13. Interludio: Hace mil años
—¡Godric! ¡No lo dices en serio!, ¿cierto? —Rowena gruño entre dientes. Aquí, mientras estaban atrincherados y acobardados tras los pilares de piedra a la entrada de Hogwarts, lo propuesto por Godric Gryffindor parecía no solo insensato, sino hasta posiblemente mortal—. ¡Te va a hacer jirones, si relajas tu guardia aunque sea un instante! ¡No sueltes tu varita!
—Mi queridísima Rowena, pero ya tratamos de hacer todo lo posible, y nada lo detiene… Debo hacer el intento.
Pensar que todo comenzó como un malentendido…
Hacía algunos años Rowena Ravenclaw propuso a sus amigos establecer una casa de aprendizaje para los hijos de la gente mágica. Ella desde hacía un buen tiempo que había estado buscando la ubicación ideal. La cañada colindante con la pequeña aldea de Hogsmead fue la que tuvo todos los atributos deseados. Con esta condición satisfecha, Rowena pudo convencer a su mejor amiga Helga Hufflepuff, y a Salazar Slytherin y su amigo inseparable, Godric Gryffindor, de que sin la menor demora contrataran a todos los artesanos y mamposteros necesarios para construir el Castillo Hogwarts.
Fue una empresa muy afanosa, y los cuatro amigos, que eran los hechiceros y brujas más avezados de cualquier época, vertieron todas sus aptitudes, capacidades y recursos en el proyecto.
Durante la excavación de los cimientos, obra supervisada por Slytherin mismo, se descubrió una extraña cripta sin restos humanos a una gran profundidad bajo tierra. Había algunos artefactos esparcidos por la cripta, pero todo era tan antiguo que muchos de ellos se pulverizaron al tacto. Slytherin tomó nota de su ubicación con planes a futuro, pero borró cualquier rastro de los planos de construcción.
Tras muchos meses de construcción y una vez que todos los preparativos estuvieron listos, los estudiantes comenzaron a asistir a la Escuela de Brujería y Hechicería Hogwarts.
Hasta que un día un hombre rarísimo, vestido en andrajos, llegó a la entrada de los terrenos de la escuela. Los cuatro fundadores de inmediato fueron alertados de que un extraño había encontrado la escuela, porque había conjuros potentísimos emplazados para evitar esa precisa eventualidad.
Para cuando ellos llegaron a la reja de entrada, el portero ya estaba allí, pero escondido atrás de un árbol.
—¡No debería ser posible que posara su vista en la escuela; mucho menos debería poder hacer eso! —les gritó, tratando de hacerse escuchar sobre el estruendo de los tremendos golpes que el extraño le asestaba a la reja con los puños, y el clamor y gruñidos de furia por no poder penetrar la entrada.
—¡Yo me encargo de él! —Rowena respingó la nariz y asumió toda la soberbia de su sangre azul al enfrentar al extraño con los puños plantados en las caderas—. ¡Mequetrefe! ¿A qué viene semejante jaleo? ¡Explícate!
Pero el extraño tan solo gruñó más fuerte, y después de retroceder varios pasos vacilantes, embistió la reja con la cabeza. Fue un choque titánico. La reja soportó el golpe, pero el suelo bajo ella se arrugó en pequeñas colinas, y varias fisuras zigzaguearon por el césped. Rowena quedó boquiabierta y se retiró despacio. Los cuatro fundadores quedaron anonadados la ver al tipo lanzarse una vez tras otra contra la reja de hierro.
—¡Por las barbas de Merlín! ¡La reja no aguantará mucho más! ¡Rápido, Geoff! Corre al castillo y dile a los maestros que necesitan evacuar a los estudiantes. Diles que usen todos los medios posibles. ¡Haz que se vayan todos! Una vez que estén a salvo los estudiantes, diles que regresen a socorrernos.
—¡A la orden, amo Gryffindor! Pero…, ¿que se vayan adónde?
—¡A donde sea, pero lejos de aquí! ¡Corre! ¡Ya!
Godric volteó y encontró los rostros llenos de determinación de sus amigos. Todos cuadraron los hombros y sacaron sus varitas mágicas, concentrándo la vista en el extraño.
—Hay que tratar de hablar con él, averiguar lo que desea… —dijo Helga, perpleja.
—¡Ah, bueno, pase usted: las damas primero!
