6. Sincretismo inane
Tumbado bajo un matorral raquítico, que apenas si dibujaba trazos finos de sombras con el sol mañanero, decidí que no me importaba mucho el génesis de mi desastre. Entre más memorias desempolvaba sobre "el hitita", más me convencía de que Benjamín era ese personaje. Supongo que no se identificaba tal cual porque en realidad no era interesante esa sección de la historia, ni siquiera para él.
Total, que había memorias de muchos años de vivir como fiera en el desierto, al acecho de nómadas desafortunados, y de grandes pasiones con mujeres y con hombres, enamorándose perdidamente de uno u otro, que siempre terminaban en tragedia cuando la sed triunfaba de nuevo sobre la soledad. Por casualidad, como es habitual que suceda, el hitita, en un arrebato de pasión, decidió morder y dejarse morder, y compartir la sangre con una bella de ojos kohl. El horror de la transformación apabulló tanto al hitita que al momento desgarró en pequeños pedazos el cuerpo de la desafortunada. Pero la soledad es más fuerte que nada, y pocos años transcurrieron antes de que él intentara de nuevo compartir la sangre. De los primeros experimentos, ninguno sobrevivió al dolor de la transformación, o al calor del sol, o a las venganzas de guerreros, ya que encontraban maneras de destruirse a sí mismos al perder la cordura. A veces su fin les sobrevenía por el disgusto y aburrimiento del hitita que, con el mismo capricho que los creaba, destruía sin razón o motivo a su "prole".
De las memorias de esos años, lo único que me cautivó fue la cátedra de los descubrimientos paulatinos de aptitudes y habilidades estrafalarias que la fusión con el espíritu le había concedido. El hitita, siendo la única criatura de ese tipo sobre la tierra, desentrañó los primeros misterios a base de accidentes fortuitos.
Por ejemplo, cuando aprendió que podía transportar su cuerpo más rápido de lo que permitían sus reflejos, dejando que el espíritu lo moviera.
En una ocasión, para escapar de una turba de pescadores que lo había acorralado a las orillas del río Iteru de espaldas a una choza, y enfrentando a dos docenas de hoces y arpones, el hitita imaginó encontrarse al otro lado del río. Antes de poder comprender lo que sucedía, allí estaba, de pie, en la otra orilla.
Atónito, posó su aguda y antinatural vista en la ribera que apenas había abandonado y distinguió a los pescadores, todos aullando de consternación, y atendiendo a sus compañeros que habían sido arrollados por el hitita al escapar como un bólido. La choza estaba hecha añicos, y varios de los pescadores tenían brazos o piernas fracturados tras el impacto con el cuerpo del hitita, que en un santiamén cruzó más de quinientos metros de una orilla a otra.
En esos entonces, el cuerpo del hitita todavía era frágil, y correrías como esas le causaban un dolor inmenso. El aire mismo se convertía en navaja, y cualquier mota de polvo que chocara con su piel le escocía verdugones cuando impulsaba su cuerpo a velocidades exageradas por el espíritu que habitaba su sangre muerta. Sin embargo, día tras día, él sí podía notar que su cuerpo se endurecía cada vez más, capa tras capa.
Había otras aptitudes aún más raras, como causar objetos a moverse sin tocarlos, escuchar en murmullos los pensamientos sudorosos de las personas, y hasta poder remontarse en el aire, como una pluma llevada por la brisa. Estos desconcertantes poderes eran efecto secundario de la fusión del alma del hitita con el espíritu inmundo que se había afianzado a su cuerpo. El espíritu, anteriormente sin límites, era un conducto hacia alguna dimensión que existe por detrás del mundo físico, y que creaba esos vínculos secretos con todo lo material. Parecían sortilegio.
Pero, de todos estos poderes mágicos, el más interesante para mí fue cuando el hitita ordenaba al espíritu a que se retirara repentinamente de la sangre de otro monstruo como él. El espíritu, al abandonar la hemoglobina de inmediato, causaba un calor extremo y el cuerpo se incineraba en una hoguera repentina. Desde que descubrió ese poder, el hitita comenzó a crear monstruos a diestra y siniestra, para poder practicar sus nuevos poderes en contra de ellos.
Ese fue el comienzo de Las Guerras, que han durado ya seis mil años.
