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Monday, June 1, 2009
Finitum Capax Infinti - Índice
ÍNDICE
Prólogo: El presente, Reino Unido
1. Borrón y cuenta nueva
2. Ruralización obligada
3. Llegadas
4. Pescadín fresco
5. Los comienzos son difíciles
6. Los lunes siempre son una lata
7. Extrañas clases
8. La práctica hace al maestro
9. Qué pasa
10. Qué ojos tan grandes
11. Un matiz más obscuro de palidez
12. Permitid que los niños
13. Interludio: Hace mil años
14. Segundo interludio: Mil novecientos noventa y siete
15. Tercer interludio: hasta las hormigas sueñan
16. Eisenhower tenía razón: puros dominós hasta el fin
17. Demasiado colmilludo
18. Jaque con el roque
19. Memento mori
20. Los niños de la mente
Monday, March 30, 2009
Finitum Capax Infiniti: Prólogo
Finitum Capax Infiniti
Prólogo: El presente, Reino Unido
—¡Kingsley**, de seguro está equivocado!
—¡Minerva, si tan solo así fuera!, pero es cierto: apenas recibí un búho de parte del Director de los Aurores, e insiste que hubo reportes de testigos que la Habitación Siempre Cerrada está con las puertas abiertas de par en par. Claro, los Inmencionables se negaron a comentar, ¡como siempre!
Los labios de la Directora de la Escuela desaparecen en una línea delgada.
—¿Ya sabe Potter quién…, qué se escondía en esa habitación?
—No. Le han contado las mentiras de costumbre sobre "el amor" y cosas parecidas; pero, hasta donde yo sé, usted y yo somos los únicos todavía con vida que sabemos sobre la Tregua. Por eso decidí venir hasta acá, a estas horas de la madrugada, e informarle en persona. No creo sentir confianza suficiente de decir estas cosas en ningún otro sitio excepto la oficina de la directora de esta escuela.
Bien al tanto de todas las implicaciones, los retratos en la pared no fingen estar dormidos, como a menudo lo hacen.
—Minerva, usted tome todas las precauciones que crea pertinentes. Voy a lograr que Potter active a todos sus Aurores y ustedes tendrán toda la protección que podamos brindarles. Luego intentaré convencer a los del diario "El Profeta" que publiquen algún embuste sobre un troll escapado, o algo, para justificar la movilización de todos los Aurores. ¡Pero mantenga a los estudiantes aquí!
—Kingsley, claro, haré todo lo que pueda, pero… Bien sabe que no podremos resistirle. Si decide venir, vendrá, y sin importar lo que pongamos en su contra…
Ambos, Ministro y Directora, posan su mirada en el antiguo escritorio situado entre ellos, recordando la última vez que el residente de la Habitación Siempre Cerrada vino a Hogwarts, hace mil años. La historia secreta hace que palidezcan. Abatidos por la preocupación, finalmente toman asiento.
A propósito de nada en particular, Minerva pregunta—: Pero, ¿es que alguien perturbó su reposo? ¿Qué sucedió?
—Ignoro los detalles. Lo único que sé es que vino e invocó la Tregua hace unos veintitantos años, y se refundió en el Departamento de Misterios y su habitación. Y creíamos que era la última vez que le veríamos la jeta por otros mil años… «Y al diablo con lo que no sirve», es lo que pensamos todos.
—Pero ahora está de regreso. ¡Ay de ti, pobre mundo!… ¿Que nunca tendremos paz y tranquilidad?
—Minerva, ya tuvimos más de una década para recuperarnos desde la Segunda Guerra. Supongo que se nos terminó la buena suerte… Mire, voy a poner manos a la obra. Voy a estar al tanto de las noticias de último momento y me mantengo en contacto. ¡Usted encárgese de sus estudiantes!
—¡A la orden, señor Ministro! —McGonogall le dirige al Ministro de Magia una de sus miradas fulminantes, recordándole de esa manera que él mismo fue uno de sus estudiantes, hace mucho tiempo.
Shacklebolt muestra ambas palmas como diciendo "perdón", y luego se retira con prisa.
—¿Sabes qué? Me molestó bastante que me llamaran "mentiroso" apenas, pero es cierto: yo le mentí a Harry sobre esa habitación… Pero, ¿quién no hubiera mentido? Digo, no es como si pudiera contarle a nuestros niños que albergamos al peor monstruo en toda la historia del mundo en el mismísimo edificio del Ministerio de Magia… —El retrato de un tal Albus Dumbledore, Antiguo Director de la escuela, está recargado en el marco de su retrato, con la mano al mentón.
—Sí, muy bien, sea como sea necesito preparar todo para mantener seguros a los estudiantes. No tengo ninguna otra opción.
—Tampoco Griffindor tuvo otra opción… Había que escoger entre la Tregua o la extinción de nuestra gente —. Este otro retrato tiene cabello largo, de apariencia sebosa, y una nariz grande y aguileña, y su tono de desdén en la voz enmascara su verdadero interés por la seguridad de los estudiantes—. Así que, haz todo lo que puedas, que nadie podría demandar más de ti.
—Cierto. Gracias, Severus. Tan solo espero que Potter, Weasly y su panda de Aurores lleguen pronto, para poder concentrarme en el castillo y encargarles el perímetro. Albus, por favor dile a Hagrid que necesito verlo de inmediato. Que venga sin demora, por favor. Yo voy a despertar al resto de los maestros.
***
Pero el objeto de todas sus preocupaciones, misterioso habitante de habitaciones siempre cerradas, se encuentra en ese mismo momento volando transatlántico e hipersónico, por medios propios, sin avión alguno, en ruta a los Estados Unidos de América.
—¡Kingsley**, de seguro está equivocado!
—¡Minerva, si tan solo así fuera!, pero es cierto: apenas recibí un búho de parte del Director de los Aurores, e insiste que hubo reportes de testigos que la Habitación Siempre Cerrada está con las puertas abiertas de par en par. Claro, los Inmencionables se negaron a comentar, ¡como siempre!
Los labios de la Directora de la Escuela desaparecen en una línea delgada.
—¿Ya sabe Potter quién…, qué se escondía en esa habitación?
—No. Le han contado las mentiras de costumbre sobre "el amor" y cosas parecidas; pero, hasta donde yo sé, usted y yo somos los únicos todavía con vida que sabemos sobre la Tregua. Por eso decidí venir hasta acá, a estas horas de la madrugada, e informarle en persona. No creo sentir confianza suficiente de decir estas cosas en ningún otro sitio excepto la oficina de la directora de esta escuela.
Bien al tanto de todas las implicaciones, los retratos en la pared no fingen estar dormidos, como a menudo lo hacen.
—Minerva, usted tome todas las precauciones que crea pertinentes. Voy a lograr que Potter active a todos sus Aurores y ustedes tendrán toda la protección que podamos brindarles. Luego intentaré convencer a los del diario "El Profeta" que publiquen algún embuste sobre un troll escapado, o algo, para justificar la movilización de todos los Aurores. ¡Pero mantenga a los estudiantes aquí!
—Kingsley, claro, haré todo lo que pueda, pero… Bien sabe que no podremos resistirle. Si decide venir, vendrá, y sin importar lo que pongamos en su contra…
Ambos, Ministro y Directora, posan su mirada en el antiguo escritorio situado entre ellos, recordando la última vez que el residente de la Habitación Siempre Cerrada vino a Hogwarts, hace mil años. La historia secreta hace que palidezcan. Abatidos por la preocupación, finalmente toman asiento.
A propósito de nada en particular, Minerva pregunta—: Pero, ¿es que alguien perturbó su reposo? ¿Qué sucedió?
—Ignoro los detalles. Lo único que sé es que vino e invocó la Tregua hace unos veintitantos años, y se refundió en el Departamento de Misterios y su habitación. Y creíamos que era la última vez que le veríamos la jeta por otros mil años… «Y al diablo con lo que no sirve», es lo que pensamos todos.
—Pero ahora está de regreso. ¡Ay de ti, pobre mundo!… ¿Que nunca tendremos paz y tranquilidad?
—Minerva, ya tuvimos más de una década para recuperarnos desde la Segunda Guerra. Supongo que se nos terminó la buena suerte… Mire, voy a poner manos a la obra. Voy a estar al tanto de las noticias de último momento y me mantengo en contacto. ¡Usted encárgese de sus estudiantes!
—¡A la orden, señor Ministro! —McGonogall le dirige al Ministro de Magia una de sus miradas fulminantes, recordándole de esa manera que él mismo fue uno de sus estudiantes, hace mucho tiempo.
Shacklebolt muestra ambas palmas como diciendo "perdón", y luego se retira con prisa.
—¿Sabes qué? Me molestó bastante que me llamaran "mentiroso" apenas, pero es cierto: yo le mentí a Harry sobre esa habitación… Pero, ¿quién no hubiera mentido? Digo, no es como si pudiera contarle a nuestros niños que albergamos al peor monstruo en toda la historia del mundo en el mismísimo edificio del Ministerio de Magia… —El retrato de un tal Albus Dumbledore, Antiguo Director de la escuela, está recargado en el marco de su retrato, con la mano al mentón.
—Sí, muy bien, sea como sea necesito preparar todo para mantener seguros a los estudiantes. No tengo ninguna otra opción.
—Tampoco Griffindor tuvo otra opción… Había que escoger entre la Tregua o la extinción de nuestra gente —. Este otro retrato tiene cabello largo, de apariencia sebosa, y una nariz grande y aguileña, y su tono de desdén en la voz enmascara su verdadero interés por la seguridad de los estudiantes—. Así que, haz todo lo que puedas, que nadie podría demandar más de ti.
—Cierto. Gracias, Severus. Tan solo espero que Potter, Weasly y su panda de Aurores lleguen pronto, para poder concentrarme en el castillo y encargarles el perímetro. Albus, por favor dile a Hagrid que necesito verlo de inmediato. Que venga sin demora, por favor. Yo voy a despertar al resto de los maestros.
***
Pero el objeto de todas sus preocupaciones, misterioso habitante de habitaciones siempre cerradas, se encuentra en ese mismo momento volando transatlántico e hipersónico, por medios propios, sin avión alguno, en ruta a los Estados Unidos de América.
** Algunos personajes y escenarios están basados en la serie de "Harry Potter", de J. K. Rowling. Esta escena es también una referencia directa al epílogo de "Saciedad".
Continuará…
Finitum 1 (ES)
1. Borrón y cuenta nueva
El muchacho estaba tumbado en la tercera fila de la antiquísima Suburban, todo enfurruñado. Era un experto en eso de enfurruñarse. Con la gorrita tricotada cubriendo su pelirroja cabeza al rape y estirada casi hasta los ojos esmeralda, como quien quiere evitar cualquier mirada pasajera, y con sus orejas rellenas con audífonos "de bombón" para evitar cualquier intento de conversación, él era la mera personificación del distanciamiento hosco.
La única otra persona en la camioneta era el chofer, Shari Wingrove (nacida Sara Ruiz), que hacía lo posible por evitar caer en la trampa de ser la primera en hablar, pero siempre fallaba en eso. Al final trataba de iniciar la conversación con su hijo. Sobre todo hoy, con el viaje tan largo que tenían por delante.
—Mira, de seguro que te va a ir mejor en esta nueva escuela. Entiendo que todas esas academias militares no fueran de tu gusto. Pero esta nueva escuela, vamos… ¿Te acuerdas de que te conté sobre tu tía Marge? Ella era una loquita, en serio, ¿eh? Pero, bueno, ella también asistió a la misma escuela, y le fue muy bien, y recibió su diploma de bachillerato y todo, pues. Siento mucho que esté tan lejos de aquí y… Mmmf… No me estás oyendo siquiera, ¿verdad? Claro que no…
Tras echar un par de miradas en el espejo retrovisor para ver si cruzaban la vista aunque sea, ella abandonó todo intento de calmarle el disgusto. También era un experto en eso de ignorar a su madre.
«Va a ser un viaje muy largo…», dijo con un suspiro, y se fijó en su navegador electrónico, para cerciorarse de no tomar la intersección equivocada, de nuevo. La verdad, estaba contenta de que la ignorara en esta ocasión, porque necesitaba concentrarse en tomar todas las desviaciones correctas. Cuando por fin salieran de Texas, ella tendría que buscar la intersección con la carretera interestatal 84 en Gallup, Nuevo México, y de allí sería casi una recta hasta la interestatal 86. Luego, de nuevo a poner atención para evitar perderse, hasta que pasaran de Ketchum, Idaho. Por qué diantres La Escuela debería estar Dios sabe dónde, en Idaho, no podría decirlo a ciencia cierta. Pero en serio que deseaban recibir a Giovanni.
Habían insistido muchísimo con todas las cartas que mandaron, casi rogándole que mandara a Giovanni a su escuela de internado. Prometían becas para la matrícula, alojamiento y pensión, y hasta viáticos. Estaban tan entusiasmados en reclutar a su hijo que hasta enviaron a una viejecita muy amable a darle una presentación sobre la escuela, aún antes de que ella tuviera tiempo de contestar cualquiera de las misivas.
¿Que cómo se habían enterado de su hijo? La viejecita amable —llamada Adelaide— ardía en ganas de explicar. Se supone que un amigo del amigo de un maestro que conoció a la tía Marge, hace una pila de años, y que trabajaba en la misma academia militar donde Giovanni asistía recientemente, reconoció el potencial sin explotar de su hijo, y había mandado una carta de recomendación a La Escuela, y ellos estaban de acuerdo que simplemente tenían que conseguir que fuera a La Escuela. Simplemente… Tenían que. Contaban con todo tipo de patrocinadores para sustentar todo costo de La Escuela, Giovanni cumplía con todos los requisitos, "y de ahí pa'l real". No le hace que ni Giovanni ni Shari hayan llenado ninguna solicitud, no, que todo estaba resuelto, y lo único que faltaba era que el tutor legal firmara los documentos pertinentes. No, y tampoco le hace que ni ella ni su hijo ni siquiera conocieran a nadie que usara la frase "de ahí pa'l real".
En ese entonces, ella se siintió aliviada de que le cayera del cielo esta oferta. Apenas hacía un par de días que el director de la escuela preparatoria le había llamado por teléfono para decirle que lo sentía mucho, pero que Giovanni "no era material para la escuela", y que si "porfa podía venir a traerlo antes del fin de semana, ¿sí? Gracias, seño…" Por quinta vez consecutiva, en el mismo número de academias militares, su hijo "no era material para la escuela", lo que sea que signifique. Así que ella dijo que sí, sí a La Escuela, sí a todas las becas. Gracias, y por favor también. ¿Qué más podría haber hecho? Es decir, con todos los condenados distritos independientes de Texas que habían proscrito a Giovanni por ser "incorregible, insociable e insufrible", pues ya no había de otra.
Pero eso no era ni siquiera justo. Giovanni no era un mal chico. Bueno, claro, era un poco insociable, pero, ¿quién no era insociable a los dieciséis? Y los maestros estaban todos intimidados por su capacidad de, simplemente… pues… saber cosas. Eso de contestar preguntas de exámenes sin haber hecho ni una sola tarea, o de saber cosas sobre las asignaturas que ni los maestros conocían…, bueno, pues eso habría de ser bastante intimidante para todos aquellos burócratas.
O quizá fuera porque nada parecía salir bien cuando Giovanni estaba cerca. No es que tuviera mala suerte, en sí, sino que las cosas simplemente no salían bien en su presencia. Cuando era pequeño por supuesto que lo culpaban por destruir todos sus juguetes. Pero ya de más grande otras situaciones sucedían que eran más difíciles de explicar que un simple juguete roto. Como aquella vez que el equipo de porristas estaba…
—¡¡¡Pintas chinelas!!! —A Shari le chocaba decir palabrotas: eran muy vulgares para ella. En lugar de eso, a ella le gustaban bastante los pseudo-improperios —. Oye, ¿era Sierra Blanca el pueblo que apenas pasamos? Ah, claro, como si estuvieras prestando atención. Solo espero que no me vaya por el camino equivocado y terminemos en México… Bueno, supongo que debo dejar de fantasear y poner atención a la manejada…
Revisó su navegador electrónico, de nuevo. Bajo circunstancias normales, el viaje desde el sur de Texas hasta Idaho debería tomarse tan solo unas veinticuatro horas. Pero la condición lastimosa de su Suburban los obligaría a mimarla bastante con tal de que no se averiara a medio camino. Tendrían que hacer varias escalas para evitar fatigar de más a su nada confiable camioneta veterana. Tendrían que pasar la noche en El Paso.
Justo en ese momento se dio cuenta con cuánta maña Adelaide había evitado explicar exactamente cuál era el currículo de La Escuela. También le molestaba un poco no poder definir la razón exacta de por qué no había pensado ella primero en La Escuela. ¿Cómo pudo olvidarla, en vista de que era lo único de lo que Marge platicaba cuando eran chicas? Supuso que, desde que Marge murió durante su viaje a Inglaterra hace doce años, ella dejó muchas cosas sobre su hermana en el olvido.
Ah, bueno, pues una vez que encontrara un motel medio decente en El Paso y se bañara, volvería a revisar todos los documentos que tenía sobre La Escuela, para ver de qué se trataba todo eso…
«Pues sí: va a ser un viaje largo, largo, largo, largo…»
El muchacho estaba tumbado en la tercera fila de la antiquísima Suburban, todo enfurruñado. Era un experto en eso de enfurruñarse. Con la gorrita tricotada cubriendo su pelirroja cabeza al rape y estirada casi hasta los ojos esmeralda, como quien quiere evitar cualquier mirada pasajera, y con sus orejas rellenas con audífonos "de bombón" para evitar cualquier intento de conversación, él era la mera personificación del distanciamiento hosco.
La única otra persona en la camioneta era el chofer, Shari Wingrove (nacida Sara Ruiz), que hacía lo posible por evitar caer en la trampa de ser la primera en hablar, pero siempre fallaba en eso. Al final trataba de iniciar la conversación con su hijo. Sobre todo hoy, con el viaje tan largo que tenían por delante.
—Mira, de seguro que te va a ir mejor en esta nueva escuela. Entiendo que todas esas academias militares no fueran de tu gusto. Pero esta nueva escuela, vamos… ¿Te acuerdas de que te conté sobre tu tía Marge? Ella era una loquita, en serio, ¿eh? Pero, bueno, ella también asistió a la misma escuela, y le fue muy bien, y recibió su diploma de bachillerato y todo, pues. Siento mucho que esté tan lejos de aquí y… Mmmf… No me estás oyendo siquiera, ¿verdad? Claro que no…
Tras echar un par de miradas en el espejo retrovisor para ver si cruzaban la vista aunque sea, ella abandonó todo intento de calmarle el disgusto. También era un experto en eso de ignorar a su madre.
«Va a ser un viaje muy largo…», dijo con un suspiro, y se fijó en su navegador electrónico, para cerciorarse de no tomar la intersección equivocada, de nuevo. La verdad, estaba contenta de que la ignorara en esta ocasión, porque necesitaba concentrarse en tomar todas las desviaciones correctas. Cuando por fin salieran de Texas, ella tendría que buscar la intersección con la carretera interestatal 84 en Gallup, Nuevo México, y de allí sería casi una recta hasta la interestatal 86. Luego, de nuevo a poner atención para evitar perderse, hasta que pasaran de Ketchum, Idaho. Por qué diantres La Escuela debería estar Dios sabe dónde, en Idaho, no podría decirlo a ciencia cierta. Pero en serio que deseaban recibir a Giovanni.
Habían insistido muchísimo con todas las cartas que mandaron, casi rogándole que mandara a Giovanni a su escuela de internado. Prometían becas para la matrícula, alojamiento y pensión, y hasta viáticos. Estaban tan entusiasmados en reclutar a su hijo que hasta enviaron a una viejecita muy amable a darle una presentación sobre la escuela, aún antes de que ella tuviera tiempo de contestar cualquiera de las misivas.
¿Que cómo se habían enterado de su hijo? La viejecita amable —llamada Adelaide— ardía en ganas de explicar. Se supone que un amigo del amigo de un maestro que conoció a la tía Marge, hace una pila de años, y que trabajaba en la misma academia militar donde Giovanni asistía recientemente, reconoció el potencial sin explotar de su hijo, y había mandado una carta de recomendación a La Escuela, y ellos estaban de acuerdo que simplemente tenían que conseguir que fuera a La Escuela. Simplemente… Tenían que. Contaban con todo tipo de patrocinadores para sustentar todo costo de La Escuela, Giovanni cumplía con todos los requisitos, "y de ahí pa'l real". No le hace que ni Giovanni ni Shari hayan llenado ninguna solicitud, no, que todo estaba resuelto, y lo único que faltaba era que el tutor legal firmara los documentos pertinentes. No, y tampoco le hace que ni ella ni su hijo ni siquiera conocieran a nadie que usara la frase "de ahí pa'l real".
En ese entonces, ella se siintió aliviada de que le cayera del cielo esta oferta. Apenas hacía un par de días que el director de la escuela preparatoria le había llamado por teléfono para decirle que lo sentía mucho, pero que Giovanni "no era material para la escuela", y que si "porfa podía venir a traerlo antes del fin de semana, ¿sí? Gracias, seño…" Por quinta vez consecutiva, en el mismo número de academias militares, su hijo "no era material para la escuela", lo que sea que signifique. Así que ella dijo que sí, sí a La Escuela, sí a todas las becas. Gracias, y por favor también. ¿Qué más podría haber hecho? Es decir, con todos los condenados distritos independientes de Texas que habían proscrito a Giovanni por ser "incorregible, insociable e insufrible", pues ya no había de otra.
Pero eso no era ni siquiera justo. Giovanni no era un mal chico. Bueno, claro, era un poco insociable, pero, ¿quién no era insociable a los dieciséis? Y los maestros estaban todos intimidados por su capacidad de, simplemente… pues… saber cosas. Eso de contestar preguntas de exámenes sin haber hecho ni una sola tarea, o de saber cosas sobre las asignaturas que ni los maestros conocían…, bueno, pues eso habría de ser bastante intimidante para todos aquellos burócratas.
O quizá fuera porque nada parecía salir bien cuando Giovanni estaba cerca. No es que tuviera mala suerte, en sí, sino que las cosas simplemente no salían bien en su presencia. Cuando era pequeño por supuesto que lo culpaban por destruir todos sus juguetes. Pero ya de más grande otras situaciones sucedían que eran más difíciles de explicar que un simple juguete roto. Como aquella vez que el equipo de porristas estaba…
—¡¡¡Pintas chinelas!!! —A Shari le chocaba decir palabrotas: eran muy vulgares para ella. En lugar de eso, a ella le gustaban bastante los pseudo-improperios —. Oye, ¿era Sierra Blanca el pueblo que apenas pasamos? Ah, claro, como si estuvieras prestando atención. Solo espero que no me vaya por el camino equivocado y terminemos en México… Bueno, supongo que debo dejar de fantasear y poner atención a la manejada…
Revisó su navegador electrónico, de nuevo. Bajo circunstancias normales, el viaje desde el sur de Texas hasta Idaho debería tomarse tan solo unas veinticuatro horas. Pero la condición lastimosa de su Suburban los obligaría a mimarla bastante con tal de que no se averiara a medio camino. Tendrían que hacer varias escalas para evitar fatigar de más a su nada confiable camioneta veterana. Tendrían que pasar la noche en El Paso.
Justo en ese momento se dio cuenta con cuánta maña Adelaide había evitado explicar exactamente cuál era el currículo de La Escuela. También le molestaba un poco no poder definir la razón exacta de por qué no había pensado ella primero en La Escuela. ¿Cómo pudo olvidarla, en vista de que era lo único de lo que Marge platicaba cuando eran chicas? Supuso que, desde que Marge murió durante su viaje a Inglaterra hace doce años, ella dejó muchas cosas sobre su hermana en el olvido.
Ah, bueno, pues una vez que encontrara un motel medio decente en El Paso y se bañara, volvería a revisar todos los documentos que tenía sobre La Escuela, para ver de qué se trataba todo eso…
«Pues sí: va a ser un viaje largo, largo, largo, largo…»
Continuará…
Finitum 2 (ES)
2. Ruralización obligada
Giovanni estaba de pie, pálido y lánguido, masajeándose con las manos el trasero entumido, y con una expresión desdeñosa en su cara al posar su mirada en La Escuela por vez primera.
—Ay. Dios. ¡Mío! Pero no mamen… ¡¡Ay!! ¡Ya, 'tá bueno, perdón! Carambas…
Shari apenas le había dado una cachetada en la nuca. Pero fuerte. A ella le chocaba decir palabrotas, y odiaba que su hijo las dijera.
Shari era una extraña mezcla de una matrona muy propia, estricta, disciplinada, de esas del siglo XIX, con una mamá hippy, demasiado emotiva, de la Nueva Era de la década de los setenta. Giovanni se crió en una rarísima clase de pedocracia tiránica, donde había toda oportunidad para expresarse a sí mismo y tomar decisiones propias, excepto cuando mamá se decidía por algo. Entonces no cabía argumento alguno. Lloriquear, lagrimear, hacer berrinches, argumentar de manera sensible y razonada, nada de eso funcionaba ya, aunque Giovanni siempre lo intentaba, vehemente. Hubo nalgadas cuando era chico, pero no muchas, ni tan frecuentes como cualquier otro niño "difícil" como Giovanni hubiera recibido en cualquier otro hogar; pero también hubo muchas caricias, abrazos, besos, cosquillas y muchas horas de jugar y corretear cuando mamá estaba presente. Shari era mamá soltera, y se la pasaba con trabajos de horarios raros, pero siempre tenía un momento para jugar con Giovanni, sin importar la hora del día que fuera, y sin importar cuánto llevaba desvelada. Siempre apartaba tiempo para su bebé. Tal vez Giovanni entendía y apreciaba la situación, porque intentaba muy encarecidamente no contrariar a su mamá de manera directa. Claro, tenía problemas para exteriorizar su afecto por ella, pero no lo hacía a propósito. Solo estaba "adolesciendo", como Shari se refería a ello.
Ahora bien, Shari tenía que admitirlo: la reacción de Giovanni muy bien podría haber sido completamente apropiada.
—Órale… —fue lo único que se le ocurrió decir.
Al principio Shari hubiera creído que era una especie de chiste el que La Escuela tuviera como única dirección "en las afueras de Ketchum, Idaho". Cuando al fin llegaron allá, Shari se preguntaba si su antigua Suburban simplemente no terminaría tosiendo tuercas y engranes y se desbarataría en pedazos después. Tuvo que subir con máquina forzada los mil ochocientos metros de altura de las montañas hasta el valle de Wood River, donde se ubicaba Ketchum a un lado de Sun Valley. Y aparte de todo, el viaje que debería durar tan solo veinticuatro horas ya llegaba al final de su cuarto día.
Sin embargo el panorama era majestuoso, con el valle acurrucado entre montañas gigantes erizadas de bosques y recortando un gran retazo azur entre todas las nubes invasoras. Los árboles parecían extenderse para siempre, en todas direcciones, y Ketchum parecía una especie de pelusa sucia entre esa alfombra verde vivo… Por amor del cielo, ¿dónde cuernos estaba La Escuela "en las afueras"?