—¡Vaya momento para al fin portarte caballeroso conmigo, Salazar! —Pero sonreía.
Con Helga y Rowena avanzando un poco adelante de Godric y Salazar, se acercaron un poco al extraño que usaba su cabeza como ariete contra la reja.
—¡Por favor, señor! ¿Podría desistir? ¿Qué es lo que busca? ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarlo?
El extraño se frenó a medio embiste y se puso de pie. Era bastante corto de estatura y tenía una leve semblanza con la gente del Mediterráneo. Cuando los miró, se sonrió, pareciendo al momento diez veces más demente que cuando estaba dándole topes a la reja de hierro.
—Síiiiiiiii… Te digo yo lo que puedes hacer por mí, tú: toma tu castillo y quítalo de mis terrenos. ¡Ya mismo! O te mato. Y a ti también. Y a ti. ¡Y sobre todo a ti! —dijo, mientras apuntaba con un dedo mugroso a cada uno de ellos, con Salazar Slytherin al final—. Es ya hora de bajar a la tierra y dormirme la locura, ¡y me estorban!
—Señor, le aseguro —Godric tomó la palabra—, los terrenos del castillo se compraron debidamente a los dueños originales, quienes los poseyeron por generaciones…
—No es mi culpa que un simio mago descarado como tú se haya robado mis terrenos cuando estaba ausente… ¡Se los compraste a unos ladrones! Oye, tú, encantador de culebras, ¿qué hiciste con las cosas que hallaste en la cripta? Ah, ya veo. Con que guardando secretitos, ¿eh? Bueno, no importa… Pero dime: ¿puedes o no puedes quitar tu castillo de mis terrenos ahora mismo? ¿No? ¡Entonces te mato!
Con un crescendo de gruñidos, el extraño embistió la reja una vez más y por fin se combó y cayó lentamente, con un rechinido horrible. El extraño extendió sus manos hacia los lados, palma arriba, como un gesto de bienvenida, y comenzó a flotar a un par de metros del suelo, cruzando la entrada, despacio.
—¡Vaya! ¡Qué bonito truco! —se burló Salazar mientras daba un paso al frente y arremetía con todos los conjuros y maldiciones mágicos que conocía.
Después de unos instantes, los cuatro se hallaban disparando de sus varitas todo tipo de hechizos para su protección y conjuros para atacar al tipo flotante. Sucedió que, durante los primeros momentos del ataque de Slytherin, algunas de las maldiciones más canallas lo hicieron sufrir dolor terrible. Sin embargo, él apenas si se retorció en el aire por el dolor, y gruñó y rugió mientras se ponía más furioso momento a momento. Entonces él extendió su mano hacia los cuatro amigos, y pudieron sentir una sombra enorme que empezó a merodear alrededor de ellos. Rechazaron ese ataque valiéndose de toda la magia que conocían. En vista de que rechazaron el ataque de la sombra, el extraño chasqueó los dedos y todos los objetos sueltos comenzaron a arrojarse por cuenta propia contra ellos. Emitiendo hechizo tras hechizo, comenzaron la retirada hacia el castillo, muy apenas pudiendo protegerse de todos los escombros granizando sobre ellos, mientras continuaban el esfuerzo de rechazar a la sombra merodeadora.
Durante este enfrentamiento algunos de los maestros habían retornado, y se unieron a los cuatro fundadores para montar la resistencia.
Porque sus poderes mágicos no eran tan grandiosos como los de los cuatro fundadores, dos de los maestros de repente arrojaron sangre de los oídos, nariz, boca y ojos, y cayeron fulminados, muertos de inmediato. Parecía que ese era el propósito de la sombra merodeando alrededor. MacIntyre, maestro de Pociones, siempre había sido muy impulsivo, y al ver a sus dos colegas caer muertos bajo algún tipo desconocido de lo que él creía que era magia negra, embistió contra el extraño, lleno de ira y con su varita mágica en una mano y una espada corta en la otra.
