4: Principio de dolores
Esa noche que Benjamín me agredió, me dejó abandonado en el suelo de ese callejón a obscuras. Mis pensamientos eran torbellinos de memorias falsas y verdaderas, que me infectaban la mente mientras que la sangre podrida atacaba al cuerpo. Era imposible aferrarse a ninguna de esas imágenes recordadas a medias mientras que cada uno de mis sentidos se sentía consumido por la flama. Lo raro era percibir todo como si apenas existiera por primera vez para mí: cada ruido y cada silencio, cada destello de luz y cada sombra, cada roce de la ropa sobre la piel y cualquier brisa colándose entre el cabello… Todo era nuevo y cansino, seductor y repugnante, éxtasis y tortura.
Me puse de pie y quedé atónito ante la perspectiva de mis nuevos sentidos, que me mostraban ahora a un mundo con definiciones exactas, bordes precisos, atributos diversos, y que al mismo tiempo impartían a todo de una coherencia casi dolorosa, o de una apariencia indivisible.
Intenté dar un paso, pisando con fuerza para convencerme de que este mundo de caleidoscopios era real. Sin embargo, el impulso antiguo que sabía mover mis cien kilos a una distancia de treinta centímetros por zancada resultó exagerado y brutal, y me propulsó de bruces contra una barda de ladrillos. La barda quedó hecha añicos, y se desmoronaba bajo mis manos mientras intentaba recuperar el equilibrio. Pero yo estaba ileso.
Pequeños accidentes como ese continuaron por varios días, pero al menos esa noche pude aprender a caminar de nuevo después de unos cuantos ensayos tímidos. Parece que el cuerpo es sabio, y sin necesidad de darle indicaciones sabe ajustarse a nuevas cosas con facilidad.
Pensé irme a mi casa por fin, pero al cruzar la avenida Main, un patrullero que estaba estacionado frente a la gasolinera al final de la cuadra prendió su sirena y me hizo señas que fuera hacia él, para hablar conmigo. De seguro me iba a amonestar por vagancia.
Al momento en que comenzó a bajar su ventana me asaltaron aromas que en mi vida había notado: el olor vital del sudor nuevo brotando de sus poros y rastros almizclados del sudor añejo que se perdía entre pequeñas nubes de jabón, Old Spice, nicotina, adrenalina y jugos gástricos refluyendo en su esófago. Y ni mencionar la mixtura emanando del carro patrulla mismo: olor a vómito, a orina, a comida rancia…, a locura.
Todos ellos causándome un ansia más allá de cualquier lujuria.
El pobre patrullero ni tiempo tuvo para gritar de dolor. Apenas terminaba de bajar la ventana y yo ya había atravesado los treinta metros que nos separaban al principio, sacándolo con rudeza por la ventana, sin importarme que trajera puesto todavía el cinturón de seguridad. Mi boca ansiosa no sabía donde posarse, y lo mordí a medio pecho. Sus forcejeos desesperados fueron breves, pues en mi prisa lo abracé con tanta ansiedad que su columna vertebral se partió a la mitad. Su corazón revoloteaba como colibrí enjaulado, y cuando al fin se detuvo después de vibrar unos segundos, yo gemí.
«Más», pensé. ¿Cuántos litros de sangre tiene un humano? ¿Tres, cuatro, cinco? Los que sean, no fueron suficientes, y en mis angustias por encontrar más, rasgué su pecho, destrozando ropa y piel, y hurgué entre las costillas hasta que encontré el corazón. Lo levanté hasta mi boca, y mastiqué las fibras chiclosas, sorbiendo las gotas de sangre que se derramaban de entre los labios. Cuando ya no pude sacarle más jugo, tiré a un lado el bagazo restante y comencé a arrancar trozos cada vez más grandes de piel y los órganos internos, relamiendo la sangre de entre los tejidos, hasta que llegué a los huesos largos de los brazos, y los rompí a la mitad, para sorber el tuétano concentrado. Palmo a palmo del cuerpo exploré en búsqueda de más sangre, hasta que al final quedé arrodillado junto a un carro patrulla, dentro de un círculo de jirones sangrientos que habían sido un patrullero hasta hace apenas diez minutos.
«Más», pensé.
Pero al ponerme de pie se me vino a la mente el rostro de mi mujer, y, comprendiendo lo que significaba el perímetro sangriento a mis pies, supe que tenía que marcharme.
Corrí y corrí, evitando carreteras y adentrándome cada vez más en la pradera del valle de Texas hasta que llegó el alba.
