Monday, March 30, 2009

Saciedad 12

12. Un metal que resuena

Pero claro, del dicho al hecho… Por meses creía que había superado a la sed, pero el momento en que me cruzaba con excursionistas despistados en algún bosque obscuro, a los pobres los convertía en charcos sangrientos en cuestión de segundos. Intenté irme a distintos sitios del país, como el desierto Mojave en Nevada, o las Badlands del sur de Dakota, pero en todos esos lugares seguía topándome con turistas. Temeroso de algún día encontrarme con una tropa de Niños Exploradores, decidí finalmente buscar ubicaciones exóticas.

Me fui hasta el norte de Canadá, y la primera semana fue difícil dejar de pensar en esquimales, aunque no hubiera ninguno en los alrededores. Pero la ausencia de humanos me ayudó a entender que la sed era un deseo, en lugar de una necesidad. Por dos meses completos me dediqué a investigar qué tipo de sustento necesitaba mi cuerpo para mantenerse animado.

La respuesta me sorprendió, aunque ya la sospechaba: Mi cuerpo no necesitaba nada porque estaba muerto.

Podía pasarme horas sin parpadear, días sin dormir, y semanas sin respirar, sin que me afectara en lo más mínimo. Después de ensayarlo varias veces, decidí no hacer ninguna de esas cosas de nuevo, ¿para qué? Las liebres, los zorros y los búhos aprendieron a ignorarme después de que practiqué la inmovilidad por días, y a veces hasta me pasaban por encima. Durante ese período, por más que traté de detectar algún movimiento interno en mi cuerpo, no escuchaba sonidos normales. No me latía el corazón, no me gruñían las tripas, no eructaba, no me echaba pedos, no miaba ni cagaba.

Eso sí, parecía que los poderes misteriosos del espíritu se tornaban más agudos durante ese ayuno, como si la sangre que me había engullido antes lo entorpeciera. Sin sangre nueva, hasta me sentía más inteligente. Supuse que era el espíritu el que añoraba esos caudales colorados, y que al entretejerse entre los huecos de la hemoglobina, transmutaba el líquido a alguna otra sustancia, que hacía de mi cuerpo algo cada vez más imperecedero. Tal vez era el espíritu el que hacía que la sangre transmutada corriera de un lado al otro de mi cuerpo, a través de mis venas. Seguía siendo un misterio para mí cómo pasaba la sangre tragada hasta mi panza y de allí a mis venas, sin tener corazón que la bombeara, ni procesos metabólicos que la absorbieran. Era otro poder mágico del espíritu, supuse.

Después de ese período de descubrimientos, decidí viajar por el mundo y conocer todos los sitios que no fueran accesibles a los humanos. Por veinte años atravesé junglas, estepas, desiertos, montañas, volcanes, mares, lagos, icebergs y glaciares. Por veinte años evité a la humanidad, y mantuve a la sangre fuera de mis pensamientos.

Pero hace apenas un par de años, mientras correteaba a un tapir para investigar su trompa prensil, sentí de repente el ronroneo molesto en mi frente, y supe que había un vampiro cerca. Corrí hacia donde detectaba la odiosa presencia, a millas de distancia. Irrumpí de repente en un claro de la jungla amazónica, donde había una de las varias tribus perdidas que nunca han conocido a la dizque “civilización”.

El espectáculo que presentaban de inmediato me hizo sentir furioso. Era una aldea de unas pocas chozas, con un edificio largo en medio. El edificio estaba rodeado de una valla de carrizos con pequeñas calaveras y diminutos huesos adornando cada poste, inconfundiblemente humanas. Y adentro podía sentir la presencia del vampiro.

Un grupo de cinco o seis hombres con lanzas, dardos y átlatls en mano de inmediato trataron de atacarme. Pero con un gesto amplio, barriendo el aire con mi mano, los aplané al suelo y los mantuve inmóviles. Avancé hasta la casa comunal, y me encontré con algo casi incomprensible para mí. El resto de la tribu, unas veinte personas en total, estaban arrodillados y con la frente en el suelo ante una especie de trono labrado en piedra. Una adolescente demacrada, con brazos en alto y sin levantar la mirada, ofrecía un bebé al que estaba sobre el trono.

El vampiro estaba tan embotado por el ansia de la sangre que ni cuenta se dio cuando me paré junto a él. Con una tremenda bofetada lo mandé volando por el aire, hasta que chocó contra un árbol a la distancia. Al caer al suelo él, yo ya estaba parado de nuevo a su lado. Tan solo esperé a que pudiera verme, y antes de que empezaran las preguntas y palabras inútiles, lo incineré con mi magia.

Desde ese día, decidí que sería un buen pasatiempo viajar por todo el mundo, pero ahora con el propósito de eliminar a todos esos monstruos sangrientos, donde sea que se escondieran. Con un poco de suerte, también encontraría a esos primogénitos milenarios, para que fuera mayor el reto.


Continuará…

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