—¡MacIntyre! ¡No te acerques! —le gritó Salazar, pero ya era muy tarde: MacIntyre llegó hasta el extraño y dio la cuchillada con su espada corta, pero esta se rompió a la mitad. Sonriendo, el extraño tomó en sus brazos al pobre maestro. Despacio, sin separar la mirada de sus contrincantes, agachó la cabeza y mordió a MacIntyre en el cuello, y comenzó a beber del gran torrente de sangre escurriendo en el cuello. Todavía con esa sonrisa en la cara y sin apartar la mirada, el extraño procedió a arrancarle pedazos de ropa y de piel a MacIntyre. En cuestión de momentos ya le había arrancado hasta los brazos y las piernas, y estaba en el proceso de eviscerar los restos de MacIntyre. Por desgracia, él no había muerto con rapidez, sino que había gritado mientras le fue posible.
—¡Pero ningún vampiro es así de poderoso! ¡Ninguno! ¡Y ninguno tiene poderes mágicos! —protestó Salazar con un grito sofocado, apenas creyendo lo que acababa de presenciar. Rowena había caído de rodillas y Helga tenía lágrimas silenciosas en su rostro.
—De retirada al castillo… ¡No podemos rechazarlo! —ordenó Godric, y todos corrieron lo más rápido posible hasta la entrada.
—Amigos míos, no piensen mal de mí… —dijo Salazar una vez que cruzaron el umbral del castillo. Dio la vuelta y apuntó su varita hacia el extraño, y gritó—: ¡¡¡Destruyo al hablar!!!
Todos quedaron pasmados de ver a Salazar usando la prohibidísima magia negra, el conjuro de la muerte, pero nadie se atrevió a decir nada. El extraño, mientras tanto, había caído al suelo, retorciéndose del dolor y gritando obscenidades y gruñendo y aullando todo el tiempo. Pero no murió. En cambio, una vez pasada la peor parte del dolor, reanudó su ataque furioso con nuevo vigor. Yendo de lado a lado, arrancaba árboles desde las raíces a mano limpia y trituraba rocas hasta convertirlas en grava fina, y destruyó a todo lo que pudo ponerle la mano encima.
Entonces, Rowena se puso de pie y dijo:
—Amigos míos, tampoco vayan a pensar muy mal de mí…
Con una larga recitación entre dientes de palabras secretas, y con florituras de su varita mágica, emitió el antiguo hechizo de Evocación. Una brisa fría comenzó a soplar, y los gemidos y alaridos de las almas en pena de los difuntos descendieron sobre el extraño.
Ese ataque por parte de fantasmas, que hubiera destruido el cuerpo y la cordura de cualquier otra criatura, lo único que lo logró fue hacer que el extraño se desternillara de la risa.
—¡Ay! ¡Estense quietos! ¡Hacen cosquillas!
Pero luego se enfureció de nuevo, y con un gran bramido mientras adoptaba una pose de piernas bien plantadas y manos al cielo, hizo que todo alrededor de él, flotando en el aire, se encendieran pequeñas ascuas, creando una espiral de chispas.
—Eso es… es imposible… ¡No puede ser! Acaba de destruir a todos los espíritus. ¿Cómo lo hizo? —Rowena estaba pálida como la luna, con los ojos vacíos de esperanza.
—De retirada al castillo, y refugiémonos… Creo que tengo una idea. ¡Vamos! —dijo Godric de nuevo. Una vez atrincherados en el vestíbulo, Godric explicó con brevedad sus intenciones. Fue entonces que Rowena dijo: «¡Godric! ¡No lo dices en serio!, ¿cierto?».
Pero Gryffindor se puso de pie, y con manos vacías al aire caminó unos pasos hacia el extraño, que de nuevo estaba triturando la escenografía.
—¡Señor! —clamó—. ¡Por favor, le ruego que nos perdone! ¡Vengo a suplicarle una tregua!
—¿Una tregua! —el extraño quedó tan sorprendido que se detuvo en pleno acto de pulverizar una de las gárgolas, y se acercó a Gryffindor—. No seas lelo… ¿Cómo que una tregua?