Esa noche que Benjamín me agredió, me dejó abandonado en el suelo de ese callejón a obscuras. Mis pensamientos eran torbellinos de memorias falsas y verdaderas, que me infectaban la mente mientras que la sangre podrida atacaba al cuerpo. Era imposible aferrarse a ninguna de esas imágenes recordadas a medias mientras que cada uno de mis sentidos se sentía consumido por la flama. Lo raro era percibir todo como si apenas existiera por primera vez para mí: cada ruido y cada silencio, cada destello de luz y cada sombra, cada roce de la ropa sobre la piel y cualquier brisa colándose entre el cabello… Todo era nuevo y cansino, seductor y repugnante, éxtasis y tortura.
Me puse de pie y quedé atónito ante la perspectiva de mis nuevos sentidos, que me mostraban ahora a un mundo con definiciones exactas, bordes precisos, atributos diversos, y que al mismo tiempo impartían a todo de una coherencia casi dolorosa, o de una apariencia indivisible.
Intenté dar un paso, pisando con fuerza para convencerme de que este mundo de caleidoscopios era real. Sin embargo, el impulso antiguo que sabía mover mis cien kilos a una distancia de treinta centímetros por zancada resultó exagerado y brutal, y me propulsó de bruces contra una barda de ladrillos. La barda quedó hecha añicos, y se desmoronaba bajo mis manos mientras intentaba recuperar el equilibrio. Pero yo estaba ileso.
Pequeños accidentes como ese continuaron por varios días, pero al menos esa noche pude aprender a caminar de nuevo después de unos cuantos ensayos tímidos. Parece que el cuerpo es sabio, y sin necesidad de darle indicaciones sabe ajustarse a nuevas cosas con facilidad.
Pensé irme a mi casa por fin, pero al cruzar la avenida Main, un patrullero que estaba estacionado frente a la gasolinera al final de la cuadra prendió su sirena y me hizo señas que fuera hacia él, para hablar conmigo. De seguro me iba a amonestar por vagancia.
Al momento en que comenzó a bajar su ventana me asaltaron aromas que en mi vida había notado: el olor vital del sudor nuevo brotando de sus poros y rastros almizclados del sudor añejo que se perdía entre pequeñas nubes de jabón, Old Spice, nicotina, adrenalina y jugos gástricos refluyendo en su esófago. Y ni mencionar la mixtura emanando del carro patrulla mismo: olor a vómito, a orina, a comida rancia…, a locura.
Todos ellos causándome un ansia más allá de cualquier lujuria.
El pobre patrullero ni tiempo tuvo para gritar de dolor. Apenas terminaba de bajar la ventana y yo ya había atravesado los treinta metros que nos separaban al principio, sacándolo con rudeza por la ventana, sin importarme que trajera puesto todavía el cinturón de seguridad. Mi boca ansiosa no sabía donde posarse, y lo mordí a medio pecho. Sus forcejeos desesperados fueron breves, pues en mi prisa lo abracé con tanta ansiedad que su columna vertebral se partió a la mitad. Su corazón revoloteaba como colibrí enjaulado, y cuando al fin se detuvo después de vibrar unos segundos, yo gemí.
«Más», pensé. ¿Cuántos litros de sangre tiene un humano? ¿Tres, cuatro, cinco? Los que sean, no fueron suficientes, y en mis angustias por encontrar más, rasgué su pecho, destrozando ropa y piel, y hurgué entre las costillas hasta que encontré el corazón. Lo levanté hasta mi boca, y mastiqué las fibras chiclosas, sorbiendo las gotas de sangre que se derramaban de entre los labios. Cuando ya no pude sacarle más jugo, tiré a un lado el bagazo restante y comencé a arrancar trozos cada vez más grandes de piel y los órganos internos, relamiendo la sangre de entre los tejidos, hasta que llegué a los huesos largos de los brazos, y los rompí a la mitad, para sorber el tuétano concentrado. Palmo a palmo del cuerpo exploré en búsqueda de más sangre, hasta que al final quedé arrodillado junto a un carro patrulla, dentro de un círculo de jirones sangrientos que habían sido un patrullero hasta hace apenas diez minutos.
«Más», pensé.
Pero al ponerme de pie se me vino a la mente el rostro de mi mujer, y, comprendiendo lo que significaba el perímetro sangriento a mis pies, supe que tenía que marcharme.
Corrí y corrí, evitando carreteras y adentrándome cada vez más en la pradera del valle de Texas hasta que llegó el alba.
Continuará…


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