Después de preguntar en varias gasolineras y tiendas de camino a Ketchum sobre "La Escuela", y de obtener como única respuesta expresiones en blanco, al final se orilló disgustada en una gasolinera justo a la entrada del pueblo de Ketchum, y mientras Giovanni llenaba el tanque de gasolina, ella hojeó todos los folletos de La Escuela, cada segundo más y más molesta en lo que buscaba indicaciones, o un mapa, o algo, sin hallarlo. Por supuesto, el último folleto que revisó era el que tenía las indicaciones precisas y detalladas de cómo llegar hasta La Escuela "en las afueras de Ketchum".
«Qué raro», pensó, «hubiera jurado que no tenía este folleto al principio… Bueno, como sea. Más vale que me apure, que quién sabe qué tan temprano anochece por estos lares…»
Así que se puso a manejar folleto en mano. Pronto empezó a distraerse con cosillas raras que le sucedían a su lista de indicaciones. Por ejemplo, después de un par de vueltas, encontró esto impreso:
«Busca una tienda "Piggly-Wiggly". Si te encuentras a una cuadra de allí, entonces ya te pasaste: deberías dar vuelta en "U" y retroceder dos calles hasta donde está el taxidermista, y darte vuelta a la izquierda. No, tu otra izquierda». Shari hubiera podido jurar que esa última oración no estaba allí la primera vez que había ojeado las indicaciones.
Pero ella perseveró, y después de otro par de vueltas se encontró manejando en una carretera de un solo sentido que parecía retorcerse dolorosamente por las faldas de la montaña. Muy pronto ya no había más casas, y los venados volteaban para mirar a la Suburban con su típico asombro estúpido al pastar a un lado de la carretera. Shari creía que ya se había pasado, así que se detuvo a revisar sus indicaciones. Claro, estas decían:
«Si piensas que ya te pasaste, pues todavía no: te faltan 2,89 kilómetros. Pon tu odómetro de viaje en cero ahora mismo, y dentro de 2,89 kilómetros hay una verja oxidada al lado derecho de la carretera. Sí, ese es el lado derecho».
Ella estaba tan aturdida con el viaje que hizo sin rechistar lo que sea que indicara el folleto. Y, cómo no, a 2,89 kilómetros llegaron a la verja que tenía un letrero oxidado: "La Escuela". Shari bajó a Giovanni para que abriera y cerrara la verja, y leyó el siguiente grupo de indicaciones:
«Parece que no hay ningún camino allí, pero en serio que allí está, no te preocupes: el camino está donde no crecen los árboles. Síguelo, y si no te detienes luego-luego al final del camino vas a acabar estacionada en el pasillo de la entrada. ¡Pon atención!»
Ella manejó con cuidado por varios minutos, siguiendo el caminito que marcaba la falta de árboles y, tras un recodo a la bajada de una colina, La Escuela surgió de repente frente a ellos. Shari se vio obligada a frenar de golpe; la Suburban gimió como si tuviera dolor de panza, y toda la basura de comida chatarra que inundaba el interior de la cabina rodó hasta enfrente. La Escuela estaba al final del camino, de manera literal. El camino terminaba en la mera puerta de entrada, y más allá del edificio mismo se notaba el barranco más empinado que jamás se hubiera visto afuera de las páginas de un "National Geographic".
Shari y Giovanni se salieron de la Suburban y parados lado a lado posaron su vista en un tipo de cabaña para esquiadores, de piedra y troncos, que parecía diseñada por Frank Lloyd Wright al tiempo que se fumaba una cubeta de diez litros llena de cocaína crack y satisfacía su fetiche por cabañas de troncos. La base de piedra de la cabaña parecía ser de dos cuadras de ciudad de largo, pero de un ancho normal. Y todos los troncos en la sección superior estaban apilados uno encima del otro, como si alguien hubiera apachurrado varias cabañas en ángulos raros. Desde donde ellos estaban parados, podían ver por lo menos trece techos empinados, nueve chimeneas de piedra, cinco pararrayos, y todos los techos tenían una veleta con figuras fantásticas como tema.
—¡Órale! —repitió Shari.
—¡En serio que no mamen! —dijo Giovanni, y esta vez nadie le dio un sopapo en la nuca.
Giovanni estaba de pie, pálido y lánguido, masajeándose con las manos el trasero entumido, y con una expresión desdeñosa en su cara al posar su mirada en La Escuela por vez primera.
—Ay. Dios. ¡Mío! Pero no mamen… ¡¡Ay!! ¡Ya, 'tá bueno, perdón! Carambas…
Shari apenas le había dado una cachetada en la nuca. Pero fuerte. A ella le chocaba decir palabrotas, y odiaba que su hijo las dijera.
Shari era una extraña mezcla de una matrona muy propia, estricta, disciplinada, de esas del siglo XIX, con una mamá hippy, demasiado emotiva, de la Nueva Era de la década de los setenta. Giovanni se crió en una rarísima clase de pedocracia tiránica, donde había toda oportunidad para expresarse a sí mismo y tomar decisiones propias, excepto cuando mamá se decidía por algo. Entonces no cabía argumento alguno. Lloriquear, lagrimear, hacer berrinches, argumentar de manera sensible y razonada, nada de eso funcionaba ya, aunque Giovanni siempre lo intentaba, vehemente. Hubo nalgadas cuando era chico, pero no muchas, ni tan frecuentes como cualquier otro niño "difícil" como Giovanni hubiera recibido en cualquier otro hogar; pero también hubo muchas caricias, abrazos, besos, cosquillas y muchas horas de jugar y corretear cuando mamá estaba presente. Shari era mamá soltera, y se la pasaba con trabajos de horarios raros, pero siempre tenía un momento para jugar con Giovanni, sin importar la hora del día que fuera, y sin importar cuánto llevaba desvelada. Siempre apartaba tiempo para su bebé. Tal vez Giovanni entendía y apreciaba la situación, porque intentaba muy encarecidamente no contrariar a su mamá de manera directa. Claro, tenía problemas para exteriorizar su afecto por ella, pero no lo hacía a propósito. Solo estaba "adolesciendo", como Shari se refería a ello.
Ahora bien, Shari tenía que admitirlo: la reacción de Giovanni muy bien podría haber sido completamente apropiada.
—Órale… —fue lo único que se le ocurrió decir.
Al principio Shari hubiera creído que era una especie de chiste el que La Escuela tuviera como única dirección "en las afueras de Ketchum, Idaho". Cuando al fin llegaron allá, Shari se preguntaba si su antigua Suburban simplemente no terminaría tosiendo tuercas y engranes y se desbarataría en pedazos después. Tuvo que subir con máquina forzada los mil ochocientos metros de altura de las montañas hasta el valle de Wood River, donde se ubicaba Ketchum a un lado de Sun Valley. Y aparte de todo, el viaje que debería durar tan solo veinticuatro horas ya llegaba al final de su cuarto día.
Sin embargo el panorama era majestuoso, con el valle acurrucado entre montañas gigantes erizadas de bosques y recortando un gran retazo azur entre todas las nubes invasoras. Los árboles parecían extenderse para siempre, en todas direcciones, y Ketchum parecía una especie de pelusa sucia entre esa alfombra verde vivo… Por amor del cielo, ¿dónde cuernos estaba La Escuela "en las afueras"?
Después de preguntar en varias gasolineras y tiendas de camino a Ketchum sobre "La Escuela", y de obtener como única respuesta expresiones en blanco, al final se orilló disgustada en una gasolinera justo a la entrada del pueblo de Ketchum, y mientras Giovanni llenaba el tanque de gasolina, ella hojeó todos los folletos de La Escuela, cada segundo más y más molesta en lo que buscaba indicaciones, o un mapa, o algo, sin hallarlo. Por supuesto, el último folleto que revisó era el que tenía las indicaciones precisas y detalladas de cómo llegar hasta La Escuela "en las afueras de Ketchum".
«Qué raro», pensó, «hubiera jurado que no tenía este folleto al principio… Bueno, como sea. Más vale que me apure, que quién sabe qué tan temprano anochece por estos lares…»
Así que se puso a manejar folleto en mano. Pronto empezó a distraerse con cosillas raras que le sucedían a su lista de indicaciones. Por ejemplo, después de un par de vueltas, encontró esto impreso:
«Busca una tienda "Piggly-Wiggly". Si te encuentras a una cuadra de allí, entonces ya te pasaste: deberías dar vuelta en "U" y retroceder dos calles hasta donde está el taxidermista, y darte vuelta a la izquierda. No, tu otra izquierda». Shari hubiera podido jurar que esa última oración no estaba allí la primera vez que había ojeado las indicaciones.
Pero ella perseveró, y después de otro par de vueltas se encontró manejando en una carretera de un solo sentido que parecía retorcerse dolorosamente por las faldas de la montaña. Muy pronto ya no había más casas, y los venados volteaban para mirar a la Suburban con su típico asombro estúpido al pastar a un lado de la carretera. Shari creía que ya se había pasado, así que se detuvo a revisar sus indicaciones. Claro, estas decían:
«Si piensas que ya te pasaste, pues todavía no: te faltan 2,89 kilómetros. Pon tu odómetro de viaje en cero ahora mismo, y dentro de 2,89 kilómetros hay una verja oxidada al lado derecho de la carretera. Sí, ese es el lado derecho».
Ella estaba tan aturdida con el viaje que hizo sin rechistar lo que sea que indicara el folleto. Y, cómo no, a 2,89 kilómetros llegaron a la verja que tenía un letrero oxidado: "La Escuela". Shari bajó a Giovanni para que abriera y cerrara la verja, y leyó el siguiente grupo de indicaciones:
«Parece que no hay ningún camino allí, pero en serio que allí está, no te preocupes: el camino está donde no crecen los árboles. Síguelo, y si no te detienes luego-luego al final del camino vas a acabar estacionada en el pasillo de la entrada. ¡Pon atención!»
Ella manejó con cuidado por varios minutos, siguiendo el caminito que marcaba la falta de árboles y, tras un recodo a la bajada de una colina, La Escuela surgió de repente frente a ellos. Shari se vio obligada a frenar de golpe; la Suburban gimió como si tuviera dolor de panza, y toda la basura de comida chatarra que inundaba el interior de la cabina rodó hasta enfrente. La Escuela estaba al final del camino, de manera literal. El camino terminaba en la mera puerta de entrada, y más allá del edificio mismo se notaba el barranco más empinado que jamás se hubiera visto afuera de las páginas de un "National Geographic".
Shari y Giovanni se salieron de la Suburban y parados lado a lado posaron su vista en un tipo de cabaña para esquiadores, de piedra y troncos, que parecía diseñada por Frank Lloyd Wright al tiempo que se fumaba una cubeta de diez litros llena de cocaína crack y satisfacía su fetiche por cabañas de troncos. La base de piedra de la cabaña parecía ser de dos cuadras de ciudad de largo, pero de un ancho normal. Y todos los troncos en la sección superior estaban apilados uno encima del otro, como si alguien hubiera apachurrado varias cabañas en ángulos raros. Desde donde ellos estaban parados, podían ver por lo menos trece techos empinados, nueve chimeneas de piedra, cinco pararrayos, y todos los techos tenían una veleta con figuras fantásticas como tema.
—¡Órale! —repitió Shari.
—¡En serio que no mamen! —dijo Giovanni, y esta vez nadie le dio un sopapo en la nuca.
Continuará…
Finitum 3 (ES)
3. Llegadas
Antes de que Shari y Giovanni pudieran recuperarse de la estupefacción, varias cosas sucedieron al mismo tiempo. La Suburban estacionada atrás de ellos dio un tosido mezclado con chirrido y eructó una nubecilla azul negra desde la parrilla. Un viejo chaparro vestido con un mono grasiento trotó hacia ellos desde el otro lado de la cabaña. Un leñador impresionantemente alto y fornido, cargando una enorme hacha al hombro y vestido de pies a cabeza en franela emergió del bosque a sus espaldas. La puerta de entrada del caprichoso edificio de troncos enfrente de ellos se abrió y tres señoras matronales y ancianas se apuraron a salir a saludarles con sonrisas en las caras y las manos hechas nudos sobre sus pechos. Una pequeña ventana arriba se abrió y una carita delicada enmarcada con largo cabello obscuro se asomó por uno o dos segundos. Y, sin que nadie más lo notara, un par de ojos feroces los miraron con ansias desde una de las ventanas del sótano por algunos momentos antes de desaparecer de nuevo entre las sombras.
Enseguida hubo una ronda de bienvenida, con Shari y Giovanni abrumados bajo abrazos, apretones de manos y muchas palmadas al hombro por parte de todos los presentes. Y así de repentino como comenzó todo, se terminó: el leñador se metió a la casa, las tres ancianas sacaron todas las pertenencias de Giovanni de la Suburban y se retiraron de nuevo a la cabaña y el chaparro en su mono grasiento abrió el capó y practicamente desapareció dentro del compartimento del motor, mascullando enojado en voz baja. En cuestión de momentos, Shari y Giovanni de nuevo estaban solos frente a la cabaña. Excepto por el viejito, que todavía estaba maldiciendo en voz baja por la condición en la que se encontraban las cosas adentro de la Suburban. Con un resoplido de disgusto, les echó una mirada y farfulló:
—Hay algunos tíos que no saben encargarse bien de sus cachivaches, supongo… ¡Voy por mis herramientas! —y corrió hacia un lado de la cabaña.
Justo entonces las tres señoras matronales salieron de nuevo y Shari por fin pudo reconocer a una de ellas como la anciana Adelaide, que les hacía señas para que fueran hacia la entrada.
—¡Estamos taaaaan, pero tan contentos de que llegaran por fin! —dijo, y daba palmaditas nerviosas sobre sus hombros—. ¡Entren, entren! ¿Tienen hambre? ¿Gustan una taza de té? ¡Usted se ve en serio exhausta, déjeme enseñarle sus habitaciones, señora! ¿Nos pudieron encontrar fácil, Shari? ¡Vaya, vaya, pero qué apuesto eres! ¡Claro, tu mamá es tan bonita! Tu foto no te hace justicia… Bueno, a ninguno de los dos. ¡Déjenme mostrarles la sala de estar!
La vieja Adelaide no les permitía decir ni pío, así que los dos dejaron de intentarlo después de un par de veces. En la sala de estar, las otras dos viejitas los esperaban, apenas conteniendo su entusiasmo.
—Muy bien, déjenme presentarlas: ella es Ágatha —Adelaide apuntó a una viejita con gafas culobotella—, y la otra es Tábitha…— Ahora apuntaba a la viejita con el peinado como panal de abejas.
—¡Y tú eres la "ruquita"! —Ágatha y Tábitha chillaron al mismo tiempo y las tres se desvanecieron en risotadas como si fueran colegialas.
La mueca de Giovanni era indicación clara de que estaba apunto de decir algo muy rudo, así que Shari le dio un codazo en las costillas junto con una mirada de advertencia. Él solo torció los ojos, pero no dijo nada, todavía.
—¡Ay, perdón! Pero siempre decimos nuestro chistorete… —Adelaide se limpió una lagrimita y las otras dos continuaban riéndose levemente. Ella le hizo señas a Shari y a Giovanni para que la acompañaran a través de otro pasillo—. Vengan conmigo. De seguro están hambrientos después de un viaje tan largo. Déjenme llevarlos a las cocinas para que los pongan como Dios manda. Luego los vamos a instalar para que ya se retiren a descansar, porque por acá nosotros madrugamos bastante.
Así que mientras que Giovanni tragaba una pequeña pila de hot-dogs y papas a la francesa Shari hizo todas las preguntas de adultos sobre cuáles clases le habían programado, y que si había que comprar útiles escolares de último momento, o que si había que programar juntas con los maestros, y otras cosas por el estilo. Pero Adelaide seguía negando todo, aleteando una mano, como si nada de eso importara.
—Mire, Shari, estamos conscientes de que fue un viaje larguísimo, desde el sur de Texas, así que ha de estar de plano molida. ¿Por qué no hablamos de todo esto mañana, después de una buena noche de sueño? Esta noche se quedará en uno de los cuartos de huéspedes. Tiene su propio baño, así que debería estar bastante cómoda. Nosotros nos encargamos de instalar al señorcito Giovanni, y lo dejamos listo para la mañana. El señor Wozniak, el caballero con el hacha, ¿sí lo vieron? Bueno, pues él estará a cargo de la orientación de Giovanni porque es el líder de ese grupo y… Oh, miren: hablando del rey de Roma…
Si el señor Wozniak les había parecido alto y grandote afuera en el bosque, el espacio encerrado adentro de la cabaña lo hacía parecer apenas un poco menos masivo que un oso pardo. E igual de peludo. Llegó y posó sobre el hombro de Giovanni una de sus garras gigantes, lo cual hizo que el chico escorara de lado en el banco donde estaba sentado. Pero cuando pronunció la primera palabra, una voz curiosa —por lo alta y delicada— emergió de su boca parecida a una cueva, forzando a Shari y Giovanni a escuchar boquiabiertos.
—Vaya, vaya, vaya, ¡al fin llegaron! ¡Bienvenidos! ¿Ya acabaste tu pequeño bocadillo? ¿Tienes hambre todavía? ¿No? ¡Bueno! Despídete de tu mamá, porque mañana al amanecer comienzas aquí en La Escuela, y no verás a tu mamis hasta las vacaciones de Navidad. Adelaide y yo vamos a retirarnos al pasillo y esperar, para darles un poco de privacidad.
Wozniak y Adelaide se retiraron al pasillo, donde de inmediato se enfrascaron en una intensa conversación a cuchicheos.
Shari y Giovanni, veteranos de muchas escuelas de internado, montaron su rutina de despedida, que ya tenían bien ensayada.
—Tienes mi número de móvil, así que me llamas si necesitas cualquier cosa —dijo Shari, sabiendo muy bien que Giovanni nunca llamaría.
—'Tá bueno, 'amá. Adiós, entonces… —Giovanni intentó apartarse, como siempre, tratando de evitar que su mamá se pusiera toda efusiva y empalagosa con él. Y, como siempre, no logró hacerlo a tiempo… Shari lo jaló de regreso y lo llenó de abrazos y besos, y le apachurró las mejillas con las manos. Giovanni pretendió sentirse avergonzado por la muestra de afecto, como siempre…
—Te mandaré dinero, para que puedas comprar cosas que necesites, ¿está bien?
—No, así está bien, 'amá, no te preocupes por eso, ¿sale? Dijeron que todos los gastos estaban pagados, ¿verdad? Así que no te preocupes, ¿eh? —Giovanni no quería que su mamá se fuera a conseguir otro trabajo de medio tiempo aparte de todos los otros que ya tenía.
—Bueno, te me portas bien, ¿me oyes?
Con el ritual completado, Giovanni hizo adiós con la mano de manera desganada y se dirigió hacia el pasillo susurrante, donde sus nuevos maestros lo esperaban.
—Bueh, al menos no pueden ser peores que los últimos cinco sargentos instructores… —pensó Giovanni.
Y estaba en lo cierto. Y estaba equivocado también.
Antes de que Shari y Giovanni pudieran recuperarse de la estupefacción, varias cosas sucedieron al mismo tiempo. La Suburban estacionada atrás de ellos dio un tosido mezclado con chirrido y eructó una nubecilla azul negra desde la parrilla. Un viejo chaparro vestido con un mono grasiento trotó hacia ellos desde el otro lado de la cabaña. Un leñador impresionantemente alto y fornido, cargando una enorme hacha al hombro y vestido de pies a cabeza en franela emergió del bosque a sus espaldas. La puerta de entrada del caprichoso edificio de troncos enfrente de ellos se abrió y tres señoras matronales y ancianas se apuraron a salir a saludarles con sonrisas en las caras y las manos hechas nudos sobre sus pechos. Una pequeña ventana arriba se abrió y una carita delicada enmarcada con largo cabello obscuro se asomó por uno o dos segundos. Y, sin que nadie más lo notara, un par de ojos feroces los miraron con ansias desde una de las ventanas del sótano por algunos momentos antes de desaparecer de nuevo entre las sombras.
Enseguida hubo una ronda de bienvenida, con Shari y Giovanni abrumados bajo abrazos, apretones de manos y muchas palmadas al hombro por parte de todos los presentes. Y así de repentino como comenzó todo, se terminó: el leñador se metió a la casa, las tres ancianas sacaron todas las pertenencias de Giovanni de la Suburban y se retiraron de nuevo a la cabaña y el chaparro en su mono grasiento abrió el capó y practicamente desapareció dentro del compartimento del motor, mascullando enojado en voz baja. En cuestión de momentos, Shari y Giovanni de nuevo estaban solos frente a la cabaña. Excepto por el viejito, que todavía estaba maldiciendo en voz baja por la condición en la que se encontraban las cosas adentro de la Suburban. Con un resoplido de disgusto, les echó una mirada y farfulló:
—Hay algunos tíos que no saben encargarse bien de sus cachivaches, supongo… ¡Voy por mis herramientas! —y corrió hacia un lado de la cabaña.
Justo entonces las tres señoras matronales salieron de nuevo y Shari por fin pudo reconocer a una de ellas como la anciana Adelaide, que les hacía señas para que fueran hacia la entrada.
—¡Estamos taaaaan, pero tan contentos de que llegaran por fin! —dijo, y daba palmaditas nerviosas sobre sus hombros—. ¡Entren, entren! ¿Tienen hambre? ¿Gustan una taza de té? ¡Usted se ve en serio exhausta, déjeme enseñarle sus habitaciones, señora! ¿Nos pudieron encontrar fácil, Shari? ¡Vaya, vaya, pero qué apuesto eres! ¡Claro, tu mamá es tan bonita! Tu foto no te hace justicia… Bueno, a ninguno de los dos. ¡Déjenme mostrarles la sala de estar!
La vieja Adelaide no les permitía decir ni pío, así que los dos dejaron de intentarlo después de un par de veces. En la sala de estar, las otras dos viejitas los esperaban, apenas conteniendo su entusiasmo.
—Muy bien, déjenme presentarlas: ella es Ágatha —Adelaide apuntó a una viejita con gafas culobotella—, y la otra es Tábitha…— Ahora apuntaba a la viejita con el peinado como panal de abejas.
—¡Y tú eres la "ruquita"! —Ágatha y Tábitha chillaron al mismo tiempo y las tres se desvanecieron en risotadas como si fueran colegialas.
La mueca de Giovanni era indicación clara de que estaba apunto de decir algo muy rudo, así que Shari le dio un codazo en las costillas junto con una mirada de advertencia. Él solo torció los ojos, pero no dijo nada, todavía.
—¡Ay, perdón! Pero siempre decimos nuestro chistorete… —Adelaide se limpió una lagrimita y las otras dos continuaban riéndose levemente. Ella le hizo señas a Shari y a Giovanni para que la acompañaran a través de otro pasillo—. Vengan conmigo. De seguro están hambrientos después de un viaje tan largo. Déjenme llevarlos a las cocinas para que los pongan como Dios manda. Luego los vamos a instalar para que ya se retiren a descansar, porque por acá nosotros madrugamos bastante.
Así que mientras que Giovanni tragaba una pequeña pila de hot-dogs y papas a la francesa Shari hizo todas las preguntas de adultos sobre cuáles clases le habían programado, y que si había que comprar útiles escolares de último momento, o que si había que programar juntas con los maestros, y otras cosas por el estilo. Pero Adelaide seguía negando todo, aleteando una mano, como si nada de eso importara.
—Mire, Shari, estamos conscientes de que fue un viaje larguísimo, desde el sur de Texas, así que ha de estar de plano molida. ¿Por qué no hablamos de todo esto mañana, después de una buena noche de sueño? Esta noche se quedará en uno de los cuartos de huéspedes. Tiene su propio baño, así que debería estar bastante cómoda. Nosotros nos encargamos de instalar al señorcito Giovanni, y lo dejamos listo para la mañana. El señor Wozniak, el caballero con el hacha, ¿sí lo vieron? Bueno, pues él estará a cargo de la orientación de Giovanni porque es el líder de ese grupo y… Oh, miren: hablando del rey de Roma…
Si el señor Wozniak les había parecido alto y grandote afuera en el bosque, el espacio encerrado adentro de la cabaña lo hacía parecer apenas un poco menos masivo que un oso pardo. E igual de peludo. Llegó y posó sobre el hombro de Giovanni una de sus garras gigantes, lo cual hizo que el chico escorara de lado en el banco donde estaba sentado. Pero cuando pronunció la primera palabra, una voz curiosa —por lo alta y delicada— emergió de su boca parecida a una cueva, forzando a Shari y Giovanni a escuchar boquiabiertos.
—Vaya, vaya, vaya, ¡al fin llegaron! ¡Bienvenidos! ¿Ya acabaste tu pequeño bocadillo? ¿Tienes hambre todavía? ¿No? ¡Bueno! Despídete de tu mamá, porque mañana al amanecer comienzas aquí en La Escuela, y no verás a tu mamis hasta las vacaciones de Navidad. Adelaide y yo vamos a retirarnos al pasillo y esperar, para darles un poco de privacidad.
Wozniak y Adelaide se retiraron al pasillo, donde de inmediato se enfrascaron en una intensa conversación a cuchicheos.
Shari y Giovanni, veteranos de muchas escuelas de internado, montaron su rutina de despedida, que ya tenían bien ensayada.
—Tienes mi número de móvil, así que me llamas si necesitas cualquier cosa —dijo Shari, sabiendo muy bien que Giovanni nunca llamaría.
—'Tá bueno, 'amá. Adiós, entonces… —Giovanni intentó apartarse, como siempre, tratando de evitar que su mamá se pusiera toda efusiva y empalagosa con él. Y, como siempre, no logró hacerlo a tiempo… Shari lo jaló de regreso y lo llenó de abrazos y besos, y le apachurró las mejillas con las manos. Giovanni pretendió sentirse avergonzado por la muestra de afecto, como siempre…
—Te mandaré dinero, para que puedas comprar cosas que necesites, ¿está bien?
—No, así está bien, 'amá, no te preocupes por eso, ¿sale? Dijeron que todos los gastos estaban pagados, ¿verdad? Así que no te preocupes, ¿eh? —Giovanni no quería que su mamá se fuera a conseguir otro trabajo de medio tiempo aparte de todos los otros que ya tenía.
—Bueno, te me portas bien, ¿me oyes?
Con el ritual completado, Giovanni hizo adiós con la mano de manera desganada y se dirigió hacia el pasillo susurrante, donde sus nuevos maestros lo esperaban.
—Bueh, al menos no pueden ser peores que los últimos cinco sargentos instructores… —pensó Giovanni.
Y estaba en lo cierto. Y estaba equivocado también.
Continuará…
Finitum 4 (ES)
4. Pescadín fresco
En lo que Adelaide acomodaba a Shari en alguna de las habitaciones para huéspedes, el señor Wozniak guió a Giovanni en un tour rápido de la cabaña. Los pasillos vagaban al azar, en apariencia, y a distintos niveles. Por ejemplo, había una pequeña escalera de cuatro escalones a medio pasillo y luego todas las habitaciones al final del pasillo terminaban medio metro más arriba. Y en algunos otros había escalones de subida y luego de bajada, sin motivo aparente. Algunos corredores tenían cinco puertas una al lado de la otra de un lado, pero ninguna del otro lado. Y había uno que no conducía a ningún lado, sin puertas, con las paredes en blanco. Mientras iban caminando, Wozniak apuntaba a las puertas diciendo cosas como: «closet, sala de estudio, closet, biblioteca, mi oficina, dormitorio, closet, closet, closet, aula, closet, dormitorio…» Pero cuando Giovanni preguntó si era cierto que la mayoría eran closets, el señor Wozniak le dio una contestación bastante rara.