—Sí, es obvio que podemos rechazarlo, quizá no indefinidamente, pero sí podemos; y también es obvio que no tenemos el menor deseo de que nos mate. Ahora, comprendemos que se sienta tratado injustamente, y queremos rogarle una tregua para para poder vivir en paz de nuevo. Propongo lo siguiente: nuestros poderes no son suficientes para poder retirar el castillo completo de inmediato. Por lo tanto, le ruego que nos perdone esta transgresión y nos permita permanecer aquí, evitando así una larga contienda. A cambio, yo le ofrezco un refugio seguro, y que mientras exista mi gente, nosotros protegeremos y guardaremos su reposo. Le aseguro que ningún mortal jamás podrá interrumpir su descanso. Ya se dio cuenta que tenemos poderes más allá que cualquier mortal, y podemos ser sus guardianes en cualquier momento que usted tenga que abandonarse a esta locura que describió…
—Hmm… Pero qué interesante: en sus mentes, ustedes están completamente seguros de que esto es posible. Ah, ya veo, tu gente ya tenía preparado un refugio subterráneo, que ha mantenido oculto y protegido. Vaya, qué interesante… Bueno, ¿por qué no? ¡Pero vámonos ya! ¡A Londres!
El extraño tomó la mano ofrecida de Gryffindor, y prácticamente desaparecieron.
—¡Diablos! Espero que sepa lo que está haciendo… ¡Podía leer mentes! Nunca había sentido tanto temor, ni me había sentido tan desamparado… —Slytherin comentó a nadie en particular.
***
Fue así como Benjamín, el Vampiro de cinco mil años de edad, vino a Hogwarts y Gryffindor canjeó la supervivencia de los hechiceros por la obligación de proteger al peor monstruo del mundo cuando sintiera la necesidad de reposar de dicho mundo. En una habitación subterránea, clausurada por los conjuros más poderosos, e imposible de penetrar excepto por él, Benjamín descansaba hasta por décadas a veces, mientras pasaba la locura. De tiempo en tiempo resurgiría al mundo y causaría aflicción a incontables víctimas, y en cada ocasión la locura lo agobiaría, y en cada ocasión regresaría a Londres, a reposar de tanto mundo, tantas memorias, tanta maldad, y sería protegido por los hechiceros y brujas en Inglaterra, quienes pasarían este secreto de generación en generación a sus líderes, y al director de Hogwarts de esa época:
«Protejan el descanso del Vampiro; no sea que, en su locura, destruya nuestro mundo».
***
Pero a lo largo de todos los siglos, desde ese entonces, Benjamín nunca perdonó a los humanos por forzarlo a un empate con el uso de la magia. Alentó su resentimiento por mil años, y planeó su venganza.
—¡Godric! ¡No lo dices en serio!, ¿cierto? —Rowena gruño entre dientes. Aquí, mientras estaban atrincherados y acobardados tras los pilares de piedra a la entrada de Hogwarts, lo propuesto por Godric Gryffindor parecía no solo insensato, sino hasta posiblemente mortal—. ¡Te va a hacer jirones, si relajas tu guardia aunque sea un instante! ¡No sueltes tu varita!
—Mi queridísima Rowena, pero ya tratamos de hacer todo lo posible, y nada lo detiene… Debo hacer el intento.
Pensar que todo comenzó como un malentendido…
Hacía algunos años Rowena Ravenclaw propuso a sus amigos establecer una casa de aprendizaje para los hijos de la gente mágica. Ella desde hacía un buen tiempo que había estado buscando la ubicación ideal. La cañada colindante con la pequeña aldea de Hogsmead fue la que tuvo todos los atributos deseados. Con esta condición satisfecha, Rowena pudo convencer a su mejor amiga Helga Hufflepuff, y a Salazar Slytherin y su amigo inseparable, Godric Gryffindor, de que sin la menor demora contrataran a todos los artesanos y mamposteros necesarios para construir el Castillo Hogwarts.
Fue una empresa muy afanosa, y los cuatro amigos, que eran los hechiceros y brujas más avezados de cualquier época, vertieron todas sus aptitudes, capacidades y recursos en el proyecto.
Durante la excavación de los cimientos, obra supervisada por Slytherin mismo, se descubrió una extraña cripta sin restos humanos a una gran profundidad bajo tierra. Había algunos artefactos esparcidos por la cripta, pero todo era tan antiguo que muchos de ellos se pulverizaron al tacto. Slytherin tomó nota de su ubicación con planes a futuro, pero borró cualquier rastro de los planos de construcción.
Tras muchos meses de construcción y una vez que todos los preparativos estuvieron listos, los estudiantes comenzaron a asistir a la Escuela de Brujería y Hechicería Hogwarts.
