Monday, March 30, 2009

Saciedad 10

10. Los que no aprendan historia

Agobiado con las nuevas memorias que bebí de Joaquín, no me importó caminar sin rumbo fijo hasta el anochecer. Tampoco me abochorné de andar en cueros. De cualquier manera, con mi barriga prominente y mi pudendo como cacahuate retorcido con peluca de afro, no tenía mucho de qué avergonzarme.

Me pareció sencillo organizar los recuerdos de la sangre. Al final de cuentas, apenas si eran pocas, comparadas con el alud de reminiscencias con las que Benjamín sepultó mis propias evocaciones. No era la cantidad lo que me angustiaba, sino las conclusiones a las que me orillaban.

Primero, y ante todo, empecé a sospechar que mi intelecto nunca aumentaría. Ya me había imaginado que el espíritu que habitaba junto y alrededor de mi alma me concedería una sapiencia extraordinaria. Hasta declaraba mis ideas en mi cabeza con palabras más bonitas, que nunca había aprendido antes. Pero, al revisar los recuerdos de la sangre, empecé a entender que mi poder mental nunca aumentaría de lo que era, previo a esta transformación. Joaquín parecía un gigante mental comparado a mí, y Benjamín era un dios obscuro sobre nosotros dos, sobre todo por haber consumido tantas vivencias junto con la sangre de innumerables víctimas. Pero no porque fueran más inteligentes que yo.

Simplemente conocían más hechos.

Todas las experiencias a lo largo de tantos años los llenaban como alforjas a punto de reventar, pero ellos (y yo también) nunca reflejarían nada de las vivencias que recopilaban. No mejoraban ni una iota en su manera de ser.

Por fin entendí lo que significaba la muerte de mi cuerpo… Nunca cambiaría, ni tendría oportunidad de ser mejor que antes. De hecho, de acuerdo a las memorias de la sangre, tan solo podía anticipar que sería la peor versión de mí mismo, cada día más.

Pero el acceso de autocompasión pasó rápido, y perdí todo interés en ello al recordar lo apenas aprendido. Joaquín había sido vampiro por cien años, y había pertenecido a muchos aquelarres de monstruos. Y nunca había conocido a Benjamín.

En todo el tiempo que Joaquín vagó por la tierra, en cada encuentro con esas asambleas de vampiros, descubrió que siempre había la misma lista de reglamentos, como si fueran un grupo de niños exploradores, o párvulos de colegio. Todas esas reglas tenían como propósito evitar la atención del mundo de los vivos. El motivo era sencillo: Por más poderosos que se piensen los muertos vivientes, cada vez hay más de los vivos, y cada vez menos de los vampiros.

Las normas más importantes eran:

No hacer vampiros niños, porque son incontrolables y dados a pataletas inconsolables, y en cuestión de horas crean una hecatombe que arrasa hasta con los líderes de los vampiros. No se permite tener a dos vampiros antiguos en el mismo grupo, porque tarde o temprano terminan destruyéndose el uno al otro, y a todos sus acólitos. No darle ninguno de los poderes del espíritu en la sangre a los vampiros recién creados, que solo con los años pueden aprender a controlar esos poderes. Y la ley más importante para todo vampiro: nunca, pero nunca de los nuncas buscar al creador original.

En mi mente pude ver los horripilantes resultados cada vez que alguien violaba las normativas. Aunque parecía que los vampiros habían creado sus leyes para poder quebrantarlas: pareciera que cada fin de semana había alguna crisis que resultaba en grandes llamaradas y bultitos de cenizas guardados en bolsas de cuero (y recientemente hasta bolsas de plástico) como castigo.

Pero Joaquín era muy obediente y siempre hacía todo lo que le pedían. Por diez años después de haberse convertido en vampiro fue la mascota favorita de su creador. En los aquelarres, los vampiros nuevos siempre son los que van a la caza de nuevas víctimas, pero no se les permite alimentarse mas que una vez a la semana. Los vampiros nuevos se pasan largos años dementes por la sed, pero obedientes por el terror que los antiguos les causan, con sus poderes raros y su violencia impredecible. Después de un tiempo, los vampiros nuevos aprenden a controlar la sed un poco, y es cuando empiezan a descubrir los poderes del espíritu. Pero todos los vampiros en el mundo actual son muy débiles. Pareciera que todos ellos, aun los más poderosos, hubieran recibido sangre diluida para su transformación.

El misterio fue fácil de resolver con las memorias de Benjamín. De los primeros vampiros, que Benjamín creó en el antiguo Egipto, casi ninguno sobrevivió los experimentos del fuego espiritual. Después, cuando Benjamín empezó a viajar por el mundo, fue aprendiendo poco a poco a controlar cuánta potencia transmitía a los nuevos vampiros al crearlos. Tras algunos siglos de práctica, siglos antes de la llegada de los Romanos por todo rincón del mundo antiguo, Benjamín había creado legiones enteras de vampiros amaestrados, presas de la locura de la sed, pero sin el refugio de los poderes mágicos. Por mil años, Benjamín reinó como un dios sobre su creación.

Pero esos pocos sobrevivientes de los primeros años de la sed poco a poco fueron reuniendo sus propios ejércitos imperecederos, y por ciento cincuenta años hubo batalla campal entre los primogénitos y el dios obscuro.

Por supuesto que Benjamín fue el vencedor. Día tras día, Benjamín buscó por todo el mundo el rastro de cualquiera de sus creaciones, y se cercioró que todos y cada uno terminara como puñados de cenizas. El espíritu maligno podía reanimar sus cuerpos heridos, y restauraba casi toda lesión, pero después del fuego no había regreso. Y no había escape tampoco.

El mundo que heredaron los Romanos era inocente de monstruos, excepto por uno.

Súbito, como balde de agua fría en pleno rostro, un nuevo poder despertó en mi mente: a millas de distancia pude captar una nueva presencia. Las memorias de Joaquín me informaron que él mismo había sido el líder del aquelarre de Kingsville, con docenas de acólitos, reclutados de entre los estudiantes universitarios. Pero apenas ayer uno de los primogénitos llegó al pueblo y empezó a diezmar a todos los seguidores de Joaquín. Horrorizado, tuvo que huir con los últimos sobrevivientes de su grupo hasta Alice.

Mi nuevo poder me dijo con gran precisión dónde podría encontrar a este primogénito milenario: justo en las habitaciones de una señora, madre de dos adolescentes, quienes hasta hace dos días habían sido todo mi mundo.

Ordené al espíritu que volara conmigo hasta Kingsville, y en cuestión de segundos ya habíamos atravesado las treinta millas de distancia…


Continuará…

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