—Bueno, por lo general son closets, pero nunca se sabe a ciencia cierta…
Después de caminar en línea recta, en apariencia, sin doblar dos veces consecutivas en la misma dirección, Giovanni se sorprendió de hallarse de nuevo en la cocina, pero ahora entrando por una puerta distinta.
—Okay —dijo el Sr. Wozniak—. Este es apenas el primer piso, pero es donde vas a pasar la mayor parte del tiempo. Déjame que te enseñe dónde está tu cardumen y… ¿Dime? ¿Pregunta?
—Ehh, dijo que era nomás el primer piso… ¿Pues cuántos pisos hay en este lugar?
—Oh, hay varios. Por el momento, lo primero que se me ocurre, yo diría que unos cuatro… Sí, como cuatro suena correcto, al momento… ¿Pregunta?
—Esteee… No, ya que lo pienso mejor, no, gracias, no tengo más preguntas… —pero su rostro indicaba lo contrario.
—Muy bien. Ven conmigo, te explicaré cómo funcionan las cosas. La Escuela es un sistema educacional especial para alumnos superdotados. Tenemos como cincuenta estudiantes en cada centro, y tenemos muchos centros en toda la nación. En cada centro agrupamos a los estudiantes de acuerdo a sus aptitudes. Este centro es para novatos. Ahora bien: no te vayas a sentir cohibido ni mucho menos, ¿eh? Eres novato porque no sabías que eras superdotado. Muchos chicos aquí sabían que eran superdotados, pero nunca habían tenido ocasión de usar sus dotes. Los estudiantes aquí tienen edades desde once hasta diecisiete, así que no te sorprenda hallarte en una aula de clases sentado junto a un chiquillo de un lado y un casi-adulto del otro. Como dije, todo está hecho de acuerdo a las aptitudes. Te quedarás aquí tan solo el tiempo que sea necesario.
—¡Pues no vienen al caso para nada! ¿Cómo pueden tenernos a todos en las mismas aulas si uno de once años de edad estudiaría matemáticas de primaria, por ejemplo, si uno de diecisiete estaría estudiando Física?
—Ah, pero para eso tenemos tutores que trabajan individualmente con cada niño, para todas las clases que se necesiten aprobar para obtener el diploma de bachillerato en este estado. Esas tres damas que acabas de conocer, Ágatha, Tábitha…
—¿Y la "ruquita"? —farfulló Giovanni.
—Ah, te gustó eso, ¿verdad? Sí, las tres Furias, como les llaman nuestra gente, ellas son las tutoras para todas las clases regulares. Te van a poner listo, ya verás. Y sin toda esa condenada rutina aturdidora de asistir a clases ordinarias, te darás cuenta que todo el trabajo habitual de clases es, ¡"facilito, facilito como venadito"!
Giovanni le alzó una ceja al "verso sin esfuerzo".
—Como sea, ya tendrás tiempo después para darte cuenta de todas las diferencias en tu nueva educación. ¡Ya eres oficialmente superdotado! ¡Bienvenido a La Escuela de Superdotados! —Wozniak le dio unas palmaditas en la espalda a Giovanni, forzándolo a que se apoyara contra la pared del corredor—. Entonces, ahora mismo te llevo a tu cardumen. Este año nada más teníamos cuarenta y tres estudiantes, así que tú completas el número once de la suerte en tu cardumen. Los dormitorios son al estilo de barracones, y te toca una cama, un baúl y un tocador para que guardes tus pertenencias, y tienes a otras diez personas durmiendo contigo. Qué acogedor, ¿eh? Bueno, en realidad esto es todo lo que debes enterarte esta noche. Aquí estamos: ¡bienvenido a tu cardumen!
Wozniak y Giovanni estaban frente a una puerta solitaria a la mitad de un largo pasillo. Wozniak abrió la puerta y entró. Giovanni titubeaba un poco al umbral.
Desde su punto de vista, el cardumen se parecía a cualquier otro barracón que había visto en películas, excepto que las paredes estaban tapizadas con afiches de ídolos de adolescentes, juegos de vídeo violentos, y grupos de heavy metal. En toda la habitación había un torbellino feliz de niños, envolturas de dulces, cuadernos rotos, calcetines sucios, ropa en estado de limpieza dudosa y muchas otras basurillas, lo que hizo que Giovanni se sintiera como si estuviera en su casa. Todo se detuvo de repente, cuando Wozniak alzó su voz de soprano.
—¡Muy bien, todos, se me calman! Les traigo… ¡Un pescadín fresco! ¡Ve a por ellos, campeón! —Y Wozniak empujó a Giovanni hacia el centro de la habitación con una de sus garras gigantes, le sonrió una vez, y dio un portazo. Quizá fuera su imaginación, pero a Giovanni le pareció escuchar cadenas y candados traqueteando contra la puerta.
Dio la vuelta y se enfrentó a diez rostros con varios grados de curiosidad, simpatía y, en uno o dos de esos rostros, malicia. Muy para su disgusto, se dio cuenta de que la mayoría de los muchachos eran bastante menores que él. Y quedó atónito cuando espió a dos o tres niñas en el grupo. Vaya, eso iba a lograr que la hora del baño fuera interesante e incómoda. No quisiera pensar en todas esas mañanas cuando su cuerpo hacía todo tipo de cosas raras por cuenta propia, todas ellas diseñadas para avergonzarlo, aparentemente.
«Bueh, a ver qué pasa…», pensó Giovanni. Luego, después de un largo suspiro, encuadró los hombros y reanudó su postura encorvada. —A ver, ¿cuál de estas es mi litera?
Quedó sorprendido cuando el niño más pequeño le alzó la voz. —Oye, qué grosero eres, chavo. ¿Que no tienes buenos modales? ¿Por qué no te presentas primero? Bueno, en realidad no importa. Nomás páganos una cuota, danos los billetes que tengas en tu cartera y a lo mejor te decimos cuál es tu li-teeee-ra… Aunque, con esas fachas que te cargas, ¡¡a lo mejor no tienes ni monedas!! —Algunos de los niños con los rostros menos amigables se rieron.
—'Ta bueno, si así lo prefieres… —Giovanni, a un metro setenta y cinco de altura y cincuenta y cinco kilos de peso era pequeño para sus dieciséis años de edad. Pero en su larga carrera de escuelas de internado —desde que tenía trece años de edad— se había convertido en un tipo recio, lo suficiente como para asegurarse de que cualquiera que le hiciera novatadas sufriera consecuencias por ello. A lo mejor le costaba muchos moretones y ojos hinchados, pero nadie se metía con él después. Era enjuto y nervudo, y había aprendido a usar muy bien su fuerza de chango en contra de acosadores: nunca paraba, y seguía atacando sin importar qué tan magullado y golpeado estuviera. Como fiera.
Así que dio tres pasos hacia el niño insolente, quien no dejó de sonreír hasta que Giovanni le puso las manos encima y se encontró colgando cabeza abajo, asido por los tobillos a varios centímetros del suelo.
—Ahora sí —dijo Giovanni, con toda calma—. Nomás apunta con tu dedito en la dirección correcta, ¿sale?
Dos de los niños un poco mayores, que parecían tener como trece años de edad, sacaron unas varitas de los bolsillos traseros de sus pantalones, y al apuntarlas directo a la espalda de Giovanni, gritaron en unísono—: ¡Forúnculos y salpullido! —Dos chispas rojas salieron disparadas de la punta de sus varitas hacia la espalda de Giovanni.
Algunos de los niños gritaron del susto, y la niña más joven hasta avisó—: ¡¡Atrás de ti!!
El momento que las chispas hicieron contacto con la espalda de Giovanni, el se arqueó por el dolor por un segundo. Soltó al niño, quien cayó de cabeza y perdió la conciencia un rato.
—¡Ayyy! ¡Que arde! —Giovanni intentaba e intentaba sobar la parte de su espalda donde le habían quemado las chispas—. ¡Ahora sí se les armó, hijos de su chingada!
Giovanni y sus dos puños huesudos avanzaron contra los dos niños que todavía tenían sus varitas apuntando a él. Lo miraron avanzar con ojos desorbitados y boquiabiertos. De reojo, Giovanni notó que todos los niños estaban estupefactos.
Apenas estaba apunto de ponerle las manos encima a los cabezahueca cuando la puerta se abrió de un portazo y el Sr. Wozniak pareció rellenar toda la habitación.
—¡En nombre de Bochephus! ¿Qué cuernos hacen ustedes con sus varitas en mano? ¿No les dije que las guardaran al a hora de cenar? ¡¡Denme!! —Su mano gigante hizo parecer que las varitas desaparecían al cerrarse sobre ellas—. ¡Todos a la cama en treinta segundos! ¡¡Vamos!!
Giovanni podría haber jurado que el viento creado por el rugido de Wozniak había soplado a todos los niños hacia sus camas. Al fin, con todos acostados y quietos, él vio la única cama vacía, y se fue a acostar, todavía con la ropa puesta.
—¡¡Buenas noches!! —Otro rugido, y las luces se apagaron.
En lo que Adelaide acomodaba a Shari en alguna de las habitaciones para huéspedes, el señor Wozniak guió a Giovanni en un tour rápido de la cabaña. Los pasillos vagaban al azar, en apariencia, y a distintos niveles. Por ejemplo, había una pequeña escalera de cuatro escalones a medio pasillo y luego todas las habitaciones al final del pasillo terminaban medio metro más arriba. Y en algunos otros había escalones de subida y luego de bajada, sin motivo aparente. Algunos corredores tenían cinco puertas una al lado de la otra de un lado, pero ninguna del otro lado. Y había uno que no conducía a ningún lado, sin puertas, con las paredes en blanco. Mientras iban caminando, Wozniak apuntaba a las puertas diciendo cosas como: «closet, sala de estudio, closet, biblioteca, mi oficina, dormitorio, closet, closet, closet, aula, closet, dormitorio…» Pero cuando Giovanni preguntó si era cierto que la mayoría eran closets, el señor Wozniak le dio una contestación bastante rara.
—Bueno, por lo general son closets, pero nunca se sabe a ciencia cierta…
Después de caminar en línea recta, en apariencia, sin doblar dos veces consecutivas en la misma dirección, Giovanni se sorprendió de hallarse de nuevo en la cocina, pero ahora entrando por una puerta distinta.
—Okay —dijo el Sr. Wozniak—. Este es apenas el primer piso, pero es donde vas a pasar la mayor parte del tiempo. Déjame que te enseñe dónde está tu cardumen y… ¿Dime? ¿Pregunta?
—Ehh, dijo que era nomás el primer piso… ¿Pues cuántos pisos hay en este lugar?
—Oh, hay varios. Por el momento, lo primero que se me ocurre, yo diría que unos cuatro… Sí, como cuatro suena correcto, al momento… ¿Pregunta?
—Esteee… No, ya que lo pienso mejor, no, gracias, no tengo más preguntas… —pero su rostro indicaba lo contrario.
—Muy bien. Ven conmigo, te explicaré cómo funcionan las cosas. La Escuela es un sistema educacional especial para alumnos superdotados. Tenemos como cincuenta estudiantes en cada centro, y tenemos muchos centros en toda la nación. En cada centro agrupamos a los estudiantes de acuerdo a sus aptitudes. Este centro es para novatos. Ahora bien: no te vayas a sentir cohibido ni mucho menos, ¿eh? Eres novato porque no sabías que eras superdotado. Muchos chicos aquí sabían que eran superdotados, pero nunca habían tenido ocasión de usar sus dotes. Los estudiantes aquí tienen edades desde once hasta diecisiete, así que no te sorprenda hallarte en una aula de clases sentado junto a un chiquillo de un lado y un casi-adulto del otro. Como dije, todo está hecho de acuerdo a las aptitudes. Te quedarás aquí tan solo el tiempo que sea necesario.
—¡Pues no vienen al caso para nada! ¿Cómo pueden tenernos a todos en las mismas aulas si uno de once años de edad estudiaría matemáticas de primaria, por ejemplo, si uno de diecisiete estaría estudiando Física?
—Ah, pero para eso tenemos tutores que trabajan individualmente con cada niño, para todas las clases que se necesiten aprobar para obtener el diploma de bachillerato en este estado. Esas tres damas que acabas de conocer, Ágatha, Tábitha…
—¿Y la "ruquita"? —farfulló Giovanni.
—Ah, te gustó eso, ¿verdad? Sí, las tres Furias, como les llaman nuestra gente, ellas son las tutoras para todas las clases regulares. Te van a poner listo, ya verás. Y sin toda esa condenada rutina aturdidora de asistir a clases ordinarias, te darás cuenta que todo el trabajo habitual de clases es, ¡"facilito, facilito como venadito"!
Giovanni le alzó una ceja al "verso sin esfuerzo".
—Como sea, ya tendrás tiempo después para darte cuenta de todas las diferencias en tu nueva educación. ¡Ya eres oficialmente superdotado! ¡Bienvenido a La Escuela de Superdotados! —Wozniak le dio unas palmaditas en la espalda a Giovanni, forzándolo a que se apoyara contra la pared del corredor—. Entonces, ahora mismo te llevo a tu cardumen. Este año nada más teníamos cuarenta y tres estudiantes, así que tú completas el número once de la suerte en tu cardumen. Los dormitorios son al estilo de barracones, y te toca una cama, un baúl y un tocador para que guardes tus pertenencias, y tienes a otras diez personas durmiendo contigo. Qué acogedor, ¿eh? Bueno, en realidad esto es todo lo que debes enterarte esta noche. Aquí estamos: ¡bienvenido a tu cardumen!
Wozniak y Giovanni estaban frente a una puerta solitaria a la mitad de un largo pasillo. Wozniak abrió la puerta y entró. Giovanni titubeaba un poco al umbral.
Desde su punto de vista, el cardumen se parecía a cualquier otro barracón que había visto en películas, excepto que las paredes estaban tapizadas con afiches de ídolos de adolescentes, juegos de vídeo violentos, y grupos de heavy metal. En toda la habitación había un torbellino feliz de niños, envolturas de dulces, cuadernos rotos, calcetines sucios, ropa en estado de limpieza dudosa y muchas otras basurillas, lo que hizo que Giovanni se sintiera como si estuviera en su casa. Todo se detuvo de repente, cuando Wozniak alzó su voz de soprano.
—¡Muy bien, todos, se me calman! Les traigo… ¡Un pescadín fresco! ¡Ve a por ellos, campeón! —Y Wozniak empujó a Giovanni hacia el centro de la habitación con una de sus garras gigantes, le sonrió una vez, y dio un portazo. Quizá fuera su imaginación, pero a Giovanni le pareció escuchar cadenas y candados traqueteando contra la puerta.
Dio la vuelta y se enfrentó a diez rostros con varios grados de curiosidad, simpatía y, en uno o dos de esos rostros, malicia. Muy para su disgusto, se dio cuenta de que la mayoría de los muchachos eran bastante menores que él. Y quedó atónito cuando espió a dos o tres niñas en el grupo. Vaya, eso iba a lograr que la hora del baño fuera interesante e incómoda. No quisiera pensar en todas esas mañanas cuando su cuerpo hacía todo tipo de cosas raras por cuenta propia, todas ellas diseñadas para avergonzarlo, aparentemente.
«Bueh, a ver qué pasa…», pensó Giovanni. Luego, después de un largo suspiro, encuadró los hombros y reanudó su postura encorvada. —A ver, ¿cuál de estas es mi litera?
Quedó sorprendido cuando el niño más pequeño le alzó la voz. —Oye, qué grosero eres, chavo. ¿Que no tienes buenos modales? ¿Por qué no te presentas primero? Bueno, en realidad no importa. Nomás páganos una cuota, danos los billetes que tengas en tu cartera y a lo mejor te decimos cuál es tu li-teeee-ra… Aunque, con esas fachas que te cargas, ¡¡a lo mejor no tienes ni monedas!! —Algunos de los niños con los rostros menos amigables se rieron.
—'Ta bueno, si así lo prefieres… —Giovanni, a un metro setenta y cinco de altura y cincuenta y cinco kilos de peso era pequeño para sus dieciséis años de edad. Pero en su larga carrera de escuelas de internado —desde que tenía trece años de edad— se había convertido en un tipo recio, lo suficiente como para asegurarse de que cualquiera que le hiciera novatadas sufriera consecuencias por ello. A lo mejor le costaba muchos moretones y ojos hinchados, pero nadie se metía con él después. Era enjuto y nervudo, y había aprendido a usar muy bien su fuerza de chango en contra de acosadores: nunca paraba, y seguía atacando sin importar qué tan magullado y golpeado estuviera. Como fiera.
Así que dio tres pasos hacia el niño insolente, quien no dejó de sonreír hasta que Giovanni le puso las manos encima y se encontró colgando cabeza abajo, asido por los tobillos a varios centímetros del suelo.
—Ahora sí —dijo Giovanni, con toda calma—. Nomás apunta con tu dedito en la dirección correcta, ¿sale?
Dos de los niños un poco mayores, que parecían tener como trece años de edad, sacaron unas varitas de los bolsillos traseros de sus pantalones, y al apuntarlas directo a la espalda de Giovanni, gritaron en unísono—: ¡Forúnculos y salpullido! —Dos chispas rojas salieron disparadas de la punta de sus varitas hacia la espalda de Giovanni.
Algunos de los niños gritaron del susto, y la niña más joven hasta avisó—: ¡¡Atrás de ti!!
El momento que las chispas hicieron contacto con la espalda de Giovanni, el se arqueó por el dolor por un segundo. Soltó al niño, quien cayó de cabeza y perdió la conciencia un rato.
—¡Ayyy! ¡Que arde! —Giovanni intentaba e intentaba sobar la parte de su espalda donde le habían quemado las chispas—. ¡Ahora sí se les armó, hijos de su chingada!
Giovanni y sus dos puños huesudos avanzaron contra los dos niños que todavía tenían sus varitas apuntando a él. Lo miraron avanzar con ojos desorbitados y boquiabiertos. De reojo, Giovanni notó que todos los niños estaban estupefactos.
Apenas estaba apunto de ponerle las manos encima a los cabezahueca cuando la puerta se abrió de un portazo y el Sr. Wozniak pareció rellenar toda la habitación.
—¡En nombre de Bochephus! ¿Qué cuernos hacen ustedes con sus varitas en mano? ¿No les dije que las guardaran al a hora de cenar? ¡¡Denme!! —Su mano gigante hizo parecer que las varitas desaparecían al cerrarse sobre ellas—. ¡Todos a la cama en treinta segundos! ¡¡Vamos!!
Giovanni podría haber jurado que el viento creado por el rugido de Wozniak había soplado a todos los niños hacia sus camas. Al fin, con todos acostados y quietos, él vio la única cama vacía, y se fue a acostar, todavía con la ropa puesta.
—¡¡Buenas noches!! —Otro rugido, y las luces se apagaron.
Continuará…
Finitum 5 (ES)
5. Los comienzos son difíciles
—Bueno, ¿cómo le fue? ¿Usó magia? —Adelaide preguntó ansiosa en cuanto Wozniak logró estrujarse a sí mismo adentro de la cocina.
—No creo, pero pudo desviar o esquivar el ataque doble de los Thompson… Oh, y la próxima vez que vea al hermano mayor, a Mac, le voy a decir unas cuantas cosas sobre enseñarle conjuros avanzados a niños novatos… Les confisqué sus varitas por un buen rato. Los Thompson intentaron su infame conjuro de daño corporal, pero les falló el tino… y regresé al barracón demasiado pronto, porque me parecía que el pequeño Wingrove estaba a punto de zurrarles la badana… lo que hubiera sido lamentable, por supuesto —Wozniak se apuró a decir en cuanto notó que Adelaide le echaba una mirada dura—. Hay que vigilarlo bien, eso sí, porque parece ser bastante corajudo. Y, ¿cómo salió todo con la señora Wingrove?
—Ya veremos. Le confesé todo sobre La Escuela y luego modifiqué sus memorias… Si Giovanni decide contarle sobre su estadía la próxima vez que se encuentren, entonces las memorias de Shari regresarán, y será como si simplemente se hubiera olvidado por un tiempo. Pero bien sabes que ese tipo de hechizo es bastante peliagudo… Ya veremos —repitió Adelaide.
De repente, los dos enderezaron la espalda e inclinaron la cabeza de lado.
—¡Allí está de nuevo! ¿Ahora sí lo escuchas? —murmuró Adelaide.
—Sí, es como usted dijo antes, suena como una trompeta con sordina… Bleh, me siento con nauseas, como si alguien me hubiera revuelto las tripas con la mano… —Wozniak hasta tenía un aspecto medio verde y pálido.
—Yo tampoco me siento bien. Creo que me voy a retirar de una vez, pero vamos a tener que avisarle al resto del personal en la mañana. Esto es un tipo de intrusión. ¡Alguien nos está rastreando! Habla con Johannsen, y que revise todas las medidas de seguridad del perímetro.
—¡Sí, señora! ¡Ya voy!
***
Mientras tanto, en el Cardumen Cerúleo todos estaban más callados que en cualquier otra noche: no era la costumbre que el señor-tamaño-de-oso Wozniak les gritara que se metieran en la cama antes de la hora de dormir, o que frustraran de manera tan fácil a sus acosadores residentes. Solo los muy valientes se atrevían a continuar el cotilleo con susurros que flotaban de una cama a la otra. Sin embargo, algo que ninguno de ellos sabía por ser todos novatos era que nadie —pero nadie en absoluto— había soportado dos dotaciones completas de conjuros de daño corporal sin sufrir más que ligera comezón.
Ignorante de todos estos datos fascinantes, Giovanni roncaba sonoro, con un brazo cubriéndole la cara y una pierna colgando. El viaje de cuatro días en la antigua camioneta había cobrado su precio.
***
La madrugada llegó demasiado temprano para Giovanni, así de cansado como estaba. Una campanilla suave pero insistente empezó a repiquetear a las cinco y media, pero la pudo ignorar por unos cuantos minutos hasta que la niña más pequeña del dormitorio, que dormía en la cama de al lado, le dio unos cuantos puntapiés a su cabecera.
—¡Despierta-pierta! —Era una de esas molestas personas que estaban alegres y entusiastas desde la primera hora de la mañana. Cumplido su cometido de despertarlo, ella se fue a los baños.
Giovanni consideró no bañarse para poder dormitar otros cuantos minutos. Pero ya estaba acostumbrado a despertar a las cinco de la mañana desde hacía más de dos años, así que solo masculló maldiciones al desperezarse y en lo que se sacaba las legañas. Luego, hurgó sus maletas hasta que halló su toalla, el dentífrico y el cepillo de dientes… Sintió gran alivio al darse cuenta de que el cardumen contaba con dos baños, uno para niños y otro para niñas, y se aseó en pocos minutos. Eso sí, cuando salió del baño, se percató de que se había olvidado por completo de la presencia de tres niñas en el dormitorio, y cubrió su desnudez con la toalla demasiado tarde, sonrojándose apenas un poquito menos que ellas.
—Quizá a la próxima se te ocurra llevar muda de ropa interior al baño, como lo hace la gente normal, ¡pendejo!
Este era el chiquillo que lo había tratado insolentemente anoche. Giovanni ni se molestó en discutir con el niño, pero lo miró fijamente y se frotó la frente con deliberación, justo en el mismo sitio donde el pequeño acosador lucía un chipote. Eso lo hizo callar. Giovanni tomó sus prendas, se metió al baño de nuevo, y salió vestido. Fue a tender su litera, y empezó a guardar sus pertenencias.
—¡Puedes hacer esto después del desayuno! —dijo la niña, todavía demasiado contenta para semejante hora de la madrugada.
—Este… bueno, gracias. Hola, perdón, pero anoche no tuve mucho tiempo que digamos para presentarme. Mi nombre es Giovanni… —y le tendió la mano.
—¡Yo soy Circe! —Esquivando la mano, lo abrazó rápido—. ¡Mucho gusto en conocerte! ¡Oye! ¡Me caes muy bien! ¡Eres medio tontín! ¡Vamos a desayunar, que tengo mucha hambre! ¡Vamos!
—Bueno, pero me dices por dónde, que no creo que pueda encontrar la cocina de nuevo.
—¡Ay, no seas ridículo! ¡Claro que puedes! Lo único que necesitas es ir en línea recta. Con tal de que no voltees dos veces en la misma dirección, una vez tras otra, ¡siempre terminarás en la cocina!
Parecía ser cierto porque, aunque tuvo la sensación de vagar por muchos minutos, llegaron a la cocina casi al mismo tiempo que todos los demás de su cardumen. Unos desconocidos entraron por las demás puertas, lo que hizo a Giovanni imaginar que estos eran el resto de los cardúmenes. Todos pasaban por la estufa para recibir un plato de comida. Al mando de la estufa, una señora del tamaño de un refrigerador industrial y vistiendo el delantal más blanco que Giovanni jamas hubiera visto, estaba de pie, monolítica, dispensado comida como autómata.
—Este… Oiga, en lugar de esto ¿no tiene cereal? —Giovanni preguntó al recibir un plato rebosando hasta el copete con huevos revueltos, tocino, salchichón, polenta, bísquets y jamón.
El ídolo de la cocina tan solo le echó una mirada y bramó entre dientes, con voz gutural: «¡Cómetelo! ¡Es para tu bien!»
—Mire, no se me ofenda, pero…
—¡Gracias, señorita Loeb! ¿Me regala un poco de jalea de uva? —La pequeña Circe codeó a Giovanni para que avanzara, y su brillante sonrisa pareció apaciguar a la titánica señorita Loeb.
—¡Uuuuuy, qué cerca estuvo…! Mira, nomás cómete lo que sea que la señorita Loeb te sirva y nadie sale dañado, ¿sale? Hazlo, que es una de esas cosas, ya verás… —Circe apuró a Giovanni hacia el comedor, donde apenas si había suficiente espacio para que los cuarenta y cuatro estudiantes se sentaran al mismo tiempo.
La decoración era a la moda "cazador loco", con las cuatro paredes tapizadas de cornamentas de todo tamaño, desde el piso hasta el techo. Había once mesas cuadradas para los estudiantes y una mesa larga al fondo de la habitación, para los maestros. Cada mesa contaba con jarras de leche, zumo de naranja y agua, y cuatro cubiertos. Giovanni notó que la única mesa disponible era donde estaban las otras dos niñas de su cardumen, que lo ojeaban entre carcajadas, sin duda recordando su paseo al natural después de bañarse. Se sintió muy incómodo, como si anduviera sin pantalones en público. Casi.
—Esta es Traci, y ella es Staci —Circe dijo con alegría, una vez sentados—, y él es Giovanni.
Las muchachas tenían alrededor de catorce años de edad, eran muy rubias, con hoyuelos en las mejillas, cada quien con una de esas sonrisas de cuatro billones de vatios, y parecían ser tan alegres como Circe, y no le hicieron burla ni nada. A lo mejor le iban a caer bien.
Las tres Furias llegaron a la mesa de los maestros y tomaron asiento, excepto Adelaide, que permaneció de pie.
—¡Niños! —al alzar la voz todos guardaron silencio de inmediato—. Las tareas de esta mañana son: Cardumen Cerúleo con el Sr. Wozniak…
—El Sr. Wozniak es el líder de nuestro cardumen, y enseña Práctica —Circe comentó en voz baja, para explicarle a Giovanni—. ¡A mí me cae muy bien!
