al otro. Con una sonrisa brillando en los ojos, cubrió mi boca con la suya, en el beso más obsceno que nadie pudiera imaginarse. El aliento de cloaca y sepulcro fue lo de menos, ya que la mezcla de su sangre horripilante con la que acababa de robarme inundó mi boca con tanta fuerza que sentí esa vil mixtura desbordarse hasta por la nariz, causándome arcadas, y que tragara todo por puro reflejo.
El chaparrito me dejó caer al suelo. En cuestión de segundos el suplicio había terminado, pensé yo. Mi conciencia poco a poco se esfumaba como granos de arena barridos por el viento. Pero de repente el universo mismo se tornó en agonía. ¡El dolor! Si antes había sentido como si un alambre de púas estrujara mis gónadas, ahora el dolor era multiplicado por mil, por un millón, por el infinito, y cada sensación, cada pensamiento estaba delineado en fuego. En medio del dolor descomunal, oía reverberaciones en mi mente de personas que no conocía, de sitios que nunca había visitado, de palabras que nunca había pronunciado, y un nombre: Benjamín.
Cuando pensé que ya no podría aguantar más, de nuevo el diminuto hombre clavó sus dientes en mi cuello, en el mismo sitio, o tal vez en un sitio distinto, no importa, que el dolor era lo único que existía, la flama era la única dimensión de mi universo. En la segunda ocasión no sentí que mi conciencia comenzara a esfumarse, sino que sentí que todas mis memorias empezaban a encontrar sitios nuevos en mi mente, junto a esas reverberaciones en la sangre de Benjamín. Pero el dolor era más agudo, más aparente, si semejante cosa fuera posible.
Y de nuevo el beso horrible, que falto de lascivia, era la peor de las violaciones con sus imágenes y lecciones sin bienvenida, que llenaban todas las esquinas de mi alma, poco a poco…
Cuánto tiempo duró todo esto, una vez tras otra, cuántos besos y cuántas veces me encontré vaciado de mi propia sangre, no lo recuerdo. Pero escuché una palabra en medio de mi ser: «Suficiente». Y lo último que vi de Benjamín fue la misma sonrisa en los ojos, y después se esfumó para siempre. Nunca más lo he visto de nuevo.
¿Qué cuernos quería conmigo?
Continuará…
D


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