Hasta que un día un hombre rarísimo, vestido en andrajos, llegó a la entrada de los terrenos de la escuela. Los cuatro fundadores de inmediato fueron alertados de que un extraño había encontrado la escuela, porque había conjuros potentísimos emplazados para evitar esa precisa eventualidad.
Para cuando ellos llegaron a la reja de entrada, el portero ya estaba allí, pero escondido atrás de un árbol.
—¡No debería ser posible que posara su vista en la escuela; mucho menos debería poder hacer eso! —les gritó, tratando de hacerse escuchar sobre el estruendo de los tremendos golpes que el extraño le asestaba a la reja con los puños, y el clamor y gruñidos de furia por no poder penetrar la entrada.
—¡Yo me encargo de él! —Rowena respingó la nariz y asumió toda la soberbia de su sangre azul al enfrentar al extraño con los puños plantados en las caderas—. ¡Mequetrefe! ¿A qué viene semejante jaleo? ¡Explícate!
Pero el extraño tan solo gruñó más fuerte, y después de retroceder varios pasos vacilantes, embistió la reja con la cabeza. Fue un choque titánico. La reja soportó el golpe, pero el suelo bajo ella se arrugó en pequeñas colinas, y varias fisuras zigzaguearon por el césped. Rowena quedó boquiabierta y se retiró despacio. Los cuatro fundadores quedaron anonadados la ver al tipo lanzarse una vez tras otra contra la reja de hierro.
—¡Por las barbas de Merlín! ¡La reja no aguantará mucho más! ¡Rápido, Geoff! Corre al castillo y dile a los maestros que necesitan evacuar a los estudiantes. Diles que usen todos los medios posibles. ¡Haz que se vayan todos! Una vez que estén a salvo los estudiantes, diles que regresen a socorrernos.
—¡A la orden, amo Gryffindor! Pero…, ¿que se vayan adónde?
—¡A donde sea, pero lejos de aquí! ¡Corre! ¡Ya!
Godric volteó y encontró los rostros llenos de determinación de sus amigos. Todos cuadraron los hombros y sacaron sus varitas mágicas, concentrándo la vista en el extraño.
—Hay que tratar de hablar con él, averiguar lo que desea… —dijo Helga, perpleja.
—¡Ah, bueno, pase usted: las damas primero!
—¡Vaya momento para al fin portarte caballeroso conmigo, Salazar! —Pero sonreía.
Con Helga y Rowena avanzando un poco adelante de Godric y Salazar, se acercaron un poco al extraño que usaba su cabeza como ariete contra la reja.
—¡Por favor, señor! ¿Podría desistir? ¿Qué es lo que busca? ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarlo?
El extraño se frenó a medio embiste y se puso de pie. Era bastante corto de estatura y tenía una leve semblanza con la gente del Mediterráneo. Cuando los miró, se sonrió, pareciendo al momento diez veces más demente que cuando estaba dándole topes a la reja de hierro.
—Síiiiiiiii… Te digo yo lo que puedes hacer por mí, tú: toma tu castillo y quítalo de mis terrenos. ¡Ya mismo! O te mato. Y a ti también. Y a ti. ¡Y sobre todo a ti! —dijo, mientras apuntaba con un dedo mugroso a cada uno de ellos, con Salazar Slytherin al final—. Es ya hora de bajar a la tierra y dormirme la locura, ¡y me estorban!
—Señor, le aseguro —Godric tomó la palabra—, los terrenos del castillo se compraron debidamente a los dueños originales, quienes los poseyeron por generaciones…
—No es mi culpa que un simio mago descarado como tú se haya robado mis terrenos cuando estaba ausente… ¡Se los compraste a unos ladrones! Oye, tú, encantador de culebras, ¿qué hiciste con las cosas que hallaste en la cripta? Ah, ya veo. Con que guardando secretitos, ¿eh? Bueno, no importa… Pero dime: ¿puedes o no puedes quitar tu castillo de mis terrenos ahora mismo? ¿No? ¡Entonces te mato!
Con un crescendo de gruñidos, el extraño embistió la reja una vez más y por fin se combó y cayó lentamente, con un rechinido horrible. El extraño extendió sus manos hacia los lados, palma arriba, como un gesto de bienvenida, y comenzó a flotar a un par de metros del suelo, cruzando la entrada, despacio.
—¡Vaya! ¡Qué bonito truco! —se burló Salazar mientras daba un paso al frente y arremetía con todos los conjuros y maldiciones mágicos que conocía.