Adelaide continuó—: Cardumen Añil con la señorita Loeb… —Se escucharon varios gemidos, ya que a nadie le gustaba fregar aproximadamente dos mil millones de trastes sucios a lo largo del día—. Cardumen Cian con el señor Johannsen… —Ahora se escucharon varios «¡Sí!», con fervor.
—El señor Johannsen es el portero de la escuela: mantiene todos nuestros aparatos funcionando. Dicen que también le enseña de buena gana a quien sea que le pregunte cómo arreglar coches y cosas así por el estilo —Circe hasta arrugó la nariz.
Antes de que Adelaide continuara, hubo varios quejidos en el comedor.
—Calmados, niños, cierto: Cardumen Cobalto con la señora Staab…
—Esa es la ama de llaves, y es bien quisquillosa, y siempre está rodando por donde uno esté, revisando que todo esté bien hecho, ¡puaj!
Con Circe comentando las tareas asignadas por Adelaide, Giovanni miraba alrededor hasta que por fin encontró a otros dos muchachos y una muchacha que parecían de diecisiete años de edad. Entonces se dio cuenta también que todos lo estaban viendo a él. Circe le dio un codazo de nuevo.
—¡Nomás sonríe y saluda con la mano! ¡La señora Adelaide acaba de presentarte!
—Este…, hola… —Giovanni saludó con la mano. De espaldas a la mesa de maestros, los Thompson y el mini-acosador pusieron mano en pecho y le mostraron el dedo medio.
—Vaya, es bueno saber que uno cuenta con amigos… Circe, ¿quién es el niño que aventé de cabeza?
—Es Garret Feldman. Luego te cuento todo sobre él… Ya que acabaste, vámonos al cardumen para que guardes tus cosas. Déjame que te diga sobre tu horario diario…
—¿Te sabes mi horario? —Giovanni estaba sorprendido de mirar su plato y darse cuenta de que se había comido todo…
—¡Claro, tontito! ¡Todos tenemos el mismo horario! Entonces: hora de despertar a las cinco y media. Desayuno de seis quince hasta las seis cuarenta y cinco. Tiempo Personal hasta las siete. Faenas hasta medio día…
—¿Faenas?
—Sí, tenemos que ayudar con el mantenimiento de la escuela, que es muy antigua. Toma mucho trabajo, porque el clima es cruel en las montañas, ¿sabes? Así que, Comida por cuarenta y cinco minutos y luego otra media hora de Tiempo Personal. Desde la una quince hasta las seis de la tarde, Clases. Por lo general comenzamos las clases todos juntos para trabajar con las materias normales, con las tres Furias, y casi cada hora nos cambian de un salón a otro, para que no nos pongamos chiflados. Si tienes problemas con alguna asignatura a veces te dejan trabajar más tiempo en eso, pero casi siempre nomás nos mandan al siguiente salón de clases. No siempre acabamos en el mismo grupo, o tenemos las mismas clases. Hay cuatro clases principales: Escuela normal, con las Furias; Práctica, con el señor Wozniak; Integración, con la doctora Doe; y Teoría, con el profesor Benoni. A mí no me cae bien el profesor Benoni, para nada, pero las muchachas mayores dicen que es muy apuesto… ¡Fuchi! Yo qué sé, pero me parece un anormal, el tipo. Es demasiado joven como para ser todo un profesor, creo. Bueh, lo que sea… Entonces, después de las clases tenemos Cena por cuarenta y cinco minutos. Luego, una hora y media para hacer la tarea, y Tiempo Personal hasta la hora de dormir, a las diez de la noche. Bueno, pues ya estás enterado… Y ya que acabaste de guardar todas tus cosas, vamos a encontrarnos con el señor Wozniak en el jardín de enfrente. ¿Listo?
Giovanni estaba completamente exhausto solo de escuchar la explicación de Circe.
—Bueno, ¿cómo le fue? ¿Usó magia? —Adelaide preguntó ansiosa en cuanto Wozniak logró estrujarse a sí mismo adentro de la cocina.
—No creo, pero pudo desviar o esquivar el ataque doble de los Thompson… Oh, y la próxima vez que vea al hermano mayor, a Mac, le voy a decir unas cuantas cosas sobre enseñarle conjuros avanzados a niños novatos… Les confisqué sus varitas por un buen rato. Los Thompson intentaron su infame conjuro de daño corporal, pero les falló el tino… y regresé al barracón demasiado pronto, porque me parecía que el pequeño Wingrove estaba a punto de zurrarles la badana… lo que hubiera sido lamentable, por supuesto —Wozniak se apuró a decir en cuanto notó que Adelaide le echaba una mirada dura—. Hay que vigilarlo bien, eso sí, porque parece ser bastante corajudo. Y, ¿cómo salió todo con la señora Wingrove?
—Ya veremos. Le confesé todo sobre La Escuela y luego modifiqué sus memorias… Si Giovanni decide contarle sobre su estadía la próxima vez que se encuentren, entonces las memorias de Shari regresarán, y será como si simplemente se hubiera olvidado por un tiempo. Pero bien sabes que ese tipo de hechizo es bastante peliagudo… Ya veremos —repitió Adelaide.
De repente, los dos enderezaron la espalda e inclinaron la cabeza de lado.
—¡Allí está de nuevo! ¿Ahora sí lo escuchas? —murmuró Adelaide.
—Sí, es como usted dijo antes, suena como una trompeta con sordina… Bleh, me siento con nauseas, como si alguien me hubiera revuelto las tripas con la mano… —Wozniak hasta tenía un aspecto medio verde y pálido.
—Yo tampoco me siento bien. Creo que me voy a retirar de una vez, pero vamos a tener que avisarle al resto del personal en la mañana. Esto es un tipo de intrusión. ¡Alguien nos está rastreando! Habla con Johannsen, y que revise todas las medidas de seguridad del perímetro.
—¡Sí, señora! ¡Ya voy!
***
Mientras tanto, en el Cardumen Cerúleo todos estaban más callados que en cualquier otra noche: no era la costumbre que el señor-tamaño-de-oso Wozniak les gritara que se metieran en la cama antes de la hora de dormir, o que frustraran de manera tan fácil a sus acosadores residentes. Solo los muy valientes se atrevían a continuar el cotilleo con susurros que flotaban de una cama a la otra. Sin embargo, algo que ninguno de ellos sabía por ser todos novatos era que nadie —pero nadie en absoluto— había soportado dos dotaciones completas de conjuros de daño corporal sin sufrir más que ligera comezón.
Ignorante de todos estos datos fascinantes, Giovanni roncaba sonoro, con un brazo cubriéndole la cara y una pierna colgando. El viaje de cuatro días en la antigua camioneta había cobrado su precio.
***
La madrugada llegó demasiado temprano para Giovanni, así de cansado como estaba. Una campanilla suave pero insistente empezó a repiquetear a las cinco y media, pero la pudo ignorar por unos cuantos minutos hasta que la niña más pequeña del dormitorio, que dormía en la cama de al lado, le dio unos cuantos puntapiés a su cabecera.
—¡Despierta-pierta! —Era una de esas molestas personas que estaban alegres y entusiastas desde la primera hora de la mañana. Cumplido su cometido de despertarlo, ella se fue a los baños.
Giovanni consideró no bañarse para poder dormitar otros cuantos minutos. Pero ya estaba acostumbrado a despertar a las cinco de la mañana desde hacía más de dos años, así que solo masculló maldiciones al desperezarse y en lo que se sacaba las legañas. Luego, hurgó sus maletas hasta que halló su toalla, el dentífrico y el cepillo de dientes… Sintió gran alivio al darse cuenta de que el cardumen contaba con dos baños, uno para niños y otro para niñas, y se aseó en pocos minutos. Eso sí, cuando salió del baño, se percató de que se había olvidado por completo de la presencia de tres niñas en el dormitorio, y cubrió su desnudez con la toalla demasiado tarde, sonrojándose apenas un poquito menos que ellas.
—Quizá a la próxima se te ocurra llevar muda de ropa interior al baño, como lo hace la gente normal, ¡pendejo!
Este era el chiquillo que lo había tratado insolentemente anoche. Giovanni ni se molestó en discutir con el niño, pero lo miró fijamente y se frotó la frente con deliberación, justo en el mismo sitio donde el pequeño acosador lucía un chipote. Eso lo hizo callar. Giovanni tomó sus prendas, se metió al baño de nuevo, y salió vestido. Fue a tender su litera, y empezó a guardar sus pertenencias.
—¡Puedes hacer esto después del desayuno! —dijo la niña, todavía demasiado contenta para semejante hora de la madrugada.
—Este… bueno, gracias. Hola, perdón, pero anoche no tuve mucho tiempo que digamos para presentarme. Mi nombre es Giovanni… —y le tendió la mano.
—¡Yo soy Circe! —Esquivando la mano, lo abrazó rápido—. ¡Mucho gusto en conocerte! ¡Oye! ¡Me caes muy bien! ¡Eres medio tontín! ¡Vamos a desayunar, que tengo mucha hambre! ¡Vamos!
—Bueno, pero me dices por dónde, que no creo que pueda encontrar la cocina de nuevo.
—¡Ay, no seas ridículo! ¡Claro que puedes! Lo único que necesitas es ir en línea recta. Con tal de que no voltees dos veces en la misma dirección, una vez tras otra, ¡siempre terminarás en la cocina!
Parecía ser cierto porque, aunque tuvo la sensación de vagar por muchos minutos, llegaron a la cocina casi al mismo tiempo que todos los demás de su cardumen. Unos desconocidos entraron por las demás puertas, lo que hizo a Giovanni imaginar que estos eran el resto de los cardúmenes. Todos pasaban por la estufa para recibir un plato de comida. Al mando de la estufa, una señora del tamaño de un refrigerador industrial y vistiendo el delantal más blanco que Giovanni jamas hubiera visto, estaba de pie, monolítica, dispensado comida como autómata.
—Este… Oiga, en lugar de esto ¿no tiene cereal? —Giovanni preguntó al recibir un plato rebosando hasta el copete con huevos revueltos, tocino, salchichón, polenta, bísquets y jamón.
El ídolo de la cocina tan solo le echó una mirada y bramó entre dientes, con voz gutural: «¡Cómetelo! ¡Es para tu bien!»
—Mire, no se me ofenda, pero…
—¡Gracias, señorita Loeb! ¿Me regala un poco de jalea de uva? —La pequeña Circe codeó a Giovanni para que avanzara, y su brillante sonrisa pareció apaciguar a la titánica señorita Loeb.
—¡Uuuuuy, qué cerca estuvo…! Mira, nomás cómete lo que sea que la señorita Loeb te sirva y nadie sale dañado, ¿sale? Hazlo, que es una de esas cosas, ya verás… —Circe apuró a Giovanni hacia el comedor, donde apenas si había suficiente espacio para que los cuarenta y cuatro estudiantes se sentaran al mismo tiempo.
La decoración era a la moda "cazador loco", con las cuatro paredes tapizadas de cornamentas de todo tamaño, desde el piso hasta el techo. Había once mesas cuadradas para los estudiantes y una mesa larga al fondo de la habitación, para los maestros. Cada mesa contaba con jarras de leche, zumo de naranja y agua, y cuatro cubiertos. Giovanni notó que la única mesa disponible era donde estaban las otras dos niñas de su cardumen, que lo ojeaban entre carcajadas, sin duda recordando su paseo al natural después de bañarse. Se sintió muy incómodo, como si anduviera sin pantalones en público. Casi.
—Esta es Traci, y ella es Staci —Circe dijo con alegría, una vez sentados—, y él es Giovanni.
Las muchachas tenían alrededor de catorce años de edad, eran muy rubias, con hoyuelos en las mejillas, cada quien con una de esas sonrisas de cuatro billones de vatios, y parecían ser tan alegres como Circe, y no le hicieron burla ni nada. A lo mejor le iban a caer bien.
Las tres Furias llegaron a la mesa de los maestros y tomaron asiento, excepto Adelaide, que permaneció de pie.
—¡Niños! —al alzar la voz todos guardaron silencio de inmediato—. Las tareas de esta mañana son: Cardumen Cerúleo con el Sr. Wozniak…
—El Sr. Wozniak es el líder de nuestro cardumen, y enseña Práctica —Circe comentó en voz baja, para explicarle a Giovanni—. ¡A mí me cae muy bien!
Adelaide continuó—: Cardumen Añil con la señorita Loeb… —Se escucharon varios gemidos, ya que a nadie le gustaba fregar aproximadamente dos mil millones de trastes sucios a lo largo del día—. Cardumen Cian con el señor Johannsen… —Ahora se escucharon varios «¡Sí!», con fervor.
—El señor Johannsen es el portero de la escuela: mantiene todos nuestros aparatos funcionando. Dicen que también le enseña de buena gana a quien sea que le pregunte cómo arreglar coches y cosas así por el estilo —Circe hasta arrugó la nariz.
Antes de que Adelaide continuara, hubo varios quejidos en el comedor.
—Calmados, niños, cierto: Cardumen Cobalto con la señora Staab…
—Esa es la ama de llaves, y es bien quisquillosa, y siempre está rodando por donde uno esté, revisando que todo esté bien hecho, ¡puaj!
Con Circe comentando las tareas asignadas por Adelaide, Giovanni miraba alrededor hasta que por fin encontró a otros dos muchachos y una muchacha que parecían de diecisiete años de edad. Entonces se dio cuenta también que todos lo estaban viendo a él. Circe le dio un codazo de nuevo.
—¡Nomás sonríe y saluda con la mano! ¡La señora Adelaide acaba de presentarte!
—Este…, hola… —Giovanni saludó con la mano. De espaldas a la mesa de maestros, los Thompson y el mini-acosador pusieron mano en pecho y le mostraron el dedo medio.
—Vaya, es bueno saber que uno cuenta con amigos… Circe, ¿quién es el niño que aventé de cabeza?
—Es Garret Feldman. Luego te cuento todo sobre él… Ya que acabaste, vámonos al cardumen para que guardes tus cosas. Déjame que te diga sobre tu horario diario…
—¿Te sabes mi horario? —Giovanni estaba sorprendido de mirar su plato y darse cuenta de que se había comido todo…
—¡Claro, tontito! ¡Todos tenemos el mismo horario! Entonces: hora de despertar a las cinco y media. Desayuno de seis quince hasta las seis cuarenta y cinco. Tiempo Personal hasta las siete. Faenas hasta medio día…
—¿Faenas?
—Sí, tenemos que ayudar con el mantenimiento de la escuela, que es muy antigua. Toma mucho trabajo, porque el clima es cruel en las montañas, ¿sabes? Así que, Comida por cuarenta y cinco minutos y luego otra media hora de Tiempo Personal. Desde la una quince hasta las seis de la tarde, Clases. Por lo general comenzamos las clases todos juntos para trabajar con las materias normales, con las tres Furias, y casi cada hora nos cambian de un salón a otro, para que no nos pongamos chiflados. Si tienes problemas con alguna asignatura a veces te dejan trabajar más tiempo en eso, pero casi siempre nomás nos mandan al siguiente salón de clases. No siempre acabamos en el mismo grupo, o tenemos las mismas clases. Hay cuatro clases principales: Escuela normal, con las Furias; Práctica, con el señor Wozniak; Integración, con la doctora Doe; y Teoría, con el profesor Benoni. A mí no me cae bien el profesor Benoni, para nada, pero las muchachas mayores dicen que es muy apuesto… ¡Fuchi! Yo qué sé, pero me parece un anormal, el tipo. Es demasiado joven como para ser todo un profesor, creo. Bueh, lo que sea… Entonces, después de las clases tenemos Cena por cuarenta y cinco minutos. Luego, una hora y media para hacer la tarea, y Tiempo Personal hasta la hora de dormir, a las diez de la noche. Bueno, pues ya estás enterado… Y ya que acabaste de guardar todas tus cosas, vamos a encontrarnos con el señor Wozniak en el jardín de enfrente. ¿Listo?
Giovanni estaba completamente exhausto solo de escuchar la explicación de Circe.
Continuará…
Finitum 6 (ES)
6. Los lunes siempre son una lata
Giovanni siguió a Circe, dándose cuenta de que, si uno doblaba dos veces a la izquierda en cualquier corredor, entonces al final uno llegaba a la sala de estar. Luego, de allí uno podía encontrar la entrada principal pasando por las puertas francesas en la parte trasera. Pero en lo que estaba pensando era que se sentía como… como encariñado de la chiquilla. Estaba muy sorprendido de lo fácil que había congeniado con Circe, porque ella era de menos tres o cuatro años menor que él. Aparte de todo, él no era el tipo de chico que se encariñaba de nadie, nunca, mucho menos de alguna chiquilla que no se callaba la boca para nada.
Aunque apenas si tardaron unos dos minutos en llegar a la puerta de entrada, Circe logró preguntarle cuál era su nombre completo, su edad, el nombre de su mamá, de dónde era, cuál era su película favorita, cuál era su color favorito, cuándo era su cumpleaños, si tenía novias, si le gustaba más la Coca o la Pepsi, cuál tipo de música le gustaba, si podía oír alguna canción en su iPod, si le gustaba ver tele, y probablemente hubiera continuado si no hubieran llegado y encontrado a todos listos para comenzar las faenas diarias. El Sr. Wozniak ya los estaba esperando.
—Muy bien, hoy vamos a cortar leños. Vamos a necesitar muchos leños para fogatas, chicos: ¡los inviernos acá son de mucha nieve y muy fríos! Ya tengo las hachas listas; síganme hasta el cobertizo.
El cobertizo estaba como a cincuenta metros de la cabaña principal, detrás de la primera línea de árboles del bosque. Caminando junto a Wozniak, Giovanni intercambió algunos comentarios insulsos sobre haber dormido bien y comido un buen desayuno. Al llegar, todos se pusieron un poco pálidos al toparse con la tremenda pila. Parecía como si alguien hubiera apilado troncos en un área del tamaño de una cancha de baloncesto, hasta una altura de cinco metros, más o menos.
—Oh, pero no se preocupen, niños, que no tienen que cortarlos todos hoy. Tan solo necesitamos dos o tres atados de leña. Veamos cuánto logramos hacer ahora.
—Pero Sr. Wozniak —preguntó uno de los niños más chicos—, ¿qué un atado de leña no es una pila de como tres y medio metros cúbicos?
—¡Miren qué listo es Bryan! —sonrió abiertamente Wozniak—. ¡Correcto! A ver, déjenme mostrarles lo que necesitan hacer.
Durante la siguiente media hora les mostró a todos cómo partir troncos hasta el tamaño adecuado y cómo apilarlos en el remolque oxidado. Ya con gafas y guantes puestos, se dividieron en parejas y comenzaron con la faena del día. Giovanni no estaba muy convencido de que fuera buena idea tener a un montón de niños dando hachazos tan cerca los unos de los otros, pero todos parecían dispuestos a tener mucho cuidado. El Sr. Wozniak le pidió que se apartaran unos pasos para hablar en confianza.
—Mira, Giovanni, necesito ponerte al tanto de todo lo que sucede aquí y por qué te pedimos que vinieras, y de lo que se trata La Escuela. Siento mucho que no hayas venido desde el comienzo del semestre, hace seis semanas. Voy a tener que darte la versión resumida de la orientación. Pero pareces ser un chico bastante recio, así que espero que los secretos que te voy a confiar no te pongan muy incómodo… Para comenzar, los folletos dicen que somos una escuela preparatoria para educación universitaria, pero eso no es del todo cierto.
Giovanni hacía mucho tiempo que había aprendido el arte del silencio. Tan solo arqueó una ceja, dándole a entender a Wozniak que continuara.
—Mira, muchos de los niños aquí son tal como tú, así que no creas que eres el único en esta situación. La mayoría no sabían que tenían la Magick, y provienen de familias donde nunca nadie había mostrado aptitudes. Pero, de repente, un día se hallan haciendo cosas raras que no deberían ser posibles, y nuestros caza-talentos los detectan y convencen a sus padres a que los manden a La Escuela para que podamos enseñarles la manera apropiada de usar sus dotes naturales. Y eso es más o menos lo que sucedió contigo.
—Bueno, pero yo no soy mago para nada… Nunca he hecho nada extraordinario, que yo sepa…
—¿En serio? Bueno, pero en tu familia ha habido otra persona bastante extraordinaria, con el Don.
—¿Quién, mi tía Marge? Mi mamá me contó que ella también vino a esta escuela… ¡Pero ella era una anormal!
—¿Que qué? ¡Mira, que Marge Wingrove es legendaria, nene! —El Sr. Wozniak parecía bastante molesto, y con semejante tamaño causaba alarma verlo fruncir el ceño—. ¡Ella fue la mejor Superdotada en el Siglo XX, quiero que sepas!
—'Ta bueno, calmex… Híjole, hombre, que nomás te estoy diciendo cómo se veía ella cuando yo era chico, ¿me entiendes? No era mi culpa que se portara como energúmena… Lo que sea, ¿cómo iba yo a imaginarme que era buena maga? Digo, ¿aunque sea era tan buena como David Copperfield? —Esto era lo más cercano a una disculpa de parte de Giovanni.
El Sr. Wozniak bufó con desprecio.
—¡Já! Copperfield solo realiza trucos, nene. Me refiero a la Magick real. Ya te irás acostumbrando a la idea… —Wozniak se calmó de inmediato—. Primero, me contaron por ahí que tienes que ponerte al corriente con tus clases regulares, y entonces te esperan días difíciles con las Furias. Por eso quiero que pongas mucha atención a las lecciones que tomarás con la Dra. Doe, el profesor Benoni y conmigo, ¿bien? Bien, entonces… Ah, y otra cosa: ya sé que eres duro de pelar, pero no dejes que los hermanos Thompson y Garret Feldman te provoquen a romperles la cara. Tienes la facha de que puedes encargarte de los tres juntos en una pelea pareja, pero esos chicos vienen de familias donde la Magick ha residido por generaciones, y tienen algunos trucos bastante horribles a su disposición. No quiero verme obligado a ser duro con ustedes, así que no me des motivos, ¿sale? Si continúan acosándote, avísame para hacerme cargo. Ahora dime, ¿qué preguntas tienes?
—Este… Entonces, ¿ustedes en serio creen que son hechiceros y brujas?
—¡No, no, no para nada! ¡Creemos en la Magick! ¡Todas esas cosas de hechicería se las reservamos a nuestros primos británicos! ¡Ah, ja, ja, ja! —Wozniak echó la cabeza hacia atrás para carcajearse—. Ya irás aprendiendo todo esto en tus clases, pero que sea suficiente saber que nuestra convicción reposa en nuestra humanidad inherente.
Giovanni arqueó la ceja de nuevo.
—Lo que quiero decir —continuó Wozniak— es que creemos en el poder de la Voluntad sobre la Realidad. Creemos en ser parte activa de la sociedad. Nuestra Magick es tan solo un aspecto de nuestra individualidad. Como los músicos, por ejemplo: ellos hacen cosas extraordinarias cuando interpretan música, pero son gente común y corriente el resto del tiempo. Ahora bien, nuestros primos británicos son un poco más…, bueno, "decir la verdad espanta al diablo", decía mi abuela…, los británicos son bastante medievales. Se han retirado del curso normal de la historia humana y han decidido vivir en un mundo de fantasía de su propia creación. Y luego se maravillan de que cada año hay menos de ellos… No, como dije, nosotros somos parte de la sociedad normal. Sin embargo, hacemos cosas extraordinarias. Pero, en fin, ¡pongamos manos a la obra! ¿Ya sabes como cortar leños?, ¿sí?, bueno, entonces tú comienza y yo apilo los leños. Diez minutos después intercambiamos tareas, ¿listo?
Para la hora de la comida, los del Cardumen Cerúleo apenas si podían caminar, tan cansados estaban de partir tantos leños. Casi completaron un atado de leños ese día.
Giovanni siguió a Circe, dándose cuenta de que, si uno doblaba dos veces a la izquierda en cualquier corredor, entonces al final uno llegaba a la sala de estar. Luego, de allí uno podía encontrar la entrada principal pasando por las puertas francesas en la parte trasera. Pero en lo que estaba pensando era que se sentía como… como encariñado de la chiquilla. Estaba muy sorprendido de lo fácil que había congeniado con Circe, porque ella era de menos tres o cuatro años menor que él. Aparte de todo, él no era el tipo de chico que se encariñaba de nadie, nunca, mucho menos de alguna chiquilla que no se callaba la boca para nada.
Aunque apenas si tardaron unos dos minutos en llegar a la puerta de entrada, Circe logró preguntarle cuál era su nombre completo, su edad, el nombre de su mamá, de dónde era, cuál era su película favorita, cuál era su color favorito, cuándo era su cumpleaños, si tenía novias, si le gustaba más la Coca o la Pepsi, cuál tipo de música le gustaba, si podía oír alguna canción en su iPod, si le gustaba ver tele, y probablemente hubiera continuado si no hubieran llegado y encontrado a todos listos para comenzar las faenas diarias. El Sr. Wozniak ya los estaba esperando.
—Muy bien, hoy vamos a cortar leños. Vamos a necesitar muchos leños para fogatas, chicos: ¡los inviernos acá son de mucha nieve y muy fríos! Ya tengo las hachas listas; síganme hasta el cobertizo.
El cobertizo estaba como a cincuenta metros de la cabaña principal, detrás de la primera línea de árboles del bosque. Caminando junto a Wozniak, Giovanni intercambió algunos comentarios insulsos sobre haber dormido bien y comido un buen desayuno. Al llegar, todos se pusieron un poco pálidos al toparse con la tremenda pila. Parecía como si alguien hubiera apilado troncos en un área del tamaño de una cancha de baloncesto, hasta una altura de cinco metros, más o menos.
—Oh, pero no se preocupen, niños, que no tienen que cortarlos todos hoy. Tan solo necesitamos dos o tres atados de leña. Veamos cuánto logramos hacer ahora.
—Pero Sr. Wozniak —preguntó uno de los niños más chicos—, ¿qué un atado de leña no es una pila de como tres y medio metros cúbicos?
—¡Miren qué listo es Bryan! —sonrió abiertamente Wozniak—. ¡Correcto! A ver, déjenme mostrarles lo que necesitan hacer.
Durante la siguiente media hora les mostró a todos cómo partir troncos hasta el tamaño adecuado y cómo apilarlos en el remolque oxidado. Ya con gafas y guantes puestos, se dividieron en parejas y comenzaron con la faena del día. Giovanni no estaba muy convencido de que fuera buena idea tener a un montón de niños dando hachazos tan cerca los unos de los otros, pero todos parecían dispuestos a tener mucho cuidado. El Sr. Wozniak le pidió que se apartaran unos pasos para hablar en confianza.
—Mira, Giovanni, necesito ponerte al tanto de todo lo que sucede aquí y por qué te pedimos que vinieras, y de lo que se trata La Escuela. Siento mucho que no hayas venido desde el comienzo del semestre, hace seis semanas. Voy a tener que darte la versión resumida de la orientación. Pero pareces ser un chico bastante recio, así que espero que los secretos que te voy a confiar no te pongan muy incómodo… Para comenzar, los folletos dicen que somos una escuela preparatoria para educación universitaria, pero eso no es del todo cierto.