Tumbado bajo un matorral raquítico, que apenas si dibujaba trazos finos de sombras con el sol mañanero, decidí que no me importaba mucho el génesis de mi desastre. Entre más memorias desempolvaba sobre "el hitita", más me convencía de que Benjamín era ese personaje. Supongo que no se identificaba tal cual porque en realidad no era interesante esa sección de la historia, ni siquiera para él.
Total, que había memorias de muchos años de vivir como fiera en el desierto, al acecho de nómadas desafortunados, y de grandes pasiones con mujeres y con hombres, enamorándose perdidamente de uno u otro, que siempre terminaban en tragedia cuando la sed triunfaba de nuevo sobre la soledad. Por casualidad, como es habitual que suceda, el hitita, en un arrebato de pasión, decidió morder y dejarse morder, y compartir la sangre con una bella de ojos kohl. El horror de la transformación apabulló tanto al hitita que al momento desgarró en pequeños pedazos el cuerpo de la desafortunada. Pero la soledad es más fuerte que nada, y pocos años transcurrieron antes de que él intentara de nuevo compartir la sangre. De los primeros experimentos, ninguno sobrevivió al dolor de la transformación, o al calor del sol, o a las venganzas de guerreros, ya que encontraban maneras de destruirse a sí mismos al perder la cordura. A veces su fin les sobrevenía por el disgusto y aburrimiento del hitita que, con el mismo capricho que los creaba, destruía sin razón o motivo a su "prole".
De las memorias de esos años, lo único que me cautivó fue la cátedra de los descubrimientos paulatinos de aptitudes y habilidades estrafalarias que la fusión con el espíritu le había concedido. El hitita, siendo la única criatura de ese tipo sobre la tierra, desentrañó los primeros misterios a base de accidentes fortuitos.
Por ejemplo, cuando aprendió que podía transportar su cuerpo más rápido de lo que permitían sus reflejos, dejando que el espíritu lo moviera.
En una ocasión, para escapar de una turba de pescadores que lo había acorralado a las orillas del río Iteru de espaldas a una choza, y enfrentando a dos docenas de hoces y arpones, el hitita imaginó encontrarse al otro lado del río. Antes de poder comprender lo que sucedía, allí estaba, de pie, en la otra orilla.
Atónito, posó su aguda y antinatural vista en la ribera que apenas había abandonado y distinguió a los pescadores, todos aullando de consternación, y atendiendo a sus compañeros que habían sido arrollados por el hitita al escapar como un bólido. La choza estaba hecha añicos, y varios de los pescadores tenían brazos o piernas fracturados tras el impacto con el cuerpo del hitita, que en un santiamén cruzó más de quinientos metros de una orilla a otra.
En esos entonces, el cuerpo del hitita todavía era frágil, y correrías como esas le causaban un dolor inmenso. El aire mismo se convertía en navaja, y cualquier mota de polvo que chocara con su piel le escocía verdugones cuando impulsaba su cuerpo a velocidades exageradas por el espíritu que habitaba su sangre muerta. Sin embargo, día tras día, él sí podía notar que su cuerpo se endurecía cada vez más, capa tras capa.
Había otras aptitudes aún más raras, como causar objetos a moverse sin tocarlos, escuchar en murmullos los pensamientos sudorosos de las personas, y hasta poder remontarse en el aire, como una pluma llevada por la brisa. Estos desconcertantes poderes eran efecto secundario de la fusión del alma del hitita con el espíritu inmundo que se había afianzado a su cuerpo. El espíritu, anteriormente sin límites, era un conducto hacia alguna dimensión que existe por detrás del mundo físico, y que creaba esos vínculos secretos con todo lo material. Parecían sortilegio.
Pero, de todos estos poderes mágicos, el más interesante para mí fue cuando el hitita ordenaba al espíritu a que se retirara repentinamente de la sangre de otro monstruo como él. El espíritu, al abandonar la hemoglobina de inmediato, causaba un calor extremo y el cuerpo se incineraba en una hoguera repentina. Desde que descubrió ese poder, el hitita comenzó a crear monstruos a diestra y siniestra, para poder practicar sus nuevos poderes en contra de ellos.
Ese fue el comienzo de Las Guerras, que han durado ya seis mil años.
Continuará…


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