Después de unos instantes, los cuatro se hallaban disparando de sus varitas todo tipo de hechizos para su protección y conjuros para atacar al tipo flotante. Sucedió que, durante los primeros momentos del ataque de Slytherin, algunas de las maldiciones más canallas lo hicieron sufrir dolor terrible. Sin embargo, él apenas si se retorció en el aire por el dolor, y gruñó y rugió mientras se ponía más furioso momento a momento. Entonces él extendió su mano hacia los cuatro amigos, y pudieron sentir una sombra enorme que empezó a merodear alrededor de ellos. Rechazaron ese ataque valiéndose de toda la magia que conocían. En vista de que rechazaron el ataque de la sombra, el extraño chasqueó los dedos y todos los objetos sueltos comenzaron a arrojarse por cuenta propia contra ellos. Emitiendo hechizo tras hechizo, comenzaron la retirada hacia el castillo, muy apenas pudiendo protegerse de todos los escombros granizando sobre ellos, mientras continuaban el esfuerzo de rechazar a la sombra merodeadora.
Durante este enfrentamiento algunos de los maestros habían retornado, y se unieron a los cuatro fundadores para montar la resistencia.
Porque sus poderes mágicos no eran tan grandiosos como los de los cuatro fundadores, dos de los maestros de repente arrojaron sangre de los oídos, nariz, boca y ojos, y cayeron fulminados, muertos de inmediato. Parecía que ese era el propósito de la sombra merodeando alrededor. MacIntyre, maestro de Pociones, siempre había sido muy impulsivo, y al ver a sus dos colegas caer muertos bajo algún tipo desconocido de lo que él creía que era magia negra, embistió contra el extraño, lleno de ira y con su varita mágica en una mano y una espada corta en la otra.
—¡MacIntyre! ¡No te acerques! —le gritó Salazar, pero ya era muy tarde: MacIntyre llegó hasta el extraño y dio la cuchillada con su espada corta, pero esta se rompió a la mitad. Sonriendo, el extraño tomó en sus brazos al pobre maestro. Despacio, sin separar la mirada de sus contrincantes, agachó la cabeza y mordió a MacIntyre en el cuello, y comenzó a beber del gran torrente de sangre escurriendo en el cuello. Todavía con esa sonrisa en la cara y sin apartar la mirada, el extraño procedió a arrancarle pedazos de ropa y de piel a MacIntyre. En cuestión de momentos ya le había arrancado hasta los brazos y las piernas, y estaba en el proceso de eviscerar los restos de MacIntyre. Por desgracia, él no había muerto con rapidez, sino que había gritado mientras le fue posible.
—¡Pero ningún vampiro es así de poderoso! ¡Ninguno! ¡Y ninguno tiene poderes mágicos! —protestó Salazar con un grito sofocado, apenas creyendo lo que acababa de presenciar. Rowena había caído de rodillas y Helga tenía lágrimas silenciosas en su rostro.
—De retirada al castillo… ¡No podemos rechazarlo! —ordenó Godric, y todos corrieron lo más rápido posible hasta la entrada.
—Amigos míos, no piensen mal de mí… —dijo Salazar una vez que cruzaron el umbral del castillo. Dio la vuelta y apuntó su varita hacia el extraño, y gritó—: ¡¡¡Destruyo al hablar!!!
Todos quedaron pasmados de ver a Salazar usando la prohibidísima magia negra, el conjuro de la muerte, pero nadie se atrevió a decir nada. El extraño, mientras tanto, había caído al suelo, retorciéndose del dolor y gritando obscenidades y gruñendo y aullando todo el tiempo. Pero no murió. En cambio, una vez pasada la peor parte del dolor, reanudó su ataque furioso con nuevo vigor. Yendo de lado a lado, arrancaba árboles desde las raíces a mano limpia y trituraba rocas hasta convertirlas en grava fina, y destruyó a todo lo que pudo ponerle la mano encima.
Entonces, Rowena se puso de pie y dijo:
—Amigos míos, tampoco vayan a pensar muy mal de mí…
Con una larga recitación entre dientes de palabras secretas, y con florituras de su varita mágica, emitió el antiguo hechizo de Evocación. Una brisa fría comenzó a soplar, y los gemidos y alaridos de las almas en pena de los difuntos descendieron sobre el extraño.