Giovanni hacía mucho tiempo que había aprendido el arte del silencio. Tan solo arqueó una ceja, dándole a entender a Wozniak que continuara.
—Mira, muchos de los niños aquí son tal como tú, así que no creas que eres el único en esta situación. La mayoría no sabían que tenían la Magick, y provienen de familias donde nunca nadie había mostrado aptitudes. Pero, de repente, un día se hallan haciendo cosas raras que no deberían ser posibles, y nuestros caza-talentos los detectan y convencen a sus padres a que los manden a La Escuela para que podamos enseñarles la manera apropiada de usar sus dotes naturales. Y eso es más o menos lo que sucedió contigo.
—Bueno, pero yo no soy mago para nada… Nunca he hecho nada extraordinario, que yo sepa…
—¿En serio? Bueno, pero en tu familia ha habido otra persona bastante extraordinaria, con el Don.
—¿Quién, mi tía Marge? Mi mamá me contó que ella también vino a esta escuela… ¡Pero ella era una anormal!
—¿Que qué? ¡Mira, que Marge Wingrove es legendaria, nene! —El Sr. Wozniak parecía bastante molesto, y con semejante tamaño causaba alarma verlo fruncir el ceño—. ¡Ella fue la mejor Superdotada en el Siglo XX, quiero que sepas!
—'Ta bueno, calmex… Híjole, hombre, que nomás te estoy diciendo cómo se veía ella cuando yo era chico, ¿me entiendes? No era mi culpa que se portara como energúmena… Lo que sea, ¿cómo iba yo a imaginarme que era buena maga? Digo, ¿aunque sea era tan buena como David Copperfield? —Esto era lo más cercano a una disculpa de parte de Giovanni.
El Sr. Wozniak bufó con desprecio.
—¡Já! Copperfield solo realiza trucos, nene. Me refiero a la Magick real. Ya te irás acostumbrando a la idea… —Wozniak se calmó de inmediato—. Primero, me contaron por ahí que tienes que ponerte al corriente con tus clases regulares, y entonces te esperan días difíciles con las Furias. Por eso quiero que pongas mucha atención a las lecciones que tomarás con la Dra. Doe, el profesor Benoni y conmigo, ¿bien? Bien, entonces… Ah, y otra cosa: ya sé que eres duro de pelar, pero no dejes que los hermanos Thompson y Garret Feldman te provoquen a romperles la cara. Tienes la facha de que puedes encargarte de los tres juntos en una pelea pareja, pero esos chicos vienen de familias donde la Magick ha residido por generaciones, y tienen algunos trucos bastante horribles a su disposición. No quiero verme obligado a ser duro con ustedes, así que no me des motivos, ¿sale? Si continúan acosándote, avísame para hacerme cargo. Ahora dime, ¿qué preguntas tienes?
—Este… Entonces, ¿ustedes en serio creen que son hechiceros y brujas?
—¡No, no, no para nada! ¡Creemos en la Magick! ¡Todas esas cosas de hechicería se las reservamos a nuestros primos británicos! ¡Ah, ja, ja, ja! —Wozniak echó la cabeza hacia atrás para carcajearse—. Ya irás aprendiendo todo esto en tus clases, pero que sea suficiente saber que nuestra convicción reposa en nuestra humanidad inherente.
Giovanni arqueó la ceja de nuevo.
—Lo que quiero decir —continuó Wozniak— es que creemos en el poder de la Voluntad sobre la Realidad. Creemos en ser parte activa de la sociedad. Nuestra Magick es tan solo un aspecto de nuestra individualidad. Como los músicos, por ejemplo: ellos hacen cosas extraordinarias cuando interpretan música, pero son gente común y corriente el resto del tiempo. Ahora bien, nuestros primos británicos son un poco más…, bueno, "decir la verdad espanta al diablo", decía mi abuela…, los británicos son bastante medievales. Se han retirado del curso normal de la historia humana y han decidido vivir en un mundo de fantasía de su propia creación. Y luego se maravillan de que cada año hay menos de ellos… No, como dije, nosotros somos parte de la sociedad normal. Sin embargo, hacemos cosas extraordinarias. Pero, en fin, ¡pongamos manos a la obra! ¿Ya sabes como cortar leños?, ¿sí?, bueno, entonces tú comienza y yo apilo los leños. Diez minutos después intercambiamos tareas, ¿listo?
Para la hora de la comida, los del Cardumen Cerúleo apenas si podían caminar, tan cansados estaban de partir tantos leños. Casi completaron un atado de leños ese día.
Continuará…
Finitum 7 (ES)
7. Extrañas clases
Después de la hora de la comida Circe le mostró a Giovanni que, para poder regresar al Cardumen Cerúleo, uno tan solo necesitaba dar dos vueltas a la izquierda en pasillos contiguos, y luego una vuelta a la derecha en el siguiente. Dicha acción los depositaba en el largo pasillo con una sola puerta. Como Giovanni empezaba a ubicarse, por fin notó que hasta el umbral de la puerta estaba pintado color azul cerúleo. Después de comer, Circe le había estado explicando la única manera segura de navegar el interior de la cabaña.
—Mira, todos vamos a la biblioteca para comenzar las clases cada día, y allí vienen los maestros por nosotros… De otra manera nos perderíamos vagando por los pasillos. ¿Sabes?, este edificio se llama "La cabaña de los mil corredores". ¡Uuuuy! ¡Qué miedo extraviarse aquí! Cuentan que ha habido niños que se pierden por vagar los pasillos, así que limítate a lo que ya sabemos, ¿eh? Dos vueltas a la izquierda y una a la derecha: el Cardumen Cerúleo. Línea recta: la cocina. Dos vueltas a la izquierda: la sala de estar. Dos vueltas a la derecha: la biblioteca. ¡No te vayas a vagar! ¿Eh? ¿Eh?
—¡'Tá bueeeeeno! —Giovanni torció los ojos. ¡Qué ridiculez! ¿Cómo va a ser posible que alguien se pierda adentro de una casa? Sin importar qué apariencia tan tonta tuviera, era una simple casa, ¿no?
Pero, por si las dudas, siguió a Circe de camino a la biblioteca, sumiso, dando las vueltas indicadas sin protestar. Sin embargo, se imaginaba que sería muy interesante agarrar a los gemelos Thompson y a Garret Feldman, ponerles una venda en los ojos, hacerlos girar una docena de veces y dejar que deambularan por toda la cabaña.
***
Durante el tiempo que estuvo en la biblioteca Giovanni se entretuvo en encontrar la misma expresión en el rostro de todos: pura desesperación. Era muy extraño ver a niños de once hasta diecisiete años de edad compartiendo escritorios y sillones, y todos rascándose la cabeza y haciendo sus deberes con caras adustas, sobre todo porque podía imaginarse que cada uno de ellos tenía deberes distintos. Parecía que de ahora en adelante no habría posibilidad de aburrirse en clase, porque ya no tendría que estar esperando a los más tontos a que entendieran al maestro.
Al principio, al llegar a la biblioteca, Ágatha lo recibió con una sonrisa y le pidió que tomara asiento. Mientras que Adelaide y Tábitha repartían todos los deberes de ese día y contestaban algunas preguntas del resto de los estudiantes, Ágatha puso a Giovanni a resolver una prueba tras otra, demandando que terminara cada prueba en un período ridículo. Por ejemplo, había una prueba de cinco páginas impresas por los dos lados, tapizada con ecuaciones cuadráticas, y con espacio en blanco solo para las respuestas pero no para trabajar el problema. Ágatha le dio diez minutos para solucionarla. Apenas había terminado los primeros cinco problemas cuando Ágatha le arrebató la prueba y le dio una de lectura y redacción. Luego le dio pruebas de Química, Biología, Historia local y mundial y Civismo, de igual manera demandando que las completara en tiempo récord.
Un poco después de dos horas las pruebas por fin terminaron, y Giovanni se sentía como si le hubieran puesto el cerebro en una rostizadora para pollos. Se masajeó las sienes. Luego, cuando notó que ya casi todos se habían ido, de inmediato se sintió deprimido. A lo mejor todos en esta escuela eran más listos que él. Quizá en serio que eran "superdotados", y habían cometido un error al seleccionarlo para La Escuela. Bueno, claro que él se creía mucho más listo que la mayoría de los otros estudiantes de las academias militares a las que había asistido. Y estaba completamente seguro de ser más listo que los maestros de las escuelas públicas. Total, que esto era como se sentía ser más lerdo que los demás. Carajo…
Pero también notó que Garret Feldman parecía estar sudando la gota gorda, agazapado sobre un montón de papeles, mordiendo el borrador de su lápiz y con Adelaide vigilándolo severamente. Se empezó a sentir un poco mejor. Al menos no tenía a ninguna de las Furias echándole miradas de buitre por las respuestas que puso en las pruebas. Con tal de que le fuera mejor que al mocoso Garret, se sentiría satisfecho consigo mismo, pensó con una sonrisita.
Deshinchándole la fantasía, Ágatha y Tábitha se sentaron frente a él, las dos muy serias. Se miraron por un momento, y luego lo miraron a él con detenimiento. Giovanni se pudo dar cuenta muy bien por qué les decían "Las Furias": ahora que no sonreían, se veían de plano severas y amenazadoras.
—Mira, Giovanni, no hay manera de decirlo amablemente: te va a ir de la patada. Te falta mucho para ponerte al corriente. Así que tenemos que superar todas estas chiquilladas primero. Cada día de clase te vas a pasar las primeras tres horas con nosotras para encargarnos de las clases normales. El tiempo que te sobre lo usarás de manera ferviente para aprender todo lo que puedas del Sr. Wozniak, de la Dra. Doe y del profesor Benoni. ¿Comprendes?
Cinco academias militares lo habían preparado muy bien para responder apropiadamente:
—¡Sí, señor! ¡A la orden! Este… es decir, señora.
—Bueeeeno… Bien, mira: si te aplicas en serio, yo opino que podemos completar tu currículo del undécimo grado para fines de noviembre, y todos los cursos de último grado para abril. Pero estamos hablando del mejor de los casos, ¿está bien?
—¿¿Bromea??
—¡Jovencito! ¿Te parece que bromeamos? —Giovanni se confesó a sí mismo que semejantes caras ancianas parecían jamás bromear. Pero simplemente no podía creer que iban a resumir dos años completos de clases regulares en menos de dos semestres.
—Bueno, simplemente no lo puedo creer…
—Te entiendo, pero todas estas pruebas que te hicimos eran para evaluar, aparte de cuánto sabes, tu capacidad de adaptarte a la presión y a la variedad de temas. Vamos a diseñar un plan de estudios con tus fortalezas y debilidades particulares en mente, y conseguirás tu diploma de bachillerato para el próximo verano. Pero no creas que va a ser nada fácil: vas a tener que esforzarte más que nunca. ¡No aceptamos excusas! ¡No tienes permitido fallar! ¡Cueste lo que te cueste, jovencito!
Por un momento las dos viejitas tenían una mirada tan desalmada, que Giovanni no dudó ni por un segundo que recurrirían hasta a la tortura si fuera necesario para lograr que se desempeñara como lo anticipaban.
—No hacemos esto para que te la pases suave; al contrario, vas a tener que aplicarte como nunca, pero de cualquier otra manera no podrás dedicarte al verdadero propósito del aprendizaje: el desarrollo de tu Magick.
—Esteee…, sí, sobre eso: tengo dudas graves sobre mi magia, o lo que sea que le llamen…
—Sí, ya sabemos, pero para eso tienes las otras clases. Mira, entendemos que se te va a dificultar bastante al principio aceptar todas las cosas que irás aprendiendo con tus otros maestros. Lo único que te pedimos es que mantengas abierta tu mente, sin prejuicios, es todo.
Y entonces las dos sonrieron.
Giovanni hasta se sintió aliviado de ver esas sonrisas. No lo había notado, pero de alguna manera estaba completamente intimidado por las dos viejitas. Obvio que no eran las abuelitas querendonas que se imaginó al principio.
—¡Vamos, pues! Dejemos que el Sr. Wozniak sea quien comience tu educación real.
Adelaide, después de haber llevado a Garret a su siguiente clase, estaba de regreso. Se acercó a la mesa, le dio unas palmaditas en el hombro a Giovanni, y todos salieron de la biblioteca juntos.
Después de la hora de la comida Circe le mostró a Giovanni que, para poder regresar al Cardumen Cerúleo, uno tan solo necesitaba dar dos vueltas a la izquierda en pasillos contiguos, y luego una vuelta a la derecha en el siguiente. Dicha acción los depositaba en el largo pasillo con una sola puerta. Como Giovanni empezaba a ubicarse, por fin notó que hasta el umbral de la puerta estaba pintado color azul cerúleo. Después de comer, Circe le había estado explicando la única manera segura de navegar el interior de la cabaña.
—Mira, todos vamos a la biblioteca para comenzar las clases cada día, y allí vienen los maestros por nosotros… De otra manera nos perderíamos vagando por los pasillos. ¿Sabes?, este edificio se llama "La cabaña de los mil corredores". ¡Uuuuy! ¡Qué miedo extraviarse aquí! Cuentan que ha habido niños que se pierden por vagar los pasillos, así que limítate a lo que ya sabemos, ¿eh? Dos vueltas a la izquierda y una a la derecha: el Cardumen Cerúleo. Línea recta: la cocina. Dos vueltas a la izquierda: la sala de estar. Dos vueltas a la derecha: la biblioteca. ¡No te vayas a vagar! ¿Eh? ¿Eh?
—¡'Tá bueeeeeno! —Giovanni torció los ojos. ¡Qué ridiculez! ¿Cómo va a ser posible que alguien se pierda adentro de una casa? Sin importar qué apariencia tan tonta tuviera, era una simple casa, ¿no?
Pero, por si las dudas, siguió a Circe de camino a la biblioteca, sumiso, dando las vueltas indicadas sin protestar. Sin embargo, se imaginaba que sería muy interesante agarrar a los gemelos Thompson y a Garret Feldman, ponerles una venda en los ojos, hacerlos girar una docena de veces y dejar que deambularan por toda la cabaña.
***
Durante el tiempo que estuvo en la biblioteca Giovanni se entretuvo en encontrar la misma expresión en el rostro de todos: pura desesperación. Era muy extraño ver a niños de once hasta diecisiete años de edad compartiendo escritorios y sillones, y todos rascándose la cabeza y haciendo sus deberes con caras adustas, sobre todo porque podía imaginarse que cada uno de ellos tenía deberes distintos. Parecía que de ahora en adelante no habría posibilidad de aburrirse en clase, porque ya no tendría que estar esperando a los más tontos a que entendieran al maestro.
Al principio, al llegar a la biblioteca, Ágatha lo recibió con una sonrisa y le pidió que tomara asiento. Mientras que Adelaide y Tábitha repartían todos los deberes de ese día y contestaban algunas preguntas del resto de los estudiantes, Ágatha puso a Giovanni a resolver una prueba tras otra, demandando que terminara cada prueba en un período ridículo. Por ejemplo, había una prueba de cinco páginas impresas por los dos lados, tapizada con ecuaciones cuadráticas, y con espacio en blanco solo para las respuestas pero no para trabajar el problema. Ágatha le dio diez minutos para solucionarla. Apenas había terminado los primeros cinco problemas cuando Ágatha le arrebató la prueba y le dio una de lectura y redacción. Luego le dio pruebas de Química, Biología, Historia local y mundial y Civismo, de igual manera demandando que las completara en tiempo récord.
Un poco después de dos horas las pruebas por fin terminaron, y Giovanni se sentía como si le hubieran puesto el cerebro en una rostizadora para pollos. Se masajeó las sienes. Luego, cuando notó que ya casi todos se habían ido, de inmediato se sintió deprimido. A lo mejor todos en esta escuela eran más listos que él. Quizá en serio que eran "superdotados", y habían cometido un error al seleccionarlo para La Escuela. Bueno, claro que él se creía mucho más listo que la mayoría de los otros estudiantes de las academias militares a las que había asistido. Y estaba completamente seguro de ser más listo que los maestros de las escuelas públicas. Total, que esto era como se sentía ser más lerdo que los demás. Carajo…
Pero también notó que Garret Feldman parecía estar sudando la gota gorda, agazapado sobre un montón de papeles, mordiendo el borrador de su lápiz y con Adelaide vigilándolo severamente. Se empezó a sentir un poco mejor. Al menos no tenía a ninguna de las Furias echándole miradas de buitre por las respuestas que puso en las pruebas. Con tal de que le fuera mejor que al mocoso Garret, se sentiría satisfecho consigo mismo, pensó con una sonrisita.
Deshinchándole la fantasía, Ágatha y Tábitha se sentaron frente a él, las dos muy serias. Se miraron por un momento, y luego lo miraron a él con detenimiento. Giovanni se pudo dar cuenta muy bien por qué les decían "Las Furias": ahora que no sonreían, se veían de plano severas y amenazadoras.
—Mira, Giovanni, no hay manera de decirlo amablemente: te va a ir de la patada. Te falta mucho para ponerte al corriente. Así que tenemos que superar todas estas chiquilladas primero. Cada día de clase te vas a pasar las primeras tres horas con nosotras para encargarnos de las clases normales. El tiempo que te sobre lo usarás de manera ferviente para aprender todo lo que puedas del Sr. Wozniak, de la Dra. Doe y del profesor Benoni. ¿Comprendes?
Cinco academias militares lo habían preparado muy bien para responder apropiadamente:
—¡Sí, señor! ¡A la orden! Este… es decir, señora.
—Bueeeeno… Bien, mira: si te aplicas en serio, yo opino que podemos completar tu currículo del undécimo grado para fines de noviembre, y todos los cursos de último grado para abril. Pero estamos hablando del mejor de los casos, ¿está bien?
—¿¿Bromea??
—¡Jovencito! ¿Te parece que bromeamos? —Giovanni se confesó a sí mismo que semejantes caras ancianas parecían jamás bromear. Pero simplemente no podía creer que iban a resumir dos años completos de clases regulares en menos de dos semestres.
—Bueno, simplemente no lo puedo creer…
—Te entiendo, pero todas estas pruebas que te hicimos eran para evaluar, aparte de cuánto sabes, tu capacidad de adaptarte a la presión y a la variedad de temas. Vamos a diseñar un plan de estudios con tus fortalezas y debilidades particulares en mente, y conseguirás tu diploma de bachillerato para el próximo verano. Pero no creas que va a ser nada fácil: vas a tener que esforzarte más que nunca. ¡No aceptamos excusas! ¡No tienes permitido fallar! ¡Cueste lo que te cueste, jovencito!
Por un momento las dos viejitas tenían una mirada tan desalmada, que Giovanni no dudó ni por un segundo que recurrirían hasta a la tortura si fuera necesario para lograr que se desempeñara como lo anticipaban.
—No hacemos esto para que te la pases suave; al contrario, vas a tener que aplicarte como nunca, pero de cualquier otra manera no podrás dedicarte al verdadero propósito del aprendizaje: el desarrollo de tu Magick.
—Esteee…, sí, sobre eso: tengo dudas graves sobre mi magia, o lo que sea que le llamen…
—Sí, ya sabemos, pero para eso tienes las otras clases. Mira, entendemos que se te va a dificultar bastante al principio aceptar todas las cosas que irás aprendiendo con tus otros maestros. Lo único que te pedimos es que mantengas abierta tu mente, sin prejuicios, es todo.
Y entonces las dos sonrieron.
Giovanni hasta se sintió aliviado de ver esas sonrisas. No lo había notado, pero de alguna manera estaba completamente intimidado por las dos viejitas. Obvio que no eran las abuelitas querendonas que se imaginó al principio.
—¡Vamos, pues! Dejemos que el Sr. Wozniak sea quien comience tu educación real.
Adelaide, después de haber llevado a Garret a su siguiente clase, estaba de regreso. Se acercó a la mesa, le dio unas palmaditas en el hombro a Giovanni, y todos salieron de la biblioteca juntos.
Continuará…
Finitum 8 (ES)
8. La práctica hace al maestro
Giovanni se sintió complacido de ver reunidos en su totalidad a los niños de La Escuela en el mismo salón de clases, de nuevo. A lo mejor, pensó, a lo mejor no estoy tan lerdo como creía al principio.
Las Tres Furias habían caminado con él por algunos corredores, y cuando llegaron a una puerta con un símbolo raro grabado en ella, la puerta se abrió sola, y Ágatha empujó un poco a Giovanni para que se metiera.
—¡Señor Wozniak! Perdón por el retraso y la interrupción.
—No hay problema alguno, doña Ágatha, y gracias por acompañarlo —y le hizo señas a Giovanni que se fuera a sentar en el piso.
Circe se juntó más a Traci y a Staci para hacerle un lugarcito junto a ella. Al cruzar el salón, Giovanni notó al resto de los niños cuchicheando y mirándolo descaradamente. Los cuarenta y cuatro niños estaban sentados en un semicírculo de tres filas alrededor del Sr. Wozniak, que siendo tan grandote se notaba desde cualquier parte del salón. Era una habitación casi vacía. Había un banco de tres patas bastante tosco y una pizarra. Sobre el banco había una especie de cubeta metálica, y junto al banco, en el suelo, una caja plástica llena de hojas sueltas. El Sr. Wozniak todavía traía puesta su camisa de franela, tejanos, tirantes y botas pesadas: no tenía aspecto de maestro en lo absoluto.
Giovanni tomaba asiento mientras el Sr. Wozniak estaba empinado sobre la caja plástica y mascullando entre dientes, manoteando entre las hojas. Se enderezó y tenía una pila de papeles en la mano.
—¡Muy bien, aquí tiene, señorito Wingrove! —El Sr. Wozniak le entregó como cincuenta páginas a Giovanni—. Estos son los apuntes de las últimas seis semanas. Quiero que leas de menos hasta el capítulo tres para mañana, y para el viernes debes completar los ejercicios hasta el capítulo cinco. Con eso te pones al parejo con el resto de la clase. Bueno, como estaba diciendo…
Giovanni notó que todos los niños se mostraban entusiasmados y hasta se sentaban inclinados hacia enfrente, pendientes de cada una de las palabras del Sr. Wozniak.
—Hemos estado practicando todos los pasos que conducen a un acto de Magick. Ya aprendieron algunos símbolos básicos y como trazarlos correctamente. Aprendieron ya a delinear el círculo y el triángulo como es debido. Han aprendido a usar trazos precisos al dibujar estos símbolos, y el orden adecuado de hacerlo, repitiendo cada palabra en voz baja para aumentar su concentración. Una vez bien concentrados, deberían poder efectuar la Magick.
—¡Óyeme, no! —Giovanni interrumpió, grosero—. No me vayan a salir con que venimos a esta escuela a aprender truquitos de magia… ¡Qué estupidez!
—Ajá, sí, hombre, lo que digas. Ya veremos lo que opinas al final de esta clase. Por ahora, nomás cierra la trompa y pon atención, ¿sale? —El Sr. Wozniak no parecía molesto en lo absoluto.
—Wingrove, eres un pendejo… —El insulto en voz baja flotó hasta donde Giovanni estaba sentado. Por supuesto, Garret fue quien lo dijo, sentado dos filas atrás junto con sus compinches, los gemelos Thompson. Giovanni volteó y quedó sorprendido de toparse con la mirada del resto de los compañeros: todos tenían el ceño fruncido, adheridos al pronunciamiento. Cerró la boca.
—Bueno, Garret, ¿por qué no nos muestras cómo hacerlo? Tú tienes más práctica que la mayoría —dijo Wozniak, invitándolo a pasar con gestos de su garra.
Con una expresión ufana y petulante, el pequeño Garret, de once años de edad, pasó al frente de la clase y tomó la tiza que le ofrecía en su mano el Sr. Wozniak.
—¿Sí recuerdas todos los pasos, verdá? Bueno, entonces necesito que digas todo en voz alta, para que no te distraigas. ¡Niños! Recuerden que a este nivel, la concentración y el enfoque son los aspectos más importantes. ¡Dale, pues! ¡¡El Acto de Unión!!
Garret asintió con la cabeza y se puso muy serio. Tiza en mano, se arrodilló.
—Este círculo abarca mi intención; este círculo representa mi voluntad —Garret dijo con un sonsonete, dibujando un círculo en el suelo en dos trazos, y luego un círculo concéntrico más pequeño adentro del primero—. Hache, ene, pe, cu… Una frase para cada letra; una idea para cada frase: Unión… Juntar… Completo… Igual…
Mientras declamaba, escribió las letras equidistantes en el espacio entre los círculos, y luego encerró cada letra en su propio círculo, uniéndolas con líneas trazadas a través de los círculos, resultando un dibujo parecido a un número cuatro adentro de dos círculos.
—Es mi voluntad, lo que hago —y al decir estas palabras, dibujó un triángulo equilátero adentro de los círculos con un gesto dramático.
Entonces Garret se puso de pie y rompió la tiza en dos pedazos. Tomo un pedazo en cada mano y se los mostró primero al Sr. Wozniak y luego al resto de la clase. De nuevo se arrodilló y colocó los dos pedazos en el centro del dibujo del número cuatro, adentro del triángulo. Garret se acercó a la cubeta metálica y extrajo de ella una bengala de mano, y después de respirar profundamente, dijo con voz sonora: «¡Es mi voluntad!»
Encendió la bengala y se agachó para colocarla adentro del triángulo y círculo, junto a los pedazos de tiza. Al momento que la bengala tocó el piso, se apagó. Al mismo tiempo, un leve destello azul vivo parpadeó sobre el área descrita por el círculo.
El Sr. Wozniak le alborotó el cabello a Garret y dijo:
—¡Muy bien hecho! Toma asiento de nuevo, por favor. Muchas gracias.
Se agachó a recoger la tiza —que de nuevo era una sola pieza— para mostrarla al grupo. Todos hicieron "¡Oooh!" y "¡Aaah!", excepto Giovanni, que tenía puesta una mueca burlona.
—¡Ay, sí, tú, cómo no! No puedo creer que nunca hayan visto juegos de manos. ¿Y ahora qué? ¿Un conejo de un sombrero? —y les sonó una pedorreta. Circe le dio un codazo en las costillas, fuerte, y se notaba ofendida—. ¿Qué tienes? ¡No me digas que crees estas patrañas?
—¡¡Muy bien, el que sigue!! ¡Circe, pasa enfrente y trae a tu amigo el escéptico! —dijo el Sr. Wozniak, que extrañamente parecía más divertido que molesto.
—¡Vamos! —Circe dijo furiosa, y arrastró a Giovanni de la mano tras ella. Algunos niños se rieron de ellos, pero los demás seguían cuchicheando sobre la demostración de Garret.
—Muy bien, señorita Circe, antes que nada, dígame: ¿puede usar este círculo de nuevo? —El Sr. Wozniak apuntó al piso con un dedo del tamaño de un chorizo.
—¿S-sssí? —Circe lo dijo como pregunta, al parecer un poco confundida.
—¿Para el mismo Acto, o para uno distinto?
—No, tiene que ser el mismo… —Parecía un poco menos insegura.
—Explica.
—No funcionaría con un Acto distinto, porque el enfoque tendría que ser diferente.
