- Despertar. La sed es innegable.
Siempre sucede igual, todos es-
tos milenios: El deseo de perte-
necer, de volver a ser relevante,
de navegar de nuevo las olas de
lo contemporáneo, la marea de
la pasión, las playas de la comu-
nión. Luego, la languidez, el angst,
el ennui… De nuevo la canción de
la sirena del olvido final. El aba-
timiento sin fin. La locura ter-
minal. Y el escape a la acogedora
tierra. Cavar y cavar. Me remonto
hasta el infinito centro, nunca lo
suficiente cobijado de Gaea, nun-
ca de regreso al seno materno
eterno. Olvidar el sol y todo bajo
él, y todo en derredor. Paz… Silen-
cio… No-existencia… Hasta que
los sueños de la sed, de la sangre,
de las vidas y las memorias pul-
santes, cadentes, voluptuosas,
ciertas, hasta que la vida misma
viene y me toma en sus brazos al
mismo tiempo tiernos como aman-
te de muchos años y devoradora
como quien rasga y viola, y me
acerca una vez más a su ritmo
ondulante y obsceno, sibarita y
virginal, y me pide que me en-
tregue y que tome posesión al
mismo tiempo, que sea yo y que
sea tú, que sea todos.
Una vez más, otro ciclo, otro nombre, otro yo. Tal vez otro tú. Por todos estos siglos, mi prole abandonada, sin guía, sin entendimiento, sin saber cómo sobrevivir esta transmutación lunática, ardiendo como llamaradas de tantas maneras que hasta olvido cada vez, a la luz del sol, en la llamarada amiga, en descuartizamientos totales, en maneras nuevas y espeluznantes que nunca nadie hubiera imaginado jamás, y que una vez imaginadas se olvidan al paso de pocos años. Pocos años viven, olvidan todo, piensan descubrir todo. El mundo siempre es nuevo para ellos. Qué buena suerte la de ellos. Los odio por eso. Nunca olvido. Nunca perdono. ¿Cuál es mi origen? ¿Mi primer nombre? ¿Mi primer hogar? Imposible saberlo. Sepultado bajo pedernales titánicos de años irremontables, viven como las memoria de los muertos, que a nadie enseñan nada. Y hoy despierto en medio de escombros y pedregales, donde debería haber ciudades eternas, donde debería regresar con la sed candente en cualquier momento sosegada.
- El último hombre en la faz de la
tierra. No importa, mientras haya
seres vivientes, la sangre es el
hogar. Soy yo, el hombre sin nom-
bre desde hace tanto tiempo, el
hombre que dejó atrás su morta-
lidad por una promesa vacía de
duración. Soy yo, Homo eternus,
Nosferatu, viajero del tiempo, y
última imagen del hombre, quien
despierta en un mundo miles de
años inocente de espejismos; ol-
vidado por el Nazareno; después
de cientos de años dormido, des-
pierto en un mundo vacío de in-
telecto, aunque rebosando de
vida. Soy el hombre eterno.
Apiádense de mí.
11 de noviembre del 2007.
Dallas, Texas.


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