Ese ataque por parte de fantasmas, que hubiera destruido el cuerpo y la cordura de cualquier otra criatura, lo único que lo logró fue hacer que el extraño se desternillara de la risa.
—¡Ay! ¡Estense quietos! ¡Hacen cosquillas!
Pero luego se enfureció de nuevo, y con un gran bramido mientras adoptaba una pose de piernas bien plantadas y manos al cielo, hizo que todo alrededor de él, flotando en el aire, se encendieran pequeñas ascuas, creando una espiral de chispas.
—Eso es… es imposible… ¡No puede ser! Acaba de destruir a todos los espíritus. ¿Cómo lo hizo? —Rowena estaba pálida como la luna, con los ojos vacíos de esperanza.
—De retirada al castillo, y refugiémonos… Creo que tengo una idea. ¡Vamos! —dijo Godric de nuevo. Una vez atrincherados en el vestíbulo, Godric explicó con brevedad sus intenciones. Fue entonces que Rowena dijo: «¡Godric! ¡No lo dices en serio!, ¿cierto?».
Pero Gryffindor se puso de pie, y con manos vacías al aire caminó unos pasos hacia el extraño, que de nuevo estaba triturando la escenografía.
—¡Señor! —clamó—. ¡Por favor, le ruego que nos perdone! ¡Vengo a suplicarle una tregua!
—¿Una tregua! —el extraño quedó tan sorprendido que se detuvo en pleno acto de pulverizar una de las gárgolas, y se acercó a Gryffindor—. No seas lelo… ¿Cómo que una tregua?
—Sí, es obvio que podemos rechazarlo, quizá no indefinidamente, pero sí podemos; y también es obvio que no tenemos el menor deseo de que nos mate. Ahora, comprendemos que se sienta tratado injustamente, y queremos rogarle una tregua para para poder vivir en paz de nuevo. Propongo lo siguiente: nuestros poderes no son suficientes para poder retirar el castillo completo de inmediato. Por lo tanto, le ruego que nos perdone esta transgresión y nos permita permanecer aquí, evitando así una larga contienda. A cambio, yo le ofrezco un refugio seguro, y que mientras exista mi gente, nosotros protegeremos y guardaremos su reposo. Le aseguro que ningún mortal jamás podrá interrumpir su descanso. Ya se dio cuenta que tenemos poderes más allá que cualquier mortal, y podemos ser sus guardianes en cualquier momento que usted tenga que abandonarse a esta locura que describió…
—Hmm… Pero qué interesante: en sus mentes, ustedes están completamente seguros de que esto es posible. Ah, ya veo, tu gente ya tenía preparado un refugio subterráneo, que ha mantenido oculto y protegido. Vaya, qué interesante… Bueno, ¿por qué no? ¡Pero vámonos ya! ¡A Londres!
El extraño tomó la mano ofrecida de Gryffindor, y prácticamente desaparecieron.
—¡Diablos! Espero que sepa lo que está haciendo… ¡Podía leer mentes! Nunca había sentido tanto temor, ni me había sentido tan desamparado… —Slytherin comentó a nadie en particular.
***
Fue así como Benjamín, el Vampiro de cinco mil años de edad, vino a Hogwarts y Gryffindor canjeó la supervivencia de los hechiceros por la obligación de proteger al peor monstruo del mundo cuando sintiera la necesidad de reposar de dicho mundo. En una habitación subterránea, clausurada por los conjuros más poderosos, e imposible de penetrar excepto por él, Benjamín descansaba hasta por décadas a veces, mientras pasaba la locura. De tiempo en tiempo resurgiría al mundo y causaría aflicción a incontables víctimas, y en cada ocasión la locura lo agobiaría, y en cada ocasión regresaría a Londres, a reposar de tanto mundo, tantas memorias, tanta maldad, y sería protegido por los hechiceros y brujas en Inglaterra, quienes pasarían este secreto de generación en generación a sus líderes, y al director de Hogwarts de esa época:
«Protejan el descanso del Vampiro; no sea que, en su locura, destruya nuestro mundo».
***
Pero a lo largo de todos los siglos, desde ese entonces, Benjamín nunca perdonó a los humanos por forzarlo a un empate con el uso de la magia. Alentó su resentimiento por mil años, y planeó su venganza.
Continuará…


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