—¡Buena memoria! —El Sr. Wozniak le sonrió a Circe—. Y, recuerden, niños —continuó Wozniak, dirigiéndose al resto de la clase—, que la única manera que sabemos cuál Acto se realizó con este círculo y triángulo es porque Garret dijo en voz alta lo que estaba haciendo. De cualquier otra manera, nunca podríamos adivinar el significado de las letras que escribió porque…
Wozniak hizo una pausa, y todo el salón dijo a coro junto con él:
—¡Los símbolos son personales, y solo tienen significado para quien los haya trazado!
Después de sonreír, Wozniak continuó.
—No se puede usar el círculo de nuevo si no conocemos su propósito. Ahora, Circe, usa el círculo… ¡Espera! Vamos a hacer un poco de pres-ti-di-gi-ta-ción para Giovanni. Oye, ¿tienes algún billete en tus bolsillos? ¿Giovanni, tienes uno? ¡Oye, Giovanni!
Giovanni parpadeó varias veces —era obvio que no había puesto mucha atención— y sacó un billete de un dólar de su cartera.
—Si quieres, puedes escribir algo en el billete, para que sepas que sí es tuyo. Ahora, rómpelo a la mitad y ponlo adentro del círculo en el piso… —Giovanni accedió, escribiendo "tarados" en el billete y luego rasgándolo a la mitad, pero a lo largo del billete. Después, al colocarlo en el piso, se cercioró de que las dos mitades estuvieran separadas por completo.
—Muy bien, Circe, ¡dale gas! —Wozniak sonaba como si se estuviera aguantando las ganas de reír.
Circe masculló unas cuantas cosas en voz baja, con las manos dobladas bajo su mentón, repitiendo la mayoría de lo que había dicho Garret. Se agachó para tocar la orilla del círculo con la punta de los dedos. Se enderezó y tomó una bengala, la prendió y gritó un poco mas fuerte de lo necesario: «¡¡Es mi voluntad!!», y dejó caer la bengala al piso, adentro del círculo.
Una vez más, la bengala se extinguió al tocar el piso, y otro destello azul parpadeó alrededor del círculo.
—¡Ah, carambas! —Giovanni estaba allí, parpadeando estúpidamente, mirando a su billete de un dólar completamente restaurado al lado de una bengala chamuscada—. ¡Pero ni siquiera tocó el billete! —dijo en un murmullo. Giovanni volteó hacia el Sr. Wozniak, y con una expresión de confusión le demandó:
—¿Pero cómo sucedió?
El Sr. Wozniak soltó una risotada.
—¡Ah, Giovanni! Crees que viste algo extraordinario, ¿verdad? ¡Ay, chico! ¡No sabes la que te espera! Bueno, con respecto al "cómo" se hace, pues haz tu tarea y vas a aprender el proceso paso a paso. Pero el "cómo", o sea "¿cómo es posible?", para entender eso necesitas tomar clases con el profesor Benoni. Te lo explicará mucho mejor, en serio… Bien, de regreso a sus lugares. ¿Quién quiere pasar a continuación?
Todos alzaron la mano.
Pasaron el resto de la clase, hasta la hora de la cena, practicando aunque sea una vez el Acto de Unión. Giovanni comenzó a leer sus apuntes y a hacer su tarea allí mismo, en clase, preguntándole cosas a Circe, Staci y Traci, y después de un rato varios otros comenzaron a darle las respuestas correctas, para ayudarle a completar la cantidad monstruosa de tarea.
Pero el Sr. Wozniak no lo dejó intentar usar Magick ese día.
Giovanni se sintió complacido de ver reunidos en su totalidad a los niños de La Escuela en el mismo salón de clases, de nuevo. A lo mejor, pensó, a lo mejor no estoy tan lerdo como creía al principio.
Las Tres Furias habían caminado con él por algunos corredores, y cuando llegaron a una puerta con un símbolo raro grabado en ella, la puerta se abrió sola, y Ágatha empujó un poco a Giovanni para que se metiera.
—¡Señor Wozniak! Perdón por el retraso y la interrupción.
—No hay problema alguno, doña Ágatha, y gracias por acompañarlo —y le hizo señas a Giovanni que se fuera a sentar en el piso.
Circe se juntó más a Traci y a Staci para hacerle un lugarcito junto a ella. Al cruzar el salón, Giovanni notó al resto de los niños cuchicheando y mirándolo descaradamente. Los cuarenta y cuatro niños estaban sentados en un semicírculo de tres filas alrededor del Sr. Wozniak, que siendo tan grandote se notaba desde cualquier parte del salón. Era una habitación casi vacía. Había un banco de tres patas bastante tosco y una pizarra. Sobre el banco había una especie de cubeta metálica, y junto al banco, en el suelo, una caja plástica llena de hojas sueltas. El Sr. Wozniak todavía traía puesta su camisa de franela, tejanos, tirantes y botas pesadas: no tenía aspecto de maestro en lo absoluto.
Giovanni tomaba asiento mientras el Sr. Wozniak estaba empinado sobre la caja plástica y mascullando entre dientes, manoteando entre las hojas. Se enderezó y tenía una pila de papeles en la mano.
—¡Muy bien, aquí tiene, señorito Wingrove! —El Sr. Wozniak le entregó como cincuenta páginas a Giovanni—. Estos son los apuntes de las últimas seis semanas. Quiero que leas de menos hasta el capítulo tres para mañana, y para el viernes debes completar los ejercicios hasta el capítulo cinco. Con eso te pones al parejo con el resto de la clase. Bueno, como estaba diciendo…
Giovanni notó que todos los niños se mostraban entusiasmados y hasta se sentaban inclinados hacia enfrente, pendientes de cada una de las palabras del Sr. Wozniak.
—Hemos estado practicando todos los pasos que conducen a un acto de Magick. Ya aprendieron algunos símbolos básicos y como trazarlos correctamente. Aprendieron ya a delinear el círculo y el triángulo como es debido. Han aprendido a usar trazos precisos al dibujar estos símbolos, y el orden adecuado de hacerlo, repitiendo cada palabra en voz baja para aumentar su concentración. Una vez bien concentrados, deberían poder efectuar la Magick.
—¡Óyeme, no! —Giovanni interrumpió, grosero—. No me vayan a salir con que venimos a esta escuela a aprender truquitos de magia… ¡Qué estupidez!
—Ajá, sí, hombre, lo que digas. Ya veremos lo que opinas al final de esta clase. Por ahora, nomás cierra la trompa y pon atención, ¿sale? —El Sr. Wozniak no parecía molesto en lo absoluto.
—Wingrove, eres un pendejo… —El insulto en voz baja flotó hasta donde Giovanni estaba sentado. Por supuesto, Garret fue quien lo dijo, sentado dos filas atrás junto con sus compinches, los gemelos Thompson. Giovanni volteó y quedó sorprendido de toparse con la mirada del resto de los compañeros: todos tenían el ceño fruncido, adheridos al pronunciamiento. Cerró la boca.
—Bueno, Garret, ¿por qué no nos muestras cómo hacerlo? Tú tienes más práctica que la mayoría —dijo Wozniak, invitándolo a pasar con gestos de su garra.
Con una expresión ufana y petulante, el pequeño Garret, de once años de edad, pasó al frente de la clase y tomó la tiza que le ofrecía en su mano el Sr. Wozniak.
—¿Sí recuerdas todos los pasos, verdá? Bueno, entonces necesito que digas todo en voz alta, para que no te distraigas. ¡Niños! Recuerden que a este nivel, la concentración y el enfoque son los aspectos más importantes. ¡Dale, pues! ¡¡El Acto de Unión!!
Garret asintió con la cabeza y se puso muy serio. Tiza en mano, se arrodilló.
—Este círculo abarca mi intención; este círculo representa mi voluntad —Garret dijo con un sonsonete, dibujando un círculo en el suelo en dos trazos, y luego un círculo concéntrico más pequeño adentro del primero—. Hache, ene, pe, cu… Una frase para cada letra; una idea para cada frase: Unión… Juntar… Completo… Igual…
Mientras declamaba, escribió las letras equidistantes en el espacio entre los círculos, y luego encerró cada letra en su propio círculo, uniéndolas con líneas trazadas a través de los círculos, resultando un dibujo parecido a un número cuatro adentro de dos círculos.
—Es mi voluntad, lo que hago —y al decir estas palabras, dibujó un triángulo equilátero adentro de los círculos con un gesto dramático.
Entonces Garret se puso de pie y rompió la tiza en dos pedazos. Tomo un pedazo en cada mano y se los mostró primero al Sr. Wozniak y luego al resto de la clase. De nuevo se arrodilló y colocó los dos pedazos en el centro del dibujo del número cuatro, adentro del triángulo. Garret se acercó a la cubeta metálica y extrajo de ella una bengala de mano, y después de respirar profundamente, dijo con voz sonora: «¡Es mi voluntad!»
Encendió la bengala y se agachó para colocarla adentro del triángulo y círculo, junto a los pedazos de tiza. Al momento que la bengala tocó el piso, se apagó. Al mismo tiempo, un leve destello azul vivo parpadeó sobre el área descrita por el círculo.
El Sr. Wozniak le alborotó el cabello a Garret y dijo:
—¡Muy bien hecho! Toma asiento de nuevo, por favor. Muchas gracias.
Se agachó a recoger la tiza —que de nuevo era una sola pieza— para mostrarla al grupo. Todos hicieron "¡Oooh!" y "¡Aaah!", excepto Giovanni, que tenía puesta una mueca burlona.
—¡Ay, sí, tú, cómo no! No puedo creer que nunca hayan visto juegos de manos. ¿Y ahora qué? ¿Un conejo de un sombrero? —y les sonó una pedorreta. Circe le dio un codazo en las costillas, fuerte, y se notaba ofendida—. ¿Qué tienes? ¡No me digas que crees estas patrañas?
—¡¡Muy bien, el que sigue!! ¡Circe, pasa enfrente y trae a tu amigo el escéptico! —dijo el Sr. Wozniak, que extrañamente parecía más divertido que molesto.
—¡Vamos! —Circe dijo furiosa, y arrastró a Giovanni de la mano tras ella. Algunos niños se rieron de ellos, pero los demás seguían cuchicheando sobre la demostración de Garret.
—Muy bien, señorita Circe, antes que nada, dígame: ¿puede usar este círculo de nuevo? —El Sr. Wozniak apuntó al piso con un dedo del tamaño de un chorizo.
—¿S-sssí? —Circe lo dijo como pregunta, al parecer un poco confundida.
—¿Para el mismo Acto, o para uno distinto?
—No, tiene que ser el mismo… —Parecía un poco menos insegura.
—Explica.
—No funcionaría con un Acto distinto, porque el enfoque tendría que ser diferente.
—¡Buena memoria! —El Sr. Wozniak le sonrió a Circe—. Y, recuerden, niños —continuó Wozniak, dirigiéndose al resto de la clase—, que la única manera que sabemos cuál Acto se realizó con este círculo y triángulo es porque Garret dijo en voz alta lo que estaba haciendo. De cualquier otra manera, nunca podríamos adivinar el significado de las letras que escribió porque…
Wozniak hizo una pausa, y todo el salón dijo a coro junto con él:
—¡Los símbolos son personales, y solo tienen significado para quien los haya trazado!
Después de sonreír, Wozniak continuó.
—No se puede usar el círculo de nuevo si no conocemos su propósito. Ahora, Circe, usa el círculo… ¡Espera! Vamos a hacer un poco de pres-ti-di-gi-ta-ción para Giovanni. Oye, ¿tienes algún billete en tus bolsillos? ¿Giovanni, tienes uno? ¡Oye, Giovanni!
Giovanni parpadeó varias veces —era obvio que no había puesto mucha atención— y sacó un billete de un dólar de su cartera.
—Si quieres, puedes escribir algo en el billete, para que sepas que sí es tuyo. Ahora, rómpelo a la mitad y ponlo adentro del círculo en el piso… —Giovanni accedió, escribiendo "tarados" en el billete y luego rasgándolo a la mitad, pero a lo largo del billete. Después, al colocarlo en el piso, se cercioró de que las dos mitades estuvieran separadas por completo.
—Muy bien, Circe, ¡dale gas! —Wozniak sonaba como si se estuviera aguantando las ganas de reír.
Circe masculló unas cuantas cosas en voz baja, con las manos dobladas bajo su mentón, repitiendo la mayoría de lo que había dicho Garret. Se agachó para tocar la orilla del círculo con la punta de los dedos. Se enderezó y tomó una bengala, la prendió y gritó un poco mas fuerte de lo necesario: «¡¡Es mi voluntad!!», y dejó caer la bengala al piso, adentro del círculo.
Una vez más, la bengala se extinguió al tocar el piso, y otro destello azul parpadeó alrededor del círculo.
—¡Ah, carambas! —Giovanni estaba allí, parpadeando estúpidamente, mirando a su billete de un dólar completamente restaurado al lado de una bengala chamuscada—. ¡Pero ni siquiera tocó el billete! —dijo en un murmullo. Giovanni volteó hacia el Sr. Wozniak, y con una expresión de confusión le demandó:
—¿Pero cómo sucedió?
El Sr. Wozniak soltó una risotada.
—¡Ah, Giovanni! Crees que viste algo extraordinario, ¿verdad? ¡Ay, chico! ¡No sabes la que te espera! Bueno, con respecto al "cómo" se hace, pues haz tu tarea y vas a aprender el proceso paso a paso. Pero el "cómo", o sea "¿cómo es posible?", para entender eso necesitas tomar clases con el profesor Benoni. Te lo explicará mucho mejor, en serio… Bien, de regreso a sus lugares. ¿Quién quiere pasar a continuación?
Todos alzaron la mano.
Pasaron el resto de la clase, hasta la hora de la cena, practicando aunque sea una vez el Acto de Unión. Giovanni comenzó a leer sus apuntes y a hacer su tarea allí mismo, en clase, preguntándole cosas a Circe, Staci y Traci, y después de un rato varios otros comenzaron a darle las respuestas correctas, para ayudarle a completar la cantidad monstruosa de tarea.
Pero el Sr. Wozniak no lo dejó intentar usar Magick ese día.
Continuará…
Finitum 9 (ES)
9. Qué pasa
Los estudiantes estaban muy entusiasmados durante la cena, excepto Giovanni, que otra vez se sentía más lerdo que nunca por estar tan retrasado con la tarea de Práctica. Apenas si le había dado unas cuantas cucharadas a su platillo de trozos de chuletas, verduras al vapor y ensalada de fruta, y Circe se la pasaba recordándole que tenía que comer.
Giovanni había resuelto ponerse al día, y seguía trabajando en sus folletos de tarea. Muchas de las páginas ya tenían manchas de jugo de fruta. Cuando Staci, Traci y Circe terminaron de cenar, Giovanni se retiró con ellas del comedor. Pero cuando intentó dejar su charola —casi llena todavía— en los lavaplatos, la señorita Loeb apareció justo atrás de él, mirándolo con párpados entrecerrados.
—¿Qué problema hay con tu comida? —preguntó la enorme monolito de la cocina.
—Este… N-Nada, no hay problema. Lo que pasa es que no tengo mucha hambre que digamos… —Giovanni intentó explicar encogido de hombros. No fue lo suficientemente rápido para escabullirse: la señorita Loeb, sin que pareciera haberse movido en lo absoluto, de repente tenía la charola con su cena en una mano, y a Giovanni atrapado con la otra.
—Regrésate. Siéntate. Cómete todo. ¡Te hará bien!
—¡Óigame! ¡Deje de jalonearme! Ya voy, ya voy, ¿no ve? ¡Válgame…!
La mayoría de los niños se rieron en su carota, y los Thompson y Garret se pararon junto a la puerta para admirar cómo regresaban a Giovanni a la mesa a jaloneos. Circe asomó la cabeza por un momento, e intentando contener la risa, pero no mucho, le dijo: «¿Viste? ¡Te lo dije! ¡¡Adiosito!!».
Quince minutos después Giovanni le presentó todos los platos vacíos a la señorita Loeb, quien solo gruñó y continuó con su imitación de un refrigerador.
Cuando Giovanni llegó al barracón, los demás estaban todavía emocionados de haber practicado el Acto de Unión esa tarde. Hablaban entusiasmados entre ellos, y hasta los Thompson y Garret parecían estar de buen humor y llevándose bien con los demás. Giovanni se fue derechito hacia su litera, y continuó resolviendo su tarea de Práctica, aunque también tuviera una tonelada de tarea de las Furias. Después de un rato fue a preguntarle a Circe si tenía una tiza, porque quería hacer el intento.
—¡¡No no no no no!! —Circe meneó la cabeza con énfasis—. Prohibido usar Magick en los barracones. ¿No leíste las Reglas de La Escuela? ¿No? Bueno, pues no se puede practicar en los barracones.
—¿Y por qué fregados no? ¿Quién se va a enterar?
—Oh, pero se van a enterar, puedes estar seguro de ello. ¿No te fijaste qué rápido regresó el señor Wozniak ayer, cuando los Thompson trataron de embrujarte? Aparte, si alguien usa la Magick en los barracones, castigan a todos parejo. Todavía no sabemos cómo nos van a castigar por lo que te hicieron los Thompson. Así que ni se te ocurra, ¿sale? ¿Sale?
—¿Que los Thompsons trataron de hacerme… qué? ¿De qué hablas? Bueno, lo que digas, está bien. Pero todavía no te creo que ellos puedan enterarse si…
—Nomás porque eres más grandote y peleonero que el resto de nosotros no creas que no podemos ponerte en tu lugar todos juntos, ¿ves? —Bryan lo interrumpió, acercándose de repente. Giovanni se sorprendió de que Bryan le dirigiera la palabra de esta manera, sobre todo porque era pequeño, varios años más chico que él—. Si tratas de meternos en problemas, te vamos a hacer la vida de cuadritos, ¿me oyes?
—Mira, nene, no me jodas, ¿ves? No estoy tratando de meterlos en problemas, ¿sale? Y la próxima vez que me digas babosadas, te voy a meter de cabeza en un retrete, ¿me oyes? —Giovanni no podía evitar sacar a relucir lo valentón.
Hasta consideró darle un empujón a Bryan, aparte de todo, pero de reojo notó dos cosas que lo hicieron titubear. Se fijó que los otros niños en realidad tenían miedo de él, y se sintió fatal de que lo cosideraran un pesado. Y también notó la decepción en la carita de Circe, y se sintió muy confundido porque eso lo hirió. ¿Desde cuándo le importaba un cacahuate lo que pudiera pensar una mocosa de once años? Bueno, pues estaba muy confundido. Así que cambió de opinión y decidió apaciguarse. En lugar de darle un empujón a Bryan, le dio unas palmaditas en el hombro.
—Oye, no te preocupes, no los voy a meter en problemas, ¿sale? Nomás no estaba enterado… Pero que no se te olvide lo del retrete, ¿eh? —Y sonrió.
Por lo general, Giovanni no sonreía. Parece que no era algo "chévere" eso de andar por todos lados, sonriendo como un imbécil. Indicaba debilidad, o algo así por el estilo, y por eso él no sonreía. Pero, aunque Giovanni no estaba enterado, su sonrisa era completamente espectacular. Era como ver el sol al amanecer. Bryan le devolvió la sonrisa de manera automática, olvidando por completo la amenaza del clavado en el retrete. La expresión de Circe se tornó en asombro, y las otras niñas se sonrojaron y sus ojos brillaron por un momento. Los Thompson y Garret sintieron su desprecio tornarse más profundo, y ahora lo odiaban más que nunca.
Todo esto, por una sonrisa…
***
—¡¡¡Despierta-pierta, vamos al desayuno-yuno!!! —De nuevo Circe pateó la cabecera de Giovanni unas cuantas veces, y para colmo le arrebató la almohada.
—¡Oye, oye! ¡Dámela! —Giovanni, todavía modorro, alzaba la cabeza sin saber hacia dónde mirar.
—¿Estás seguro?
—¡Sí, claro que estoy seg…! —Por supuesto, Circe le atizó un almohadazo tremendo en plena cara, y luego se escapó corriendo hacia el baño, espolvoreando risitas a su paso.
«¡Ay, carajo!», pensó Giovanni, «¿se va a comportar así todas las mañanas?»
***
Este era apenas el segundo día de Giovanni en La Escuela, y empezaba a percatarse de lo mañosas que eran estas personas en realidad. Durante el desayuno, Adelaide anunció que el Cardumen Cerúleo de nuevo pasaría la mañana con el Sr. Wozniak, y Giovanni sospechó que su cardumen sería obligado a partir todos los leños a modo de castigo. Y tuvo razón. El Sr. Wozniak los esperaba afuera, y con una gran sonrisa les anunció que iban a estar cada mañana con él hasta que todos los leños estuvieran partidos, sin importar cuántos días se tardaran en hacerlo.
Después de tomarse un momento para gemir y protestar, comenzaron a trabajar, aparentemente dispuestos a encargarse de los leños en el menor número posible de días.
Giovanni se sentía complacido de ver que ahora todos miraban con malos ojos a los Thompson y a Garret, y de vez en cuando los otros niños pasaban y "por accidente" les derribaban su pila de leños de un puntapié, obligándolos a que los acomodaran de nuevo.
Algo distinto que Giovanni notó, y que lo hizo sentir un poco incómodo, eran las pequeñas sonrisas y ojos brillantes en los rostros de las dos niñas mayores de su cardumen, cuando las sorprendía que estaban mirándolo. Bueno, al menos Circe no se estaba comportando rara…
***
Después de la comida comenzaron las clases normales, con las Furias. Giovanni se imaginó que lo irían a castigar por no haber hecho su tarea. Pero Ágatha ni siquiera se la pidió, y en lugar de eso se enfrascó en una larga explicación de su plan de estudios, que estaba bastante complicado. Eran muchos segmentos de corta duración y Giovanni a veces estudiaría unos cuantos minutos una materia antes de cambiar a otra.
—¿Te fijas? La cuestión es que muchos datos pueden vincularse. Por lo general, el estudiante es quien tiene que hallar los vínculos por cuenta propia, y eso entorpece bastante el proceso de aprendizaje. Pero cuando se le presentan estos temas que están relacionados en distintas materias, el estudiante puede acomodarlos más fácil en su cabeza. Entonces, hay ocasiones que algo que aprenderás en Matemáticas será relevante a algo aprendido en Química, o hasta Historia, y aprenderás todo más fácil.
No obstante, al final de las tres horas de clases normales, Giovanni todavía sentía como si a su cerebro lo hubieran rostizado a fuego lento y pinchado muchas veces. Y se enteró del castigo por no hacer la tarea: una pila del doble de ancho que la de ayer, de tarea para mañana.
—Asegúrate de entregar tu tarea al final de clases mañana, queridito. Bueno, reúne tus pertenencias y vámonos, que el profesor Benoni te está esperando. Estarás en su clase el resto de la tarde.
Giovanni se sintió decepcionado porque no iría a la clase de Práctica ese día.
Los estudiantes estaban muy entusiasmados durante la cena, excepto Giovanni, que otra vez se sentía más lerdo que nunca por estar tan retrasado con la tarea de Práctica. Apenas si le había dado unas cuantas cucharadas a su platillo de trozos de chuletas, verduras al vapor y ensalada de fruta, y Circe se la pasaba recordándole que tenía que comer.
Giovanni había resuelto ponerse al día, y seguía trabajando en sus folletos de tarea. Muchas de las páginas ya tenían manchas de jugo de fruta. Cuando Staci, Traci y Circe terminaron de cenar, Giovanni se retiró con ellas del comedor. Pero cuando intentó dejar su charola —casi llena todavía— en los lavaplatos, la señorita Loeb apareció justo atrás de él, mirándolo con párpados entrecerrados.
—¿Qué problema hay con tu comida? —preguntó la enorme monolito de la cocina.
—Este… N-Nada, no hay problema. Lo que pasa es que no tengo mucha hambre que digamos… —Giovanni intentó explicar encogido de hombros. No fue lo suficientemente rápido para escabullirse: la señorita Loeb, sin que pareciera haberse movido en lo absoluto, de repente tenía la charola con su cena en una mano, y a Giovanni atrapado con la otra.
—Regrésate. Siéntate. Cómete todo. ¡Te hará bien!
—¡Óigame! ¡Deje de jalonearme! Ya voy, ya voy, ¿no ve? ¡Válgame…!
La mayoría de los niños se rieron en su carota, y los Thompson y Garret se pararon junto a la puerta para admirar cómo regresaban a Giovanni a la mesa a jaloneos. Circe asomó la cabeza por un momento, e intentando contener la risa, pero no mucho, le dijo: «¿Viste? ¡Te lo dije! ¡¡Adiosito!!».
Quince minutos después Giovanni le presentó todos los platos vacíos a la señorita Loeb, quien solo gruñó y continuó con su imitación de un refrigerador.
Cuando Giovanni llegó al barracón, los demás estaban todavía emocionados de haber practicado el Acto de Unión esa tarde. Hablaban entusiasmados entre ellos, y hasta los Thompson y Garret parecían estar de buen humor y llevándose bien con los demás. Giovanni se fue derechito hacia su litera, y continuó resolviendo su tarea de Práctica, aunque también tuviera una tonelada de tarea de las Furias. Después de un rato fue a preguntarle a Circe si tenía una tiza, porque quería hacer el intento.
—¡¡No no no no no!! —Circe meneó la cabeza con énfasis—. Prohibido usar Magick en los barracones. ¿No leíste las Reglas de La Escuela? ¿No? Bueno, pues no se puede practicar en los barracones.
—¿Y por qué fregados no? ¿Quién se va a enterar?
—Oh, pero se van a enterar, puedes estar seguro de ello. ¿No te fijaste qué rápido regresó el señor Wozniak ayer, cuando los Thompson trataron de embrujarte? Aparte, si alguien usa la Magick en los barracones, castigan a todos parejo. Todavía no sabemos cómo nos van a castigar por lo que te hicieron los Thompson. Así que ni se te ocurra, ¿sale? ¿Sale?
—¿Que los Thompsons trataron de hacerme… qué? ¿De qué hablas? Bueno, lo que digas, está bien. Pero todavía no te creo que ellos puedan enterarse si…
—Nomás porque eres más grandote y peleonero que el resto de nosotros no creas que no podemos ponerte en tu lugar todos juntos, ¿ves? —Bryan lo interrumpió, acercándose de repente. Giovanni se sorprendió de que Bryan le dirigiera la palabra de esta manera, sobre todo porque era pequeño, varios años más chico que él—. Si tratas de meternos en problemas, te vamos a hacer la vida de cuadritos, ¿me oyes?
—Mira, nene, no me jodas, ¿ves? No estoy tratando de meterlos en problemas, ¿sale? Y la próxima vez que me digas babosadas, te voy a meter de cabeza en un retrete, ¿me oyes? —Giovanni no podía evitar sacar a relucir lo valentón.
Hasta consideró darle un empujón a Bryan, aparte de todo, pero de reojo notó dos cosas que lo hicieron titubear. Se fijó que los otros niños en realidad tenían miedo de él, y se sintió fatal de que lo cosideraran un pesado. Y también notó la decepción en la carita de Circe, y se sintió muy confundido porque eso lo hirió. ¿Desde cuándo le importaba un cacahuate lo que pudiera pensar una mocosa de once años? Bueno, pues estaba muy confundido. Así que cambió de opinión y decidió apaciguarse. En lugar de darle un empujón a Bryan, le dio unas palmaditas en el hombro.
—Oye, no te preocupes, no los voy a meter en problemas, ¿sale? Nomás no estaba enterado… Pero que no se te olvide lo del retrete, ¿eh? —Y sonrió.
Por lo general, Giovanni no sonreía. Parece que no era algo "chévere" eso de andar por todos lados, sonriendo como un imbécil. Indicaba debilidad, o algo así por el estilo, y por eso él no sonreía. Pero, aunque Giovanni no estaba enterado, su sonrisa era completamente espectacular. Era como ver el sol al amanecer. Bryan le devolvió la sonrisa de manera automática, olvidando por completo la amenaza del clavado en el retrete. La expresión de Circe se tornó en asombro, y las otras niñas se sonrojaron y sus ojos brillaron por un momento. Los Thompson y Garret sintieron su desprecio tornarse más profundo, y ahora lo odiaban más que nunca.
Todo esto, por una sonrisa…
***
—¡¡¡Despierta-pierta, vamos al desayuno-yuno!!! —De nuevo Circe pateó la cabecera de Giovanni unas cuantas veces, y para colmo le arrebató la almohada.
—¡Oye, oye! ¡Dámela! —Giovanni, todavía modorro, alzaba la cabeza sin saber hacia dónde mirar.
—¿Estás seguro?
—¡Sí, claro que estoy seg…! —Por supuesto, Circe le atizó un almohadazo tremendo en plena cara, y luego se escapó corriendo hacia el baño, espolvoreando risitas a su paso.
«¡Ay, carajo!», pensó Giovanni, «¿se va a comportar así todas las mañanas?»
***
Este era apenas el segundo día de Giovanni en La Escuela, y empezaba a percatarse de lo mañosas que eran estas personas en realidad. Durante el desayuno, Adelaide anunció que el Cardumen Cerúleo de nuevo pasaría la mañana con el Sr. Wozniak, y Giovanni sospechó que su cardumen sería obligado a partir todos los leños a modo de castigo. Y tuvo razón. El Sr. Wozniak los esperaba afuera, y con una gran sonrisa les anunció que iban a estar cada mañana con él hasta que todos los leños estuvieran partidos, sin importar cuántos días se tardaran en hacerlo.
Después de tomarse un momento para gemir y protestar, comenzaron a trabajar, aparentemente dispuestos a encargarse de los leños en el menor número posible de días.
Giovanni se sentía complacido de ver que ahora todos miraban con malos ojos a los Thompson y a Garret, y de vez en cuando los otros niños pasaban y "por accidente" les derribaban su pila de leños de un puntapié, obligándolos a que los acomodaran de nuevo.
Algo distinto que Giovanni notó, y que lo hizo sentir un poco incómodo, eran las pequeñas sonrisas y ojos brillantes en los rostros de las dos niñas mayores de su cardumen, cuando las sorprendía que estaban mirándolo. Bueno, al menos Circe no se estaba comportando rara…
***
Después de la comida comenzaron las clases normales, con las Furias. Giovanni se imaginó que lo irían a castigar por no haber hecho su tarea. Pero Ágatha ni siquiera se la pidió, y en lugar de eso se enfrascó en una larga explicación de su plan de estudios, que estaba bastante complicado. Eran muchos segmentos de corta duración y Giovanni a veces estudiaría unos cuantos minutos una materia antes de cambiar a otra.
—¿Te fijas? La cuestión es que muchos datos pueden vincularse. Por lo general, el estudiante es quien tiene que hallar los vínculos por cuenta propia, y eso entorpece bastante el proceso de aprendizaje. Pero cuando se le presentan estos temas que están relacionados en distintas materias, el estudiante puede acomodarlos más fácil en su cabeza. Entonces, hay ocasiones que algo que aprenderás en Matemáticas será relevante a algo aprendido en Química, o hasta Historia, y aprenderás todo más fácil.
No obstante, al final de las tres horas de clases normales, Giovanni todavía sentía como si a su cerebro lo hubieran rostizado a fuego lento y pinchado muchas veces. Y se enteró del castigo por no hacer la tarea: una pila del doble de ancho que la de ayer, de tarea para mañana.
—Asegúrate de entregar tu tarea al final de clases mañana, queridito. Bueno, reúne tus pertenencias y vámonos, que el profesor Benoni te está esperando. Estarás en su clase el resto de la tarde.
Giovanni se sintió decepcionado porque no iría a la clase de Práctica ese día.
Continuará…
Finitum 10 (ES)
10. Qué ojos tan grandes
Giovanni caminaba junto a Ágatha en silencio, pensando que debería pedirle a Circe que le prestara su lamparilla de noche y tratar de desvelarse para terminar la cantidad tan impía de tarea que tenía pendiente. Pero se le olvidó por completo cuando se dio cuenta que Ágatha lo había traído hasta el corredor que parecía no llegar a ningún lado, sin ninguna puerta. Caminaron hasta el fondo del pasillo, y ella presionó uno de los tablones de madera en la pared, que abrió una puerta oculta. Era el cubo de una escalera.
—¿A dónde vamos?
—Oh, el aula del profesor Benoni está en el sótano. Pensé que ya lo sabías…
Los escalones llegaban hasta un pasillo solitario, y al fondo había una puerta de hierro forjado. Ágatha posó su mano sobre ella y se abrió en silencio para mostrar un salón muy bien iluminado.
—Profesor Benoni, aquí está el muchacho. —Giovanni no estaba seguro, pero parecía que Ágatha estaba incómoda.
—¡Ah, gracias, gracias! ¡Por favor, Giovanni, pásale! —Un hombre delgado, apenas un poco más alto que Giovanni, que parecía tener veintitantos años de edad, se le acercó y le estrechó la mano precisamente tres veces—. Mucho gusto. ¡Hasta luego, doña Ágatha! —Pero ella ya había cerrado la puerta.
La primera impresión que Giovanni tuvo de Benoni fue que parecía continuamente sorprendido. Quizá porque tenía una frente amplia y ojos llenos de vida y grandes, que le daban una apariencia de estar a punto de reírse de algo, o alguien.
—Vaya, vaya, vaya, el famoso vástago de los Wingrove, regalándonos con su presencia y la promesa de grandeza… Ah, pero el fallecimiento prematuro de tu tía fue un golpe de la peor suerte posible, me atrevo a opinar. Bien, ¡pues esperemos que corramos con mejor suerte contigo! —Benoni parecía bastante sincero, pero de cualquier manera Giovanni sintió que le había hecho burla.
—¡Sea! Aquí estamos, entonces: ¡Teoría de la Magick! Fabuloso. Y con nosotros tenemos a tres de los jovenzuelos más prometedores, reunidos para una clase especial. Supongo que ya se conocen. —Benoni gesticuló de manera ostentosa, y por fin Giovanni pudo apartar la vista del hombre delgado para darse cuenta de que Circe y Garret estaban sentados en el piso. Esta aula era igual de austera que la de Práctica, conteniendo tan solo una pizarra, un banco de tres patas y cojines en el piso para los estudiantes. Pero Giovanni se sintió desconcertado de encontrar una ventana pequeña única, ubicada en la unión del techo con la pared y, no obstante, ver que la habitación estaba bien iluminada. Sin lámparas en evidencia, la luz parecía emanar del aire mismo. Encogiéndose de hombros, Giovanni se fue a sentar junto a Circe.
—Muy bien, entonces, hay que presentarse: Circe Kostya, aquí presente, es la heredera extraviada de la familia Alecto, ¡recientemente reunida con su bisabuela Adelaide! —En todo lo que decía, Benoni sonaba entusiasta y burlón.
—¡Órale! —Giovanni le dio un leve codazo a Circe—, no me habías dicho que eres pariente de las Furias.
—Sí, bueno, mi familia no sabía que éramos parientes hasta el principio del año, cuando yo comencé a hacer Magick sin querer… —Circe parecía un poco avergonzada pero orgullosa al mismo tiempo.
—Sí, claro, ¡una historia apasionante! —Benoni interrumpió con alegría—. La gran Adelaide perdió la pista de su hija única, que terminó residiendo en Rusia, y a la vez los hijos de ella se mudaron a los Estados Unidos, se casaron y dieron a luz a esta preciosa. ¡Sí, muy interesante!
—Ajá, apasionante.
—¡Ah, el amito Garret Feldman! ¡Rinde honor a su largo linaje, justamente renombrado, así como atesta el buen señor Wozniak en los reportes de aprovechamiento en Práctica!
—¡Y sé cómo hacer muchas otras cosas también, y no solo lo de novatos! Mmm… —De inmediato Garret se arrepintió de haber confesado esto.
—¡Claro, claro! —Benoni lo tranquilizó—. Se anticipa que Feldman, el mayor, haya sentido la necesidad de tomar las riendas en la educación temprana de su orgullosa prole, ¡por supuesto!
—¿Sí? Pues yo no sé hacer ni madres, así que no sé de qué se trata todo esto, ¿ven?
—Ah, qué manera tan sucinta de poner las cosas, Giovanni. Bien, pues a lo que nos trajo. Permítanme explicar el motivo de esta reunión exclusiva. Tengo información que se refiere sobre todo a ustedes, por sus circunstancias especiales, y no le sería útil al resto de sus compañeros. Por lo tanto, les ruego su discreción, ¿de acuerdo? —Garret asintió con la cabeza con fervor; Circe, un poco menos convencida. Pero Giovanni solo entrecerró los ojos y fijó su mirada en Benoni. No le agradaba para nada que lo discriminaran así, y le parecía sospechoso que le pidieran guardar secretos sin conocer los motivos.
—Muy bien, Pues en estas seis semanas hemos estudiado el razonamiento tras los Actos de la Magick. Hemos aprendido que… —Benoni se interrumpió para entregarle a Giovanni un libro de pasta dura—. Por favor lee hasta el capítulo tres, inclusive, y estarás al corriente con la clase. Es bastante denso y enrevesado, así que no te preocupes si no le hallas sentido. De hecho, ¡muchos expertos tampoco le hallan sentido!
Giovanni hojeó el libro. De la Voluntad Propia, decía el título. Las pocas páginas que revisó estaban repletas de oración tras oración, escritas en letras menuditas. «¡Carajo!», pensó, «como si necesitara más tarea…»
—Como decía, hemos aprendido algo de historia y repasado las ideas generalas sobre el porqué y el cómo de la Magick, que ha existido a lo largo de toda la historia humana. Teniendo esto en cuenta, respóndanme lo siguiente: Ayer practicaron el Acto de Unión. ¿No hubiera sido más fácil usar pegamento?
Garret y Circe se confundieron por un momento, pero Giovanni solo sonrió.
—Hubiera sido más fácil, pero entonces no hubiera sido magia, ¿verdad?
—¡¡No es cierto!! ¡Sí sería Magick! —Circe lo contradijo, con asombro en sus ojos.
—Sí, porque la unión de los dos pedazos hubiera sido la expresión de tu Voluntad Propia —dijo Garret, y también parecía estar emocionado de pensarlo así.
—Bueeeeeeno… Entonces todo lo que hacen los humanos, porque lo hacen con el uso de la razón, ¿todo es magia? —Se notaba en su expresión que Giovanni deseaba que así fuera.
—¡Ah, bien hecho! Hemos llegado al quid de la cuestión. ¡¡No!! —Benoni aún sonaba burlón—. ¡No, los humanos no hacen todo por su raciocinio! Por la mayor parte, todo lo controla el material genético en sus células: aun su comportamiento puede atribuirse a la manera en que las moléculas químicas están repartidas en sus cuerpos. —Y sonrió—. Ahora bien, retomemos el ejemplo del pegamento. Si usan pegamento para unir algo, están de hecho realizando un Acto de Unión. Sí es Magick. ¡¡Pero!! —Benoni alzó un dedo y dejó que el suspenso se acumulara—. Pero, ¿en dónde reside la Magick para esto? ¿En dónde se encuentra, durante este Acto?
—"En quien tenga la Voluntad para Actuar…" —Circe y Garret recitaron de memoria la cita que habían aprendido en ese mismo salón.
—¡No! —Giovanni tenía el aspecto maníaco de quien ha dado un vistazo a la maquinaria tras la cortina—. ¡No, la Magick —Giovanni dijo la palabra por primera vez, y era evidente para todos que finalmente la diferencia tenía significado para él—, reside en quien haya inventado el pegamento!
—¿Que qué?
—¡Eso! ¡Bien logrado! —Benoni dijo al mismo tiempo—. Lo lograste descubrir con muy pocas pistas, ¡felicidades! Sí, tiene razón: la Magick comenzó con quien haya inventado el pegamento, y todos nos podemos beneficiar. ¿Que no usaron el mismo círculo vez tras vez ayer? ¿Sí? Claro que lo hicieron. Así que el pegamento es un tipo de círculo, y la Magick continua activa para quien use el pegamento para el mismo tipo de Acto.
Benoni hizo una pausa por algunos segundos, mirando ávido los tres jóvenes rostros frente a él, cada uno tratando de domar los conceptos expuestos. Un parpadeo momentáneo de la luz pareció llenarle la cara de ángulos ásperos y los ojos del brillo frío del mármol. Giovanni alcanzó a ver ese breve cambio, y sintió el toque húmedo y frío del pavor durante uno o dos latidos de su corazón. Pero esa impresión duró solo un momento y luego se esfumó, y Benoni continuaba allí, sonriéndole benévolo a los tres niños.
—Un segundo, por favor… —Una vez más, Giovanni tenía ese aspecto maniático—. Si los genes controlan la mayor parte del comportamiento, entonces…, entonces la Magick es… ¡es un rasgo genético! ¡Podrías engendrar la Magick en la gente al controlar la reproducción! ¡Podrías lograr que todos fueran mágicos! —Giovanni se había puesto de pie, emocionado con su descubrimiento.
—¡Ay de mí, que fuera tan fácil! —Benoni suspiró con gran melodrama—. Mala fortuna, que todavía la Ciencia no ha podido identificar el gen o grupo de genes que predispone a la gente a ser mágica.
—¿Pero lo están buscando ya! —dijeron los niños al mismo tiempo.
—Bueno, no, no precisamente… —Y Benoni de repente adquirió un aire engreído—. Pero se está rastreando la combinación de genes que propician el surgimiento de la conciencia… —dijo Benoni bruscamente, como si no importara—. Pero detengámonos aquí esta semana. Les he dado bastante en qué pensar. Cuando nos reunamos de nuevo dentro de una semana, los quiero preparados para ahondar en el tema. Lean los capítulos indicados, y hagan búsquedas en la Internet para informarse sobre los temas discutidos hoy. Hasta ese entonces, ¡les digo adiós!
Y en ese momento la puerta se abrió de golpe, y Ágatha, Johannsen y Wozniak entraron dando tumbos.
—Ustedes tres, ¡fuera! Vayan con el señor Wozniak. ¡Ya! —Los niños se apuraron para salir del salón, espantados de ver que Ágatha estaba sumamente disgustada. Pero mantenía fija la mirada sobre Benoni, y de inmediato se notó que su coraje estaba dirigido hacia él.
—¿Qué diablos intentas hacer aquí? —demandó Ágatha.
Benoni tan solo se encogió de hombros, y sonrió, de la manera justa en que los tiburones parecen sonreír en ocasiones.
Giovanni caminaba junto a Ágatha en silencio, pensando que debería pedirle a Circe que le prestara su lamparilla de noche y tratar de desvelarse para terminar la cantidad tan impía de tarea que tenía pendiente. Pero se le olvidó por completo cuando se dio cuenta que Ágatha lo había traído hasta el corredor que parecía no llegar a ningún lado, sin ninguna puerta. Caminaron hasta el fondo del pasillo, y ella presionó uno de los tablones de madera en la pared, que abrió una puerta oculta. Era el cubo de una escalera.
—¿A dónde vamos?
—Oh, el aula del profesor Benoni está en el sótano. Pensé que ya lo sabías…
Los escalones llegaban hasta un pasillo solitario, y al fondo había una puerta de hierro forjado. Ágatha posó su mano sobre ella y se abrió en silencio para mostrar un salón muy bien iluminado.
—Profesor Benoni, aquí está el muchacho. —Giovanni no estaba seguro, pero parecía que Ágatha estaba incómoda.
—¡Ah, gracias, gracias! ¡Por favor, Giovanni, pásale! —Un hombre delgado, apenas un poco más alto que Giovanni, que parecía tener veintitantos años de edad, se le acercó y le estrechó la mano precisamente tres veces—. Mucho gusto. ¡Hasta luego, doña Ágatha! —Pero ella ya había cerrado la puerta.
La primera impresión que Giovanni tuvo de Benoni fue que parecía continuamente sorprendido. Quizá porque tenía una frente amplia y ojos llenos de vida y grandes, que le daban una apariencia de estar a punto de reírse de algo, o alguien.
—Vaya, vaya, vaya, el famoso vástago de los Wingrove, regalándonos con su presencia y la promesa de grandeza… Ah, pero el fallecimiento prematuro de tu tía fue un golpe de la peor suerte posible, me atrevo a opinar. Bien, ¡pues esperemos que corramos con mejor suerte contigo! —Benoni parecía bastante sincero, pero de cualquier manera Giovanni sintió que le había hecho burla.
—¡Sea! Aquí estamos, entonces: ¡Teoría de la Magick! Fabuloso. Y con nosotros tenemos a tres de los jovenzuelos más prometedores, reunidos para una clase especial. Supongo que ya se conocen. —Benoni gesticuló de manera ostentosa, y por fin Giovanni pudo apartar la vista del hombre delgado para darse cuenta de que Circe y Garret estaban sentados en el piso. Esta aula era igual de austera que la de Práctica, conteniendo tan solo una pizarra, un banco de tres patas y cojines en el piso para los estudiantes. Pero Giovanni se sintió desconcertado de encontrar una ventana pequeña única, ubicada en la unión del techo con la pared y, no obstante, ver que la habitación estaba bien iluminada. Sin lámparas en evidencia, la luz parecía emanar del aire mismo. Encogiéndose de hombros, Giovanni se fue a sentar junto a Circe.
—Muy bien, entonces, hay que presentarse: Circe Kostya, aquí presente, es la heredera extraviada de la familia Alecto, ¡recientemente reunida con su bisabuela Adelaide! —En todo lo que decía, Benoni sonaba entusiasta y burlón.
—¡Órale! —Giovanni le dio un leve codazo a Circe—, no me habías dicho que eres pariente de las Furias.
—Sí, bueno, mi familia no sabía que éramos parientes hasta el principio del año, cuando yo comencé a hacer Magick sin querer… —Circe parecía un poco avergonzada pero orgullosa al mismo tiempo.
—Sí, claro, ¡una historia apasionante! —Benoni interrumpió con alegría—. La gran Adelaide perdió la pista de su hija única, que terminó residiendo en Rusia, y a la vez los hijos de ella se mudaron a los Estados Unidos, se casaron y dieron a luz a esta preciosa. ¡Sí, muy interesante!
—Ajá, apasionante.
—¡Ah, el amito Garret Feldman! ¡Rinde honor a su largo linaje, justamente renombrado, así como atesta el buen señor Wozniak en los reportes de aprovechamiento en Práctica!
—¡Y sé cómo hacer muchas otras cosas también, y no solo lo de novatos! Mmm… —De inmediato Garret se arrepintió de haber confesado esto.
—¡Claro, claro! —Benoni lo tranquilizó—. Se anticipa que Feldman, el mayor, haya sentido la necesidad de tomar las riendas en la educación temprana de su orgullosa prole, ¡por supuesto!
—¿Sí? Pues yo no sé hacer ni madres, así que no sé de qué se trata todo esto, ¿ven?
—Ah, qué manera tan sucinta de poner las cosas, Giovanni. Bien, pues a lo que nos trajo. Permítanme explicar el motivo de esta reunión exclusiva. Tengo información que se refiere sobre todo a ustedes, por sus circunstancias especiales, y no le sería útil al resto de sus compañeros. Por lo tanto, les ruego su discreción, ¿de acuerdo? —Garret asintió con la cabeza con fervor; Circe, un poco menos convencida. Pero Giovanni solo entrecerró los ojos y fijó su mirada en Benoni. No le agradaba para nada que lo discriminaran así, y le parecía sospechoso que le pidieran guardar secretos sin conocer los motivos.
—Muy bien, Pues en estas seis semanas hemos estudiado el razonamiento tras los Actos de la Magick. Hemos aprendido que… —Benoni se interrumpió para entregarle a Giovanni un libro de pasta dura—. Por favor lee hasta el capítulo tres, inclusive, y estarás al corriente con la clase. Es bastante denso y enrevesado, así que no te preocupes si no le hallas sentido. De hecho, ¡muchos expertos tampoco le hallan sentido!
Giovanni hojeó el libro. De la Voluntad Propia, decía el título. Las pocas páginas que revisó estaban repletas de oración tras oración, escritas en letras menuditas. «¡Carajo!», pensó, «como si necesitara más tarea…»
—Como decía, hemos aprendido algo de historia y repasado las ideas generalas sobre el porqué y el cómo de la Magick, que ha existido a lo largo de toda la historia humana. Teniendo esto en cuenta, respóndanme lo siguiente: Ayer practicaron el Acto de Unión. ¿No hubiera sido más fácil usar pegamento?
Garret y Circe se confundieron por un momento, pero Giovanni solo sonrió.
—Hubiera sido más fácil, pero entonces no hubiera sido magia, ¿verdad?
—¡¡No es cierto!! ¡Sí sería Magick! —Circe lo contradijo, con asombro en sus ojos.
—Sí, porque la unión de los dos pedazos hubiera sido la expresión de tu Voluntad Propia —dijo Garret, y también parecía estar emocionado de pensarlo así.
—Bueeeeeeno… Entonces todo lo que hacen los humanos, porque lo hacen con el uso de la razón, ¿todo es magia? —Se notaba en su expresión que Giovanni deseaba que así fuera.
—¡Ah, bien hecho! Hemos llegado al quid de la cuestión. ¡¡No!! —Benoni aún sonaba burlón—. ¡No, los humanos no hacen todo por su raciocinio! Por la mayor parte, todo lo controla el material genético en sus células: aun su comportamiento puede atribuirse a la manera en que las moléculas químicas están repartidas en sus cuerpos. —Y sonrió—. Ahora bien, retomemos el ejemplo del pegamento. Si usan pegamento para unir algo, están de hecho realizando un Acto de Unión. Sí es Magick. ¡¡Pero!! —Benoni alzó un dedo y dejó que el suspenso se acumulara—. Pero, ¿en dónde reside la Magick para esto? ¿En dónde se encuentra, durante este Acto?
—"En quien tenga la Voluntad para Actuar…" —Circe y Garret recitaron de memoria la cita que habían aprendido en ese mismo salón.
—¡No! —Giovanni tenía el aspecto maníaco de quien ha dado un vistazo a la maquinaria tras la cortina—. ¡No, la Magick —Giovanni dijo la palabra por primera vez, y era evidente para todos que finalmente la diferencia tenía significado para él—, reside en quien haya inventado el pegamento!
—¿Que qué?
—¡Eso! ¡Bien logrado! —Benoni dijo al mismo tiempo—. Lo lograste descubrir con muy pocas pistas, ¡felicidades! Sí, tiene razón: la Magick comenzó con quien haya inventado el pegamento, y todos nos podemos beneficiar. ¿Que no usaron el mismo círculo vez tras vez ayer? ¿Sí? Claro que lo hicieron. Así que el pegamento es un tipo de círculo, y la Magick continua activa para quien use el pegamento para el mismo tipo de Acto.
Benoni hizo una pausa por algunos segundos, mirando ávido los tres jóvenes rostros frente a él, cada uno tratando de domar los conceptos expuestos. Un parpadeo momentáneo de la luz pareció llenarle la cara de ángulos ásperos y los ojos del brillo frío del mármol. Giovanni alcanzó a ver ese breve cambio, y sintió el toque húmedo y frío del pavor durante uno o dos latidos de su corazón. Pero esa impresión duró solo un momento y luego se esfumó, y Benoni continuaba allí, sonriéndole benévolo a los tres niños.
—Un segundo, por favor… —Una vez más, Giovanni tenía ese aspecto maniático—. Si los genes controlan la mayor parte del comportamiento, entonces…, entonces la Magick es… ¡es un rasgo genético! ¡Podrías engendrar la Magick en la gente al controlar la reproducción! ¡Podrías lograr que todos fueran mágicos! —Giovanni se había puesto de pie, emocionado con su descubrimiento.
—¡Ay de mí, que fuera tan fácil! —Benoni suspiró con gran melodrama—. Mala fortuna, que todavía la Ciencia no ha podido identificar el gen o grupo de genes que predispone a la gente a ser mágica.
—¿Pero lo están buscando ya! —dijeron los niños al mismo tiempo.
—Bueno, no, no precisamente… —Y Benoni de repente adquirió un aire engreído—. Pero se está rastreando la combinación de genes que propician el surgimiento de la conciencia… —dijo Benoni bruscamente, como si no importara—. Pero detengámonos aquí esta semana. Les he dado bastante en qué pensar. Cuando nos reunamos de nuevo dentro de una semana, los quiero preparados para ahondar en el tema. Lean los capítulos indicados, y hagan búsquedas en la Internet para informarse sobre los temas discutidos hoy. Hasta ese entonces, ¡les digo adiós!
Y en ese momento la puerta se abrió de golpe, y Ágatha, Johannsen y Wozniak entraron dando tumbos.
—Ustedes tres, ¡fuera! Vayan con el señor Wozniak. ¡Ya! —Los niños se apuraron para salir del salón, espantados de ver que Ágatha estaba sumamente disgustada. Pero mantenía fija la mirada sobre Benoni, y de inmediato se notó que su coraje estaba dirigido hacia él.
—¿Qué diablos intentas hacer aquí? —demandó Ágatha.
Benoni tan solo se encogió de hombros, y sonrió, de la manera justa en que los tiburones parecen sonreír en ocasiones.
Continuará…
Finitum 11 (ES)
11. Un matiz más obscuro de palidez
—Bueno, pues yo opino que ese tipo es algo anormal, ¿eh? Pero no puedo definirlo. Nomás es…, pues, anormal… —Mientras Giovanni decía esto, Circe y Garret asentían con la cabeza, los tres caminando tras el Sr. Wozniak y tratando de mantener su paso. Giovanni había preguntado qué sucedió, pero Wozniak no contestaba aún—. ¡Ah! Me recordó a Michael Jackson…
—¡Oye, no! Es un profesor de esta Escuela, así que no quiero seguir escuchando comentarios insultantes sobre él, ¿me entiendes? Si entramos de manera atropellada es porque el sistema de seguridad de Johannsen detectó algo chungo en el sótano, ¿ven?
—¿Cómo que chungo?
—Bueno, los monitores electrónicos deberían registrar la presencia de ustedes donde sea que estén en la cabaña y… Así es, señorita Circe, esos cuentos de niños perdidos no son ciertos. Bueno, son ciertos, pero siempre los encontramos… al final. En fin, ustedes cuatro no aparecían por un rato: estuvieron como en desfase, ora sí, ora no, y eso disparó la alarma, que suena si se detectan Actos de la Magick sin autorizar o sin reconocer. Entonces Johannsen vino a que lo acompañara, y de camino al sótano nos encontramos con Ágatha, y nos fuimos a ver qué pasaba con ustedes. Ágatha estaba molesta porque no podíamos abrir la puerta, ni con fuerza bruta, ni con Magick, ni nada; y si existe una persona que puede abrir cualquier puerta, ¡esa es Ágatha! Pero no pudo, y supongo que por eso se encabronó. Como sea, la puerta se abrió sola, allí estaban ustedes, todo estaba bien, fin del cuento, punto final, adiós.
—¡Espéreme un tantito! ¿Quiere decir que se la pasan espiándonos? —Giovanni ya sentía como si el Big Brother lo estuviera oprimiendo.
—¡Qué espiar ni qué mis narices! —El Sr. Wozniak hasta torció los ojos al decirlo—. Nomás los rastreamos cuando están adentro de la cabaña. ¿Qué? ¿A poco creían que íbamos a dejar que cincuenta adolescentes rondaran por toda la casa? ¡Ya me imagino! Mira, como sea, ya llegamos: vayan a sentarse.
Habían llegado al Aula de Una Runa, que era el nombre del salón de Práctica.
Esta vez había solo otros ocho estudiantes de los otros cardúmenes, así que no tuvieron que apretujarse; nada más se sentaron.
—Bueno, pues, estábamos repasando algunos conceptos avanzados. Giovanni, si quieres, continúa resolviendo tu tarea mientras seguimos con la clase. Estos conceptos no los aprenderás sino hasta la próxima semana, tal vez, así que…
—¡Señor Wozniak, permiso! —Giovanni alzó la mano e interrumpió—. Por favor, ¿me permite intentar realizar un Acto de la Magick?
—Esteeemmm… Bueno, sí, ¿por qué no? Pero intenta algo sencillo primero, ¿está bien?
—¡Sí, señor! —Giovanni se puso de pie de un brinco y fue hacia la cubeta metálica llena de bengalas. Estuvo parado allí por unos segundos, frunciendo el ceño por la concentración, y luego masculló entre dientes—: ¡Sale y vale, a ver qué pasa!
Giovanni tomó una bengala de la cubeta y la encendió.
Los otros niños soltaron la carcajada. De hecho, Garret se agarró los tobillos y rodó en el suelo, de tanta risa que tenía.
—¡Bueno, bueno, guarden silencio, niños! —Wozniak hacía lo posible por contener la risa—. ¡Giovanni, empezaste por el final! Mira, primero tienes que…
Pero Giovanni todavía fruncía el ceño por la concentración, con los tendones de su muñeca visibles por el esfuerzo. De repente, después de un parpadeo azul entre sus dedos, abrió la mano y al mismo tiempo la bengala se extinguió, con apariencia de nunca haber sido encendida.
—¡¡Caramba!! —Circe se puso de pie y se acercó, con el resto de los niños atrás de ella, todos llenos de "oooh" y "aaaah", y todos preguntando: «¡oye! ¿pero cómo hiciste eso?». Hasta Garret estaba impresionado.
Pero el Sr. Wozniak tenía entrecerrados los ojos, y preguntó con una voz peligrosa:
—¿Quién te enseñó cómo hacer esto? ¡Dímelo!
—¡Sereno, moreno! Me lo inventé yo solo: eso del círculo, el triángulo y demás tonterías son nomás para que uno se emocione. Pero si te concentras lo suficiente, ¡puedes lograr todas esas cosas en tu mente!
—Primero, me vas a hablar con respeto, y… —Pero el Sr. Wozniak no tuvo tiempo de reprender a Giovanni, porque en ese preciso momento todas las bengalas hicieron ignición al mismo tiempo, deformando la cubeta por el calor e incendiando el banco y la pizarra—. ¡¡Chingue a su madre todo en la vida!! ¡Buenobuenobueno, niños, no griten, y párense allá, junto a la pared! ¡Yo me encargo de esto!
Wozniak sacó un colgante de debajo de su camisa y lo tomó entre sus manos en lo que balbuceaba sinsentidos. Después, extendió sus manos hacia las flamas. El incendio se apagó como si fuera bombilla eléctrica, pero todo quedó bastante chamuscado y el humo inundaba el salón.
—Bueno, pues, niños: salgan y me esperan afuera, para que puedan respirar aire fresco y dejen de toser y lloriquear… Wingrove, tú no vas a ningún lado: ven a ayudarme a abrir todas las ventanas. A ver, trae el ventilador que está en la esquina, para que hagamos brisa.
Una vez abiertas todas las ventanas y con el ventilador posicionado, Wozniak y Giovanni se reunieron con el resto del grupo.
—¡Muy bien, atención, niños! Al parecer, el señorito Wingrove se brincó algunas páginas de sus folletos, porque una de las primeras cosas que se aprenden es el Principio de Intercambio Equivalente, como enseña la Alquimia, ¿se acuerdan? —Todos asintieron con la cabeza. Giovanni pasó, de estar pálido por el susto, a sonrojarse. No sabía si se sentía avergonzado de causar otro accidente raro en su larga carrera de ser el causador de accidentes raros, o si sentía rabia porque lo regañaba el maestro—. Lo que el señorito Wingrove hizo mal fue que olvidó ofrecer un intercambio de energía para su Acto. ¿Cuánta energía se necesita para llevar a cabo la Magick? —preguntó al grupo en general.
—Un intercambio múltiplo de veinte —direjon a coro diez niños.
—Así es. Para eso tenemos tablas de equivalencias, para evitar lo sucedido. El señorito Wingrove logró producir una falla en la retroalimentación negativa: la Magick no tuvo de dónde obtener la energía necesaria, así que la tomó de lo que estuviera a la mano. Por fortuna nomás hubo este pequeño incendio, que el señorito Wingrove limpiará. Pero el rebote puede ser impredecible cuando no se observan las reglas, y la Magick podría haberse aferrado de la fuerza vital de alguna persona. No hubiera matado a nadie por algo tan simple como este truco de bengalas de Wingrove, pero al que le hubiera tocado la mala suerte hubiera terminado con una jaqueca perra. Así que recuerden lo que vieron aquí, y siempre usen los fundamentos. Ahora, señor Wingrove, en el siguiente pasillo, doble a la izquierda y la primera puerta debería ser un closet. Allí encontrará lo necesario para limpiar mi salón de clases. Regreso por usted dentro de una hora. Vamos, niños, terminemos la clase afuera. Me choca el aroma de cojines chamuscados… Todos los años alguien los incendia… —Mientras pastoreaba a los niños por los pasillos, las voces se desvanecían como el humo dentro del salón.
Giovanni titubeó por un momento, y luego se fue a buscar una escoba.
***
Una hora después, la mayor parte de los escombros estaban en bolsas desechables acomodadas contra la pared, y Giovanni había barrido lo mejor que pudo, lo cual apenas si hizo una diferencia.
—¡Ay de ti, chico! ¡La Sra. Staab de plano te va a adorar por obligarla a limpiar este mugrero! —El Sr. Wozniak parecía estar de buen humor de nuevo—. Mira, Giovanni, lo que hacemos en La Escuela es enseñarle a los que tienen la Magick que siempre deben ser responsables al usarla. Conseguí que pases el resto de la tarde con la doctora Doe, para que adquieras una mejor perspectiva sobre lo que significa vivir como parte de la sociedad normal, a pesar de tener la Magick en tu interior. Vamos, deja allí la escoba y sígueme a su salón de clases.
—¿Estaba usted enojado porque hice trampa y me brinqué varias lecciones?
—¡No, no, en realidad no! Pero estaba molesto porque, por lo general, la magia negra se vale de muchos atajos. Pensé que empezabas a irte por la senda incorrecta, y quería averiguar si algún estudiante te había incitado a hacerlo de esa manera para meterte en problemas… —Wozniak no los nombró, pero le pareció a Giovanni que los Thompson tal vez conocieran varios de esos atajos—. Dime: ¿es cierto que inventaste por ti mismo eso de que no es necesario el círculo y el triángulo?
—Ajá. Bueno, en realidad, la idea se me vino a la cabeza cuando el tipo Benoni nos estaba diciendo de cosas hace rato.
—Te refieres al profesor Benoni. —Wozniak de nuevo tenía aspecto amenazante—. ¿De qué platicaban?
—Bueno, pues se supone que debe ser un secreto, ¡así que más vale que le cuente todo! Nos dijo que los humanos no actúan basados en razonamiento, sino que sus cuerpos controlan lo que la razón los obliga a realizar. Entonces, toda esta fantochada de dibujar garabatos no era para tener la idea correcta en la cabeza, sino para obligar al cuerpo a comportarse de una manera particular. Y entonces el cuerpo le permitiría a la mente hacer lo que se le diera la gana… O algo así por el estilo. No sé, pero cuando trato de ponerlo en blanco y negro, como que ni siquiera tiene sentido. Pero si dejo que mi cuerpo lo haga él solo es bastante simple en realidad… ¿Qué? ¿Qué hice ahora? —Giovanni se alarmó de ver al señor Wozniak entrecerrando los ojos de nuevo.
—No hiciste nada malo, pero, escucha: no le enseñamos ese tipo de cosas a nuestros niños, ¿entiendes? No hay ningún programa de estudio en toda La Escuela donde se enseñe esto. Por eso necesito que me prometas que no vas a intentar tomar atajos de nuevo con tu Magick, ¿bien? Necesito que me prometas de la manera más solemne que tampoco vas a mencionar estas cosas al resto de los niños. Vamos a permitirles que se imaginen que todo esto fue un accidente desafortunado. ¿Me lo prometes?
—'Tá bueno… —Giovanni aún le chocaba andar de secretitos, y ahora parecía que iba a tener que guardar secretos sobre el mismo tema, pero por dos motivos distintos. Por lo tanto, nunca dijo las palabras "lo prometo".
Llegaron a ese pasillo sin puertas, y ahora Wozniak oprimió un tablón distinto. La misma puerta oculta se abrió, pero ahora las escaleras iban hacia arriba. Giovanni estaba ensimismado en sus pensamientos, así que ni siquiera comentó el suceso. O, quizá, por fin estaba encontrando la manera de aceptar la Magick. Como sea, subió las escaleras todavía perdido en sus pensamientos. Llegaron hasta arriba, y Wozniak estaba a punto de llamar a la puerta cuando el profesor Benoni la abrió de repente, lo que provocó a Wozniak a decir palabrotas de nuevo.
—¡Perdón, profesor! Pero anticipaba que la doctora Doe abriría la puerta y me sobresalté un poco, es todo.
—¡Ah, sí! La buena doctora salió por un momento, pero regresa enseguida. Permítame recibir al joven Wingrove, y permaneceremos aquí hasta el retorno de la maravillosa Jane, ¿de acuerdo?
—Esteeee… Bueno, digo, después de lo que pasó hace un par de horas, no sé si Ágatha estaría de acuerdo que le deje al chico aquí y…
—¡Sí, claro, todo está bien, seguro que sí! —Durante este intercambio, el profesor había logrado jalar a Giovanni del brazo hacia adentro de la habitación, y poco a poco pero decididamente le cerraba la puerta a Wozniak—. No hay de qué preocuparse, la doctora hará su aparición en pocos momentos. No, buen hombre, no se aflija. ¡Gracias! Nos veremos durante la cena.
Con la puerta cerrada, Giovanni por fin notó que estaba solo con Benoni, y una vez más la iluminación de la habitación no concordaba con la hora del día. Parecía ser exactamente igual al salón de Teoría. Benoni se acercó un paso hacia Giovanni y comenzó a hablar.
—En lo que esperamos, permite que pregunte lo siguiente: ¿Qué tal si los humanos evolucionaron la capacidad de la Magick como último recurso en contra de un mundo cruel? ¿Qué tal si los cerebros primitivos de los protohumanos no podían lidiar con la realidad tal como es, y desarrollaron la Magick para evitar verse cara a cara con el Universo? ¿Qué tal si la Magick se esfuma? ¿Qué veríamos alrededor? ¿Qué aspecto crees que el mundo tiene en realidad? Bueno, nos vemos la próxima semana. Adiós, por el momento.
Los ojos de Giovanni se pusieron llorosos de repente, y tuvo que parpadear varias veces. Cuando pudo ver claramente, se encontró de pie en una habitación completamente distinta, que parecía un ático cómodo y acogedor. Había allí una señora de muy corta estatura, de quizá unos treinta y tantos años de edad, con cabellera corta y lisa y una cara de facciones delicadas, de pie en el extremo opuesto del ático, frente a la única ventana.
—Gracias por venir. Soy la doctora Jane Doe, tu maestra de Integración Social. ¿Viniste solo? Bueno, la próxima vez por favor llama a la puerta en lugar de entrar sin permiso, como en este momento. Por favor toma asiento; hay mucho de qué platicar.
Giovanni nunca había sentido tanto temor en su vida: ¿Se habría vuelto loco y todo esto sucedía solo en su mente? A lo mejor el sargento instructor Doakes —de la academia militar más reciente— al fin se había hartado con la actitud de Giovanni y había cumplido lo que había amenazado todo el mes pasado, que iba a pegarle un tiro en la cabeza, y entonces todo lo sucedido había sido una alucinación en lo que a su cerebro se le acababa el oxígeno y esperaba morir. O quizá…
Giovanni tal vez estaba espantado porque todo esto era verdadero, y estaba sucediendo en realidad.
—Bueno, pues yo opino que ese tipo es algo anormal, ¿eh? Pero no puedo definirlo. Nomás es…, pues, anormal… —Mientras Giovanni decía esto, Circe y Garret asentían con la cabeza, los tres caminando tras el Sr. Wozniak y tratando de mantener su paso. Giovanni había preguntado qué sucedió, pero Wozniak no contestaba aún—. ¡Ah! Me recordó a Michael Jackson…
—¡Oye, no! Es un profesor de esta Escuela, así que no quiero seguir escuchando comentarios insultantes sobre él, ¿me entiendes? Si entramos de manera atropellada es porque el sistema de seguridad de Johannsen detectó algo chungo en el sótano, ¿ven?
—¿Cómo que chungo?
—Bueno, los monitores electrónicos deberían registrar la presencia de ustedes donde sea que estén en la cabaña y… Así es, señorita Circe, esos cuentos de niños perdidos no son ciertos. Bueno, son ciertos, pero siempre los encontramos… al final. En fin, ustedes cuatro no aparecían por un rato: estuvieron como en desfase, ora sí, ora no, y eso disparó la alarma, que suena si se detectan Actos de la Magick sin autorizar o sin reconocer. Entonces Johannsen vino a que lo acompañara, y de camino al sótano nos encontramos con Ágatha, y nos fuimos a ver qué pasaba con ustedes. Ágatha estaba molesta porque no podíamos abrir la puerta, ni con fuerza bruta, ni con Magick, ni nada; y si existe una persona que puede abrir cualquier puerta, ¡esa es Ágatha! Pero no pudo, y supongo que por eso se encabronó. Como sea, la puerta se abrió sola, allí estaban ustedes, todo estaba bien, fin del cuento, punto final, adiós.
—¡Espéreme un tantito! ¿Quiere decir que se la pasan espiándonos? —Giovanni ya sentía como si el Big Brother lo estuviera oprimiendo.
—¡Qué espiar ni qué mis narices! —El Sr. Wozniak hasta torció los ojos al decirlo—. Nomás los rastreamos cuando están adentro de la cabaña. ¿Qué? ¿A poco creían que íbamos a dejar que cincuenta adolescentes rondaran por toda la casa? ¡Ya me imagino! Mira, como sea, ya llegamos: vayan a sentarse.
Habían llegado al Aula de Una Runa, que era el nombre del salón de Práctica.
Esta vez había solo otros ocho estudiantes de los otros cardúmenes, así que no tuvieron que apretujarse; nada más se sentaron.
—Bueno, pues, estábamos repasando algunos conceptos avanzados. Giovanni, si quieres, continúa resolviendo tu tarea mientras seguimos con la clase. Estos conceptos no los aprenderás sino hasta la próxima semana, tal vez, así que…
—¡Señor Wozniak, permiso! —Giovanni alzó la mano e interrumpió—. Por favor, ¿me permite intentar realizar un Acto de la Magick?
—Esteeemmm… Bueno, sí, ¿por qué no? Pero intenta algo sencillo primero, ¿está bien?
—¡Sí, señor! —Giovanni se puso de pie de un brinco y fue hacia la cubeta metálica llena de bengalas. Estuvo parado allí por unos segundos, frunciendo el ceño por la concentración, y luego masculló entre dientes—: ¡Sale y vale, a ver qué pasa!
Giovanni tomó una bengala de la cubeta y la encendió.
Los otros niños soltaron la carcajada. De hecho, Garret se agarró los tobillos y rodó en el suelo, de tanta risa que tenía.
—¡Bueno, bueno, guarden silencio, niños! —Wozniak hacía lo posible por contener la risa—. ¡Giovanni, empezaste por el final! Mira, primero tienes que…
Pero Giovanni todavía fruncía el ceño por la concentración, con los tendones de su muñeca visibles por el esfuerzo. De repente, después de un parpadeo azul entre sus dedos, abrió la mano y al mismo tiempo la bengala se extinguió, con apariencia de nunca haber sido encendida.
—¡¡Caramba!! —Circe se puso de pie y se acercó, con el resto de los niños atrás de ella, todos llenos de "oooh" y "aaaah", y todos preguntando: «¡oye! ¿pero cómo hiciste eso?». Hasta Garret estaba impresionado.
Pero el Sr. Wozniak tenía entrecerrados los ojos, y preguntó con una voz peligrosa:
—¿Quién te enseñó cómo hacer esto? ¡Dímelo!
—¡Sereno, moreno! Me lo inventé yo solo: eso del círculo, el triángulo y demás tonterías son nomás para que uno se emocione. Pero si te concentras lo suficiente, ¡puedes lograr todas esas cosas en tu mente!
—Primero, me vas a hablar con respeto, y… —Pero el Sr. Wozniak no tuvo tiempo de reprender a Giovanni, porque en ese preciso momento todas las bengalas hicieron ignición al mismo tiempo, deformando la cubeta por el calor e incendiando el banco y la pizarra—. ¡¡Chingue a su madre todo en la vida!! ¡Buenobuenobueno, niños, no griten, y párense allá, junto a la pared! ¡Yo me encargo de esto!
Wozniak sacó un colgante de debajo de su camisa y lo tomó entre sus manos en lo que balbuceaba sinsentidos. Después, extendió sus manos hacia las flamas. El incendio se apagó como si fuera bombilla eléctrica, pero todo quedó bastante chamuscado y el humo inundaba el salón.
—Bueno, pues, niños: salgan y me esperan afuera, para que puedan respirar aire fresco y dejen de toser y lloriquear… Wingrove, tú no vas a ningún lado: ven a ayudarme a abrir todas las ventanas. A ver, trae el ventilador que está en la esquina, para que hagamos brisa.
Una vez abiertas todas las ventanas y con el ventilador posicionado, Wozniak y Giovanni se reunieron con el resto del grupo.
—¡Muy bien, atención, niños! Al parecer, el señorito Wingrove se brincó algunas páginas de sus folletos, porque una de las primeras cosas que se aprenden es el Principio de Intercambio Equivalente, como enseña la Alquimia, ¿se acuerdan? —Todos asintieron con la cabeza. Giovanni pasó, de estar pálido por el susto, a sonrojarse. No sabía si se sentía avergonzado de causar otro accidente raro en su larga carrera de ser el causador de accidentes raros, o si sentía rabia porque lo regañaba el maestro—. Lo que el señorito Wingrove hizo mal fue que olvidó ofrecer un intercambio de energía para su Acto. ¿Cuánta energía se necesita para llevar a cabo la Magick? —preguntó al grupo en general.
—Un intercambio múltiplo de veinte —direjon a coro diez niños.
—Así es. Para eso tenemos tablas de equivalencias, para evitar lo sucedido. El señorito Wingrove logró producir una falla en la retroalimentación negativa: la Magick no tuvo de dónde obtener la energía necesaria, así que la tomó de lo que estuviera a la mano. Por fortuna nomás hubo este pequeño incendio, que el señorito Wingrove limpiará. Pero el rebote puede ser impredecible cuando no se observan las reglas, y la Magick podría haberse aferrado de la fuerza vital de alguna persona. No hubiera matado a nadie por algo tan simple como este truco de bengalas de Wingrove, pero al que le hubiera tocado la mala suerte hubiera terminado con una jaqueca perra. Así que recuerden lo que vieron aquí, y siempre usen los fundamentos. Ahora, señor Wingrove, en el siguiente pasillo, doble a la izquierda y la primera puerta debería ser un closet. Allí encontrará lo necesario para limpiar mi salón de clases. Regreso por usted dentro de una hora. Vamos, niños, terminemos la clase afuera. Me choca el aroma de cojines chamuscados… Todos los años alguien los incendia… —Mientras pastoreaba a los niños por los pasillos, las voces se desvanecían como el humo dentro del salón.
Giovanni titubeó por un momento, y luego se fue a buscar una escoba.
***
Una hora después, la mayor parte de los escombros estaban en bolsas desechables acomodadas contra la pared, y Giovanni había barrido lo mejor que pudo, lo cual apenas si hizo una diferencia.
—¡Ay de ti, chico! ¡La Sra. Staab de plano te va a adorar por obligarla a limpiar este mugrero! —El Sr. Wozniak parecía estar de buen humor de nuevo—. Mira, Giovanni, lo que hacemos en La Escuela es enseñarle a los que tienen la Magick que siempre deben ser responsables al usarla. Conseguí que pases el resto de la tarde con la doctora Doe, para que adquieras una mejor perspectiva sobre lo que significa vivir como parte de la sociedad normal, a pesar de tener la Magick en tu interior. Vamos, deja allí la escoba y sígueme a su salón de clases.
—¿Estaba usted enojado porque hice trampa y me brinqué varias lecciones?
—¡No, no, en realidad no! Pero estaba molesto porque, por lo general, la magia negra se vale de muchos atajos. Pensé que empezabas a irte por la senda incorrecta, y quería averiguar si algún estudiante te había incitado a hacerlo de esa manera para meterte en problemas… —Wozniak no los nombró, pero le pareció a Giovanni que los Thompson tal vez conocieran varios de esos atajos—. Dime: ¿es cierto que inventaste por ti mismo eso de que no es necesario el círculo y el triángulo?
—Ajá. Bueno, en realidad, la idea se me vino a la cabeza cuando el tipo Benoni nos estaba diciendo de cosas hace rato.
—Te refieres al profesor Benoni. —Wozniak de nuevo tenía aspecto amenazante—. ¿De qué platicaban?
—Bueno, pues se supone que debe ser un secreto, ¡así que más vale que le cuente todo! Nos dijo que los humanos no actúan basados en razonamiento, sino que sus cuerpos controlan lo que la razón los obliga a realizar. Entonces, toda esta fantochada de dibujar garabatos no era para tener la idea correcta en la cabeza, sino para obligar al cuerpo a comportarse de una manera particular. Y entonces el cuerpo le permitiría a la mente hacer lo que se le diera la gana… O algo así por el estilo. No sé, pero cuando trato de ponerlo en blanco y negro, como que ni siquiera tiene sentido. Pero si dejo que mi cuerpo lo haga él solo es bastante simple en realidad… ¿Qué? ¿Qué hice ahora? —Giovanni se alarmó de ver al señor Wozniak entrecerrando los ojos de nuevo.
—No hiciste nada malo, pero, escucha: no le enseñamos ese tipo de cosas a nuestros niños, ¿entiendes? No hay ningún programa de estudio en toda La Escuela donde se enseñe esto. Por eso necesito que me prometas que no vas a intentar tomar atajos de nuevo con tu Magick, ¿bien? Necesito que me prometas de la manera más solemne que tampoco vas a mencionar estas cosas al resto de los niños. Vamos a permitirles que se imaginen que todo esto fue un accidente desafortunado. ¿Me lo prometes?
—'Tá bueno… —Giovanni aún le chocaba andar de secretitos, y ahora parecía que iba a tener que guardar secretos sobre el mismo tema, pero por dos motivos distintos. Por lo tanto, nunca dijo las palabras "lo prometo".
Llegaron a ese pasillo sin puertas, y ahora Wozniak oprimió un tablón distinto. La misma puerta oculta se abrió, pero ahora las escaleras iban hacia arriba. Giovanni estaba ensimismado en sus pensamientos, así que ni siquiera comentó el suceso. O, quizá, por fin estaba encontrando la manera de aceptar la Magick. Como sea, subió las escaleras todavía perdido en sus pensamientos. Llegaron hasta arriba, y Wozniak estaba a punto de llamar a la puerta cuando el profesor Benoni la abrió de repente, lo que provocó a Wozniak a decir palabrotas de nuevo.
—¡Perdón, profesor! Pero anticipaba que la doctora Doe abriría la puerta y me sobresalté un poco, es todo.
—¡Ah, sí! La buena doctora salió por un momento, pero regresa enseguida. Permítame recibir al joven Wingrove, y permaneceremos aquí hasta el retorno de la maravillosa Jane, ¿de acuerdo?
—Esteeee… Bueno, digo, después de lo que pasó hace un par de horas, no sé si Ágatha estaría de acuerdo que le deje al chico aquí y…
—¡Sí, claro, todo está bien, seguro que sí! —Durante este intercambio, el profesor había logrado jalar a Giovanni del brazo hacia adentro de la habitación, y poco a poco pero decididamente le cerraba la puerta a Wozniak—. No hay de qué preocuparse, la doctora hará su aparición en pocos momentos. No, buen hombre, no se aflija. ¡Gracias! Nos veremos durante la cena.
Con la puerta cerrada, Giovanni por fin notó que estaba solo con Benoni, y una vez más la iluminación de la habitación no concordaba con la hora del día. Parecía ser exactamente igual al salón de Teoría. Benoni se acercó un paso hacia Giovanni y comenzó a hablar.
—En lo que esperamos, permite que pregunte lo siguiente: ¿Qué tal si los humanos evolucionaron la capacidad de la Magick como último recurso en contra de un mundo cruel? ¿Qué tal si los cerebros primitivos de los protohumanos no podían lidiar con la realidad tal como es, y desarrollaron la Magick para evitar verse cara a cara con el Universo? ¿Qué tal si la Magick se esfuma? ¿Qué veríamos alrededor? ¿Qué aspecto crees que el mundo tiene en realidad? Bueno, nos vemos la próxima semana. Adiós, por el momento.
Los ojos de Giovanni se pusieron llorosos de repente, y tuvo que parpadear varias veces. Cuando pudo ver claramente, se encontró de pie en una habitación completamente distinta, que parecía un ático cómodo y acogedor. Había allí una señora de muy corta estatura, de quizá unos treinta y tantos años de edad, con cabellera corta y lisa y una cara de facciones delicadas, de pie en el extremo opuesto del ático, frente a la única ventana.
—Gracias por venir. Soy la doctora Jane Doe, tu maestra de Integración Social. ¿Viniste solo? Bueno, la próxima vez por favor llama a la puerta en lugar de entrar sin permiso, como en este momento. Por favor toma asiento; hay mucho de qué platicar.
Giovanni nunca había sentido tanto temor en su vida: ¿Se habría vuelto loco y todo esto sucedía solo en su mente? A lo mejor el sargento instructor Doakes —de la academia militar más reciente— al fin se había hartado con la actitud de Giovanni y había cumplido lo que había amenazado todo el mes pasado, que iba a pegarle un tiro en la cabeza, y entonces todo lo sucedido había sido una alucinación en lo que a su cerebro se le acababa el oxígeno y esperaba morir. O quizá…
Giovanni tal vez estaba espantado porque todo esto era verdadero, y estaba sucediendo en realidad.
Continuará…
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